12 de octubre de 2010

LOS PERSONAJES (V) Los musulmanes.

En los tiempos de la invasión islámica el jefe supremo de los musulmanes era el Califa Al-Walid. Fue él quien, a instancias de su subordinado Musa ibn Nusayr, decidió la invasión de la península. Pero, puesto que nunca se acercó a ella, solo sale en la novela por referencias.
Musa ibn Nusayr era el emir (gobernador) de Ifriquiya (Norte de África). Ante la petición de ayuda ejercida por el conde Julián en nombre de Oppas y sus sobrinos, los hijos de Witiza (según las leyendas), y tras la autorización de su superior el califa, organiza la invasión. En la novela se le presenta como ambicioso (y debió serlo, pues el califa le ordenó viajar a Damasco para rendirle cuentas, sospechando que se había apropiado de más de lo que le correspondía), como receloso (para no comprometer a sus tropas de élite, árabes llegados desde aquellas lejanas tierras, envió primero a uno de sus subordinados, Tarif ibn Malluk para reconocer el terreno y después a otro, Tarik ibn Ziyad, antiguo esclavo suyo y natural del norte de África, el auténtico conquistador, al mando de diez mil musulmanes, bereberes como él), envidioso (ante los triunfos de Tarik viaja en persona a la península para ser él quien reciba los honores del vencedor) y astuto (cuando los godos partidarios de los hijos de Witiza creen que los musulmanes victoriosos van a colocar a éstos en el trono y contentarse con la recompensa prometida, Musa les sorprende reclamando los territorios ganados para el Califa)
Tarik ibn Ziyad, al igual que su superior Musa, aparece poco en las páginas de la novela, y solo en las acciones que la historia y las leyendas le adjudican.
Abd al-Azziz, el segundo emir, hijo de Musa, sale un poco más porque se casa con la viuda de Rodrigo, Egilona y, según las leyendas, a instancias de ésta realiza acciones contrarias a sus costumbres y religión (utiliza una corona, hace que se inclinen ante él…) lo que causa su asesinato a manos de sus compañeros.
Los siguientes emires Al Hurr, Al Samah y Al Gafequi tienen poca intervención, y solo con los actos que de ellos se saben, bien por la Historia o bien por las leyendas.
El sexto emir, Ambassa, es (según algunos autores) el que gobierna en España cuando la rebelión de Pelayo y así lo consideramos en la novela.
Alqama, un jefe bereber, es el que manda el cuerpo expedicionario enviado por Ambassa para acabar con Pelayo y sus seguidores (treinta asnos salvajes, según las crónicas musulmanas).
Hemos dejado para el final al que le hemos reservado el papel del villano entre los villanos, Munuza. Gobernador de Gigia (Gijón), según las leyendas, su pasión por la hermana de Pelayo, Adosinda, es la causante en primer lugar de la rebelión de éste y, en definitiva, de la expulsión de los musulmanes de Asturias. El autor de la novela es consciente de que, con toda probabilidad, la historia de Munuza sea una invención de los cronistas basada en otro Munuza (éste real), que se casa con la hija del duque de Aquitania, Eudes, y se rebela contra su emir. Pero un Munuza ambicioso, concupiscente, cobarde y traidor quedaba muy bien como el último enemigo derrotado por nuestro héroe, y así decidimos finalizar la novela.
Por último, hay varios personajes sin importancia personal, pero que simbolizan la enemistad entre las dos grandes familias de tribus árabes que llegaron a la península, Qaysíes y Kelbíes, que tanto favoreció a los cristianos en los primeros años de la reconquista (Sin contar el odio entre ambas y los bereberes) Y que no son más que el precedente de las luchas entre Chiitas y Sunnitas que persisten en la actualidad.

11 de octubre de 2010

LOS PERSONAJES (IV) Los godos enemigos.

 En este apartado introduciremos a todos los Witizianos; El primero, el rey Egica, sale solo por referencias en los primeros capítulos, y no tiene importancia en la novela. 
Su hijo, Witiza, sí es un personaje controvertido. Los relatos que tenemos sobre él, escritos en la España musulmana por autores mozárabes, hablan bastante bien de él, y lo mismo se puede decir de los escritores musulmanes (Y cómo no, si uno de ellos, ibn al-Qutia, era su bisnieto. Tengo prometido contar algunas anécdotas sobre éste y no lo olvido. Solo espero el momento adecuado) Sin embargo, los autores cristianos posteriores, que escriben años después bajo el gobierno de los sucesores de Pelayo, le hacen el paradigma de todos los defectos (Ambición, odio, concupiscencia, herejía, pues le acusan de ser proclive al arrianismo, etc.). Esto es completamente lógico. La mayor parte de los godos que permanecieron en la España sometida a los musulmanes pertenecían al grupo de los seguidores de Witiza, que eran los que habían pactado, a veces a su pesar, con los invasores; el arrianismo era una herejía que, al negar la naturaleza divina de Cristo, hacía más fácil la conciliación con las creencias islamistas (No olvidemos que Alá es el mismo Dios – Yaveh – de los judíos y de los cristianos; y que el propio Jesús es considerado un profeta por los musulmanes, aunque inferior a Mahoma). Por otro lado, los godos que huyeron a buscar refugio en tierras cristianas eran mayoritariamente los seguidores de Rodrigo, enemigos de los Witizianos, rey que, según la leyenda, había hecho asesinar al padre de Pelayo y había perseguido a éste. Naturalmente, puesto que Pelayo era mi héroe, acepté la versión de sus seguidores y cargué las tintas sobre Witiza, adoptando todos sus defectos, aunque dándole un cierto tinte de autoridad y valor para que fuera un adversario a la altura de nuestro protagonista. 
Según las leyendas (aunque hay infinidad de versiones), Witiza tenía dos hermanos, Oppas y Sisberto. Tengo que reconocer que me divertí mucho al describirles, haciéndoles completamente diferentes entre sí. Oppas inteligente, astuto, algo cobarde… y Sisberto torpe hasta rozar la estulticia, pero enorme, fuerte y hábil con las armas. Tendría que ser así, para poder competir con Rodrigo, el mentor de nuestro héroe, tan majestuoso como Witiza, tan inteligente como Oppas y tan buen luchador como Sisberto, cualidades que, cuando Rodrigo se deja llevar por su “lado malo”, son heredadas por Pelayo convirtiéndole en el héroe capaz de las mayores proezas. 
Hubo nobles godos que pactaron con los musulmanes y adoptaron su religión para conservar sus posesiones. Los más conocidos son el duque Casio y su hijo Fortún, que dieron origen a la poderosa familia de los banu Qasi, señores del valle del Ebro, y Teodomiro (Tudmir) en la región de Murcia.
Otros godos menos importantes aparecen por las páginas de la novela. Cuando, a petición de los editores, escribí el prólogo que tiene lugar en Tuy, aproveché para introducir a un witiziano, Sigmundo, y otro, Atanagildo, conde de Brigantium (Betanzos),  seguidor de Rodrigo. Ambos, por sí o por sus descendientes, aparecerán en la siguiente novela, “La muralla esmeralda”, representando a las dos facciones. 
Por último, casi al final de la novela aparece otro godo seguidor de  Witiza, Berbio, por supuesto, ambicioso, cobarde y traidor (pertenece al grupo de los “malos”), aunque también adjudiqué esos defectos a un seguidor de Rodrigo, Astulfo. Quizá como contraposición a los dos “decanus” de Pelayo que olvidé citar en la entrada anterior, Alderico y Viterico, fieles y eficaces. Todos estos personajes secundarios aparecen para dar ocasión a que los protagonistas realicen sus acciones, y, sobre todo, porque la historia no la escriben solo los grandes hombres, sino también, y posiblemente más, los personajes anónimos (aunque en este caso si tengan nombre) 
Y voy a citar aquí, aunque no sea el lugar que le corresponde, pues no era godo, a alguien que tiene una importancia capital, según las leyendas, en los acontecimientos históricos que justifican esta novela. El conde Julián, de Ceuta (Olbán según otros autores) era un bereber cristiano, vasallo de Witiza, que pertenece a ese bando por lealtad y que odia a Rodrigo por haber violado a su hija Florinda, y que, debido a eso, propicia la entrada en España de los mulmanes. A pesar de formar parte del grupo de los “malos”, no es un malvado, sino que sus actos están dictados por sentimientos loables (lealtad a su señor, amor a su hija…) y, sin embargo, es quien mayor parte tiene en la pérdida de España. Un ejemplo más de que todos los protagonistas son, independientemente de sus sentimientos, simples agentes del Destino.

9 de octubre de 2010

LOS PERSONAJES III ( Los godos amigos)

El principio de la vida de Pelayo (y de la novela) transcurre durante el tiempo en que el reino godo de Toledo domina la península ibérica; por lo tanto será de estos de los que hablaremos primero. Y los podemos dividir en dos grandes grupos: los amigos y los enemigos.
En el primer grupo tenemos, cómo no, al último rey godo, don Rodrigo. Hay multitud de leyendas sobre él, y muchas están recogidas en la novela. Todas le hacen responsable de la pérdida de España por su codicia (episodio de la cripta de la catedral) o por su concupiscencia (leyenda de Florinda, “la cava”), aunque también hacen hincapié en su arrepentimiento final (historia del ermitaño, la cueva y la serpiente en Viseu). Había que tener en cuenta que Rodrigo era pariente de Pelayo (Durante los últimos años del reino godo, las elecciones al trono eran una disputa entre dos grandes grupos de familia, los descendientes de Wamba y los de Chindasvinto. A la primera pertenecía el rey Egica y su hijo Witiza. Por la enemistad con éstos, y porque así nos lo dicen las Crónicas, - aunque su fiabilidad no sea excesiva - Pelayo y Rodrigo formaban parte del segundo grupo) Ya que nuestro héroe formó en su corte como “espatario”, no me pareció oportuno hacer de él un personaje vil, que no podría despertar la admiración ni la lealtad del protagonista, sino que aproveché para darle una personalidad atrayente que, una vez coronado, se deja dominar por sus pasiones, cumpliéndose en él la famosa frase de lord Acton (“el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”) y de paso, hacer que Pelayo recibiese una lección, dura, pero necesaria, para hacer de él en el futuro un buen rey.
Según las citadas crónicas, los invasores musulmanes habían derrotado en una escaramuza a las tropas godas de Andalucía, antes de que llegase desde el norte el rey Rodrigo con el grueso del ejército, y en esa lucha había perdido la vida un sobrino del rey llamada Bencio según algunos y Sancho según otros. No fue difícil hacer de Bencio un joven, primo de Pelayo y que, junto a él y a otros jóvenes nobles, pasa el tiempo en la corte de Toledo hasta que es enviado por su tío a gobernar Andalucía (Rodrigo, antes de su coronación, era el duque de la Bética, y parece lógico que, al acceder al trono, deje su antiguo cargo en manos de alguno de sus parientes) Esto me dio pie a dedicar algún capítulo a la ociosa vida de los jóvenes en Toledo, entrenándose para su única ocupación, las batallas, en contraposición del laborioso Julián. Y también para escenas de rivalidad con los witizianos, especialmente con Sisberto.
Otro de los jóvenes parientes de Rodrigo que intervienen en la novela responde al nombre de Teudefredo. Algunos escritos, no demasiado de fiar, hablan de un tal Teudefredo, padre de Rodrigo, a quien el rey Witiza habría mandado sacar los ojos por rebelarse contra él. Deseché esa leyenda por no parecerme de acuerdo con la personalidad de Rodrigo que permaneciera impasible y fiel al rey ante tamaña afrenta, y porque las edades que adjudiqué a ambos (muy meditadas en razón a los acontecimientos históricos en que tomaban parte) lo hacían improbable. Pero sí que utilicé el nombre para este noble, sobrino carnal de Rodrigo y nieto, por tanto, del Teudefredo citado por dicha crónica. El resto de sus acciones y su personalidad son imaginarias (al igual que las del anteriormente citado Bencio), y aproveché para darle un carácter impulsivo que, al enfrentarse a Witiza, hace que Pelayo dé muestras de una de sus virtudes principales, la lealtad, y le cause un destierro providencial que le lleva, de nuevo, a su querida Asturias.
De más edad que éstos, y, posiblemente, más real, el duque Pedro aparece en las crónicas como señor de Cantabria. Tiene importancia en esta novela, dónde aparece como ejemplo de guerrero y de líder, jefe del ejército godo y pariente también de Pelayo, aunque algo más lejano que los otros; también en la siguiente aún no publicada (La Muralla esmeralda) y, desde luego, en la Historia, pues uno de sus hijos, Alfonso, se casará con la hija de Pelayo, Hermesinda, convirtiéndose en Alfonso I, tercer rey de Asturias, y siendo padre del cuarto, Fruela I, y del noveno, Alfonso II, “el casto”, con quien, comprensiblemente por su apodo, acaba la serie de descendientes de Pelayo. Mientras que el segundo de los hijos del duque Pedro, Fruela (no confundir con su homónimo sobrino) fue padre de Aurelio I, quinto rey asturiano, y del octavo, Bermudo I, “el diácono”, quien, a su vez y a pesar de su apodo, fue el padre de Ramiro I, décimo rey (o undécimo, si contamos, como hacen algunos historiadores, a Nepociano) y, por tanto, origen de la serie de reyes de España, descendientes del duque de Cantabria Pedro. Pero todo esto está contado con detalle, aunque con concesiones a la ficción novelesca, en los siguientes libros “La Muralla esmeralda”, “El muladí”, “La Cruz de los Ángeles” y “La Cruz de la Victoria”. Espero que podáis llegar a leerlos algún día.

7 de octubre de 2010

LOS PERSONAJES (II) La amada

Todo héroe que se precie tiene una amada por la que es capaz de las mayores aventuras. Bueno, no todos. En los libros de aventuras con los que, en mi niñez, comencé a explorar el maravilloso mundo de la literatura, hay personajes que, bien por su carácter misógino (Athos), por su despego del mundo debido a desgracias o desilusiones (el capitán Nemo, el conde de Montecristo, aunque este último con reservas), o porque no pueden estar junto a su amada por unas u otras razones, todas achacables al sadismo de los autores (D’Artagnan con Constance y con, entre líneas, Ana de Austria), no tienen como motivo de sus aventuras conseguir a la mujer amada. Mucho más románticas son las peripecias de Sandokán para vencer los obstáculos que le separan de lady Mariana Gullonk, “la perla de Labuán”, o del Corsario Negro y su amor imposible por Honorata de Wan Guld. Y no podemos olvidarnos del Cid y doña Jimena, de don Quijote y Dulcinea ni de tantos otros ejemplos.
Don Pelayo, al igual que el Cid, es un personaje real (aunque haya historiadores que lo nieguen), y real es el nombre de su amada (aunque sobre esto haya aún menos consenso): Según el cronista Ambrosio de Morales escribe en el año 1572, en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia existía un cenotafio con los restos de Pelayo y otro con los de: “la reina Gaudiosa, esposa del rey Pelayo”. Parece ser que ambos fueron trasladados a Covadonga y enterrados junto con los de la hermana de Pelayo, Adosinda (Algunos autores cofunden el nombre de la hermana de Pelayo con el de su hija, Hermesinda), según reza en una urna existente en la Santa Cueva (y esto es aún más dudoso).
Bien, tenía el nombre de la esposa de Pelayo y nada más. Esto no dejaba de ser una suerte, porque podía dejar volar mi imaginación. Ya expliqué en la entrada anterior que, el hacer al compañero de mi protagonista miembro del grupo de los hispano-rromanos me permitió describir a estos y dar una explicación de su implicación junto a los godos (antes sus opresores) en la empresa de la Reconquista. Había otro grupo étnico cuya importancia fue capital, y cuyos motivos para unirse a la aventura pelagiana son aún menos obvios y han causado más polémica entre los historiadores: los astures. Aproveché la ocasión, hice a Gaudiosa (sin ningún otro motivo) hija de un jefe astur en cuyos dominios se refugia Pelayo debido a la inquina del duque Witiza y ya estaba todo preparado para que esa unión entre godos, hispanos y astures se debiera, en vez de a las diferentes razones sociopolíticas que manejan los historiadores, a lo que, en mis presentaciones de la novela defino como los dos grandes motores que hacen moverse a los seres humanos: “el amor (Gaudiosa) y la amistad (Julián)”.
Hecho esto, había que dar una personalidad a la joven, y, como con los anteriores personajes, fue creciendo sin demasiada intervención consciente por mi parte, y a la vez que el personaje discurría por las páginas de mi novela. Desde su primera aparición, aún niña, cuando Pelayo llega por primera vez a las apartadas tierras de los astures, ya Gaudiosa va mostrando su carácter. Cercana a la Naturaleza, en íntimo contacto con el mundo vegetal (flores) y animal (pájaros), como corresponde al ambiente en que vive, aunque la conversión al cristianismo de la tribu (ocurrida un tiempo atrás) hace que haya perdido parte de su identificación con ella, ganando, en cambio, una especial devoción hacia la Virgen. (y, entre líneas, se puede descubrir una cierta identificación, que, sin duda, ocurrió en muchos de esos pueblos paganos, de la Virgen María con la diosa madre adorada desde tiempo inmemorial)
Gaudiosa es fuerte, como corresponde a una mujer de su tribu y de su tiempo, cuando más que, adoptada por el autor la teoría de una trasmisión del poder matrilineal (no es absolutamente cierto, pero tampoco descabellado, pensar que esa era la costumbre de las tribus astures; incluso hace pocos años, en la juventud del autor, éste conoció casos en que la casería pasaba a la hija mayor -casada para “en casa”- y su marido venido de fuera, mientras que los hijos buscaban mujer en otras caserías o trabajo en la ciudad), nuestra protagonista era consciente de que era la depositaria de la autoridad futura de la tribu. Y cuando es necesario, sabe hacer valer esa autoridad.
Y, por último, al igual que su amado, Gaudiosa es consciente de que sus actos están dirigidos por un Destino. Y, con aún mayor fuerza que aquella con la que Pelayo siente que es el elegido para defender Hispania frente a los invasores musulmanes, Gaudiosa está segura de que su vida, por difícil que parezca en algunos momentos, está unida a la del godo y que ambos, juntos, serán capaces de conseguir sus objetivos. Así sabe preparar el terreno para que los astures se unan a Pelayo, y sabe, después, quedarse en segundo plano mientras su marido encabeza la rebelión. En segundo plano, pero no detrás, porque en Gaudiosa encuentra su fuerza Pelayo y los dos juntos, como si formasen (así es, en efecto) una sola persona, son capaces de triunfar en aquello que se propongan.
Y con esto no desvelo el final de la novela, porque todos lo conocemos.

26 de septiembre de 2010

LOS PERSONAJES: El Amigo.

Es el momento de volver a hablar de los personajes de la novela. Habíamos quedado en que, para evolucionar desde un joven altivo e impetuoso, valiente y decidido, sí, pero quizá algo irreflexivo y orgulloso, hasta llegar a ser un líder, un conductor de hombres capaz de recoger los restos maltrechos del reino de los godos, juntarlos con hispanorromanos y astures y crear un nuevo reino que fuese el germen de los que hoy es (somos) España, nuestro héroe tenía que haber tenido alguna ayuda. Y me había imaginado al hijo del administrador de su padre, de su misma edad, pero rico en las virtudes de que Pelayo, en un principio, estaba más necesitado: humildad, reflexión, sensatez…
Lo ví de inmediato. Tendría que ser una mezcla de todos aquellos personajes que, en muchos de los libros que había leído, ayudaban, aconsejaban y acompañaban al protagonista en sus aventuras: Crispín al capitán Trueno, Robin a Batman, Consejo al profesor Arronax, Passpartout a Phileas Fogg, Planchet a D’Artagnan (Aunque aquí casi iría mejor, D’Artagnan a Athos) y, ¿por qué no?, Pepito Grillo a Pinocho.
Al igual que su padre, sería un hispanorromano. Eso me permitiría describir mejor a ese grupo de gente que formaban, mayoritariamente, los habitantes de la península. Y podría contraponer muchas de sus carácterísticas (Inteligencia, cultura, laboriosidad…) con las de los godos (Fuerza, valor, orgullo…).
Para decidir su nombre, rebusqué en crónicas y leyendas y leí que un tal Julián Pomerio había llevado a Asturias algunos de los escritos de San Isidoro y pensé aprovecharlo; se llamaría Julián, puesto que había nacido y se había criado en Asturias (El padre de Pelayo era el conde de Lucus Asturum) lo de “Pomerio” podía ser un mote que recordase las “pomaradas” y los escritos de S.Isidoro podrían aparecer perfectamente sin forzar la trama.
Su relación con Pelayo era compleja. Era el hijo de un servidor de su padre, servidor suyo, por tanto. Pero también su condiscípulo y compañero de juegos, y, aunque nunca olvidó su situación, Pelayo siempre le trató como un amigo. Aunque esta dualidad dio origen a un conflicto que no puedo revelar aquí por si alguno de los seguidores del blog no ha leído aún la novela.
En fin. La primera escena (llamémosla así, pues en mi mente la novela se representaba como una película) mostraba a los dos jóvenes practicando con sus armas en el bosque y, a partir de ahí, y al igual que la de Pelayo, la personalidad de Julián fue evolucionando, muchas veces, sin intervención consciente mía.
Y, como dije una vez, en mis charlas con los editores previas a la publicación: “El protagonista es Pelayo, pero el héroe, el auténtico héroe, es Julián”. Y, además, al no ser un personaje real, mientras que Pelayo debe su existencia a la historia, Julián me la debe solo a mí.
Y estoy orgulloso de ello.

19 de septiembre de 2010

LOS VIAJES (El mundo de los godos)

Como ya hemos visto, en Asturias visité los paisajes y encontré la inspiración necesaria para los capítulos de la infancia de Pelayo y los de su rebelión contra los musulmanes; pero quedaba una época importante de su vida, la que iba desde que su vida dejase de correr peligro a manos de Witiza hasta su posterior establecimiento en Asturias, que pertenecía a un mundo del que yo, hasta que comencé a documentarme para escribir, ignoraba casi todo: El mundo de los godos.
El primer paso no me llevó muy lejos, incluso no debería estar incluido en estas entradas, pero es aquí donde mejor encaja. Una visita al Museo Arqueológico, en Madris, concretamente a sus salas XXVII, XXVII y XXIX, me proporcionó algunos datos. No es mucho lo que hay o se conoce de la época del reino godo de Toledo, pero al igual que las actas de los concilios toledanos me dieron a conocer usos, costumbres y prelados, y me sugirieron nombres para algunos de mis protagonistas, en el Museo contemplé un mural en que se intentaba representar la vestimenta de un godo, oí hablar de las “basternas”, carruajes que se utilizaban en aquella época, y pude observar ablorios y prendas que luego están descritas en la novela, en especial las “fíbulas aquiliformes” con las que sujetaban sus mantos y cinturones.
También aquí contemplé, por primera vez, el “Tesoro de Guarrazar”, coronas votivas de los reyes visigodos. Me impresionó bastante y, por supuesto, lo introduje en mi novela, junto con una historia inventada, pero plausible, de cómo fue a parar al sitio en que, en 1858, fue desenterrado.
El siguiente paso fue acudir a la capital visigoda, Toledo. Apenas hay allí vestigios de esa época, perdidos entre los más ostensibles de la dominación romana y los posteriores medievales, salvo los guardados en el Museo de los Concilios, en la iglesia de san Román. Pero un paseo por sus calles, cuya distribución, posiblemente, sea aún similar a la que tuvo en esos años, es muy capaz de transportar a la mente de un escritor a los tiempos que quiere describir y ayudarle a imaginar las vicisitudes que ocurrieron. No quedan restos del palacio de sus reyes, pero sin duda no estuvo situado lejos de la parte más alta de la ciudad, en los alrededores del actual Alcázar. Allí lo situé en mi novela y desde allí bajó, en mi ficción, el rey Rodrigo a las riberas del Tajo para contemplar bañándose a la hija del conde Julián, de Ceuta, para poder narrar la leyenda de “La Cava”.
La catedral, si la hubo, o, al menos la iglesia más importante, debió ser la dedicada a Santa María, hoy desaparecida, pero emplazada cerca o en el mismo sitio de la actual catedral. Y, posiblemente, los judíos estarían concentrados, al igual que durante la dominación musulmana y la cristiana, en un barrio propio, probablemente el mismo, la actual judería.
No se conoce la localización de la iglesia de santa Leocadia, donde se celebraron la mayor parte de los concilios (no se corresponde con las varias que, bajo esa advocación, aún existen), pero los documentos escritos la sitúan extramuros y ahí es donde yo la he imaginado en mi novela.
Ya que he hablado de tesoros enterrados (el de Guarrazar), hay otra historia que también introduje en mi novela y a la que también le viene bien una explicación: El padre de mi esposa era originario de un pequeño pueblo extremeño, Berzocana, cerca de Guadalupe. Allí hemos ido en numerosas ocasiones y, alguna que otra vez, hemos aprovechado para visitar el monasterio. Volviendo hacia Madrid por la serranía de la Villuercas, por los tiempos en que estaba escribiendo mi novela, y contemplando esos paisajes, se me ocurrió introducir la leyenda de la imagen de la Virgen de Guadalupe, enterrada por unos fieles que huían desde Sevilla cuando la invasión musulmana y desenterrada años después. Eso me dio pie para llevar a mis protagonistas, el moribundo rey Rodrigo y su “espatario” Pelayo, desde la derrota del Guadalete hasta Mérida para contar la resistencia y posterior claudicación de esa ciudad ante los musulmanes (una de las pocas documentadas), la huída a través de la sierra de Francia, y la llegada, ya en el noroeste de Portugal, a Viseu, donde, según las crónicas, se encontraba la tumba del último rey godo. (y así narrar otra de las múltiples leyendas sobre él).
Puesto que hice mención de una imagen enterrada (la de Guadalupe), también narré brevemente la ocultación del Cristo de la Luz, en Toledo, por medio de Julián, el amigo de Pelayo; y si no lo hice también de la imagen de nuestra Señora de la Almudena, en las murallas de Madrid, fue porque ya no me quedaban más protagonistas a los que hacer intervenir en esos hechos.
Y para concluir y cerrar ya el capítulo de viajes (alguno se quedará oculto entre las teclas del ordenador), quise visitar el lugar de la batalla que supuso la pérdida de España. La del Guadalete. Pero aquí los historiadores no se ponen de acuerdo, ni siquiera en el nombre. Después de consultar libros y planos, decidí aceptar las tesis de Sánchez Albornoz y, aprovechando mi estancia veraniega en Andalucía, me fui hasta el río Guadalete, cerca de Arcos de la Frontera. Un lugar apropiado para aquella batalla que, según las crónicas, duró nueve días. Y así la descrbí.

18 de septiembre de 2010

LOS VIAJES (Asturias y III)

Tanto en los libros de Sánchez Albornoz, como en las crónicas medievales asturianas, aprendí que la victoria de Pelayo sobre los musulmanes en Covadonga no significó el fin de la dominación islamista en Asturias. Aniquilado el cuerpo expedicionario enviado desde Córdoba por el emir Ambassa al mando del general Alqama con el fin de reducir a los rebeldes cristianos (estuviese formado por un inmenso ejército de 100.000 hombres, según las crónicas cristianas, o por un pequeño destacamento que debía castigar a 30 hambrientos rebeldes, según las musulmanas), la guarnición de Gigia, al mando de Munuza debió sentirse insegura y emprender la retirada, llevándose consigo el pobre botín conseguido en sus años de ocupación del territorio. Pero, alcanzados por los asturianos en algún sitio de la antigua calzada romana de la Mesa, fueron por fin derrotados definitivamente y expulsados del territorio.
Así que decidí abandonar mi primer proyecto de un “grande finale” en Covadonga y, a cambio, dar a mi novela una estructura cíclica, haciendo que comenzase con Pelayo de joven en algún sitio de ese camino, y terminando justamente en el mismo lugar con la última batalla, la victoria definitiva y la muerte del “villano”. Siempre podría nombrar al capítulo referente a Covadonga como el último, y escribir otro posterior como “epílogo”.
Recorrí un par de veces la “senda del oso”, entrando una vez y saliendo otra de Asturias por Puerto Ventana, en lugar de por Pajares o por la autovía, como hago habitualmente. Me detuve en varias ocasiones al lado de la carretera, hice fotos, tomé apuntes, vi sitios tan sugerentes para una emboscada como el desfiladero de “Piedras xuntas” y otros, y al fin me decidí por una zona boscosa cerca de Proaza. Allí iba a terminar mi novela, y allí debía comenzar. A la vuelta de uno de esos viajes me decidí, me imaginé a un Pelayo adolescente practicando sus habilidades bélicas con su amigo Julián, tomé el bolígrafo y comencé a escribir sin ningún esquema previo. Y, como tantas veces he contado, a partir de ese momento, los personajes parecieron tomar vida propia y eran ellos mismos los que me sugerían el camino que tenía que tomar en el siguiente párrafo.
Y así seguí, deteniéndome lo justo para consultar mis apuntes históricos o geográficos, hasta que terminé la historia..
Y, aunque no sea este el sitio que le corresponde, no puedo dejar de contar otra cosa. Un poco antes de que se publicase la novela, y por consejo de mis editores, escribí un capítulo previo para poner a los lectores en situación en que se narrase la muerte del padre de Pelayo a manos de Witiza. Así quedaría mucho más claro que con la narración de este hecho por parte del padre de Julián en el capítulo primero. Y ya que la novela no iba a terminar donde comenzaba y tenía que abandonar mi idea de una estructura cíclica, escribí un nuevo y breve capítulo narrando la entronización de Pelayo en Cangas y pude escribir la palabra “Fin”. Aunque no es con esta palabra con la que termina mi novela, que queda así con un “prólogo”, un “epílogo” y una “conclusión”, trucos que empleamos los escritores para hacer creer a los lectores que todo estaba perfectamente concebido y estructurado desde un principio.

17 de septiembre de 2010

LOS VIAJES (Asturias II)

En la parte central de Asturias se encuentra Oviedo, su capital. Acudí a ella, no para contemplarla con objeto de describirla en mi novela (pues en tiempos de Pelayo no existía ya que se fundó en tiempos de su nieto Fruela I, como se cuenta en una de mis siguientes novelas, aún no publicada, “La Cruz de los Ángeles”), sino para visitar su catedral y en ella, la Cámara Santa. Al igual que en lo concerniente a Covadonga, había estado allí varias veces con anterioridad, pero ésta lo hacía con un propósito concreto: ver la “Cruz de la Victoria”, porque mi novela iba a denominarse así (eso pensaba yo entonces) y porque en su interior, recubierta por las hermosas joyas que la forman, estaba el ánima de roble que, según la tradición, llevaba don Pelayo en Covadonga (Y poco me importaba que esa leyenda fuese, con toda probabilidad, falsa, pues el ánima de la cruz es bastante posterior al año 722, en que tuvo lugar esa batalla).
Allí, en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo, parte, a lo que parece, de la primitiva catedral románica que existió en tiempos de Alfonso II y que también se describe en mi novela citada, entre otras muchas joyas se exhiben tres que me llamaron la atención: La citada “Cruz de la Victoria”, la “Cruz de los Ángeles” y “La Caja de las Ágatas”. En ese momento, contemplándolas arrobado, tuve una inspiración. Mi novela se convertiría en una trilogía, con tres libros dedicado cada uno a una de las tres joyas. Durante un tiempo, varios años, esa fue mi intención, pero en como tantas otras cosas, el Destino tenía otros planes.
Ya que Oviedo, como dijimos, aún no existía en la época de don Pelayo, la ciudad principal de Asturias en tiempo de los godos era “Lucus Asturum” en, o cerca de, la actual Lugo de Llanera. También la recorrí buscando vestigios, pero no encontré nada digno de mención, así que tuve que recurrir a mi imaginación para describirla.
Otra ciudad importante de la época fue “Gigia”, la actual Gijón. Probablemente fue allí donde los musulmanes, por un breve período de tiempo, tuvieron su base más allá de la Cordillera Cantábrica y desde donde intentaron dominar el territorio asturiano; y allí sería donde Munuza tendría encerrada a la hermana de Pelayo mientras enviaba a éste como prisionero a Córdoba (Otra leyenda que, sea o no cierta, tiene trascendencia en la trama de mi novela). No es difícil imaginarse a la península de Cimadevilla como una ciudad medieval guarnecida por fuertes murallas que cerrasen el istmo. Incluso hay edificaciones, aunque de fecha muy posterior, que producen esa impresión. Un par de visitas recorriendo sus calles (Y tomando algunos “culines” de sidra en sus numerosos bares) me bastaron para concebir en mi mente los capítulos que narraban ese momento. Aunque el modo en que Pelayo penetraría en la fortaleza de Munuza para liberar a su hermana aún no lo tenía claro. Hasta que se me ocurrió una idea.
Desde la punta donde se encuentra la escultura de Chillida, “el elogio del horizonte” hay una hermosa vista hacia el noroeste, hacia el Cabo Peñas (hoy parcialmente interrumpida por la ampliación del muelle del Musel, tan necesaria, pero tan perniciosa paisajísticamente). En mitad de esa costa se encuentra la villa marinera de Luanco, de donde es originaria mi familia, donde tengo un pisito a orillas de la playa d ela Ribera, y donde pasé ratos inolvidables en mi niñez. ¿No sería posible que…? ¡Por supuesto! Para evitar las murallas de Gigia, Pelayo se embarcaría desde Luanco (con una gran tradición marinera y de pesca de ballenas que se remonta a la Edad Media e incluso, a la Antigua y a la Prehistoria, y con excelentes remeros actuales que, a bordo de bateles y traineras, compiten en las regatas del Cantábrico) y, sorprendiendo a los musulmanes que no podrían imaginárselo, treparía por los riscos del Cerro de Santa Catalina para liberar a su hermana. Así añadiría a mi novela un aspecto sentimental, introduciendo mi “patria chica”. Y le haría un “guiño” a la tradición marinera asturiana, ausente del resto de la trama de mi novela, con la esperanza de que algún día pueda resultar atractiva para el “Museo Marítimo de Asturias”, sito en Luanco, (Por supuesto, pertenezco a la asociación de Amigos de ese Museo).
Y ya que, como de costumbre, me he extendido demasiado, dejaremos el Occidente asturiano para la próxima entrada. (Así seguiré en mi tierra un poco más).

16 de septiembre de 2010

LOS VIAJES (Asturias I)

Respecto a los viajes que hice para conocer de primera mano los lugares que iban a aparecer en mi novela, no puedo seguir un orden cronológico. En parte porque mis recuerdos no son del todo fiables, y en parte porque (como ya dije, un poco avergonzado, cuando expliqué cómo se fueron creando mis novelas) no seguí ningún esquema previo con “Pelayo, rey”; es más, al escribir una página no sabía qué es lo que iba a ocurrir en la siguiente, a veces ni siquiera en los párrafos que iban a venir a continuación. Por eso los viajes se fueron realizando según lo pedía el argumento y, en ocasiones, un capítulo quedaba pendiente de conclusión y se despachaba en el borrador con una nota que decía algo así como: “aquí va a tener lugar una pelea entre Pelayo y cinco musulmanes, que contaré cuando vea el lugar”. Y, sin más, se pasaba al capítulo siguiente.
Así que, para la organización de esta entrada, en lugar de por el momento en que se realizaron, hablaré de los viajes agrupándolos por adónde se realizaron; y el primer lugar que hay que visitar si vamos a hablar de don Pelayo es, sin duda, Asturias, y más concretamente, nuestra cuna: Covadonga.
Hago frecuentes viajes a Asturias y, siempre que puedo, subo a rezar ante la “Santina”. Pero, una vez decidido a escribir, estos viajes tuvieron además otra motivación. Contemplando el impresionante paisaje de la Gruta y sus alrededores no tuve ninguna dificultad para imaginarme a mi héroe erguido en una roca, blandiendo su enorme espada con la mano derecha y enarbolando en la izquierda la Cruz que la leyenda ha convertido en el ánima de roble de la Cruz de la Victoria. En ese momento estuve seguro, iba a escribir la novela, se llamaría “La Cruz de la Victoria” y finalizaría con el momento grandioso de la victoria sobre los musulmanes. Ya dije, en las primeras entradas de este blog, como, de todas estas premisas, solo se cumplió la primera.
Cuando el tiempo y la niebla lo permiten, desde Covadonga suelo subir hasta los Lagos. Allí, contemplando el grandioso paisaje de los Picos de Europa, e intentando imaginarme cómo serían en invierno, cuando la nieve cubriera todo con su blanca capa y los caminos se volvieran impracticables, di forma en mi mente a la llegada de Pelayo, agotado y semiinconsciente desde el sur y a la escena en que se da cuenta de que, aún más que unir a godos y astures en un proyecto común, su destino es el de encontrar su auténtico amor en la persona de Gaudiosa. (Y que ambos destinos, el personal y el colectivo, están unidos indefectiblemente).
También volví a los Lagos antes de escribir la huída de los musulmanes hacia el río Deva después de Covadonga. (Aunque el relato de esa ruta realizado por Sánchez Albornoz y un grupo de sus estudiantes de la Universidad de Oviedo ya era suficientemente explícito como para hacerme una idea). Y para completar la visión de conjunto, rodeé los Picos de Europa llegando hasta Potes, imaginándome el “argayo” que sepultó a los musulmanes en Cosgaya y subiendo hasta los Picos en el teleférico de Fuente De. El valle de la Liébana y Santo Toribio me ayudaron, no solo para esta novela, sino para las siguientes.
Si vamos desde Oviedo a Covadonga, circulamos un tiempo a orillas del Piloña. Según las crónicas, Pelayo, volviendo a Asturias desde Córdoba, tiene un encuentro con un grupo de musulmanes que le persiguen, pero se salva cruzando el Piloña, mientras sus enemigos son arrastrados por este río hasta el mar. Recuerdo que aparqué a un lado de la carretera, salí del coche y me rasqué la cabeza contemplando el río. ¿Cómo podría un curso de agua de un par de palmos de profundidad realizar esa proeza? Al rato, pensé que los ríos de hace más de mil años podrían ser diferentes de los actuales y decidí, contra toda evidencia, mantener esa leyenda.
También a orillas del Piloña contemplé la mole del Sueve, que separa este valle del mar, y me pareció un sitio ideal para situar el campamento de los astures en el que se refugia Pelayo.
En Cangas de Onís intenté imaginarme como sería la primitiva corte de Pelayo, y, aunque no hay indicios de ello, supuse que estaría justo en la unión del Sella y el Güeña, quedando la actual capilla de la Santa Cruz extramuros de la misma.
Más viajes hice a Asturias para sentirme identificado con el protagonista de la novela, pero como me estoy extendiendo demasiado, acabaremos aquí con el oriente de Asturias, dejando el resto para la próxima entrada.
Hasta entonces.

13 de septiembre de 2010

LOS MUSULMANES

En el año 711 un ejército musulmán invadió Hispania y acabó con el reino godo de Toledo. Si esto no hubiera ocurrido, Pelayo hubiera seguido siendo un miembro anónimo de la corte del rey Rodrigo (Si lo que nos han contado las crónicas fue realmente cierto) y mi novela no se habría escrito. Pero ya que la parte central de “Pelayo, rey” se basa en su resistencia a la invasión musulmana y al principio de la Reconquista, tenía que conocer las versiones de la “otra parte”. No para completar lo que había aprendido sobre Pelayo en las crónicas cristianas, pues ya dije que casi nada era lo que los musulmanes habían escrito sobre él, sino para conocerles mejor, y poder narrar, tanto la invasión y conquista de la península, como lo que ocurría en los territorios ocupados mientras nuestro héroe se afanaba en iniciar, en sus agrestes montes, la resistencia a los invasores creando el germen del futuro Reino de Asturias.
Mi primera acción no me resultó difícil. Por los escritos de Sánchez Albornoz había llegado a conocer la existencia de un célebre arabista, con el que el sabio historiador había polemizado frecuentemente por mantener puntos de vista enfrentados (mejor, así tendría una visión más amplia), aunque de enormes conocimientos sobre la materia. R.P.Dozy es imprescindible para conocer a fondo a los musulmanes de la primera época, la de su expansión. Y sus libros aún pueden encontrarse. Rápidamente busqué, encontré y compré los tomos I y II de su “Historia de los musulmanes”, Ediciones Turner, 1988 , y, aparte de tomar notas para mi novela, me los leí de un tirón. Es lógico que Dozy mantuviese frecuentes discusiones en sus escritos con Sánchez Albornoz, pues escribe con la misma amenidad y con una pasión en sus tesis comparables a las de aquél. Casi todo lo que de la historia de los musulmanes hay en mis novelas sigue sus tesis y comentarios, al igual que para los reinos cristianos me he dejado guiar por Sánchez Albornoz.
Empeñado en completar mis conocimientos sobre la España musulmana en tiempos de Pelayo seguí buscando por las librerías y, también sin dificultad, me llamó la atención un libro no demasiado voluminoso, pero también muy bien documentado y que cumplía con mis necesidades: “La conquista árabe” de Roger Collins, editorial Crítica, 1991. Con él completé mis conocimientos sobre los musulmanes en tiempo de don Pelayo y me consideré casi preparado para escribir. Casi, porque, al igual que me había ocurrido con los escritos cristianos, estos autores hablaban de y basaban sus teorías en crónicas más antiguas escritas por autores casi contemporáneos de los hechos. Y me puse a buscarlos. Esto fue un poco más complicado. Pude encontrar y compré la “Historia de Al-Andalus” de Ibn Idari al-Marrakusi, escrita en el siglo XIII, Ediciones Aljaima, 1999. Pero no me pareció suficiente. Buscaba algo más antiguo, en especial el “Ajbar Maymúa” o “Colección de Tradiciones”, que tanto Sánchez Albornoz como Dozy citan con profusión, pero me fue imposible. Afortunadamente, entre mi buen amigo y compañero de los sábados deportivos del colegio, Sebastián Sabando, que por aquella época vivía en Alcalá de Henares, y buscó en esa Universidad, y mi hijo Pablo, que investigó en la biblioteca de la Autónoma de Madrid, en la que entonces cursaba sus estudios, conseguí en préstamo el “Fath al-Andalus”, traducción y edición de González Argel, 1888; la crónica de “Ibn al-Qutiya” (el “hijo de la Goda”, un bisnieto del rey godo Witiza de cuyos descendientes, cuando acabe de escribir – si es que lo hago algún día – esta historia de mis novelas, contaré unas anécdotas que me ocurrieron en la Universidad de verano de Vélez-Málaga en 2007), traducción y edición de J. Ribera, 1926 y, por fin, el anhelado “Ajbar Maymúa”, ed. Lafuente Alcántara, 1867. Me apresuré a tomar notas y notas (alguno casi lo copié literalmente), pues tenía que devolverlos antes de quince días, y, una vez más me consideré capacitado para comenzar a escribir. Pero solo por un momento, porque pronto caí en la cuenta de que tendría que describir sitios y paisajes que no conocía, así que aún me quedaba una tarea que realizar antes de estar suficientemente preparado: conocer “in situ” los lugares más significativos que iban a aparecer en mi novela. Y esto me da pie para la siguiente entrada.