16 de febrero de 2016

La historia de Abdul continuada en LA ESTIRPE DE LOS REYES


La siguiente entrada en el blog, con esta fecha, corresponde a otro adelanto de la Estirpe de los Reyes, esta vez dedicado a Luz, que es quién se interesó lo suficiente por la continuación de la historia de Abdul, como para conseguir que decidiera meterme en el berenjenal que me encuentro ahora. Afortunadamente, poco a poco, La estirpe de los reyes se va acercando a su final, aunque mucho más lentamente de lo que quisiera.



            Para aquellos lectores (especialmente Luz Morales, principal “culpable” del asunto) que no se quedaron satisfechos con el final (pastelero) de la historia de Abdul, el protagonista de EL MULADÍ, aquí va un sucinto adelanto de como retomaremos su historia en LA ESTIRPE DE LOS REYES. Comenzamos con los párrafos en que narramos el final de EL MULADÍ, aunque con algunos ligeros retoques:


El sacerdote Isidoro conversaba con Abdul, paseando por los jardines del palacio real de Cangas. Una vez cumplidos sus deberes de consejero del monarca acerca de conocer todo lo que fuera útil de los enemigos del reino, retomó su papel de hombre de la Iglesia y quiso saber más acerca del nuevo cristiano
            -Anselmo –le dijo, utilizando el nombre que le había sido impuesto–. ¿Cuándo  decidiste renunciar a las creencias equivocadas y volver a la fe que tu padre nunca debió abandonar?
            Abdul carraspeó. Varias veces había tenido que contestar a esta pregunta u otras similares y siempre se había visto en dificultades. Quizá porque ni él mismo sabía exactamente la respuesta. – No estoy seguro –dijo–. Nunca fui un musulmán convencido; me limitaba a cumplir los preceptos lo suficiente como para no llamar la atención. Yo estaba enamorado de una joven cristiana, de nombre Jimena, y pretendía casarme con ella. Para vencer las reticencias de mi amo acerca de esa boda, partí con el ejército con la esperanza de distinguirme en los combates lo suficiente como para que me lo permitiera; pero en el primero que participé fui derribado y hecho prisionero. Por ironías del destino, eso me llevó a formar parte del ejército de los sirios y ocupar un puesto importante entre ellos, pero no me sirvió para cumplir mis objetivos.[1]  Cada vez que intentaba volver a mi pueblo y reunirme con mi amada, había algo que me lo impedía[2]. Hasta que, al fin, me llegó la noticia de que había fallecido. Desde ese día perdí el interés por todo, hasta que, en Qúrtuba trabé amistad con un sacerdote cristiano. Éste, me habló de la fe cristiana, de la esperanza en otra vida, y de que allí, quizá, pudiera encontrarme con Jimena, si volvía a las creencias de mis antepasados. Eso, unido a que mi jefe, Samail, había comenzado a recelar de mí, y sabía lo que les ocurría a todos los que perdían su favor, me llevó a desear llegar al reino cristiano que sabía que existía al norte de los territorios musulmanes. Así me encontró el fallecido príncipe Fruela y me envió ante su hermano, el rey. De camino, en un monasterio, y a instancias del jefe de la escolta, que no quería traer a la corte a un renegado, me bautizaron; y así llegué aquí.
            - Los caminos del Señor son tortuosos y, a veces, inexplicables –comentó el sacerdote–. Esa razón que aduces para volver a la fe cristiana puede ser tan buena como cualquier otra. Ya nos has prestado un servicio importante. Ahora tengo que buscar un lugar donde alojarte; creo que lo mejor es que vayas a las posesiones de mi sobrino, el conde de Gauzón. Allí encontraremos alguna tarea para ti.
            - Como deseéis –replicó Abdul, asintiendo.
            - Te avisaré cuando estemos dispuestos para partir –concluyó el sacerdote, dando por terminada la conversación y disponiéndose a volver a sus habitaciones. Pero, cuando ya se había alejado unos pasos, la expresión de su rostro cambió y se volvió–. ¿Cómo dijiste que se llamaba esa joven que amabas? –preguntó
            - Jimena –le contestó Abdul.
            - Sí –decidió, con una sonrisa, el sacerdote–. Irás a Gauzón. Y antes te contaré algo.



Y seguimos con el final contado en EL MULADÍ, ahora sí copiado exactamente, para satisfacción de los amantes de las telenovelas:

Jimena acostumbraba pasear cada tarde hasta el borde del acantilado que se erguía sobre el espumeante mar a pocos pasos del castillo de Gauzón y permanecer allí, contemplando el horizonte mientras el viento del nordeste acariciaba su rostro y hacía ondear hacia atrás sus cabellos. ¿En qué pensaba la joven en esos instantes? ¿Se sentía feliz? Marcelo y su esposa, así como el resto de la gente del condado la trataban con afecto y consideración, y no tenía motivos para sentirse desdichada, pero la expresión triste de su rostro no acababa de desaparecer. El hermano del difunto conde lo achacaba a la tristeza por la muerte de su esposo, Justo, aunque habiendo sido él mismo el principal responsable de que la joven dejase atrás sus reticencias a contraer matrimonio, le extrañaba que la desaparición de alguien a quien la joven había, en verdad, tomado afecto, pero que (nunca se hizo demasiadas ilusiones al respecto, ni él ni su difunto amigo) no había sido el auténtico y apasionado amor de Jimena.
Aquél día el viento era especialmente fuerte y la joven tenía que hacer esfuerzos para mantener el equilibrio, aunque la sensación en todo su cuerpo seguía siendo fresca y agradable. De pronto, algo le hizo volverse. El fuerte aire del nordeste empujó sus cabellos sobre su rostro dificultando su visión. A pocos pasos de distancia alguien acababa de descabalgar de su montura y corría hacia ella gritando algo. Jimena trató de oír lo que decía, pero el viento, que soplaba en dirección contraria se llevó sus palabras. Intentó verle mejor, pero sus cabellos se arremolinaban en torno de sus ojos. ¿Quién podría ser? No lo sabía. También lo ignoraba Marcelo que, a las puertas de la residencia, había visto llegar al forastero. Pero pudo apreciar que éste corría hacia la joven abriendo los brazos y, receloso, también se dirigió hacia la joven. Jimena no entendía nada, pero, de espaldas al acantilado sintió miedo y al ver al desconocido precipitarse hacia ella intentó escabullirse. En el último momento, algo familiar le pareció reconocer en él, pero no podía ser... Aún dudaba de sus sentidos, cuando el que llegaba se lanzó a cogerla entre sus brazos, y la estrechó contra su pecho. Marcelo, corriendo, ya verdaderamente alarmado, vio como el forastero asía con fuerza a la joven, esta daba un paso atrás y ambos, abrazados, perdían pie y desaparecían de su vista por el borde del acantilado. Aterrorizado, se lanzó al suelo y miró hacia abajo. Y allí los vio. Apenas unos pies por debajo del borde del promontorio, y a varios cientos por encima de las afiladas rocas contra las que las furiosas y espumeantes olas del mar rompían sin cesar, una pequeña repisa cubierta de verde hierba albergaba a dos jóvenes, ajenos al peligro que acababan de correr y aún abrazados
- ¿Eres tú, Abdul?
- ¿Eres tú, Jimena?
- ¡Estás vivo!
- ¡Estás viva!
- O quizá es que estamos muertos los dos...
- No importa, puesto que estamos juntos.
- Te he echado tanto de menos...
- Y yo. Me dijeron que...
- A mí también. Tengo tanto que contarte.
- Y yo...
- Después.
- Sí. Después.
- …/


            Parecía un final apropiado, ¿no? Pues si la continuación de esta historia, al igual que pasará con la de Alarico, de la que hablamos en la entrada anterior, no es tan benévola con los protagonistas, ya saben a quién responsabilizar de ello. Aunque, de momento, las cosas siguen bien como vemos en este extracto del capítulo siguiente:

En el salón de la residencia del conde de Gauzón, Isidoro explicaba al sorprendido Marcelo la historia del recién llegado, mientras los dos enamorados, en un rincón, se daban cuenta el uno a la otra de todo (realmente de parte, pues todo les llevaría varios días y, además, había ciertos aspectos que, quizá, fuera mejor no explicar demasiado)[3] lo que les había acontecido en los años que habían estado separados.
            -Lamento no haber podido ponerte sobreaviso –dijo el sacerdote–, pero cuando nos acercábamos a la casa, Anselmo vio a Jimena paseando, la reconoció, espoleó a su montura y me vi incapaz de seguirle. En fin, ahora ya estás enterado de todo. ¿Y Teudis? ¿No está en casa?
            - Tu sobrino pasa más tiempo en las obras de la fortaleza que ocupándose del resto de los asuntos de sus tierras. Temo que esa tarea acabe trastornándole.
            - Ha heredado de su padre el afán por realizar a la perfección todo lo que se propone –comentó Isidoro–; y no se da cuenta de que sus capacidades no son las mismas. Quizá sea buena cosa encontrar alguien que le ayuyde y le descargue de preocupaciones –añadió, mirando al rincón donde Abdul y Jimena, con las manos entrelazadas, continuaban con su plática–. Mañana iré a verle, y luego seguiré hacia la aldea de Xinto. El verano toca a su fin y quiero pasarme por allí antes de que el tiempo empeore. Y luego volver a Cangas; no debo dejar demasiado tiempo solo a nuestro rey. Está pasando malos momentos.
            - Echas sobre tus hombros demasiadas responsabilidades, Isidoro –le dijo Marcelo–. Al fin y al cabo, eres solo un sacerdote, no un gobernante.
            - Lo sé, lo sé –asintió el monje–. Y mis fuerzas ya no son las de hace años. Pero Dios no ha querido que solo tuviera que hacer frente a mis deberes como hombre de Iglesia, sino que me ha puesto en la tesitura de tener que tomar decisiones que implican  al gobierno del reino. Y no estoy seguro de haber estado suficientemente acertado en ambas tareas.
            Entretanto, Jimena asía con fuerza las manos de Abdul y le miraba, angustiada, a los ojos – Te ruego que me perdones no haberte esperado –le dijo, después de haberle contado que que su estado era el de viuda, pues quería ser ella quien s elo dijera antes de que se enterase por otros medios–. Me habían asegurado que todos los que habían partido en esa malhadada expedición habían muerto; que, aunque no hubiera sido ese tu destino, era imposible que volviéramos a encontrarnos, que…
            -No tengo que perdonarte nada –le replicó Abdul–. A mí también me aseguraron que tú habías muerto, con tanta certeza que perdí la esperanza de volverte a ver. Pero ahora, increíblemente, estamos juntos de nuevo. Y no pienso volver a separarame de ti. Ven –le dijo y, cogiéndola con suavidad del brazo la condujo ante el sacerdote.
            - Bueno, Anselmo –dijo éste al verlos acercarse–, ¿Ya le has contado a Jimena las aventuras que has corrido desde que te separaste de ella?
            - Solo una pequeña parte; tendremos tiempo a partir de hoy. Pero hay algo más urgente. Toda mi ansia durante estos años fue volver a verla y casarme con ella, y siempre había algo que lo impedía. No quiero que eso vuelva a ocurrir. Deseo que nos unáis en matrimonio.
            - ¿Ahora? Eso es demasiado precipitado.
            - No lo creo. Hemos tenido muchos años para pensarlo. Y estamos decididos.
            - Pero no podemos hacerlo asi, de repente –objetó el sacerdote–. Jimena, como perteneciente a la casa del conde Teudis tendrá que pedir autorización a su señor. Yo, mañana, pienso partir a encontrarme con él y lo haré en vuestro nombre. Luego tengo que hacer un viaje a una aldea astur de las montañas, y, a mi vuelta, en un par de meses… –al ver la expresión en el rostro de sus interlocutores, Isidoro se detuvo y se volvió a Marcelo–, aunque creo que nosotros dos podríamos tomar esa responsabilidad ¿No crees? Mañana, antes de mi partida, celebraremos la boda en la iglesia del pueblo vecino.

            Tengo que confesar que se me pasó por la cabeza que esa noche sucediese algo que separase de nuevo a los enamorados (disfruté mucho más haciéndole “perrerías” a Abdul que cuando, al fin, le permití encontrarse con Jimena), pero, al fin, me compadecí (de momento) y en un capítulo siguiente podremos leer:

            Antes de fallecer, Fruela había capturado a un muladí, un hispano musulmán – explicó Isidoro–, que vino voluntariamente con nosotros, pues quería huir a un territorio cristiano. Y que, casualmente, era el prometido de Jimena, la joven que tu padre liberó en la primera incursión a la meseta y que te cuidó cuando niño.
            Teudis abrió los ojos, sorprendido – ¿Es cierto? –preguntó–. Pero, ¿no le habían dicho a Jimena que había muerto.
            -Sí. Y la  misma noticia le había llegado a él respecto de ella. Pero, ya ves, los designios de la Divina Providencia son inescrutables. Al fin están juntos. Esta misma mañana les he casado. Marcelo y yo pensamos que no te opondrías y, después de tanto tiempo, no quería retardar más su unión.
            - Por supuesto –asintió el joven conde–. Mi padre sentía un gran afecto por esa joven, y yo también. Siempre fue muy buena conmigo. Pero… –y Teudis meditó un momento–, en este caso es una suerte que su marido haya muerto junto con mi padre. Si no, lo que ha sido un encuentro feliz hubiera sido una gran complicación.
            - Por no decir otra cosa. Pero, como he dicho antes, los designos de Dios son inescrutables. Justo encontró una muerte gloriosa defendiendo a su señor, tu padre, contra los enemigos de nuestra Fe, y seguro que está, junto con él, en manos del Altísimo; y Jimena volvió a ser libre para casarse con su primer amor. Anselmo, como le bautizaron antes de presentarle al rey, o Abdul, como se llamaba anteriormente, es un hombre culto e instruído. Ha desempeñado cargos de importancia en las tierras de los musulmanes y junto a los más importantes de sus dirigentes. He pensado que podría encargarse, en tu nombre, de dirigir la construcción de este castillo que tantos quebraderos de cabeza te está dando, y así tú quedarás libre para trasladarte a la corte. En ausencia del fallecido Fruela, nuestro rey Alfonso necesitará toda la ayuda posible.

            Bueno, ya hemos adelantado demasiado. Solo repetir la salvedad de la entrada anterior de que (y mucho más en este caso, en que he acelerado la redacción para poder publicar estos adelantos), cuando se publique la novela, quizá estos capítulos tengan algunos cambios ligeros, o, tal vez, no se parezcan en nada a lo aquí escrito.



[1] Una breve e incompleta reseña de las aventuras de Abdul, contadas con detalle en la anterior novela EL MULADÍ
[2] El autor se confiesa culpable de eso. Quizá todos tengamos dentro una pequeña cantidad de sadismo.
[3] Para los que les extrañe esta afirmación, no tienen más que consultar los capítulos 8 y 17 de El Muladí y lo comprenderán enseguida.

3 de febrero de 2016

Adelanto de lo que pasa con Alarico en LA ESTIRPE DE LOS REYES




La novela: La estirpe de los reyes comenzó a escribirse porque uno de mis lectores, Mariano Vilella, me preguntó acerca de lo que iba a ocurrir con Alarico, personaje imaginario al que yo había dejado en la novela La muralla esmeralda, volviendo a Ceuta para reunirse con su amada, y del que no pensaba que fuera a tener posterior presencia en mis novelas. Posteriormente, otra de mis lectoras, Luz Morales, me hizo la misma pregunta acerca de otro personaje también imaginario, Abdul, protagonista de la novela El muladí, al que también, después de hacerle pasar por mil dificultades, había reunido con su prometida, con lo cual terminaba su intervención en mis tramas. Como un escritor tiene que satisfacer a sus lectores, me puse manos a la obra para poder contar lo que les acontecía a ambos personajes, y si su futuro se ha alejado del “fueron felices y comieron perdices” que era lo que yo les había sobreentendido, la responsabilidad es de los que  han querido remover lo que ya estaba finalizado.
Comencé esta novela hace cuatro años y, como su acción transcurre a la vez de otras tres novelas ya escritas, ha requerido un trabajo de encaje de tramas y personajes, no siempre realizado con éxito, y ajeno al de la creación literaria, que ha motivado que aún no haya conseguido terminarla. No obstante, y como adelanto de la misma, publico aquí el primer capítulo en que se habla de la nueva vida de Alarico, dedicado a Mariano Vilella; posteriormente dedicaré a Luz algo sobre Abdul, capítulo que, como El Muladí es posterior a la otra novela, aún no he escrito.
Y, por supuesto, como la novela está aún en fase de “borrador”, lo que finalmente pueda leerse cuando se publique, puede ser algo diferente de lo que se cuente aquí, o, incluso, no parecerse en absoluto.


CAPÍTULO I:
Ceuta, año 734


            En el año 734 reinaba gran agitación en la ciudad de Ceuta. A su puerto había llegado el día anterior una hermosa galera,  procedente de Al Fustat[1],  trayendo a bordo al nuevo gobernador de Al Andalus, Ocba ibn al-Haddjjad. Y todo cambio de gobierno comporta desazón para todos aquellos que ambicionan poderes y riquezas, especialmente a  los más afines al anterior emir, Abderrahmán al Gafequi, quienes nada más recibir la noticia, comenzaron a planear cómo podrían mantener sus privilegios y hacerse indispensables al nuevo señor.
Sin embargo, en el palacio que había pertenecido a los gobernadores visigodos de la ciudad, sus moradores no mostraban sentirse preocupados por el cambio de gobierno. El godo Alarico y la joven Florinda, sentados en un diván y cogidos de la mano, no prestaban atención a nada que no fuera ellos mismos y su reciente vida de casados, de la que poco habían podido disfrutar, pues apenas hacía una semana que el fallecimiento de la madre de la joven había puesto fin a los impedimentos de su boda, celebrada con discreción y sin la pertinente alegría, debido al luto reinante.
- En su lecho de muerte mi madre me confesó, al fin, los motivos que tenía para oponerse a nuestra relación –decía  la joven–, y  he dudado en contártelos, pero no puedo tener secretos contigo. Mi madre era la hija del conde Olbán, gobernador de Ceuta cuando esta ciudad estaba bajo el poder de los godos[2]. Y como la mayor parte de las jóvenes nobles, fue enviada a educarse a la corte, en Toledo. Un día que el rey la vio bañándose en el río, se prendó de ella y la violó. Así que mi padre fue el rey godo don  Rodrigo –Alarico no pudo evitar un respingo–. Ella, llena de vergüenza, abandonó la corte y volvió aquí –continuó  Florinda–; mi abuelo, furioso y lleno de deseos de venganza, pactó con los musulmanes y les facilitó el paso del estrecho[3], con lo cual mi familia es, en parte, responsable de los males que desde ese día recaen sobre Hispania y por eso somos odiados por los cristianos que aún viven en esta ciudad. Mi madre achacaba toda su desgracia al rey Rodrigo y por esa causa no quería que yo tuviese relaciones con un noble godo como tú. No era nada personal, debes perdonarla.
- No tengo nada que perdonarla –respondió  el godo–; tu  madre te quería y deseaba librarte de todo mal, al igual que yo. Pero, aunque no fuera porque te quiero, y eso es lo más importante, después de lo que me has dicho tengo aún más motivos para dedicar mi vida a protegerte. Mi abuelo era Atanagildo, conde de Brigantium, y como tal había jurado fidelidad al rey Rodrigo. Mi padre murió en la batalla de Guadalete luchando junto al rey. Y tú llevas la sangre del último rey godo. En Asturias se han refugiado los que quedan de ese reino y resisten contra los invasores. Si vamos allí te tratarán como te corresponde.
- ¿Y quién me creería? –preguntó la joven– ¿Piensas  que cualquier muchacha que se presente diciendo que es hija del anterior rey va a ser tenida en cuenta? Nadie sabe en realidad lo que pasó ese día[4].
- Yo se lo diré a todos. A mí me creerán –insistió  Alarico.
- A ti sí. Pero dirán que te estoy engañando –replicó Florinda, moviendo negativamente la cabeza–. Eso  en el mejor de los casos, porque si te creyeran, solo me considerarían como lo que soy, una bastarda. O, peor aún, recordarán que mi abuelo fue el que introdujo a los musulmanes en la península y me odiarían o querrían matarme. No, amado mío. Yo no puedo ir a la tierra de que me hablas. Pero no te retendré si tú quieres volver.
- En ningún sitio quiero estar que no sea a tu lado –respondió  el godo–; mi  hermana Froiluba[5] goza del cariño de la familia del rey Pelayo y estará suficientemente atendida. Y, aunque echo de menos a mis amigos, ellos sabrán seguir su camino al igual que yo sigo el mío –Alarico escuchó unos pasos en el pavimento de  la desierta plaza que estaba frente al palacio y se levantó para comprobar de qué se trataba. Pero antes, al ver el rostro anhelante de su esposa, comprendió que sus últimas palabras necesitaban una confirmación más efectiva y, cogiéndola en sus brazos, unió sus labios a los de ella en  un dulce beso. Dulce y prolongado. Tan prolongado que, cuando al fin se acercó a los ventanales solo vio la figura de un aguador que desaparecía por la callejuela de su derecha, mientras que por la izquierda, la que se dirigía hacia el puerto, hacía un rato que se habían ido otros dos caminantes noctámbulos que podrían haber tenido importancia en el devenir de esta historia[6].




[1] Residencia de los gobernadores árabes en Egipto que, con el tiempo, pasando a denominarse Al Qahira (El victorioso), se convirtió en la actual, El Cairo.
[2] Este personaje, posiblemente histórico, o, al menos legendario, figura en las crónicas cristianas con el nombre de don Julián.
[3] Como se cuenta en “Pelayo, rey”, primera novela de esta serie.
[4] Florinda se equivocaba. Alguien sí sabía lo que había ocurrido. Y, si hubiera viajado a Asturias junto con su esposo, quizá don Pelayo, al ver sus hermosos ojos negros, hubiera recordado los de otra mujer a la que, hacía años y como se cuenta en “Pelayo, rey”,  el rey Rodrigo le había ordenado retener y que él, compadeciéndose y anteponiendo su honor de noble a su deber de soldado, había dejado partir hacia su tierra. Sí, quizá así hubiese ocurrido y la historia hubiese sido otra. Pero entonces este libro no se hubiese podido escribir.
[5] En “La Muralla esmeralda” hago que la mujer de Favila, el hijo de Pelayo, de la que solo se conoce su nombre, sea la hermana de Alarico. Pero el joven, en éste momento, aún no sabe (ni nunca lo sabrá) que su hermana se va a convertir en reina.
[6] Para saber quiénes eran esos dos caminantes, habría que haber leído la segunda novela de esta serie, “La muralla esmeralda”. Pero como Alarico no llegó a verlos, realmente no tiene ninguna importancia quienes fueran.

19 de enero de 2016

EL CASTILLO DE GAUZÓN EN LA ESTIRPE DE LOS REYES

Ya he comentado en anteriores entradas la importancia que he dado al condado de Gauzón, y al castillo de ese nombre, en la trama de mis novelas; y he explicado que eso es un pequeño homenaje al pueblo natal de mis ancestros, Luanco, capital del concejo de Gozón. También, en alguna nota al pie en el texto de las novelas y en alguna entrada de este blog, he hablado sobre las complicaciones que me había acarreado el hecho de que el castillo se encontrase situado en el término municipal de Castrillón (perteneciente, en aquellos tiempos, al alfoz de Gauzón, al igual que los municipios de Illas, Soto del Barco, Corvera, Avilés, Gozón y Carreño), y no donde yo lo había descrito anteriormente, cerca del propio Luanco.
Como justificación de esa inexactitud, cito, a continuación, unos párrafos de un excelente y documentado artículo de Dña. Mª Isabel Míguez Mariñas, de la Universidad de Oviedo.

“No resulta difícil, pues, pensar que una fortaleza de tal significación política y simbólica articulase en torno a sí un territorio bien definido, que se correspondería aproximadamente con el que aparece reflejado en los documentos de finales del siglo XI y del siglo XII. La ubicación del castillo de Gauzón fue objeto de una apasionante polémica historiográfica entre historiadores y eruditos locales en los años 60. (SARANDESES, 1961; URÍA, 1966 y 1967; MARTÍNEZ, 1969).
La confusión venía dada porque una parte de la documentación que alude a este enclave, procedente de los fondos del monasterio de San Vicente de Oviedo, situaba la fortaleza en las inmediaciones de lugares localizados en el actual concejo de Gozón. Añadamos a esto la derivación del nombre del actual concejo de Gozón del viejo topónimo que aludía a todo el territorio, Gauzón, y la existencia de una lápida alusiva al castillo en la torre del reloj de Luanco (capital gozoniega), y tendremos suficientes argumentos para que los entusiastas partidarios de un localismo casi pueril trasladaran la situación de la fortaleza del Peñón de Raíces hacia diversos puntos del actual concejo gozoniego. No les faltaban, sin embargo, argumentos documentales para apoyar sus hipótesis, dado que, como decimos, varios diplomas sitúan el castillo en tierras de Gozón.”

Todo eso se explica y justifica en la novela en que estoy trabajando actualmente:  LA ESTIRPE DE LOS REYES; y de la que, ya que su fecha de publicación se va retrasando, copio aquí unos párrafos del capítulo en que trato ese tema.

Como ya he dicho otras veces, puesto que la novela está en fase de borrador, lo que aquí parece que ocurre, puede, en la redacción definitiva, suceder de otra manera, o no aparecer en absoluto.




CAPÍTULO XVIII


Aprox. año 750

            Teudis, conde de Gauzón, dirigió una mirada suplicante a su tío, el monje Isidoro. Llevaban tres horas en la aldea y comenzaba a estar impaciente. Los habitantes del lugar se habían inclinado ante su señor, y le habían ofrecido, a él y a sus acompañantes, un sustancioso refrigerio (eso había estado bien): un sabroso plato con legumbres y verduras de las huertas circundantes, y una exquisita longaniza. Pero, cuando, una vez acabada la comida, el joven pensó que retomarían la marcha, el jefe de los aldeanos presentó sus peticiones ante el señor del territorio. Resignado, Teudis tomó asiento con Isidoro a su derecha y Marcelo a su izquierda, y se dispuso a escuchar  las solicitudes de sus súbditos: las cosechas no habían sido abundantes y suplicaban para ese año una reducción de los tributos (“como todos los años”, le había dicho Marcelo,  en voz baja a su oído), permisos para roturar nuevas parcelas y aumentar la superficie dedicada a cultivos, y para comerciar directamente con las tierras del oeste y de Gigia sin pagar tributos por ello al señor del territorio. Y a continuación, llegó el turno de resolver los numerosos litigios  pendientes, que requerían ser dilucidados por quien tuviera autoridad para ello; algunos entre los propios habitantes de la aldea (cuestiones de límites de fincas, de herencias, de cargos administrativos) y otros con los representantes del vecino poblado de pescadores que también se habían presentado ante el conde, disculpándose por no haberle obsequiado con los productos de su trabajo, debido al fuerte temporal que les había sacudido hasta esa misma mañana y que les había impedido echar al agua sus embarcaciones.
Unos y otros asuntos habían sido resueltos por el joven conde, recurriendo a las recomendaciones de sus dos consejeros, aunque antes de que pasase mucho tiempo ya se había convencido de que la mayor parte de las obligaciones de su cargo no eran, en absoluto, estimulantes.
            Comprendiéndole, Isidoro había mirado a su vez a Marcelo, quien, como representante habitual del anterior señor, se levantó y dio por finalizada la audiencia.
-Os agradecemos vuestros obsequios y la fidelidad con que servís a nuestro señor, el conde de Gauzón.- Les dijo. – Pero debemos llegar antes de la noche a nuestro destino. - Y volviéndose al joven, se inclinó mientras le dirigía una mirada divertida y cómplice. – Cuando gustéis, señor. – Le dijo.
            Teudis, aliviado, se levantó del asiento que le iba pareciendo, por momentos, insoportablemente incómodo, y, con el aire más majestuoso que pudo dar a sus actos, se dirigió hacia el lugar en que habían dejado sus monturas.
            -¿Y tendré que hacer esto cada vez que vengamos aquí? – Preguntó Teudis, angustiado.
            -Marcelo lo hará en tu lugar.- Le tranquilizó Isidoro. – Me temo que permanecerás la mayor parte del tiempo en la corte, en Cangas. Pero sí que es cierto que, de vez en cuando, es bueno que el señor haga acto de presencia ante sus siervos. Por cierto, sobrino, lo has hecho muy bien. – Le dijo, con una sonrisa no muy habitual en el rotro del monje, siempre concentrado en sus asuntos y oraciones.
            Teudis miró, receloso, a su tío. ¿Hablaba en serio o se estaba burlando de él? Al rato, y siguiendo el recodo de la ría, giraron hacia el oeste y se adentraron en una zona de dunas arenosas. El mar aún rugía a su derecha con los últimos coletazos del temporal que había asolado esas costas los días anteriores. A su izquierda, unas ciénagas pantanosas rodeaban una elevación boscosa apenas separada de unos altos acantilados, en la que podían observarse los restos de alguna edificación antigua, pero las dunas formaban un sendero firme por el que sus cabalgaduras caminaban con seguridad.
-¿Qué es eso? – Preguntó Teudis, señalándolo.
            - Unas viejas fortificaciones.- Replicó Marcelo.- Debieron tener importancia hace años, pero ahora están abandonadas y semiderruídas.
Un día después
Mientras deshacían el camino recorrido el día anterior, ahora en dirección de la salida del sol, el conde de Gauzón colocó su montura al lado del monje. - ¿Cómo te encuentras? – Le preguntó para iniciar la conversación.
-Bien, bien. – Replicó Alcuino. – Os agradezco vuestras atenciones.
            - No tienes por qué. Es lo menos que podemos hacer con alguien que ha sufrido lo que tú; pero, cuéntame algo más, dijiste que el barco en que viajabas había sido abordado por unos bandidos.
            - Sí, señor. Unos piratas vikingos. Pertenecen a una raza belicosa que vive del saqueo. No hay lugar en nuestras costas que esté libre de ellos.
            - No habíamos tenido noticia de ellos hasta ahora. – Dijo, Teudis, pensativo. – tendrás que hablarme más de ellos, por si dediden llegar hasta aquí. Soy el señor de las tierras fronterizas con el mar, y mi rey esperará que sepa defenderlas contra cualquiera que piense en atacarlas.
            - Pues es una tarea ardua la que pesa sobre hombros tan jóvenes como los vuestros. – Respondió el sacerdote. – Sus navíos son veloces y se presentan de improviso donde no se les espera. En combate se muestran feroces y despiadados; son hombres de gran fortaleza, capaces de lanzar nubes de flechas a gran distancia y con notable precisión, y, en el combate cuerpo a cuerpo utilizan hachas de todos los tamaños, unas enormes, que manejan con dos manos, otras similares a espadas, pero más eficaces, y, al fin, otras más pequeñas, arrojadizas.
            Teudis sonrió con suficiencia. – Parece que son enemigos dignos de nuestros hombres.- Dijo. – No les temo. Podemos protegernos de sus flechas con nuestros escudos de roble forrados de hierro, la habilidad de nuestros guerreros con sus espadas podrá superar a la fuerza de sus hachas de dos manos, y, en cuanto a las arrojadizas, no creo que puedan compararse a nuestras “franciscas”[1] – Comentó, señalando la que llevaba sujeta en su cinturón.
Mientras hablaban, Marcelo que, ante la charla de Teudis con el monje, llevaba la cabeza de la comitiva, había abandonado la senda entre las dunas para tomar otra que, más directamente, llevaba al lugar de Abilius pasando entre las alturas que se elevaban escarpadamente a su derecha y el promontorio boscoso que habían visto el día anterior, entretanto el joven, centrado en su perorata, continuaba diciendo:
            -En cuanto a que lleguen sin que les advirtamos, eso no ocurrirá. Mi castillo está en un alto, y desde él domino todas las playas y acantilados en muchas leguas. Las poblaciones del reino están bien protegidas.
            - No buscan las playas ni los acantilados, mi señor. Amparados en el poco calado de sus barcos utilizan los ríos, como éste al lado del cual caminamos, para internarse lo más posible en las tierras y atacar a las poblaciones próximas a sus riberas.  ¿Vuestra casa, está aquí cerca? – preguntó Alcuino.
            - Más o menos. – Replicó el joven. – A unas tres leguas hacia el este.
            - Pues no llegaríais a tiempo. Antes de que hubierais podido reunir a vuestros soldados en número suficiente para hacerles frente, los vikingos habrían llegado, desembarcado, saqueado, violado  y asesinado, y se hubieran embarcado de nuevo para escapar con el botín. A no ser que edifiquéis una fortaleza que defienda la entrada de esta caudalosa vía de agua. ¡Mirad! – Exclamó volviéndose sobre su montura y señalando el promontorio que acababan de dejar atrás. – Un lugar como ese serviría a la perfección.
            Teudis meditó unos instantes. – Lo pensaré. – Dijo[2].









































[1] Hacha de mano que podía blandirse o arrojarse. Recibía su nombre por haber llegado a los godos proveniente de los francos. La usada (en la ficción de esta serie de novelas) por don Pelayo tiene especial relevancia en los últimos capítulos de PELAYO, REY y de LA MURALLA ESMERALDA.
[2] En el Capítulo XI de la anterior novela, EL  MULADÍ, ya expliqué en una nota al pie por qué, a pesar de que el Castillo de Gauzón se edificó en el peñón de Raíces, en Castrillón, al lado de la ría de Avilés, yo lo había situado al este del cabo de Peñas. Y en el capítulo VI de esta novela, en otra nota, ya dije que intentaría solucionar el problema. Afortunadamente, Alcuino me ha echado una mano. Volveremos a utilizar los datos que nos ofrecen las excavaciones que se están realizando en ese sitio en capítulos posteriores, esperando que esas líneas sirvan de pequeño homenaje a la gran labor que hacen los que, trabajando en ellas, nos desvelan cosas que ignorábamos sobre el pasado de nuestra querida tierra asturiana.

15 de enero de 2016

CASTILLO DE GAUZÓN


            Los escritores de novela histórica creamos una trama de ficción en un entorno real. Cuánto más real sea ese entorno y más nos ciñamos a él, más impresión de realidad tendrá la trama que inventemos y, posiblemente, mejor será la novela. Por lo tanto, dependemos en gran medida de las publicaciones que, sobre ese determinado momento temporal y lugar geográfico, hayan hecho los historiadores. Aunque hay momentos y lugares sobre los que no hay demasiada documentación y eso, por un lado, es bueno para el novelista, porque no está demasiado constreñido por los datos conocidos y puede dar rienda suelta a su imaginación, pero por otro, sobre todo para los que andamos menos sobrados de lo que quisiéramos de esta última cualidad, nos crea dificultades para dar la impresión de realidad deseada. Afortunadamente, en algunos casos, tenemos otro grupo de investigadores del pasado que pueden ayudarnos a describir lugares y épocas: los arqueólogos.
            En mi serie de novelas históricas (Pelayo, rey; La muralla esmeralda; El muladí y La Cruz de los Ángeles – publicadas –; La estirpe de los reyes, en la que estoy trabajando actualmente, La Cruz de la Victoria, prácticamente terminada y que solamente está esperando, para respetar la cronología, el momento de su publicación, y Los mozárabes y El rey leproso, en fase de confección y que dependen, en gran parte, de cómo quede la redacción final de las anteriores), me ciño, en el ámbito temporal, a la creación del reino de Asturias y primeros años de la Reconquista. Concretamente la trama comienza en el año 700; La Cruz de los Ángeles termina con la donación de esa joya a la Catedral de Oviedo en el año 808; La Estirpe de los reyes concluirá, quizá en 789, comienzo del reinado de Bermudo, o en 842, coronación de Ramiro I, dependiendo de cómo se vayan solucionando las tramas, de si al final es una sola novela o dos, y de si esa hipotética división se hace referente a criterios temporales, geográficos o de trama; La  Cruz de Victoria concluirá en 910, fecha en que, a la muerte de Alfonso III el reino asturiano se convierte en el reino de León, episodio con que iba a concluir esta serie de novelas, aunque posiblemente la prolonguemos para incluir a Fruela II, “el leproso”, rey de Asturias de 910 a 924, supeditado a sus hermanos, los soberanos de León, cargo que ocupó él  mismo durante un año, de 924 a 925; a Ramiro Alfónsez, el hermano de Fruela II, al que algunos autores suponen que quedó como rey de Asturias (supeditado al Leonés) desde que su hermano tomó ese título, en 924, hasta 929;  y a Alfonso Froilaz “el jorobado”, hijo de Fruela II que, a su muerte, intentó heredar el título, pero que, derrotado por sus primos Sancho, Alfonso IV y Ramiro II, los hijos de Ordoño II, le obligaron a refugiarse en Asturias, donde, según algunos autores, gobernó como rey hasta su derrota definitiva a manos de Ramiro II en 932.
En cuanto al ámbito territorial, aunque los protagonistas de mis novelas, sin dejar de centrarse en Asturias, recorren toda la península Ibérica, los territorios norteafricanos y asiáticos dominados por el califato omeya de Damasco, el reino de los francos e, incluso, el imperio romano de Constantinopla, hay una zona en concreto que toma especial protagonismo. Mi familia paterna es originaria de Luanco, villa marinera asturiana capital del concejo de Gozón; y, por ese motivo, hago especial hincapié en que allí ocurran gran parte de las escenas inventadas de la trama, no solamente en esa villa, sino en lo que, en esa época, se consideró el “alfoz de Gauzón”, territorio que, dependiendo del castillo de su nombre, ocupaba, en todo o en parte, los actuales concejos de Gozón, Avilés, Castrillón, Illas, Corvera y Carreño; y doy protagonismo a los miembros de una familia a la que otorgo (en mi ficción) el título de condes de Gauzón, título que, hasta el siglo X, después de la época en que transcurren mis novelas, no está documentado e, incluso, hasta que lo ostenta Santiago Pélaez (Rebelde contra Alfonso VII y personaje que, si Dios me diera vida, salud y fuerzas, por su interés histórico, novelístico y representativo de la singularidad asturiana, quizá fuera el protagonista de una novela postrera de la saga) en 1132 no he encontrado nombres propios que lo ostentasen. En 1222 Alfonso IX dona el castillo de Gauzón a la orden de Santiago, con lo que los poseedores de ese título desaparecen de la historia. Y, puesto que hay tan pocos datos sobre ellos, me permito la licencia histórica (no la menor de las que he utilizado) de incluir en esta familia, que es el nexo que da continuidad a mis novelas, no solo a personajes que pertenecen solo a mi imaginación, sino a otros que constan en las crónicas y de los que poco o nada se sabe.
Y ya que he citado a las crónicas, y en el primer párrafo de estas líneas he hablado de la influencia que tienen los historiadores en la confección del entorno real en que se sitúan los hechos imaginarios de las novelas, digamos que de esa época no hay demasiados datos. Concretamente, he utilizado principalmente las crónicas cristianas del siglo IX (“Albeldense”, de Alfonso III en sus versiones “Rotense” y “ad Sebastian”, y “Profética”), pero también las redactadas en tierras bajo el poder musulmán (“Bizantina-arábiga” de 741 y “Mozárabe” de 754), las musulmanas de “Al-Maqquari”, el “Ajbar machmua”, la de “ibn Idari” y de “ibn al Qutia”. Así como los escritos de historiadores posteriores que las han estudiado profundamente, como Sánchez Albornoz; R.P.Dozy; Roger Collins; y Gil Fernández, Ruiz de la Peña y Moralejo, entre otros.
A pesar de esta relación, son pocos los datos fidedignos que se tienen, no tanto de las tierras bajo el poder musulmán, sino, especialmente, del pequeño reino asturiano, en los primeros años en que transcurren las historias contadas en mis novelas. Pero también en el primer párrafo de estas líneas hablo de otros investigadores que nos ayudan a conocer esos años, y me voy a referir, concretamente, a un lugar que se está estudiando actualmente y que da título, motivo y excusa a estas líneas, y del que nos habíamos separado hasta ahora: El Castillo de Gauzón.
 Por los escasos documentos existentes, sabíamos que existía una fortaleza, situada, por su nombre, en o cerca de, el concejo de Gozón, y que tuvo importancia por haber sido fabricada en ella la Cruz de la Victoria, donada en 908 por el rey Alfonso III y su esposa, Jimena, según puede leerse en inscripciones de la parte posterior de dicha joya: “svsceptvm placide maneat hoc in honore di qvod offervnt / famvuli xpi Adefonsvs princes et scemene regina” y “et operatvm es in castelo Gavzon agno regni nsi XLII discvrrente era DCCCCXLVI”. También tenemos noticias de que en esa fortaleza estuvo encerrado el infante García, futuro García I de León, cuando, en unión de sus hermanos, se rebeló contra su padre Alfonso III: “Et veniens Zemoram filium suum Garseanum comprehendit, & ferro vinctum ad castrum gauzonem direxit.” (Crónica de Sampiro, 16,  interpolada en la Historia de España de Juan de Ferreras parte 16)
También sabemos que, posteriormente, se edificó en él una Iglesia: “Fecit etiam Castella plurima ecclesias multas ficut his subscriptum eft: In territorio legionensi Lunam, Gordonem & Alvam, in Asturias Tutellam, Gauzonem intra Ovetum castellum & pallatium quod eft ius¡xta eum…”(Crónica Sampiro, 2), Que fue consagrada al salvador por los obispos Sisnando, de Santiago, Nausto, de Coimbra y Recaredo, de Lugo.
Conociendo que, ya en tiempos del padre de Alfonso III, el rey Ordoño I, los normandos habían efectuado incursiones por la costa asturiana, nos pareció lo más natural y lógico que dicho castillo se hubiese edificado para proteger dicho litoral, y que hubiese estado en algún lugar desde el que se dominase una gran extensión de costa y se pudiese dar aviso a la corte ovetense con el tiempo suficiente para que se aprestase a la defensa. Debido a eso, y aunque ya en 1972 D. Vicente José González García había dirigido unas excavaciones en el peñón de Raíces, en el ayuntamiento de Castrillón, en la margen izquierda de la ría de Avilés, lugar en que los expertos situaban la existencia de dicho castillo, en mis primeras novelas (Pelayo, rey, Imágica ediciones, 2004, aunque terminé de escribirla en 1996 y La Cruz de los Ángeles, Editorial Sapere Aude, 2014, pero redactada en 1999) decidí situarlo en algún lugar indeterminado de la costa oriental del cabo de Peñas, dentro del actual concejo de Gozón, y desde dónde se pudiera divisar la costa asturiana hasta cerca de Villaviciosa, lugar desde donde, en pura lógica, deberían llegar los hipotéticos asaltantes.
Posteriormente, en 2007, el ayuntamiento de Castrillón inició una nueva campaña de excavaciones dirigida por D. Iván Muñiz y D. Alejandro García, que demostraron, de forma fehaciente que, no solo el castillo de Gauzón se encontraba situado en dicho peñón de Raíces, sino que su antigüedad era mayor de lo que se había supuesto y su importancia mucho mayor de lo que se imaginaba. Eso afectaba sin remedio posible a la primera de mis novelas, Pelayo, Rey, y a sus continuaciones, La Muralla esmeralda, Editorial Sapere Aude, 2010, aunque terminada de escribir en 2005, y El Muladí, de la misma editorial, publicada en 2011, aunque llevaba redactada desde el 2000. No obstante, pude salvar el tema con una ligera corrección y unas notas a pie de página en la cuarta, La Cruz de los Ángeles, pues, aunque llevaba escrita desde 1999, no se publicó hasta el año pasado. La manera en que solucioné la contradicción fue sencilla y simple, pero requería alguna mayor explicación que tendría lugar en la que estoy trabajando actualmente, La Estirpe de los reyes. Eso me obligó a cambiar parte de la trama, pero como una excavación arqueológica es algo vivo, en lo que continuamente se están descubriendo cosas nuevas que obligan a cambiar las teorías anteriores, el verano pasado visité dicho castillo (como un turista más), siendo atendido con total amabilidad y proporcionándome indicaciones sobre los últimos descubrimientos que me obligaron, a mi vez, a hacer nuevos cambios en capítulos que ya estaban escritos y a añadir otros nuevos. Agradezco profundamente a D. Alejandro García Álvarez sus atenciones y la información proporcionada, así como a una de sus colaboradoras, que nos sirvió de guía en la visita a las excavaciones.
Es evidente que mi opinión anterior acerca de la situación del castillo estaba equivocada, y que, además, no había tenido en cuenta una circunstancia acerca de las costumbres de los saqueadores normandos, cuya vigilancia y defensa era, quizá, una de las funciones de dicha edificación: la de penetrar lo más posible tierra adentro aprovechando las vías de agua que sus navíos, de poco calado, podían fácilmente remontar; la ría de Avilés es, en el litoral asturiano, una de las que mejor se prestan para ese fin, el lugar escogido para el emplazamiento de la fortaleza era inmejorable y, además, de paso podría servir para controlar un hipotético tráfico marítimo desde el fondo de dicha ría (aunque no se tiene constancia de la existencia de la villa de Avilés hasta el siglo X, la teoría que hace proceder su nombre del romano de “Abilius”, junto con algunos restos de esa procedencia encontrados, podría justificar que fuese anterior), quizá más importante y más antiguo de lo que se piensa, hacia el litoral asturiano y gallego, hacia la costa francesa e, incluso, hasta las Islas Británicas (Teoría que, por su atractivo, es la usada en mis novelas).
El castillo de Gauzón, como dijimos anteriormente, estuvo situado en la zona hoy conocida como el “Peñón de raíces”, en el ayuntamiento de Castrillón. Se trata de una elevación rocosa de unos 38 metros de altura máxima, y de unas dimensiones aproximadas de 150 por 70 metros, estructurada en tres plataformas y separada aproximadamente unos 50 metros de un acantilado de mayor altura que formaba la linde costera en esa época. Por esa separación transcurre hoy en día la carretera que va de Avilés a Salinas, por lo que el entorno está totalmente cambiado. Asimismo, la plataforma litoral, hoy en día ocupada por las edificaciones de Raíces Nuevo y de los chalets y bloques de Salinas, en aquella época estaba formada por unas marismas pantanosas, por lo que las distancias actuales que lo separan aproximadamente 500 metros de la playa y un kilómetro de la ría no se corresponden con las de entonces.
Los datos aportados por las excavaciones nos hacen sospechar que su ocupación es mucho más antigua de lo que parecía en un primer momento, quizá pertenecientes a un castro astur o a una fortificación romana. Ojalá el trabajo que llevan a cabo los expertos dedicados a ello les permitan, en un futuro, alguna certeza sobre este punto.
Ya en los siglos VI y VII hay constancia de la edificación de una fortificación, que puede pertenecer al reino visigodo de Toledo, o a algún poder astur independiente. Lo que es evidente es que en esa época, antes de la formación del reino asturiano, ya había alguna autoridad establecida en el castillo que, desde él, dominaba las zonas limítrofes.
A partir del siglo VIII se observa una mayor ocupación y la mejora y ampliación de las edificaciones. Por lo que, si la referencia histórica al castillo del año 908, con la donación de la Cruz de la Victoria por Alfonso III, indica el período de esplendor de la fortaleza y su pertenencia directa a la corona asturiana, parece adecuado asumir que su construcción se inició algunos años antes, quizá ya en el reinado de Alfonso II (rey de 791 a 842), al trasladar la corte a Oviedo, quizá, incluso, en el de Alfonso I (rey de 739 a 757), opción que he escogido para desarrollar la trama de mis novelas, o en el de Silo (774-783) al trasladar la corte de Cangas de Onís a Pravia.
Sea como fuere, no es descabellado suponer (y aquí ya tomo el papel del novelista, no el del historiador ni el del arqueólogo, definiciones que no me corresponden) que esa edificación de una fortaleza sobre los restos de otra anterior, correspondiese a un poder local (un conde o delegado del monarca), y que, en una época posterior, ya en el reinado de Ramiro I (del 842 al 850), el monarca que ordenó la construcción del complejo del monte Naranco, se añadiesen a la fortaleza defensiva las dependencias palatinas situadas en su ala norte y pasase a depender directamente del poder real.
Posiblemente, con posterioridad, y al trasladarse la corte a León, la fortaleza pasaría a manos de alguna autoridad local y comenzase su progresivo deterioro. Incluso desde ella se habrían llevado a cabo rebeliones contra la autoridad real, como la llevada a cabo por Gonzalo Peláez. Tras su derrota, en 1137, continuó su decadencia y en 1222 el rey Alfonso IX se la entregó a la orden de Santiago y, a partir de esa época, los arqueólogos constatan un progresivo desmantelamiento de sus edificaciones defensivas, ya en desuso. La última referencia que se tiene es la encomienda de Enrique de Trastamara en 1335. Poco después, la villa de Avilés, fiel a Pedro I, es sitiada por Enrique en el curso de la guerra civil que asoló Castilla, pero, fracasando el asedio y abandonando Enrique la fortificación de Gauzón, es lógico suponer que Pedro ordenase su demolición, pues ya no se tienen noticias de ella hasta 1483, y ya como caserío.
Esto es lo que, hasta ahora, se puede decir del Castillo de Gauzón. Según vayan avanzando los descubrimientos en las campañas de excavaciones que (esperemos) se sigan realizando cada verano, iremos sabiendo un poco más sobre la historia de nuestra tierra (Y de ello dependerán las tramas de mis novelas, que podrán mantenerse o cambiarse según sean los datos que D. Iván Muñiz y D. Alejandro García nos vayan aportando)


8 de septiembre de 2015

CASTILLO DE GAUZÓN

Este fin de semana pasado estuve en Asturias. Había, por fin, acabado los capítulos dedicados a Abderrahmán y podía seguir con la trama asturiana; así que aproveché la ocasión para acercarme a las excavaciones del Castillo de Gauzón y realizar una visita guiada. Quiero agradecer al equipo de investigadores la amabilidad con que nos trataron y la ayuda que ese castillo significa para mí a la hora de elaborar las tramas. Aunque los últimos descubrimientos, que lo hacen más antiguo de lo que se pensaba en un primer momento, me obligarán a modificar algunos párrafos. (al igual que otros anteriores, como la moneda visigoda, me hicieron cambiar capítulos enteros).
Ahora toca pasar a las páginas las sensaciones experimentadas.

21 de agosto de 2015

COMPLICACIONES III



Y vamos con la más importante de las cuestiones que me ocuparon antes de
poder dedicarme a redactar los capítulos dedicados a la llegada de Abderrahmán:
Sus hijos.

Para aclarar la cuestión, tenemos que Abderrahmán nació en 731, por lo que llega a España con 24 años. No hay noticias de que tuviese hijos antes de eso, ni de que le acompañasen en su llegada (aunque no es imposible).

 
Pero en la Crónica de Alfonso III, versión “ad Sebastián”, se dice que Fruela derrotó y dio muerte a un hijo de Abderramán, de nombre Umar, en Pontuvio; esa batalla, si es que existió, tuvo lugar, aproximadamente unos tres años después de la llegada al trono de Abderrahmán, en el año 759-60, cuando el omeya tendría unos 28 años, por lo que no podría haber tenido un hijo en edad de mandar el ejército, así que eso, con toda probabilidad, no será cierto; pero yo ya había citado a ese Umar en LA CRUZ DE LOS ÁNGELES. Esa cuestión ya la solucioné haciendo que Abderrahmán adoptase a un omeya (inventado) de nombre Omar en los capítulos que había escrito anteriormente.     
Pero Abderrahmán había tenido más hijos. Las crónicas nos hablan de, al menos, tres. Su sucesor, Hisham, era hijo de la esclava Holal, que el omeya había encontrado en el palacio de Córdoba cuando la conquistó, en el año 756. Así que habría nacido, como muy pronto, en 757. Los otros dos hermanos, Abd Allah y Suleimán, deberían haber nacido antes (Se nos dice en las crónicas que prefirió a Hisham antes que a sus hermanos mayores), así que el tiempo que disponemos para que hayan nacido antes que Hisham, si es que no lo habían hecho antes de su llegada, es muy corto. Eso me da pie para, sin ningún fundamento histórico, introducir una trama de ambiciones y amoríos durante la estancia de Abderrahmán en Almuñecar, que espero que haga más interesante la novela.

               
Por último, dicho esto, quiero terminar comunicando que, una vez solucionados estos problemas, la trama avanzó lo suficiente para dejar a Abderrahmán entronizado en Córdoba, abandonar el relato de acontecimientos ocurridos en la España musulmana y que nuestros auténticos protagonistas, los (imaginarios e imaginarias) descendientes del último rey godo, don Rodrigo, y del primer caudillo
asturiano, don Pelayo, se unan (ficticiamente) a la lista real de reyes asturianos.

También tuve tiempo de desplazarme a Almuñécar, Archidona y Turrush siguiendo el camino de Abderrahmán, aunque, lamentablemente, no pude llegar hasta las ruinas del castillo de Turrush porque mi coche, según me dijeron, mientras lo observaban con aire crítico, los lugareños, no podría llegar hasta allí. Así que la descripción de ese sitio, al contrario que las restantes realizadas en la novela, no se corresponde con ninguna realidad. 

19 de agosto de 2015

COMPLICACIONES II

Más complicaciones me presentaron las fechas de la batalla en que derrotó a Yusuf (Musara), su proclamación oficial como emir en Archidona y la entrada en Córdoba. En la vida de Abderrahmán se  dice que la batalla de Musara fue el 13 o 14  de marzo de 756. A continuación entró en Córdoba, y luego, el 16 de Marzo, se proclamó emir en Archidona. Esto no es lógico, pues de Córdoba a Archidona hay unos 80 Kmts. Que se pueden recorrer, como mínimo, en tres días. No creo probable que gane la batalla, entre en Córdoba, (al lado de Musara), e, inmediatamente, abandone la capital para correr a Archidona y que allí le proclamen emir, pudiendo haberlo hecho en la misma capital. Todo indica que la proclamación en Archidona fue cuando aún no dominaba Córdoba y el  motivo para que Yusuf le atacase. Eso fue lo que elegí para desarrollar la trama de mi novela, aunque todas las informaciones de internet que iba consultando coincidían en que había entrado en Córdoba en marzo. Por fin encontré una que decía que la batalla de Musara había tenido lugar el 14 de mayo, lo que agradecí porque coincidía con lo que había escrito, aunque, como en las complicaciones anteriores, había decidido no ser explícito con las fechas.

18 de agosto de 2015

COMPLICACIONES

Aunque el motivo de la serie de mis novelas es (como resulta obvio por su título) relatar de forma novelada los acontecimientos que ocurren durante el principio del Reino de Asturias, hasta que éste pasa a integrarse en el de León - y quizá más allá -, en la novela en la que estoy trabajando actualmente cobra especial importancia el personaje de Abderrahmán I. Actualizados, por fin, los capítulos correspondientes a la trama asturiana de la misma, pude enfrascarme en los que narran la llegada del último omeya a la Península.
Pero, al hacerlo, me encontré con una serie de complicaciones que paso a relatar a continuación, aunque por su extensión, lo hago en tres entradas consecutivas.

COMPLICACIONES I: Fecha y lugar de su llegada.

Como ya va para un mes desde que escribí la entrada anterior, es un buen momento para hacer la penúltima recapitulación antes de que se termine el verano. Hace tiempo que dejé, más o menos, organizados los capítulos asturianos (siempre hay algo que no acaba de estar cerrado) y pude centrarme en la llegada de Abderrahmán a España y su proclamación como primer emir independiente. Y, naturalmente, al empezar la tarea comenzaron los problemas. Las notas que tenía tomadas sobre ese personaje eran bastante sucintas, porque su aparición en los últimos capítulos de EL MULADÍ y en LA CRUZ DE LOS ÁNGELES era absolutamente tangencial; también lo iba a ser en esta novela, pero su atrayente personalidad ha hecho que tomase mucho más protagonismo que el previsto inicialmente.
            Es cierto que tenía mis fuentes, las que he utilizado en mis novelas, principalmente los escritos de Sánchez Albornoz, R.P. Dozy, el Ajbar Machmuá, y el Ibn Idarí, entre otros. Pero todos esos libros estaban en Madrid (No viajo con ellos, y no tengo copias digitales, algo que tendré que solucionar), y las notas que de ellos he sacado para la redacción de mis novelas, y que sí están en mi ordenador, eran, respecto a este personaje, como ya he dicho antes, bastante incompletas. Quedaba la solución de buscar en Internet, pero los datos que iba encontrando eran, a veces, poco de fiar, y, a menudo, contradictorios. Es cierto que, según quien sea el cronista que haya narrado la llegada de Abderrahmán, encontraremos diferencias de lugares, fechas, nombres, etc.; y tendría que decidirme por alguna de ellas; pero en mis novelas anteriores, y dado que no pensaba que el Omeya iba a ser fundamental en alguna otra, no había mantenido un suficiente rigor en la selección de datos, tomando de aquí y de allá los que me parecieron más novelescos, y, por supuesto, ahora no me acordaba de dónde había sacado cada uno. La tarea de cuadrar todo fue ardua, y, por supuesto, mucho menos gratificante que la de idear una trama y redactarla de manera coherente y entretenida (espero) para los lectores, pero al fin todo fue encajando, con algunas dificultades que expongo a continuación.
            La primera que me encontré fue la fecha y lugar de su llegada. Generalmente se acepta que en septiembre del año 755 desembarcó en Almuñécar. Así lo tenía apuntado y así lo encontré en mis primeras búsquedas por internet; pero si buscamos la historia del emirato independiente, vemos que ahí se dice que desembarcó en 756. En la página que nos cuenta la historia de Yusuf el Fihrí, el antecesor de Abderrahmán, nos dice que el omeya desembarcó en Rayya (Málaga), siendo así que Almuñécar pertenecía a Elvira (Granada); y en el blogspot.el turbante blanco, muy bien documentado, dice que el desembarco fue en “la luna nueva de Rabí I del año 138, es decir, el 14 de agosto de 755”, pero añade que: “existe un estudio de Virgilio Martinez Enamorado, cuestionando que este fue hecho en las playas de Burriana (Bitruh Riyana) se puede leer en la revista Al-Qantara enero-junio de 2006 pp. 199-210
                No fue ésta la complicación más importante, la solucioné escogiendo la opción más comúnmente aceptada: Almuñécar, septiembre 755, y, además, no especifiqué la fecha para evitar problemas de lectores inquisitivos (que los hay, yo mismo lo soy referente a obras de otros autores)

                También nos encontramos con que lo más comúnmente aceptado es que la primera proclamación como emir fue en “Turrush”, nada más llegar. En un principio creí que se trataba de Torrox, y cuadraba bien (Ese pueblo costero de la Axarquía de Málaga está a menos de 20 Kmts. de Almuñécar, un día de camino – y a 8 de mi residencia vacacional en Torre del Mar, con lo que podría ir allí con facilidad -, con lo que todo parecía lógico. Pero luego, al ir leyendo, casi todos los historiadores sitúan el castillo de “Turrush” en Fuentes del Cesna, entre Algarinejo e Iznájar. Respeto la opinión de los historiadores, que, seguramente, tendrán razón, pero no conseguía cuadrar, en la trama de la novela, que, nada más llegar Abderrahmán a España, abandonase la seguridad de la costa para dirigirse a una localidad del interior, mucho más cerca de Córdoba, donde estarían los partidarios de Yusuf. Además, de Almuñécar a Turrush hay, más o menos, unos 80 Kmts., por caminos agrestes; no parece lógico que Abderrahmán fuese allí a pasar el invierno. (La campaña contra Yusuf no fue hasta la primavera siguiente, como veremos cuando estudiemos las fechas correspondientes a ella). Por otro lado, todos los autores coinciden en que se alojó en la casa de Ubayd Allah Abú Utmán, (También escrito Obaidallah Abú Otmán), pero he leído frases como: “Le traia la noticia del desembarco de Abd al-Rahman ibn Muawiya en Almuñecar (sep.oct. 755) y su alojamiento en casa de Ubayd Allah Abu Uthman…” que nos indicarían que estaba todavía en Almuñécar, o: “cuando fue informado del desembarco en España del marwani ´Abd al-Rahman ben Mu´awiya y de su instalacion en Torrox, como huesped del jefe de los chundis omeyas de Elvira…/… Al mismo tiempo que se le comunicaba.
-´Abd al-Rahman ben Mu´awiya ha entrado en al-Andalus y reside en casa de Ubayd Allah ben Utman
.” Que nos dice que la residencia de Abú Utmán estaba en Turrush. Aquí, para dar coherencia a una campaña militar y a la trama de la novela, (aunque no eso sea posiblemente lo que ocurrió en la realidad), decidí que la residencia de Abú Utmán estaría en Almuñécar, donde pasarían el invierno, pero que en el primer sitio que le proclamasen emir fuese en Turrush, para lo que me basé en: “En el Castillo de Turrush, Algarinejo (Granada), y apoyado por los mozárabes de la fortaleza, reclutó un pequeño ejército con el cual asaltar posteriormente el poder.
”, de la página en Internet acerca de la vida de Abderrahmán, aunque esté en contradicción con que Turrush pertenecía a Abú Utmán.

25 de julio de 2015

DE NUEVO EL DÍA DEL SANTO PATRÓN

Intentando mantener la costumbre comenzada hace 10 años de tal día como hoy, fiesta del Santo Patrón de nuestra España, escribir en este resumen (Y en mi blog, y en mi página de Facebook) contando cómo va mi actividad literaria, voy a hacer un breve resumen de la misma.
En lo referente a lo que fue la excusa para la primera entrada, la novela dedicada a Jacobo ben Zebedeo, tengo que decir que todo sigue igual que el año pasado (y el anterior, y el anterior a ese, y…), es decir, esperando; esperando a concluir, si no la serie de novelas sobre la Reconquista, al menos sí en la que estoy trabajando durante los últimos tres años (aunque en ese plazo se hayan publicado otras dos, escritas anteriormente). Nuestro Santo Patrón tendrá que hacer acopio de paciencia, y quizá no sea mala cosa, pues esa virtud no era la que caracterizaba, precisamente, al Hijo del Trueno.
Por lo que respecta a mi ocupación actual, La Estirpe de los Reyes, empecé el verano con buen ritmo; me dediqué a trabajar en los capítulos correspondientes a la trama asturiana, trama que ya había sobrepasado a la musulmana-bizantina, pero de la que me he dado cuenta de que había muchos cabos sueltos que había que dejar claros antes de poder volver a enfrascarme en la llegada de Abderramán ibn Moawia a España. Asunto que hubiera debido quedar resuelto en la primera semana de Julio, temporada que pasé en Luanco, mi pueblo asturiano, pero que por unas u otras cosas no realicé allí. Así que, una vez en Torre del Mar, Málaga, en vez de dedicarme a narrar los hechos que llevaron a la proclamación del Omeya emigrante como el primer emir independiente, suceso que ocurrió en Archidona, muy cerca de mi residencia actual, y lugar al que podía acercarme para encontrar inspiración, tuve que centrarme en lo que había pasado muy al norte, en los valles y playas de Asturias, lugares a los que , afortunadamente,  no tengo que acudir para sentirme cerca de ellos, pues siempre van conmigo.
Pero claro, siempre hay problemas. Al detallar más los hechos (casi todos inventados) que ocurrían allí, tuve que repasar lo ya escrito y encontré varias cosas que no acababan de llenarme. Tanto que tendré que reescribir varios capítulos anteriores para explicar mejor las reacciones de varios personajes no suficientemente detalladas, e incluso, replantearme el modo en que la estirpe de D. Rodrigo (que pertenece exclusivamente a mi imaginación), formada, de momento, por Florinda, hija de la forzada relación del último rey godo y Florinda, “la cava”, y por el hijo de aquella y Alarico, Teodoredo; y la de don Pelayo, en la línea que forman (basadas en algunas leyendas sin base histórica, ayudadas por lo que me he inventado), su hijo Favila, su esposa Froiluba, la hija de ambos, Flavinia, y cierto personaje venido de muy lejos, iban a unirse con la relación (en ese caso, histórica) de los reyes asturianos.

Y en esas estamos, en los ratos que me dejan libre mis obligaciones veraniegas (playa, siesta, paseos con mi perro, Tour de Francia, cervezas y tapitas, etc.) Claro que este año no tengo cargo de conciencia por no dedicar más tiempo a mis novelas, pues no siento la urgencia de acabar lo previsto antes del fin del verano, ya que cuando vuelva a Madrid, en Septiembre, seguiré con el tiempo libre propio del estado ideal (de momento): la jubilación.

8 de junio de 2015

Dos meses después.

Los finales de curso siempre son complicados, y no he sido capaz de mantener la norma autoimpuesta de una entrada al mes; al menos, intentaremos hacer una cada dos meses, esperando que, tanto en el verano, como durante el año próximo y los siguientes, ya jubilado, pueda hacerlo con más frecuencia. Bueno, entremos en materia: La presentación anunciada en la entrada anterior se efectuó con normalidad, la afluencia de público fue, incluso, un poco mayor que en las anteriores, los ejemplares de LA CRUZ DE LOS ÁNGELES prácticamente, se agotaron e, incluso, repartí algunos de las dos anteriores (LA MURALLA ESMERALDA Y EL MULADÍ) Sin embargo, LA MEDALLA OLÍMPICA, una vez más, no estaba a punto para ese día, así que seguiremos esperando por ella. Si llega a gustar tanto como lo que se hace de rogar, será un éxito. Por otro lado, el próximo viernes, día 12 de junio, estaré de nuevo en La Feria del Libro de Madrid, en la caseta 290 (Alberto Santos, editor) firmando ejemplares de la primera de las novelas, PELAYO REY (las siguientes, al estar publicadas por otra editorial, no pueden ser firmadas allí) Ojalá pueda contactar con algún librero que tenga caseta en la serie, para poder firmar el resto de mis novelas. Aunque me temo que eso no será posible, al menos por este año.