27 de marzo de 2011

Quinta novela IV.- El rey Ordoño

Tras el prólogo ya relatado, en que Alfonso III, una vez destronado por sus hijos peregrina a Santiago y se deja invadir por sus recuerdos, la primera parte de la novela, con el título de “El príncipe” (No olvidemos que el protagonista será dicho Alfonso III, y que ese sería su título en su niñez), nos lleva a la corte de Ramiro I, en la que asistimos (brevemente, pues se mantiene mi intención de respetar lo escrito por Fulgencio Argüelles en sus “Los clamores de la tierra”, en los que narra lo sucedido bajo el reinado de ese monarca) al castigo de Nepociano por haber intentado ursurpar (o tal vez, no; la historia la escriben los vencedores) el trono de Oviedo, a las incursiones vikingas, a la difícil relación con los reyes navarros, que no aceptan a los asturianos como únicos continuadores del reino godo, y a la coronación, a la muerte de Ramiro, de su hijo Ordoño como rey de Asturias, acabando, esta vez definitivamente, con la costumbre visigoda de elección del monarca por los notables del reino.
También nos asomaremos a la corte de Cordoba, en la que el emir Abderrahmán II, dominado por el teólogo Yahya ibn Yahya, el visir Nasar, el músico Ziryab y, sobre todo, por su favorita Tarub, pasa los últimos años hasta que, en una trama perfectamente novelesca, a su muerte es sucedido, no por el hijo de Tarub, Abd Allah, sino por su primogénito Mohamed que, disfrazado de mujer, entra en su harén para recibir de manos del moribundo el anillo símbolo de su autoridad. (Aunque, como se explica en la novela, esta historia está contada con mucho más detalle en la casi contemporánea “Los mozárabes”, de la que también hablaremos más adelante).
Durante esta primera parte asistimos a la educación de Alfonso como futuro rey, llevada a cabo, además de por su padre, el prudente rey Ordoño II, por sus tíos Gatón y Rodrigo. Y se van dejando caer referencias a dos ciudades que tendrán importancia en la historia real de este rey, Zamora, a la que repobló, y León, a la que preparó para ser la futura capital.
También conoceremos a Musa ibn Musa, nieto de Fortún y bisnieto del conde visigodo Casio, quien, desde sus dominios de Tudela, a veces a las órdenes del Emir de Córdoba y otras rebelándose contra él, llega a dominar todo el valle del Ebro y a autodenominarse “el tercer rey de España”. Ya hemos hablado en anteriores entradas de este muladí, y él y sus hijos, y sus relaciones con la corte Asturiana tendrán una intervención importante en la trama de esta novela.
Igualmente, aparece en las páginas de la novela, “La Caja de las ágatas”, que le iba a dar título, como parte del botín capturado a Musa por Ordoño en la batalla de Albelda, y que se encuentra con la tapa estropeada (Los expertos creen que la tapa de la caja es de época posterior al resto, así que había que preparar el terreno)
Y, por último, y tras varias vicisitudes que no cuento aquí, para incitar a los posibles lectores a que compren la novela cuando se publique, el príncipe Alfonso se convierte en Alfonso III de Asturias sucediendo a su padre Ordoño y dando pie a la segunda parte del libro, que comentaremos en una próxima entrada.

23 de marzo de 2011

Quinta novela III.- El inicio.

Como ya expliqué, había decidido, como homenaje a Fulgencio Argüelles y su novela “Los clamores de la tierra”, pasar de largo sobre el reinado de Ramiro I y centrar mi novela en los de Ordoño I y Alfonso III (Decisión que puede ser revocada en cualquier momento, aunque hay varios temas a los que pienso dedicar mi atención antes de que me replantee éste)
Una vez estudiados ambos reinados, a pesar del afecto que produce la figura prudente y serena del rey Ordoño, me pareció mucho más atrayente, desde el punto de vista novelesco, el del rey emperador, Alfonso III, no solo porque, dado el título de la novela (“La Caja de las Ágatas”), algo esencial tendría que relacionarse con esta joya, donada por su hijo Fruela en vida de su padre, sino porque su final, destronado por sus propios hijos, era lo suficientemente dramático como para merecer ser el epílogo de la novela.
Así que comencé la novela por el momento en que Alfonso III, destronado, pide permiso a sus hijos para hacer una peregrinación a Santiago de Compostela, y desde allí, en un “flashback” sus recuerdos le llevan hasta su niñez, aún en tiempos de su abuelo Ramiro. Eso me permite narrar – brevemente – la edificación de los monumentos del Naranco, las expediciones de los normandos y (esto último de forma imaginaria), las primeras relaciones de la corte asturiana con los reyes navarros y los Banu Qasi del valle del Ebro, que marcarían los dos reinados objeto de la novela.
En la corte asturiana tomamos contacto, en los últimos momentos del rey Ramiro, con su hijo y futuro rey, Ordoño, el hermano de éste, Gatón, conde del Bierzo (Hay discrepancias entre los historiadores sobre si Gatón era hermano o primo de Ordoño; sin ningún motivo esencial, me decidí por la primera opción) y su primo, Rodrigo, primer conde de Castilla. Estos tres hombres, jóvenes, fuertes y decididos, aunque cada cual con su personalidad, ejercerán de maestros del joven Alfonso e irán forjando su carácter para el destino que le espera.
También, en los primeros capítulos, se presentará la corte del emir Abderrahman II, con los tres personajes que tanto influyeron en ella, el emir Nasar, la favorita Tarub y el poeta Ziryab. Y la relación de sumisión/rebelión que, de forma alternativa, tenía con el emir cordobés el señor del valle del Ebro, el muladí Musa ibn Musa,(el “tercer rey de España”, del que ya hemos hablado en una entrada anterior del blog), y los efectos que estos cambios de relación tenían en el reino asturiano y en sus contactos o conflictos con los señores (o reyes) de Pamplona, la familia Arista.
Con todo esto se pone en marcha la novela, cuyo desarrollo dejaremos para más adelante.

16 de marzo de 2011

Quinta novela II.- El orden del desorden

Acababa de terminar “El Muladí” cuando, por fin, se publicó la primera de mis novelas, “La Cruz de la Victoria”, pero con el título de “Pelayo, rey”. Eso renovó mis ganas de escribir, aunque, para soslayar los problemas que me causó el hecho de que “El Muladí”, anterior en el tiempo a “La Cruz de los Ángeles”, hubiera sido escrito después (y los ya relatados de que “La Muralla esmeralda”, anterior a las dos fuese escrita con posterioridad a ambas), decidí apartar, por el momento, lo que llevaba redactado de “La Caja de las Ágatas” y centrarme en la novela que tendría (en mi concepción de la serie) que antecederla, “El Mozárabe”.
Naturalmente, aunque una gran parte del trabajo de documentación realizado para las novelas anteriores podría servirme, en “El mozárabe” intervendrían principalmente protagonistas pertenecientes a ese grupo social, el de los cristianos que, bajo el dominio musulmán, se mantenían firmes en su fe, por lo que volví a consultar libros y crónicas y de nuevo surgieron los problemas.
El momento más apropiado para narrar las peripecias de este grupo, es el de los martirios cordobeses inspirados por san Eulogio alrededor del año 850, y hasta el 859, fecha en que el propio san Eulogio es condenado a muerte. Pero eso nos lleva ya al reinado de Ordoño I en Asturias, con o cual ambas novelas se iban a solapar. Y mucho de lo que comenzaba a esbozar para “El Mozárabe” se vería afectado por lo que ocurriese en “La Caja de las ágatas”. Así que tomé una decisión. El Mozárabe comenzaría en el año 797, para poder contar “La Jornada del Foso”, episodio sangriento de Toledo que causaría la huída de la ciudad de los padres o abuelos de los protagonistas, y luego, tras un salto en el tiempo, retomaríamos la trama, ya en Córdoba, en tiempos de Eulogio. Debido a esto, de nuevo “La Caja de las Ágatas” recuperaba el puesto 5º en el orden cronológico de las novelas, y se perdía la simetría de la serie (1ª novela en Asturias, 2ª en tierras musulmanas, 3ª en Asturias, 4ª en tierras musulmanas…etc.). Eso me preocupó un tiempo, hasta que (posteriormente), al escribir “La Muralla esmeralda” como continuación de “Pelayo, rey”, esa simetría desapareció por completo. Así que, por fin, podemos dedicarnos a hablar de esa novela, “La Caja de las Ágatas”, que es lo que nos corresponde ahora.
Pero, como me he extendido tanto en los prolegómenos, será en la próxima entrada.

11 de marzo de 2011

Quinta Novela. I La Caja de las Ágatas..

Bien, ha llegado el momento de hablar de mi quinta (por el momento) novela en orden cronológico. Fue la cuarta que escribí. Había finalizado la que se llamaba, entonces, “La Cruz de la Victoria” y que se publicó con el título de “Pelayo, rey”, sobre la vida de este personaje; había concluido “La Cruz de los Ángeles” en la que relataba, en su primera parte, el reinado de Fruela (cuarto rey de Asturias), en la segunda los de Aurelio, Silo, Mauregato y Bermudo (quinto, sexto, séptimo y octavo monarca, respectivamente, aunque no todos los historiadores están de acuerdo con esta numeración), y en la tercera, parte del largo reinado del rey que hacía el número nueve, Alfonso II, “el casto” (Espero algún día escribir otra novela sobre la segunda parte del reinado de tan longevo monarca, por lo que ésta pasaría a ser la sexta en el orden cronológico), así que tocaba seguir escribiendo.
Por aquellos tiempos ya había decidido que mis novelas formarían una trilogía, cada una de ellas basada en una de las joyas del tesoro de la Catedral de Oviedo. La primera en “La Cruz de la Victoria”, joya donada por Alfonso III en el año 908, pero cuyo ánima de roble, según la leyenda (y no importa que, probablemente, no sea cierto) fue la cruz que enarboló don Pelayo en la batalla de Covadonga. Así la inscribí en el registro, aunque luego, por conveniencias editoriales, se publicó con el título de “Pelayo, rey”.
La segunda, en “La Cruz de los Ángeles” (Y espero que si se publica, lo haga con ese título), donada por Alfonso II en el año 808 (justo cien años antes que la anterior) y que tiene importancia en la novela que le da nombre.
Para la tercera escogí la “Caja de las Ágatas”.arqueta para reliquias que fue donada por el infante Fruela de Asturias, hijo del rey Alfonso III en el año 910, aún en vida de su padre. Eso me causó algún problema de fechas. Había ya narrado, con mayor o menor detalle, la vida de siete de los nueve primeros monarcas asturianos (el segundo, Favila, y el tercero, Alfonso I, tendrían posteriormente su lugar en “El Muladí”). El décimo (o undécimo, si contamos el breve reinado de Nepociano), sería Ramiro I. Un tiempo apasionante, en el que se construyen los monumentos prerrománicos del Monte Naranco. Pero por aquella época había caído en mis manos la excelente novela “Los clamores de la tierra”, del escritor asturiano Fulgencio Argüelles (por cierto, se la debo haber prestado a alguien, pues ya no la tengo en casa, ni consigo encontrarla en las librerías) sobre el reinado de ese monarca llamado “vara de la justicia” y decidí respetar su obra y pasar directamente al duodécimo, Ordoño I. Claro que tendría que extender la novela hasta el final del reinado de su hijo, Alfonso III, “el magno” (mucho más interesante, novelísticamente) si quería justificar el título de “La Caja de las Ágatas). Eso me causó algunos problemas y la escritura no se hizo tan fluída como deseaba.
A la vez, por aquella época, como también he contado ya en anteriores entradas, en atención a mis amigos de Torre del Mar, Málaga, decidí escribir también sobre la vida de los españoles bajo el gobierno musulmán, y abandoné a “La Caja de las Ágatas”, para la que ya me había documentado bastante, para escribir “El Muladí”, novela que en el orden cronológico, iría entre “La Cruz de la Victoria” (Aún la denominaba así, pues todavía no había sido publicada) y “La Cruz de los Ángeles”, formando una serie alternativa, con una novela en tierras asturianas y otra en las musulmanas. Así, entre “La Cruz de los ángeles” y la inconclusa “Caja de las Ágatas” iría otra titulada “El Mozárabe”. “La caja de las Ágatas” tendría que esperar (Al menos hasta la siguiente entrada en este blog)

8 de marzo de 2011

Una Pausa

Hagamos una pausa en este repaso, por orden de su situación en la Historia de España, de mis novelas. Hemos visto la primera (Pelayo, rey), la segunda (La Muralla esmeralda), la tercera (El Muladí) y la cuarta (La Cruz de los Ángeles). Llegados a este punto, y ante la próxima publicación de la segunda, tema del que hablaremos más extensamente cuando tenga más seguras una serie de circunstancias, he dedicado una parte de mi tiempo a la corrección de esa para su redacción definitiva. Pero, como ya he dicho en varias ocasiones, escribí “La Muralla esmeralda después del Muladí, y ésta después de “La Cruz de los Ángeles” cuando el orden cronológico era precisamente el inverso. Eso, unido a que habían pasado varios años entre la realización de una y la de la anterior/siguiente, causó varias incongruencias. La principal, la de las edades de los hijos de Pelayo (Favila y Hermesinda), Pedro de Cantabria (Alfonso y Fruela) y el personaje inventado, coprotagonista de “Pelayo, rey”, Julián (Rodulfo e Isidoro); principalmente Rodulfo a quien, al escribir “El Muladí”, le hice algo mayor que sus primos y luego, en “La Muralla esmeralda”, no recordando ese detalle, le describí como algo más joven. (Al ser un personaje inventado no estaba condicionado por la verdad histórica)
Bien, tenía que corregir algo, y la duda era cuál de las dos novelas había que cambiar. Lo dudé un tiempo, pero envejecer a Rodulfo en “La muralla esmeralda” obligaría a reescribir casi todos los capítulos (Aunque estamos hablando solo de unos pocos años), y, sin embargo, cambiando algunas frases en “El muladí” se podía hacer que Rodulfo no fuese el hombre maduro que se había descrito en un principio. Ya cité, creo, en alguna entrada anterior, como sustituyendo “El conde Rodulfo, con la sensatez propia de sus muchos años…” por “El conde Rodulfo, con una sensatez impropia de sus pocos años…” se conseguía el efecto deseado.
También en “El Muladí” Rodulfo era presentado (Y esto era esencial en la trama) como habiendo enviudado hacía poco. Afortunadamente, en “La Muralla esmeralda” describo la muerte de Brunequilda, la mujer de Rodulfo (otro personaje inventado, naturalmente), así que bastó con decir “Había enviudado hacía tiempo” en vez de “su esposa había fallecido el año pasado” para que todo cuadrase.
Y, por fin, para acabar con esta serie de incongruencias (Hubo muchas más, pero no es caso de contarlas todas aquí), en el Muladí, a la muerte de Rodulfo, se hace cargo de su hacienda su hermano Marcelo. Pero en “La Muralla esmeralda”, Julián solo tiene dos hijos, Rodulfo e Isidoro. Y este último se hace monje (en ambas novelas y con importancia en la trama). Después de pensarlo, la solución más sencilla fue hacer a Marcelo no hermano, sino primo y, aunque no sale en “La muralla” (Habría que haber vuelto a escribir algunos capítulos), sí que pude situarlo nombrando a su padre que, afortunadamente, salía en “Pelayo, rey”, aunque al escribir esta novela no pensaba que esta rama de la familia fuese a tener importancia posterior.
Bien, ahora me toca seguir revisando la quinta novela, la que ahora se llama “La Cruz de la Victoria”. Y como es también la que corresponde en esta serie de entradas en el blog, de ella hablaremos en la próxima.

28 de febrero de 2011

LOS MULADIES II.- Omar ibn Hafsun.

En la batalla en que los visigodos perdieron el dominio de España y que tuvo lugar a orillas del Guadalete en el año 711, como pudimos leer en la primera de mis novelas, Pelayo, rey, participó un noble visigodo de nombre Alfonso (no aparece en la novela citada, pues no tuvo importancia entonces), natural de algún lugar cerca de la serranía de Ronda (unos dicen que de Parauta, cerca de esa ciudad, y otros que de Júzcar, por la misma zona)
Tras la derrota, y al igual que los nobles godos que vimos en la entrada anterior (el duque Casio y su hijo Fortún), Alfonso pactó con los vencedores. Pero como su importancia era mucho menor que la de aquellos y sus tierras estaban ya en poder de los musulmanes, las condiciones fueron mucho menos ventajosas. Sea como fuere, pudo retener una parte de sus tierras y una buena posición. Pero, cada vez que, debido a las luchas entre las diferentes facciones musulmanas, o por la llegada de nuevos contingentes desde África, había que conceder nuevas tierras, los descendientes de los godos e hispanos eran despojados de ellas, así que un descendiente de Alfonso, pensando mejorar su suerte, se convirtió al Islam y tomó el nombre de Djafar al islamí. Como a tantos otros, esto no le sirvió de nada y, desesperado, vendió sus tierras y fue a establecerse en Iznate, cerca de Málaga, pensando que en ese nuevo lugar mejoraría su posición. (Como se podrá leer en el cap. 17 de “El Muladí”, mi tercera novela, si llega a publicarse).
Cuando, años después, Djafar tuvo que soportar que un musulmán se quedase con parte de sus ya escasos rebaños sin que el gobernador hiciera nada para defenderle, su nieto, Omar (El Omar ibn Hafsun de que estamos tratando), airado, fue a ver al ladrón, tuvo una discusión con él y le mató. Por lo que, para huir de la justicia, huyó a Tahart, en África, donde se ganaba la vida como sastre.
Un día, entrando en su tienda un viajero proveniente de Andalucía, muladí como él, le contó como sus compatriotas estaban siendo oprimidos por los .árabes y que había soñado que uno de ellos les animaría a rebelarse. Omar respondió: “yo soy ese hombre”, dejó sus instrumentos y volvió a su tierra dedicándose, al principio, a saquear y a alistar con él a los descontentos con el emir. Se estableció en Bobastro, una fortaleza derruída en un escarpado monte al noroeste de Málaga, que restauró y preparó de tal manera que era prácticamente inexpugnable. Pronto sus seguidores fueron tan numerosos que pudo derrotar a las mismas tropas del emir y llegó a dominar todas las serranías entre Córdoba, Sevilla y Málaga. De tal manera que el propio Mohamed I le perdonó y le incorporó, junto con sus hombres a su guardia personal, participando en varias campañas contra los cristianos del norte, demostrando arrojo, valor y habilidad.
Pero sus virtudes no encontraban la recompensa esperada, ya que los otros generales del emir, árabes de pura cepa, le trataban con desprecio, así que volvió a su fortaleza de Bobastro y a saquear las tierras del emir, impotente para reducirle.
Al Mundir, hijo y sucesor de Mohamed, reunió un gran ejército y, abandonando su lucha contra los cristianos, atacó a Ibn Hafsun, quien firmó un pacto con él. Pero en cuanto el ejército del emir se retiró, volvió a las andadas. (¿Les suena de la historia del anterior muladí, Musa ibn Musa?)
Al Mundir murió sitiando Bobastro, y su hermano Abdallah tiene que hacer frente a numerosas sublevaciones lo que aprovecha ibn Hafsun para dominar la mayor parte de Málaga, Sevilla, Granada y Jaén, confinando al emir en los alrededores de su capital, Córdoba.
Al fin de su vida, Ibn Hafsun vuelve al cristianismo y adopta el nombre de Samuel, pero esta decisión le granjea la pérdida de gran parte de sus seguidores. A pesar de todo se mantiene en Bobastro hasta su muerte en el año 917. Su hijo continúa la lucha diez años más, hasta que es derrotado por Abderrahmán III (el primer califa cordobés) y parte al exilio. Su hija, santa Argentea, es considerada por la iglesia como virgen y mártir.
Como conclusión, la rebelión de ibn Hafsun hizo que los emires cordobeses no pudieran, durante mucho tiempo, utilizar a gran parte de sus soldados contra el reino asturiano, lo que se podrá ver en la quinta de mis novelas, “La Cruz de la Victoria”

21 de febrero de 2011

LOS MULADIES I.- Musa ibn Musa.

Cuando decidí dedicar mi tercera novela a este grupo social, me incliné (como ya conté en su momento) por que mi protagonista fuera un joven imaginario, y, por lo tanto, de ninguna importancia real. (Aunque en el devenir de la trama le hice partícipe de muchas de las circunstancias históricas del momento).
Ésta fue una decisión de la que nunca me sentí seguro de haber tomado la correcta. Es cierto que el hecho de que mi protagonista fuera un personaje imaginario me permitía una libertad total a la hora de decidir acerca de sus actos y su destino, pero también desaprovechaba las enormes posibilidades dramáticas (y reales) de algunos de los más importantes representantes de ese grupo social. Como dije, no desespero de, en algún momento futuro, dedicar alguna novela, al menos a dos de estos personajes; el aragonés Musa ibn Musa y el andaluz Omar ibn Hafsun, cuyas vidas, tan diferentes entre sí, pero tan apasionantes ambas, merecerían el trato de plumas (teclados, más bien) más expertos que la mía.
Puesto que ambos van a aparecer, aunque de modo tangencial, en las páginas de mis siguientes novelas (sus antepasados ya lo hicieron en las anteriores), quizá sea un buen momento para hacer una pausa en la relación cronológica de mis libros y dedicarles unas líneas.
Comencemos por Musa ibn Musa, cuyos antecedentes históricos se remontan a la primera de mis novelas, “Pelayo, rey”
Como quizá recuerden los que la hayan leído, en ella aparece el duque visigodo Casio, señor del valle del Ebro, y, junto con su hijo Fortún, adversarios de nuestro héroe, Pelayo y del rey Rodrigo, aunque al comprobar que éste derrota a los partidarios de los hijos de Witiza, cambian rápidamente de bando (esto pertenece a la imaginación del autor, aunque al comprobar su actitud posterior, no nos debe extrañar).
Cuando el ejército de Rodrigo es derrotado por los musulmanes (y por la traición de los witizianos) en el Guadalete, Casio y Fortún tratan con los vencedores y ofrecen su sumisión a cambio de mantener sus territorios; no solo eso, sino que para medrar más rápidamente bajo sus nuevos amos, aceptan la religión islámica convirtiéndose en muladíes.
Durante los hechos relatados en “Pelayo, rey”, “La muralla esmeralda” y “El Muladí”, los descendientes de Casio, los “Banu Qasi” son una de las más importantes familias del valle del Ebro bajo el emirato dependiente, y cuando Abderrahmán I toma el poder, el nieto del duque Casio, Musa ibn Fortún (Muestra del “peloteo” de la familia es que pusieron a su primogénito el nombre del árabe conquistador, Musa ibn Nusayr), se pasa rápidamente al bando del nuevo amo y le ayuda a tomar Zaragoza, recibiendo, a cambio, el gobierno de esas tierras.
Musa es un “fiel” vasallo de Abderrahmán, pero como no está de más estar preparado para cualquier eventualidad, contrae matrimonio con la viuda de Iñigo Jiménez, uno de los más importantes señores navarros. Con la ayuda del muladí, su hermanastro Iñigo Jiménez (Iñigo Arista) consigue convertirse en el primer rey de Pamplona desplazando a los sectores más afines a los francos. A cambio, cuando, una vez fallecido Musa ibn Fortún, su hijo y sucesor, Mutarrif ibn Musa, es asesinado por vascones adictos a Carlomagno, los Aristas ayudan a su hermano (nuestro protagonista), Musa ibn Musa, a mantenerse como gobernador de Tudela, cargo en que es confirmado por Abderrahmán II, a la sazón emir de Córdoba.
Aquí comienza la azarosa vida pública de este muladí, gran parte de ella contada en la quinta de mis novelas, “La Cruz de la Victoria”. Llamado por su señor, el emir, le ayuda a derrotar a los vikingos que habían remontado el Guadalquivir, lo que le hace merecedor de sus favores. Aliado con sus parientes navarros, actúa con total independencia del emir cordobés y se califica a sí mismo como “el tercer rey de España” (Siendo los otros dos, el emir Abderrahmán II y el rey de Asturias, a la sazón Ramiro I)
Cuando, después de ser derrotado por el sucesor de Ramiro, su hijo Ordoño, en Albelda, su estrella comienza a declinar (y los navarros entran en la órbita asturiana), siguiendo el ejemplo de su padre, su abuelo, y el resto de sus ancestros, pacta con el Emir, quien le perdona y le confirma como señor del valle del Ebro. Pero cuando las circunstancias le son favorables, de nuevo proclama su independencia, para volver a solicitar el perdón del soberano cordobés en el momento en que no se siente lo suficientemente poderoso para defender sus posiciones.
Sus hijos, Lope, Ismail, Mutarrif y Fortún, y sus nietos, siguieron su política pactando con unos y otros (incluso con el rey Alfonso III de Asturias), consiguiendo así mantener en poder de los Banu Qasi el valle del Ebro, hasta que fueron postergados por otra importante familia , los “Tuchibíes”.

11 de febrero de 2011

LA CRUZ DE LOS ÁNGELES III – El Emirato de Córdoba

Una vez finalizadas las entradas en el blog sobre mi cuarta novela (en el orden cronológico de la historia, y de momento), “La Cruz de los Ángeles”, me doy cuenta de que apenas he hablado de la situación en la España sometida a los musulmanes en aquellos años. Quizá ha sido porque, en esta novela, lo que sucede en esa parte de España influye poco en la trama, al menos en lo que corresponde a la imaginación del autor, pero no por eso dejo de contar los acontecimientos que ocurren en Al Andalus, con el objeto (como en todas mis novelas) de que el lector, no solo se entretenga, sino que tenga un conocimiento mayor de esos años.
Hagamos un pequeño resumen; la novela comienza con el reinado de Fruela I, en el año 757. Hacía apenas un año que Abderrahmán ibn Moawia, el último superviviente de la familia Omeya, había llegado a España. En Damasco, Abu al Abbas al Safah, tataranieto de Abbas ibn al Abd Mutalib, un tío del Profeta, había conseguido derrocar a los Omeyas, hasta entonces detentadores del Califato y dar comienzo a la dinastía abbasida. Pero su orden de acabar con la vida de todos los miembros de la familia rival no había podido ser cumplida exactamente. Abderrahmán, después de cruzar a nado el río Eúfrates, huyendo de sus enemigos y vagar cinco años por el norte de África, llegó a una España en la que las luchas por el poder eran persistentes. (¡Qué argumento para una novela! No desisto de, algún día, escribirla. Un pequeño apunte de todo esto puede leerse en la anterior novela, “El muladí”)
Abderrahmán desembarca en Almuñécar y se encuentra un país dividido por las continuas y sangrientas luchas entre kelbíes y qaysíes, bajo la discutida autoridad del emir Yusuf al fihrí y su “eminencia gris” y auténtico gobernante en la sombra, Samail (personajes que tienen importancia en la citada “El muladí”). Aunque al principio le reciben amistosamente, enseguida se dan cuenta de que el Omeya intenta establecer en España un reino independiente de Bagdad (Los abbasidas habían trasladado la capital a esa ciudad desde Damasco), lo que no era muy diferente de sus propias ambiciones, y se produce el choque entre ambas facciones. Abderrahmán triunfa, Yusuf y Samahil son asesinados (el resultado habitual en las contiendas entre musulmanes), y el Omeya se dedica a organizar su nuevo reino, amenazado por continuas rebeliones (los sucesores de Samail y Yusuf, los bereberes sempiternamente postergados, los mozárabes también, y no sin razón, descontentos, los muladíes oprimidos, los enviados de los abbasidas que intentan reconquistar sus territorios, etc., etc.)
Por esa época cuentan las leyendas (y así se narra en la novela) que Fruela I derrota a un ejército enviado contra Asturias al mando de un hijo de Abderrahmán. Eso nos crea un pequeño dilema histórico: Si Abderrahmán fue, como nos dicen las crónicas árabes, el único sobreviviente de los Omeyas a la matanza decretada por los Abbasidas, ¿De dónde salió ese hijo? Y si fue, como sus hermanos, engendrado después de su llegada a España, incluso en el último año del reinado de Fruela (el 768)no tendría más que diez años, muy pocos para mandar un ejército. En la novela hemos ignorado esta contradicción.
Abderrahmán muere en el año 788, mientras en Asturias han reinado (en la segunda parte de la novela), Aurelio(768-774), Silo (774-783), y Mauregato (783-789). Le sucede su hijo Hisam I (788-796), que tiene que defender su trono contra las rebeliones de sus hermanos Suleimán y Abdallah, además de las habituales de bereberes, muladíes y abbasidas. En este tiempo continúa la segunda parte de la novela con el reinado de Bermudo I “el diácono” (789-791) y comienza la tercera parte con los primeros años del largo reinado de Alfonso II, “el Casto” (791-842), aunque la novela termina en el año 808, durante el reinado de Al Hakam (796-822), que tiene que hacer frente a los mismos problemas que su padre, Hisam, problemas que tanto ayudaron a los reinos cristianos al principio de la Reconquista.
Una anotación que no me resisto a hacer. Cuando estaba redactando esta entrada (lo hacía de memoria, sin consultar mi novela), tuve algunas dudas en cuanto a las fechas y para solventarlas tecleé “Abderrahmán” en el buscador Google. En las múltiples entradas que aparecieron, es sobrecogedor y sintomático el gran número de ellas que, redactadas en castellano, pertenecen a organizaciones musulmanas que llaman a la unidad de los musulmanes y hablan con nostalgia de Al Andalus, cuando no instan a volver esta parte de España al dominio islámico. Que tome nota de ello quien tenga que hacerlo.

8 de febrero de 2011

LA CRUZ DE LOS ÁNGELES III – El final (de la novela)

Una vez resuelto el problema del encabezamiento que me faltaba, podemos volver a la trama de la novela, que ya estaba finalizando. La supuesta, o no, sumisión de Alfonso II a Carlomagno le granjeó enemistades entre sus propios súbditos, que motivaron un “golpe de estado” en el año 801 (en el décimo de sus 52 años de largo reinado) que le depuso y le envió cautivo al monasterio de Ablaña, de donde fue rescatado y vuelto a reponer en el trono por sus “fideles”. Como trama novelística, justifico en la depresión que le supondría la rebelión de parte de sus súbditos, la confusión que hizo que se considerasen “ángeles” los misteriosos orfebres realizadores de la Cruz que lleva su nombre, símbolo de la ciudad de Oviedo y que fue donada a esta diócesis por el casto rey en el año 808. Asimismo la llegada de esos orfebres, muy probablemente francos, se relaciona, en la novela, con la venida a Oviedo de la princesa Berta, quizá sobrina de Carlomagno, con la que Alfonso II, a instancias del ya emperador, se casa sin, por eso, renunciar a su vida de castidad.
Con esto finaliza la novela, pero no la vida de Alfonso, al que aún le quedan unos cuarenta años de reinado y varias batallas contra los musulmanes. Si esta serie de novelas, como espero, se va publicando, quizá escriba una que transcurra durante esos años y que preceda a la que estudiaremos en una próxima entrada, “La Cruz de la Victoria”, sobre los reinados de Ordoño I y, sobre todo, Alfonso III.

2 de febrero de 2011

LA CRUZ DE LOS ÁNGELES III – El saqueo de Lisboa.

Como anuncié en mi anterior entrada, voy a tratar un tema recurrente que ya se ha asomado a este blog en tres ocasiones. Por dos motivos: uno, porque ahora es el momento dentro de este paseo por la historia de mis historias que le corresponde, y dos, porque ha sido el único tema que ha suscitado comentarios en el blog. Y los comentarios de los lectores son uno de los pocos atractivos que esta labor tiene para el autor, aparte de la catarsis que supone el decir en voz alta (escribir públicamente) los motivos y circunstancias que le llevan a trasladar al papel y al alcance de todos lo que le pasa por la mente. (Para los lectores se supone que también es gratificante leer todo lo que el autor quiere contarles, realmente el ego de los escritores está muy por encima de lo que sería aconsejable)
Bien, ya que, como he dicho antes, este tema es el único que ha suscitado comentarios, voy a enviar estos primeros párrafos a todos mis contactos, con la esperanza de que les animen a entrar en el blog y leer el resto (Y participar, aunque eso sea, quizá, pedir demasiado)
Como sabrán los que sigan el blog, o hayan leído mi primera novela, “Pelayo, rey”, acostumbro a encabezar los capítulos con alguna frase de alguna de las crónicas de las que he sacado los datos históricos para escribirlo. Ya en la segunda novela, “La muralla esmeralda”, que espero se publique dentro de poco, al ser su trama, en su mayor parte, imaginaria, tuve que inventar también los encabezamientos; pero en ésta de la que estamos tratando, “La Cruz de los Ángeles”, la acción se corresponde casi en su totalidad con hechos reales, o, al menos, recogidos en las crónicas, con lo que todos los encabezamientos provienen de éstas, menos uno.
Según Sánchez Albornoz, después de los dos ataques consecutivos realizados por los musulmanes a Oviedo, y como represalia, Alfonso II realizó una larga cabalgada y, sorpresivamente, saqueó la lejana y populosa Lisboa, capítulo que narro con detalle y satisfacción. (Visito regularmente esa ciudad, y tanto ella, como Cascais y Sintra me son conocidas y apreciadas). Pero el docto historiador no dice (o yo no he encontrado) de dónde saca esos datos.
En las crónicas asturianas, y lo saco de “Textos de las crónicas de Alfonso III y Albeldense sobre los reyes en Santianes” de J. Rodríguez Muñoz, colección de textos y documentos para la historia de Asturias (I), Biblioteca histórica asturiana, Gijón, 1990, pp. 59-62, no se dice nada de esto, no obstante, el autor, en su comentario 49, relativo al destierro de Alfonso II en Ablaña, dice que hay otro suceso del que no hablan las crónicas, que es de la relación de Alfonso II con Carlomagno, de la que tenemos noticia gracias a “La vida de Carlomagno” de Eginardo; y, concretamente, señala que la incursión de Alfonso II en Lisboa se puede saber consultando: “Marcelin Deforneaux: Carlomagno y el reino asturiano” en Estudios sobre la monarquía Asturiana, Oviedo, 1971 pp. 89-114.
Pues bien, en las obras citadas no encuentro el relato de la expedición a Lisboa, así que no sé de dónde pudieron sacarlo los historiadores.
En mi primer estudio sobre este tema, en julio pasado, ofrecí un ejemplar firmado al primero que me diera alguna pista. Me contestaron Javier Serra y María de Lombas (Muchas gracias otra vez). Pero las pistas no me llevaron más que al punto que ya he relatado. No obstante, a Javier (que fue el más rápido) le debo ese ejemplar (aún no he tenido ocasión de dárselo, aunque me consta que ya tiene uno, pues fue uno de mis primeros lectores).
Así que, para acabar este “ladrillo”, vuelvo a esperar colaboraciones, o, críticas, o, aunque sea, saludos, que amenicen un poco los comentarios a este blog.
Saludos a todos.