20 de diciembre de 2010

TERCERA NOVELA, El Muladí: El protagonista.

Iba a escribir una novela sobre un determinado grupo social, los muladíes, (los mozárabes quedaban para otra ocasión) por lo tanto el protagonista tenía que pertenecer a este sector: hispanos que, viviendo bajo el dominio musulmán, aceptaban la religión islámica. Primera elección, ¿mi protagonista iba a ser un personaje real o imaginario?
Hasta ese momento, los “héroes” de mis novelas habían sido personajes reales (Pelayo en “Pelayo, rey” y en la aún no publicada “La muralla esmeralda”, Fruela I y Alfonso II en “La Cruz de los Ángeles” y Alfonso III en la aún no concluída que cerraría la serie), así que si quería que mi personaje fuera auténtico, tendría que buscar alguno de ese grupo que hubiese destacado y del que hubiese reseñas históricas. Los más conocidos fueron, sin duda, los Banu Qasi del valle del Ebro; Fortún, el hijo del duque visigodo Casio, su hijo Musa ibn Fortún, su nieto, el más famoso, Musa ibn Musa, llamado “el tercer rey de España”, y varios de sus bisnietos y tataranietos. Pero todos ellos ya habían sido utilizados en mis novelas, cronológicamente posteriores, aunque ya escritas, y además como pertenecientes a “los malos” que se oponían a mis protagonistas, “los héroes”.
Otro muladí de gran importancia fue Ibn Hafsun, el señor de Bobastro que tuvo en jaque a los emires cordobeses durante mucho tiempo. Aunque también había aparecido en mis novelas citadas, solo lo fue de manera tangencial, lo que me permitía usarlo como protagonista en esta; además, cumplía con todos los requisitos, había luchado contra sus correligionarios musulmanes, ayudando (aunque involuntariamente) a los reyes asturianos, y al final de su vida retornó a la religión cristiana. No obstante, también lo deseché, aunque queda como opción para una próxima novela (su vida aventurera lo merece) y, como pequeño homenaje, hice que su bisabuelo tuviese una pequeña aparición en las páginas de esta novela.
A pesar de que, como he dicho, los protagonistas de mis novelas fuesen personajes reales, había disfrutado mucho elaborando aquellos otros que correspondían solamente a mi imaginación, pues podía con ellos hacer lo que quisiera. Por este motivo decidí que, por esta vez, el “héroe” sería un personaje inventado. Un muladí anónimo que, sin embargo, tuviese parte en todos los acontecimientos históricos que ocurrieron en aquellos tiempos y que estaban relatados en las crónicas, cristianas o musulmanas, de que disponía y que había estudiado para la elaboración de mis novelas.
Pero, claro, esta novela tendría que ocupar su lugar en la serie y, por lo tanto, tener relación con el reino de Asturias. Ya había hablado de Pelayo en “Pelayo, rey” y tenía escrita “La Cruz de los Ángeles”, que comenzaba con el reinado de Fruela I, así que me quedaba por llenar el hueco correspondiente a los reinados de Favila (Muy breve) y Alfonso I. La acción tendría lugar en esos años. Y en esos años la única relación entre el reino asturiano y los territorios sometidos a los musulmanes tuvo lugar al norte del Duero, donde están relacionados varios lugares que Alfonso I atacó, volviendo después a la seguridad de sus tierras asturianas, ante la imposibilidad de conquistarlas permanentemente. (Esto me vino muy bien cuando, posteriormente, escribí “La muralla esmeralda” de la que hemos hablado en las entradas anteriores del blog).
Así que mi protagonista (Abdul, le llamé, sin ningún motivo especial) sería un muladí habitante de algún pueblo (no había ciudades propiamente dichas) de la zona norte de la meseta superior. De camino a Asturias desde Madrid hay un pueblo que se llama “Villa Fáfila”, a orillas del Valderaduey, y rápidamente los adopté como sitio natal de mi protagonista, aunque el motivo que utilicé para el nombre del pueblo, fuera, a todas luces, improbable.
Se me presentaba otro problema. Los motivos que indujeron a la mayor parte de los cristianos que abrazaron la religión musulmana (los muladíes) para tal apostasía fueron egoístamente económicos (pagar menos impuestos). Un “héroe” no podía dejarse llevar por motivos tan poco nobles, así que la solución fue muy sencilla: El padre de Abdul fue quien abrazó la religión musulmana y, según las normas islámicas, sus hijos también eran musulmanes, lo quisieran o no, salvo pena de apostasía castigada con la muerte. (Dejo este apunte para aquellos que quieren comparar en pie de igualdad la religión musulmana con la cristiana y para aquellos de mis compañeros que, con motivo de enaltecer “Al Andalus”, han dicho que el próximo año (2011) celebramos los mil trescientos años de la venida de los muuslmanes.)
Bien, ya tenía mi protagonista, un joven de Villa Fáfila cuyo padre había adoptado la religión musulmana. Ahora tenía que buscar la excusa para que estuviese presente en los acontecimientos históricos de los que tenía noticias, pero eso será en próximas entradas.

16 de diciembre de 2010

TERCERA NOVELA II.- Muladíes y Mozárabes

Los habitantes de la península en aquellos tiempos pertenecían a varios grupos: unos minoritarios, los supervivientes de los godos que no huyeron a las tierras de los francos y se refugiaron en Asturias, las tribus de cántabros y astures, poco romanizadas y civilizadas que mantenían su independencia al norte de la cordillera cantábrica, los árabes que vinieron con Musa ibn Nosayr y los que después se les fueron añadiendo, establecidos principalmente en los valles del Ebro y Guadalquivir y en las fértiles huertas del levante peninsular, y los bereberes que cruzaron el estrecho con Tarik y a los que sus señores árabes confinaron en las menos productivas de las tierras conquistadas, las zonas montañosas de ambas mesetas.
Sin embargo, la mayor parte de los habitantes de España eran los descendientes de los romanizados iberos, celtíberos y celtas, llamados por eso hispanorromanos y que, después de la conquista árabe se dividieron en dos grandes grupos por mor de su religión: Los “Mozárabes”, que se mantuvieron fieles a la religión cristiana, aunque asimilando, bien de grado o por la fuerza, muchas de sus costumbres, de ahí su nombre (“Mostaarab”, los que quieren ser como árabes) y los “Muladíes”, aquellos que por diferentes motivos (Pagar menos impuestos, subir en la escala social, poder acceder a cargos públicos…) adoptaron la religión Islámica (Los “Muwallad”, los adoptados)
De estos grupos pretendía hablar en mis novelas, de los muladíes en esta, “El Muladí”, y de los mozárabes en otra posterior, que no pudo denominarse “El mozárabe” por haber ya una con ese nombre y que, con la originalidad que me caracteriza, titulé “Los mozárabes”.
Y, como ya tenía experiencia y comenzaba a considerarme un escritor, pues aparte de “La Cruz de la Victoria” (Que estaba a punto de publicarse con el título “Pelayo, rey”) y “La Cruz de los ángeles”, tenía ya casi acabada “La caja de las ágatas” (Que posteriormente tomaría el título abandonado de “La Cruz de la Victoria), decidí hacer un esquema previo de la novela antes de ponerme a escribir. Y del que hablaremos en la siguiente entrada.

12 de diciembre de 2010

TERCERA NOVELA. “El Muladí”. El motivo.

Bien, acabados ya los comentarios acerca de “La Muralla Esmeralda”, al menos hasta que se publique, o esté a punto de hacerlo, comenzamos a hablar de la tercera: “El Muladí”
Ya dije cuando hicimos el estudio conjunto de todas las novelas, que “El Muladí” se concibió (y comenzó a escribirse) después de haber finalizado la que le sigue, “La Cruz de los Ángeles”. Repito, porque hace ya tiempo que lo expliqué y puede haber (con toda seguridad) lectores que se hayan incorporado al blog con posterioridad, que paso mis vacaciones en Andalucía, región en la que quedan multitud de influencias de la época (siete siglos, es decir, más tiempo del que ha transcurrido desde el fin de la Reconquista hasta nuestros días) en que estuvieron bajo la dominación musulmana; costumbres, topónimos y otros conceptos nos retrotraen indefectiblemente a esa época.
Tengo muchos y buenos amigos en Torre del Mar, Málaga. Por supuesto que no son musulmanes, pero no reniegan de lo bueno que pudo tener su influencia en esas tierras (que lo hubo, al igual que algo de malo también). En mis novelas, como corresponde a novelas de aventuras, hay “buenos” y “malos”; y el papel de los “malos” les corresponde siempre a los musulmanes. Y quería dedicarles una pequeña compensación.
Por otro lado, aunque mis novelas quieren narrar la historia del reino de Asturias, no puedo dejar de lado el hecho de que la mayor parte de España estuvo, largo tiempo, bajo la dominación musulmana y que sus habitantes, los descendientes de los hispanorromanos, se dividieron en dos grandes categorías: Los muladíes (“muwallad”, hijos de madre no árabe) y los mozárabes (“Mostaarab”, los que quieren ser como árabes). Estos dos grupos formaron durante mucho tiempo la mayoría de la población de la Península, pues los musulmanes invasores, árabes y bereberes, no dejaron de ser una minoría, dominadora, por supuesto, pero minoría al fin y al cabo; y el pequeño reino asturiano también tenía una población escasa, tanto de astures y cántabros, como de hispanos y godos fugitivos, al menos hasta que la expansión territorial y la emigración voluntaria o forzosa de cristianos desde las tierras sometidas a los musulmanes hacia el norte diese al reino de Asturias y a sus sucesores la posibilidad de competir en condiciones más igualitarias con el emirato cordobés.
Así que en esta novela, el papel protagonista y la mayor parte de las aventuras les ocurren a representantes de estos grupos; aunque, como parte de una saga, hay capítulos que transcurren en Asturias y los personajes de las novelas anteriores y posteriores también tienen su papel. Lo que, como se verá, me crea más de un problema.

5 de diciembre de 2010

SEGUNDA NOVELA; Los encabezamientos

Cuando escribí mi primera novela, decidí, no me acuerdo cómo ni en qué momento, encabezar cada capítulo con una frase de alguna de las muchas fuentes consultadas, tanto de historia como de leyendas, que hiciera relación a lo que en el capítulo se iba a tratar. Quizá fuera un deseo de mi subconsciente de dejar de manifiesto todo el trabajo de lectura e investigación que había detrás de cada párrafo.
Sea como fuere, así quedó elaborada la novela, y del mismo modo redacté la segunda que escribí (“La Cruz de los Ángeles”), excepto el encabezamiento del capítulo dedicado a la conquista de Lisboa, para el que no encontré ninguna cita, como ya dije en la entrada del blog referente a esa novela en la que pedía ayuda a mis lectores y a la que tan amablemente respondieron tanto Javier Serra como María de Lombas (Aunque el problema sigue latente y volveremos sobre él en próximas entradas).
Respecto a la tercera (“El Muladí”), seguí la misma estructura y así están encabezados los capítulos, al menos la mayor parte, y para los que aún no he encontrado frases adecuadas, no me preocupa mucho, pues aún falta para que esa novela esté próxima a publicarse.
Esa misma técnica pensaba seguir en el resto de novelas, pues ya era algo así como un signo de identidad de la serie.
Pero con la “Muralla esmeralda” se me presenta un problema nuevo; Ya he dicho que nada hay en las crónicas asturianas ni en las islámicas sobre los acontecimientos que ocurrieran en ese tiempo en el reino de Asturias. Para los capítulos que narran las aventuras de nuestros viajeros en las tierras sometidas a los musulmanes, tengo multitud de opciones en los relatos del “Ajbar Machmua”, el “Ibn Idari” o el “Al Makkari”, entre otros. Mas por mucho que he buscado, no he encontrado ninguna frase que emplear en los capítulos dedicados a Pelayo y la vida en el reino asturiano.
Así que, a simple vista, tengo tres soluciones: Dejar sin encabezamientos esos capítulos (No me gusta nada); Dejar esa novela sin encabezamientos, perdiendo la identidad de la serie (Incluso podría suprimirlos en las demás, dejándolos únicamente en la ya publicada, como origen de la serie, y evitándome así problemas en el resto, lo que tampoco me gusta); O utilizar para los capítulos en los que no encuentre nada en las crónicas, unos párrafos de una canción (ficticia) escrita presuntamente un poco después de la muerte de Pelayo por algún autor desconocido y para lo que puedo recurrir a unos folios de ese estilo que escribí hace tiempo y que, debido a su bajísima calidad literaria, descarté hace tiempo y tengo guardados en algún sitio olvidado. Esta última opción me parece la menos mala, pero quizá adolezca de excesiva presunción y perjudique al texto de la novela.
Me gustaría que, respecto a este tema, se disipase, aunque fuera momentáneamente, la timidez o pereza de mis lectores y me enviasen comentarios manifestando su opinión. Prometo tenerlos en cuenta.

4 de diciembre de 2010

SEGUNDA NOVELA; El nombre

Ya dije que, por primera y, hasta el momento, última vez, que me había ocurrido desde que comencé a escribir historias, esta novela fue redactada por encargo de los editores, como continuación de “Pelayo, rey”. Así que, en un principio, en su denominación iba a constar esta circunstancia; algo así como “Pelayo, rey, segunda parte” o “Nuevas aventuras de Pelayo” o cualquier otro título más afortunado que los expuestos pero de parecida orientación (Total, luego, los editores pondrían el nombre que ellos quisieran, como ocurrió, y ya he contado, con “Pelayo, rey”, originalmente denominado por mí (Y así consta en el registro de la propiedad intelectual) como “La Cruz de la Victoria”
Pero, en uno de mis viajes para documentarme y/o inspirarme en lo relativo a esta novela, pasé una vez más por la senda del oso, subiendo desde Trubia al Puerto Ventana. Ya que “Pelayo, rey” había comenzado allí (Excepto el prólogo que, a sugerencia de los editores, contaba la muerte de Favila a manos de Witiza en Tuy) y allí había terminado (Excepto el epílogo que, esta vez por decisión mía, contaba la entronización de Pelayo como rey en el “Campo de la Jura” a las afueras de Cangas de Onís), decidí comenzar esta continuación en los mismos lugares que en el primer libro, y narrar un encuentro de Pelayo, ya como rey de Asturias, con algunos montañeses astures de esa zona occidental, alejada del macizo oriental de los Picos de Europa, donde se situaban casi todas las acciones de la anterior novela, reticentes a aceptar su autoridad. Pretendía así hacer extensiva la adhesión a Pelayo de todos los astures, a lo largo de la cordillera.
Un inciso, la manera de que Pelayo consigue hacerse respetar y querer por los montañeses es una de las principales pegas que los editores han puesto a esta novela, hasta el punto que me han pedido que la cambie. Como a mí me gusta y parece que, al fin, no muestran interés por editarla y voy a acabar haciéndolo yo mismo (Quiero hacer una presentación en primavera, con la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio Santa María de los Rosales), voy a permitirme el lujo de mantenerla y que sean los lectores los que la juzguen.
Una vez visitados todos los lugares que me interesaban, seguí hacia el puerto para volver a Madrid por ese camino menos habitual. Mientras iba conduciendo, iba pensando en la tesis principal de la novela: la duda de Pelayo entre intentar recuperar los territorios perdidos ante los musulmanes (Esto es, comenzar la Reconquista), o aguardar tiempos más propicios, consolidando sus posesiones asturianas y protegido por… En ese momento tuve la idea; la vertiente septentrional de los picos de Europa es agreste, pronunciada y, sobre todo, completamente llena de verdor. La abundante vegetación cubre todas las laderas no dejando ver, al contrario que la meridional, la que da a la meseta, un solo palmo del suelo que no sea completamente verde, en todos sus matices. Esa era la protección del pequeño y naciente reino de Pelayo y así se llamaría mi novela: LA MURALLA ESMERALDA. Con este nombre está inscrita en el registro de la propiedad intelectual y con este nombre se publicará. (Si soy yo en persona quien lo hago, seguro. Y sí mis editores actuales o cualesquiera otros se deciden a hacerlo, lucharé porque, esta vez, el nombre se mantenga)
Como, si Dios quiere, esta será la próxima de mis novelas que vea la luz, aún quedan unos pequeños flecos literarios por resolver, para los que pediré ayuda a los lectores de mi blog en la próxima entrada.

2 de diciembre de 2010

SEGUNDA NOVELA; PLANIFICACIÓN III (Los viajeros II)

Retomamos el hilo de la segunda novela y, dentro de ella, de las peripecias de los viajeros.
Les habíamos dejado en Córdoba, capital del emirato islámico y donde habían intervenido, a su pesar, en las luchas internas entre qaysíes y kelbíes. La misión que les había encargado su rey ya estaba cumplida y solo quedaba volver para informar de todo lo averiguado. Pero debido a esa intervención, la vuelta resultaba complicada. Uno de ellos estaba encarcelado, otro no podía dejar su “tapadera” de servidor de un noble musulmán sin desvelar el verdadero carácter de su misión, y el tercero no sabía qué hacer, si seguir intentando ayudar a sus compañeros, poniendo en peligro el resultado de la misión, o abandonarlos para cumplirla.
Todo esto no sucedía solo por el devenir lógico de la trama, sino porque en esos tiempos estaban sucediendo cosas en otras partes del mundo que estaba interesado en contar y procuré ingeniármelas para que los protagonistas tuvieran ocasión de ser testigos de ellas.
Y también porque hacía poco que había acabado otra de mis novelas, “El muladí” (tercera, tanto en el orden en que fueron escritas, como en su lugar cronológico en el devenir de la historia, aunque en su elaboración le precedió “La Cruz de los Ángeles” y en la historia sus sucesos ocurren justo después de la que estamos tratando ahora) y en ella el protagonista intentaba volver junto a su amada, lo que era impedido una y otra vez por las mil calamidades que el autor de la novela le hacía sufrir. Este recurso me había satisfecho bastante (debo tener un lado sádico) y decidí volver a emplearlo en la historia actual.
Sea por uno u otro motivo, o por ambos a la vez, las circunstancias separan a nuestros protagonistas, Julián es llevado a Egipto, donde es testigo (y los lectores con él) de una escena relatada con todo lujo de detalles por el “Ajbar Machmua” en la traducción de Lafuente Alcántara, en la que se pone de manifiesto como el sentimiento de lealtad hacia su jefe o patrón es consustancial al espíritu islámico (no todo iban a ser críticas hacia esa sociedad) y que aquí intentaremos resumir: Un árabe, de nombre Al Hadjjad, había alcanzado gran poder como visir de los califas Abdelmelic, Walid y Yezid, pero, tras su muerte y la de éste último califa, bajo el reinado de su sucesor Hixem, la familia de Al Hadjjad cayó en desgracia y su hijo Ocba ibn al Hadjjad tuvo que huir de Damasco y refugiarse en Egipto. El gobernador de este país, Obaidallah era nieto de Al Harits (el labrador), quien a su vez había sido esclavo del citado Al Hadjjad quien le liberó. Cuando Obaidallah recibió al hijo del patrón de su abuelo se llenó de alegría y, lejos de tratarle como un pobre exiliado, le ofreció el mando de una de las provincias que estaban bajo su autoridad, causando el enfado de sus propios hijos, quienes le avisan de que eso puede causarle la pérdida del favor del Califa. Obaidallah les responde: “Pongo a Allah y a vosotros por testigos, aunque para testigo, con solo Allah es suficiente, de que éste es Ocba, hijo de Al Haddjjad, y de que Al Haddjjad dio la libertad a su esclavo Al Harits, mi abuelo, y de que mis hijos son juguete del demonio que los ha llenado de soberbia. Quiero declararme públicamente exento ante Allah de toda impiedad e ingratitud con Él y con éste, el patrono de mi familia, pues he temido que mis hijos llegasen a renegar de los preceptos de Allah, desconociendo los derechos de patronato en este hombre y en su padre, y que incurriesen en la maldición divina y en la de los hombres. Pues me han contado que el profeta de Allah dijo: maldito aquél que se gloría de pertenecer a una familia que le es extraña: maldito aquél que desconoce a su bienhechor. Y que Abú Becr as Sidic dijo : Impío es quien reniega de sus parientes, por remotos que sean; impío es quien presume de pertenecer a una familia extraña. Mirando por vosotros tanto como por mí mismo, he querido, hijos míos, evitaros la maldición de Allah y de las gentes. Y en cuanto a lo que dijisteis de que incurriría en el enojo del emir de los creyentes por lo que hago, lejos de eso, el emir de los creyentes, cuya vida Allah guarde muchos años, es sobrado magnánimo y sabedor de los decretos de Allah y observador de sus mandatos para que lo lleve a mal, como erróneamente suponéis. Antes bien, recibirá noticias de mis actos con complacencia”.
Después de esto, Ocba escogió aceptar el gobierno de España diciendo: “Me agrada la Yihad, y Al Andalus es el mejor palenque” Lo que me da ocasión para que Julián vuelva, con este árabe que le adopta como sirviente, a España y acabe reuniéndose en dramáticas circunstancias, con su amigo y rey, Pelayo.
Por otra parte, Alarico, el joven godo, vive una historia romántica con una joven de Ceuta que resulta ser hija de Florinda “La Cava”, la mujer que, deshonrada por el rey Rodrigo, fue una de las causas de la invasión musulmana en el año 711. No obstante, obligado por su deber, la abandona, a su pesar, para volver a Asturias a informar a Pelayo, lo que hace (de nuevo el autor interviene en forma de hado maléfico, estorbando los propósitos del protagonista) pasando por Mallorca (Un pequeño tributo a mis amigos de esa isla, la familia Rullán), llegando al reino de los francos, donde se alista en ls huestes de Carlos Martel y participa en la batalla de Poitiers, para el resto de los europeos más famosa y trascendente que la de Covadonga. Allí se encuentra con Xinto, el astur, que también ha participado en la batalla, pero en el bando de los musulmanes, y, traspasándole el encargo de volver a informar a Pelayo, vuelve a Ceuta en busca de su amor. (Ya le había hecho sufrir demasiado, además unos hijos suyos y de Florinda serían descendientes del último rey godo, don Rodrigo, y podrían tener protagonismo en novelas posteriores. Aún no les he utilizado, pero la posibilidad queda abierta)
Y Xinto, al fin, vuelve a Asturias, pasando por Benasque (Otro pequeño homenaje a la familia Valero, propietaria del Gran Hotel Benasque, donde me he alojado cuando he ido a esquiar a Cerler), casi a la vez que Julián, momento en que todas las tramas confluyen y la historia llega a su fin. Con esto termina la novela, pero aún no he dicho cómo se llama esta novela. Queda para la próxima entrada.

26 de noviembre de 2010

EL DESCENDIENTE DE UN REY???

Hace tiempo (desde el sábado 13 pasado) que no escribía en el blog. En mi última entrada había anunciado que iba a contar una anécdota que me había ocurrido y que tenía relación con personajes que aparecían en la novela que estaba explicando (la nieta de Witiza y madre del cronista árabe ibn al Qutia) y estaba esperando a tener a mano algunos datos para relatarla con más exactitud.
Gracias al “orden” que reina en mi despacho y entre mis libros y apuntes, no he conseguido encontrar las notas referentes a ese hecho, así que tendré que acogerme a mi memoria (cada vez más inexacta e imprecisa) y procurar no cometer demasiados errores en el relato.
Como ya he dicho reiteradas veces, paso mis vacaciones de verano en la localidad costera malagueña de Torre del Mar, perteneciente a Vélez-Málaga, cuyo ayuntamiento organiza una Universidad de Verano con diversos cursos, a algunos de los cuáles, si me resultan interesantes, me suelo apuntar.
Hace unos años, quizá cinco, quizá siete, no puedo asegurarlo sin consultar mis desaparecidas notas, uno de los cursos tenía el atrayente título “La Biblioteca perdida de Timbuctú, españoles en la curva del Níger” y, por supuesto, me apresuré a reservar una de las escasas plazas disponibles.
El ponente era el honorable profesor XX (Lamentablemente no recuerdo el nombre) y el tema era las peripecias que había pasado una familia de moriscos, expulsada de España cuando la rebelión de las Alpujarras, para conservar, a través de sus viajes hasta llegar a orillas del río Níger, los manuscritos de sus antepasados, entre los que se encontraban algunos de los escritos de Ibn al Qutia.
A continuación nos reveló el auténtico objetivo de ese curso; los manuscritos habían corrido serio peligro en varias ocasiones a lo largo de su historia, pues en los momentos de mayor intransigencia islámica en Nigeria habían tenido que ser enterrados para evitar que, al estar algunos escritos en latín en vez de en árabe, o poder ser considerados poco fieles al Corán, fuesen quemados. Así que el honorable XX pedía que el ayuntamiento de Vélez Málaga costease la construcción de una biblioteca en Timbuctú donde fuesen custodiados, y lo hacía en su calidad de descendiente directo de citado ibn al Qutia, a su vez hijo de Sara “la goda”, hija de Ardabasto quien, a su vez, era hijo del rey de España, Witiza. Y, medio en broma (o quizá no), decía que, al haber sido Witiza derrocado ilegalmente por Rodrigo, él mismo podría alegar derechos a la corona de España.
Esto resultaba mucho más gracioso al constatar que quien así nos hablaba era un hombre, negro como el tizón, (por favor, que no se busque ninguna connotación racista), color de piel habitual en los nigerianos actuales.
En el turno de preguntas estuve a punto de pedir la palabra para decir que Witiza no fue derrocado por Rodrigo, sino que a su muerte, el senado (el trono, en los godos era electivo, no hereditario) decidió escoger a Rodrigo, elección contra la que se rebelaron, inútilmente, los hijos de Witiza. Y que, aún en ese caso, la corona hubiera pertenecido al hijo mayor, Achila y no al segundo, Ardabasto, de quien descendía ibn al Qutia y, según él mismo afirmaba, el ponente. Pero, prudentemente, me callé. Iba a aprender, no a meterme en polémicas.
Eventualmente, el ayuntamiento de Velez Málaga costeó la biblioteca (He podido ver fotos posteriores) y la conservación de los manuscritos en Timbuctú. (Claro que eso fue antes de la “crisis”)
Espero no haberos aburrido mucho con esta historia. En la próxima entrada volveremos a hablar de la novela.

13 de noviembre de 2010

SEGUNDA NOVELA; PLANIFICACIÓN II (Los viajeros)

Dicho ya lo que ocurre (resumidamente y sin desvelar sorpresas) en Asturias, vamos con las peripecias de los viajeros. En un principio, el resultado de sus pesquisas importa poco, pues todos sabemos lo que ocurrió, fuera sabia decisión de Pelayo o pura necesidad histórica (Y por si alguien no lo sabe, aunque solo sea por omisión de los cronistas, no lo digo aquí). Pero este periplo nos da ocasión para contar cómo tuvo lugar una constante inmigración desde los territorios ocupados hasta el naciente reino cristiano, los orígenes del creciente resentimiento de los bereberes hacia sus señores árabes, que dio lugar a la posterior rebelión y emigración hacia sus lugares de origen, que forman la parte principal de la siguiente novela “El Muladí”. También dos permite volver a encontrarnos con una familia de una minoría que tuvo gran importancia en la invasión musulmana, los judíos, y que había aparecido en “Pelayo, rey”, aunque, no sé por qué, no había hablado mucho de ella en este blog; en relación con ellos y, como pequeña satisfacción a uno de los personajes por los que más afecto siento y al que le había hecho sufrir mucho tanto en esta novela como en la anterior, introduje una escena romántica (reconozco que se me da fatal describir este tipo de escenas) que fue muy criticada por aquellos de mis colaboradores que han analizado el borrador de la novela, pero que, contra su opinión, pienso mantener. Si alguno de los que leen el blog quiere también manifestar su opinión sobre este asunto y me lo hace saber, le remitiré ese capítulo concreto para que pueda aportar sus ideas.
Otra de las constantes de la España musulmana, que tuvo una importancia capital en el devenir de la Reconquista fue, como he dicho muchas veces, el odio entre los representantes de las dos grandes tribus que vinieron a España desde la lejana Arabia, Kelbíes y Qaysíes (Representado hoy en día por las luchas entre chiíes y sunníes, con matanzas que no han cesado desde aquella época, para que tomen nota los que ponen a Al Andalus como modelo.) y que he tratado de describir con la mayor fidelidad posible, siguiendo al historiador y arabista R.P. Dozy, nada sospechoso de islamofobia.
La escena por la que siento más cariño de esta situación es aquella en que el noble árabe Abú-l-Khattar, posteriormente emir de Córdoba, recluído en un calabozo, escribe unos versos que, recitados posteriormente al califa Hixem, tuvieron una importancia decisiva en la historia de los musulmanes en España. Como no sé árabe, utilizo la traducción del citado Dozy y la transcribo literalmente en la novela, tal como puede leerse a continuación:
- “Permites a los qaysíes derramar nuestra sangre, hijo de Merwan; pero si persistes en negarte a hacernos justicia, apelaremos al juicio de Dios, que será más equitativo para nosotros. Se diría que has olvidado la batalla de la Pradera, y que ignoras quien te procuró entonces la victoria; sin embargo eran nuestros pechos los que te servían de escudos contra las lanzas enemigas y solo nos tenías a nosotros por caballeros y peones. Pero después que has conseguido el objeto de tus designios, y que gracias a nosotros nadas en las delicias, afectas no conocernos; he ahí como, desde que nos tratamos, obras constantemente con nosotros. Pero guárdate de entregarte a una seguridad engañosa; cuando la guerra se encienda y sientas deslizarse tu pie sobre la escala de cuerda, puede que entonces las cuerdas que creas sólidamente torcidas se destuerzan... ¡esto se ha visto tantas veces...!”
Aunque inventada, esta situación posiblemente, fue real, excepto, por supuesto, la intervención de nuestros protagonistas en ella, aunque gracias a eso su viaje siguió por derroteros diferentes.
También, con motivo de este viaje, aparece en estas páginas uno de los hijos de Witiza, Ardabasto, que tuvo existencia real y fue muy considerado entre los musulmanes, y una sobrina suya, Sara (Sara la goda), que fue madre del famoso historiador árabe ibn al Qutiya (el hijo de la goda) quien, junto con otros que ya cité, me proporcionó los datos para que mis personajes tuvieran una existencia lo más real posible. He prometido repetidas veces contar una anécdota que me ocurrió con relación a este personaje, y, rompiendo el hilo de la novela, voy a hacerlo ahora, pero para no extenderme mucho, será en la próxima entrada.

6 de noviembre de 2010

SEGUNDA NOVELA; PLANIFICACIÓN II (La trama asturiana)

Seguimos desarrollando la planificación de la segunda novela en el orden cronológico (No en el de concepción; ya expliqué que ésta de la que estamos tratando fue la quinta en escribirse, después de “Pelayo, rey”, "La Cruz de los Ángeles", “El Muladí”, y la rebautizada “La Cruz de la Victoria”; incluso la inacabada “Los Mozárabes” tenía ya concluido el 80% de su texto antes de comenzar a escribir la continuación de las aventuras de Pelayo). He incluido esta particularización (la de segunda novela) en el título de la entrada (creo que debería decir “post”, pero me resultan extrañas las palabras foráneas) para no inducir a error a los lectores que se vayan incorporando sin haber leído las anteriores.También dije que, a petición de mis editores, esta novela tenía que seguir narrando (ahora sí, imaginarias, por supuesto) la vida del primer rey de Asturias y que éste debería ser su protagonista principal. Pero también he dicho varias veces (quizá demasiadas, hasta ser reiterativo) que no había noticias escritas en las crónicas medievales sobre esos años del reino de Asturias y que, por lo tanto, no podía recurrir a grandes batallas de proporciones épicas, ni a invasiones, catástrofes naturales ni cosas así que hubieran sido reflejadas en las crónicas, bien cristianas o musulmanas.Además, ya tenía escritas varias novelas que relataban los hechos posteriores a esta época, y tenía el deseo de que pudieran editarse lo antes posible. Así que decidí resumir y narrar de una vez todo el reinado de Pelayo, haciendo hincapié en sus últimos años. Con lo cual di forma a un héroe casi crepuscular, que va dejando paso a la siguiente generación, aunque siempre, y esto no es mérito mío, sino del propio Pelayo, cuando interviene deja a todos los demás en un segundo plano gracias a la intensa fuerza emocional que le caracteriza.Me imaginé (y no creo que estuviera demasiado lejos de la realidad) una corte sencilla, sin demasiado boato, pero consciente de su papel, en la que aparecieran junto al rey su esposa Gaudiosa, su hermana Adosinda y su amigo y cuñado Julián (Personaje éste, insisto para los que se incorporen, totalmente inventado). Bajo su dirección se va educando un grupo de jóvenes (así debió ser) en el que destacan los hijos del duque Pedro de Cantabria, Alfonso (el futuro Alfonso I) y Fruela, los propios hijos de Pelayo, Favila y Hermesinda, y los de Julián. A esta pequeña sociedad se van incorporando godos que vienen huyendo de los territorios musulmanes, hispanos y astures hasta formar un grupo con representación de todas las etnias que convivían en aquella Asturias primigenia.Y de él parte una pequeña expedición para recabar información de los territorios bajo el poder islámico, formada (¡cómo no!) por un hispano (Julián), un godo (Alarico, uno de los recién llegados) y un astur (Xinto). Por supuesto, ya que no hay datos históricos sobre ellos, todos imaginarios. De esta expedición hablaremos en otra entrada.Esperando la vuelta de los expedicionarios, pasan los años en Asturias. El grupo de jóvenes crece, toma responsabilidades, hay historias de amores, de celos, de traiciones (y sin duda, algo de todo esto tubo que haber en la realidad), choques entre los que pretenden que el nuevo reino sea una prolongación total del de Toledo, con los godos ocupando, exclusivamente, la posición preeminente, y los que creen en que la fuerza del nuevo reino estribará en la fusión de las tres identidades (Excuso decir cuál es el partido de Pelayo, en mi imaginación, aunque lo que cuentan las crónicas sobre el reinado de Alfonso I quizá indicase otra cosa). También hay alguna aparición inesperada y sorprendente y un personaje no humano que tuvo capital importancia en la historia del reino.Al final, todas las diferentes tramas confluyen y se juntan y la historia concluye (Lamento desvelarlo, pero es obvio que ese es el auténtico final de toda historia) con la muerte del héroe. Principalmente para evitar que los editores me pidieran otra continuación. Pero no antes que la de todos los protagonistas de la primera novela.

1 de noviembre de 2010

PLANIFICACIÓN (Las dos tramas originales)

Este fin de semana, puente de Todos los Santos, he viajado a Asturias, a mi pueblo de Luanco.
Casualmente, en la novela que estoy terminando (No tiene nada que ver con la serie histórica asturiana, pero de todas maneras, hablaremos de ella en un futuro), sus protagonistas (en el capítulo que estoy escribiendo), viajan a Asturias, al piso de los tíos de uno de ellos, y pueden disfrutar del espectáculo del Mar Cantábrico, siempre en movimiento, desde la ventana de su casa mientras desayunan.
Yo, en este viaje, sentado ante mi ordenador y contemplando desde el salón de mi casa de Luanco como las olas rompían violentamente contra la costa asturiana, tenía una ocasión única para sentirme inspirado para describir esa situación, pero un viaje a mi tierra siempre supone un montón de compromisos: comidas y cenas con hermano, sobrinas, primas, etc. , visita al cementerio, solucionar asuntos de la casa y, ¿por qué no?, tomar algunos “culines “ de sidra en los bares cercanos. Así que del tiempo necesario para escribir, solo he podido sacar el escaso para poner algo en el blog. Bueno, eso es más que nada. Así, que vamos de cabeza a la historia d ela segunda novela.
Como ya he dicho, tenía ante mí unos años del reino de Asturias de los que nada había escrito en las crónicas; por otro lado, tenía a mi alcance abundante documentación de lo acontecido en esos mismos años en los territorios ocupados por los musulmanes, y que, en muchos casos, fue fundamental en el devenir de la confrontación entre los reinos cristianos constreñidos al norte de la península y los invasores islámicos, dominadores de la mayor parte del suelo hispánico. Además, la decisión de Pelayo sobre si era el momento apropiado para comenzar la Reconquista o si por el contrario, era una temeridad enfrentarse a los poderosos emires cordobeses, (tesis sin ningún apoyo histórico, pero sobre la que descansa la trama de la novela) dependía de dos factores: el potencial demográfico y militar del pequeño y naciente reino Asturiano, que él conocía bien, y, por supuesto, mucho mejor que el autor de la novela; y la situación del emirato musulmán, que él ignoraba y de la que, sin embargo, tanto nosotros, gracias a las bien documentadas crónicas islámicas, como quien tenía que desarrollar la trama(yo), estábamos perfectamente al tanto.
Conclusión: se imponía una expedición para informarse del potencial de sus enemigos. Lo que hoy en día sería una labor de espionaje, y que fue un precedente/consecuente de otra misión de espías (también sin ningún apoyo histórico), esta vez de parte de los musulmanes, que ya había utilizado en dos de las siguientes novelas, pero que ocurren temporalmente, después de lo sucedido en ésta.
No había constancia de que Pelayo hubiese viajado a tierras musulmanas, y no parecía lógico que un rey, recién elegido (al estilo godo, como vimos en “Pelayo, rey”), y teniendo ante sí la difícil tarea de vertebrar unas tierras solo someramente dominadas por los reyes visigodos, en un nuevo reino de hispanos, astures y godos, abandonase sus tareas para embarcarse en un incierto viaje al centro del poder enemigo. Para eso estaba su amigo Julián. Rápidamente busqué un motivo (por si no fuera suficiente una orden del rey) para que el propio Julián solicitase esa misión, que no manifiesto aquí porque sería desvelar parte de la trama, y quedaban claras las dos acciones en que se iba a dividir la novela:
Un grupo que viajaría por la España musulmana descubriendo (y dando pie al autor para narrar) todo lo que allí ocurría; y otro (la corte de Pelayo) que se quedaría en Asturias enfrentándose a los problemas que la imaginación del autor fuese capaz de concebir.
De esas dos líneas de acción hablaremos en las próximas entradas.
¡AH! Y, POR SUPUESTO, RESOLVERÉ CUALQUIER DUDA QUE ALGUNO DE LOS LECTORES DEL BLOG, MÁS DECIDIDO, ME QUIERA PLANTEAR.