10 de abril de 2017

Primeras reinas asturianas y III

5.- “ADOSINDA esposa de Silo
Al parecer era nieta, por parte de madre, de don Pelayo y de su esposa Gaudiosa; mientras que por parte de padre era nieta del duque Pedro de Cantabria. Su madre fue Ermesinda y su padre Alfonso I, el Católico, rey de Asturias. Desconocemos la fecha de su nacimiento.
Había casado con Silo, y cosa extraña en la época, lo hicieron por amor. Al morir Aurelio, le hubiera correspondido el trono a Adosinda, pero la monarquía asturiana no era hereditaria en esa época, ya que los reyes lo eran por aclamación, y el Consejo eligió a su marido, Silo.
Silo era hijo de Fruela, hermano de Alfonso I, por lo que Silo y Adosinda eran primos. El matrimonio no tuvo hijos varones y al morir Silo, su hermanastro Mauregato obliga a Adosinda a ingresar el 26 de noviembre de 785 en el convento de San Juan de Santianes de Pravia, donde residió, hasta su muerte, junto a su hija María y sus damas. En la iglesia de San Juan de Santianes de Pravia se conserva la tumba en la que se supone yacen los restos del rey Silo y su esposa, la reina Adosinda”.

            Documentada entrada sobre uno de los personajes femeninos con mayor importancia de esa época. Hija del tercer rey (Alfonso I); hermana del cuarto (Fruela I); esposa del sexto (Silo) y tía y tutora del octavo (Alfonso II), Adosinda es el nexo de unión de la monarquía y de la historia asturiana en esos años. Aunque hay un dato con el que no estoy del todo de acuerdo. De Silo y Adosinda dice la crónica de Alfonso III, versión “rotense”: “quia Silo ex coniunge Adosinda filium non genuit”, y la “Albeldense”: “…et prolem nullum dimisit”, afirmando expresamente que no tuvieron hijos, en lo que coinciden los historiadores que he consultado para la elaboración de mis novelas. Ignoro de dónde está tomado el dato de que tuvo una hija, de nombre María, y me gustaría saberlo, por si procede utilizarlo. Aunque esa falta de hijos fue la que hizo que se volcase en la educación de su sobrino Alfonso II.
En cuanto a que Silo fuese hijo de Fruela, no me lo parece. De Fruela están documentados Aurelio y Bermudo. Casualmente, en la ficción de mis novelas, también hago que exista un parentesco, (¡no puedo decir cuál!) entre Silo y Adosinda, pero es algo totalmente inventado.

            En la redacción de mis novelas Adosinda tiene una importancia capital. Apenas aparece, como niña, en la tercera “EL MULADÍ”. Pero en la cuarta y en la quinta, las contemporáneas LA CRUZ DE LOS ÁNGELES y LA ESTIRPE DE LOS REYES, es el hilo conductor de todas las tramas. Sobre todo en su relación con Silo hay dos factores importantes; el primero no lo puedo desvelar, pero si comentar que es no solamente improbable, sino prácticamente imposible, aunque determinante en el desarrollo de esas novelas, introduciendo un factor traumático y dramático (aunque debo confesar que un tanto folletinesco) que, espero, las hagan más interesantes para los lectores. Y el segundo, en lo que coincido con lo que expresa D. Ramón Martín Pérez en este artículo, haciendo, (contra la opinión generalizada de los historiadores, que describen a Silo como un magnate gallego de avanzada edad, y su matrimonio con Adosinda un convenio de conveniencia, asegurando la lealtad de Galicia a la corona asturiana y procurando los medios para que, en el futuro, Alfonso II pueda acceder al trono, lo que es frustrado, de momento, por la intervención de Mauregato), que Silo sea un joven apuesto y que ambos se sientan atraídos mutuamente, aunque… ¡lo siento, no puedo decir nada más! Bueno, sí, que ahí encuentro una justificación al apodo de Alfonso II y a su falta de descendencia.

            Son muchos los párrafos sobre Adosinda en los que trato de describir la personalidad de esta reina, pero he decidido reproducir el trágico momento en que (en mi imaginación), descubre la muerte de su hermano.

            “Un revuelo de faldas y enaguas cruzó las abiertas puertas del palacio de los reyes asturianos, en Cangas de Onís. Los centinelas habían abandonado sus puestos momentáneamente, quizá para pedir instrucciones a algún superior sobre los extraños hechos que estaban acaeciendo ese día, así que nadie interrumpió a Adosinda en su loco correr escaleras arriba en busca de las habitaciones de su hermano, el rey. Un rápido vistazo le confirmó que estaban desiertas y, sin perder tiempo, se dirigió por el corredor que llevaba a las de su otro hermano, Vimara. Se precipitó por la puerta entreabierta y de sus labios se escapó un grito de dolor. No por esperada la escena le impresionó menos. Tendido en el suelo, con los brazos abiertos, las piernas separadas y la lengua asomando entre los labios hinchados, se encontraba el hermano del rey. Adosinda se precipitó sobre su cuerpo, intentando, vanamente, encontrar algún signo de vida.
─¡Hermano¡ ¡Oh, hermano! ─exclamó entre sollozos─. ¡Aunque hayamos discutido con frecuencia, no te vayas de este mundo pensando que no te quería! ─luego se incorporó y secó sus lágrimas─. ¿Y Fruela? ─preguntó para sí. Oyó ruido en el corredor y salió vivamente. Algunos servidores asomaban tímidamente la cabeza por la puerta de dependencias próximas. Teodulfo, el que hacía las veces de jefe de los sirvientes, se le acercó con el rostro desencajado.
─Vimara está muerto ─dijo la princesa, con la mayor serenidad que pudo aparentar.
Teodulfo asintió con la cabeza, señal de que ya había estado en la habitación.
─¿Alguien ha visto lo que ha ocurrido? ─continuó preguntando Adosinda, más para demostrar que se hacía cargo de la situación, que para enterarse realmente de lo acontecido, que para ella era evidente. Los sirvientes desaparecieron rápidamente tras las puertas a las que estaban asomados, y Teodulfo se encogió de hombros con gesto de terror, pues, ¿quién puede atreverse a acusar a un soberano?
─¿Dónde está el rey? - Este era ahora el problema más acuciante con qué se enfrentaba la princesa. Teodulfo, que parecía haber perdido el uso de la palabra, se limitó a señalar corredor adelante, a la escalera que conducía a la planta baja, y hacia allí se dirigió, de nuevo con prisas, Adosinda, no sin antes recomendar a los sirvientes:
─El hecho de que mi hermano esté muerto no quiere decir que no debamos ocuparnos de él. Preparad el cadáver para enterrarle dignamente. Y esperad las órdenes del rey.
Al llegar a la puerta, los dos guardias que antes habían estado ausentes, encabezados por un oficial, se dirigieron hacia ella desde una habitación contigua.
─¡Oh, señora! ¡Mi princesa...! ─comenzó a balbucear quejumbrosamente el jefe. Adosinda le interrumpió.
─Lo sé todo ─le dijo secamente, pues el tiempo urgía─. ¿Hacia dónde se fue el rey?
─Preguntó dónde se encontraban los nobles, pues no había ninguno en palacio, y le respondimos que creíamos que estaban celebrando una especie de reunión en la iglesia de la Santa Cruz. Hacia allí se encaminó.
─¡Dios mío, no! ─exclamó aterrada Adosinda─. ¿Y no le detuvísteis? ─preguntó, indignada, la princesa.
─¿Al rey Fruela? ¡No! ─la sola idea de las consecuencias que podría haber tenido intentar contrariar a su soberano, y más en aquél infausto día, hizo temblar a los guardias y palidecer a Adosinda que volvió a montar de un salto. En aquellos momentos llegaba a la plaza su fiel sirviente, que se había visto imposibilitado, en las últimas leguas, de seguir el paso frenético que la princesa imponía a su cabalgadura.
─¡Vamos, sígueme! ─gritó Adosinda, espoleando a su montura en dirección norte, hacia el puente que, extramuros de la capital, cruzaba el río Güeña antes de que entregase sus aguas al superior poder del Sella. Marco, tirando de las riendas, exigió un último esfuerzo a su agotada cabalgadura, y partió en pos de su ama”.

….

“El ruido de los cascos de un caballo que se acercaba con angustiosa e inútil rapidez apenas penetró en su mente agonizante. Unas manos suaves y conocidas tomaron las suyas.
─¡Adosinda, hermana! ─dijo, entre vómitos de sangre.
─¡Hermano, hermano! ─se lamentó la princesa─. ¡Siempre llego tarde!
─¡No! Llegas a tiempo. A tiempo de escuchar mi último deseo. ¡Prométeme que conseguirás que Alfonso sea rey!
─¡Te lo prometo, hermano mío! ─y la sonrisa que se formó en los ensangrentados labios de Fruela, convencieron a Adosinda de que su hermano había oído su promesa antes de que su alma fuese a encontrarse con las de su padre y su abuelo. Aquellos a los que tanto había deseado emular.
La princesa se puso de pie y miró en torno suyo. Mauregato continuaba escondido tras el tronco del roble. Sertorio seguía tendido, privado del sentido. Aurelio y el resto de los nobles bajaron los ojos para no encontrarse con los de la hermana del rey. El silencio se hizo insoportable y alguien tenía que romperlo. Adosinda tomó esa responsabilidad. Mirando a todos aquellos hombres que la rodeaban, unos temerosos, otros avergonzados,  los más, indecisos, alzó la barbilla con gesto orgulloso.
─El rey ha muerto ─dijo.
Y tras sus palabras, las negras cornejas fueron, nuevamente, posándose en las ramas del roble centenario, porque la vida, y la historia, seguían su curso”.




6.- “BERTA esposa de Alfonso II
En realidad el nombre de la esposa de Alfonso II no aparece en ningún documento ni crónica contemporánea a su reinado. No olvidemos que se le llamó el rey Casto, de ahí que se píense que no tuvo mujer. Hemos de remontarnos al siglo XIII al Chronicon Mundi de Lucas, obispo de Tuy, que dice así: "(...) Y había tomado por mujer a Beta, hermana de Carlo, rey de los franceses, la cual, que por no haberla visto y por quitarse de lujuria, fue llamado rey Casto (...)" Por lo que según el autor será hermana de Carlomagno. Pocos años después Rodrigo Jiménez de Rada en su De Rebus Hispaniae dice: "(...) aunque tenía esposa, se mantuvo siempre alejado de todo contacto con ella, gobernando el timón de su reino con castidad, austeridad, pureza y cariño, querido por Dios y por los hombres (...)" Por lo dicho en ambas crónicas debemos interpretar que el matrimonio tuvo lugar por poderes y nunca se consumó. Es cierto que Carlomagno tuvo una hermana con ese nombre, Berthe en francés, aunque las leyendas carolingias dice que Berthe era esposa de Milon de Agers y madre de Roland, y que al enviudar casó con Ganelón. Pero en realidad no existe ninguna mención a que fuera esposa de Alfonso II, por lo que nadie puede asegurar su existencia”.

            Totalmente de acuerdo con lo que dice acerca de la casi desconocida esposa de Alfonso II (y que, posiblemente, como afirma el autor, no fue tal). Excelente documentación.

            Aunque estoy de acuerdo con que parece imposible que Bherta llegase a ser la esposa de Alfonso II, en mi novela LA CRUZ DE LOS ÁNGELES acepto esa leyenda, por su valor novelesco y de introducción de un tema romántico en la vida de un rey tan poco proclive a eso, aunque hago a Bherta sobrina y no hermana de Carlomagno. Eso no quiere decir que ponga en duda la exactitud del apodo del “rey casto”.

           

“Cuando Berta, sobrina de Carlomagno, fue conducida por el prócer Froila a presencia del rey que le había sido designado por esposo, la curiosidad sobre cómo sería su desconocido prometido era lo que dominaba su estado de ánimo. Bien es verdad que se sometía a  aquella misión por imposición de su augusto tío, a la que no podía ni por un momento pensar en negarse. Pero según fuese el rey de Asturias, el cumplimiento de las regias órdenes podía ser más o menos interesante. Ya que tenia que resignarse a contraer matrimonio con quien decidiese el jefe de su familia y de su país, el hecho de que le hubiese correspondido en suerte un monarca, joven y apuesto, según decían, parecía, al menos, prometedor. Y el hecho de la lejanía de lo que iba a ser su nueva casa, había añadido ingredientes estimulantes a su ánimo juvenil. De momento, su nueva ciudad, si no tan ostentosa como las sedes de su regio tío, no era tampoco el villorrio desharrapado que la charla ociosa y malintencionada de alguna de sus doncellas le había hecho temer. En efecto, la capital del reino asturiano se hallaba en plena reconstrucción y los hermosos edificios comenzaban a levantarse por doquier.
Berta se sorprendió un poco cuando, en vez de conducirla a un lujoso salón de audiencias, Froila la condujo, por un pétreo corredor, a lo que parecía la antesala de una iglesia. De las sombras que reinaban en el recinto sagrado, surgió un hombre joven y corpulento, de austeros ropajes y mirada serena.
Alfonso recorrió con la mirada la figura de la joven que se hallaba frente a él. ¡Vaya! La princesa franca era más hermosa de lo que había imaginado. ¡Mejor! Así la decisión que había tomado tendría más valor.
─He recibido con agrado la proposición  que me hace vuestro tío, el rey Carlos, de que reforcemos los lazos que unen a nuestros dos reinos con mi matrimonio con vos ─dijo, cortésmente, el rey de Asturias─. Y considero un honor aceptar dicha propuesta.
─Obedecer las órdenes de mi tío siempre ha sido mi obligación ─respondió, con una ligera reverencia la princesa─. Y debo decir, señor, que en este caso, yo también considero un honor cumplir con esta obligación. Espero no defraudaros, ni como reina ni como esposa ─Y al decir estas palabras, un gracioso hoyuelo se formó en la mejilla de la joven franca, a la vez que enrojecía ligeramente.
Alfonso hizo como que no había escuchado las palabras de la princesa, y continuó hablando. ─Sin embargo, hay una cosa que debo deciros antes de que se formalice nuestro compromiso. Pero venid, me siento más a gusto hablándoos de este tema en mi capilla ─y, tomando suavemente a Berta del brazo, la condujo hasta el umbral del recinto del que había salido para recibir a la joven. La princesa franca le siguió, no sin cierta sorpresa. ¡Qué extrañas costumbres tenía aquél monarca! Pero educada en la obediencia, no dejó traslucir su confusión y penetró en la capilla, mirando con recelo las imágenes que ocupaban los nichos de las paredes.
─Sois, sin duda, una princesa cristiana. Vuestro tío, el rey Carlos, ha sido alabado por el papa como defensor de la fe. Por lo tanto espero que comprendáis lo que tengo que deciros ─Alfonso, contrariamente a lo que tenía por habitual, no se decidía a abordar de frente la cuestión─. Hace años, cuando nuestro reino pasaba por trances difíciles y luchaba por su propia existencia contra los enemigos de nuestra fe, hice voto de consagrar toda mi vida a la misión que me había deparado la Divina Providencia, ofreciéndole, para ello, mi castidad. ¿Comprendéis lo que quiero decir?
─Berta miró asombrada al rey. ¿Adónde quería ir a parar? Sin esperar la respuesta, Alfonso continuó:
─Por eso, la propuesta de vuestro tío me llenó de preocupación. Comprendía que la alianza entre nuestros dos reinos era beneficiosa para ambos, y no podía renunciar al bien para mi pueblo sin desagradar a Dios. Pero tampoco podía romper mis votos sin causar su disgusto. ¿Entendéis el dilema?
La joven princesa no entendía muy bien, pero esperando que si seguía escuchando llegaría al fin a comprender el objeto de aquél discurso cuya finalidad no se le alcanzaba permaneció en silencio. Alfonso, más animado al no apreciar síntomas de rechazo a sus argumentaciones, prosiguió.
─No sabía qué era lo que debía hacer, y pedí el auxilio divino para encontrar una solución. Afortunadamente, la tenía aquí, al alcance de mis ojos. Mirad allí, en aquella hornacina, las imágenes de los dos santos más venerados por mi tía Adosinda, que fue también reina de Asturias, y la que me educó de pequeño al morir mi padre. Se trata de San Julián y Santa Basilisa, dos esposos de Antioquía que, deseosos de dedicar su vida a servir al Señor, pero sin querer renunciar al amor que se profesaban, decidieron vivir en castidad. Asimismo y según su ejemplo, mi tía Adosinda y su marido, el rey Silo, vivieron juntos, pero castamente, y el Señor les colmó de bendiciones y protegió al reino contra todo mal, haciendo, tras muchas y variadas circunstancias, que yo mismo me sentase al fin en el trono que me estaba destinado. ¡Esa es la solución para nuestro problema! Nos casaremos, sí, y viviremos juntos, pero sin renunciar a nuestra castidad. ¿Habéis comprendido lo que os quería decir?
Berta palideció. Sí, al fin había comprendido lo que el rey de Asturias quería decir. Paseó de nuevo su mirada por la figura del monarca. Alfonso se encontraba en aquellos momentos en la flor de su vida, y su apostura era la heredada de su bisabuelo, don Pelayo. Su hermoso rostro era fiel trasunto del de su abuelo, el primer Alfonso. Y su corpulencia revelaba la de su padre, el rey Fruela. La princesa franca se había sentido afortunada al verle y ahora... ¡Vivir en castidad! No era eso lo que le habían dicho que significaba el matrimonio. Pero desde niña la habían educado en la obediencia y en el cumplimiento de lo que consideraba su deber, y, sumisamente, inclinó la cabeza.
─Cumpliré vuestros deseos ─dijo. Alfonso permaneció contemplándola y notó que su corazón latía más rápido ¡Dios mío! ¿Por qué será tan difícil, a veces, cumplir tu voluntad? ¿O no era esa la voluntad del señor? Unos pasos fuertes resonaron en el pasillo, y el rey agradeció la interrupción”.



Y 7.- “CREUSA esposa de Mauregato
De esta reina, en realidad se desconoce todo, llegándose a poner en duda su existencia, tan solo hay un documento fechado el 30 de octubre del año 863, en el que el obispo de Braga, Gladila, realizaba una donación a las iglesias de San Pedro, San Pablo y Santa María de Trubia, y en el mencionaba la existencia de Creusa, esposa de Mauregato, así como del hijo de estos Hermenegildo. Es por este documento que los historiadores dar por conocida la existencia del matrimonio de Mauregato, y de la existencia de un hijo.
Se desconoce también la fecha de su muerte, aunque en el documento mencionado anteriormente, se menciona su enterramiento en la iglesia de San Pedro de Trubia, por lo que se supone que debió de morir después de su esposo Mauregato, que había fallecido en el 789.
Del fruto de la unión con Mauregato se supone que solo había nacido un hijo, Hermenegildo”.

Buen aporte. Aunque me inclino porque esa sola mención a esa reina no asegure su existencia.

En mis novelas, aunque hablo de Mauregato, no hago mención a su posible esposa. Aunque, quizá, en la nueva redacción que estoy haciendo de LA CRUZ DE LOS ÁNGELES me decida a introducirla.

Y, como me lo han preguntado, añado dónde pueden conseguirse mis novelas.

PELAYO, REY:
En papel y en versión digital en Imágica Ediciones S.L., albertosantoseditor.com, en la sección de Imágica Histórica.
            Solo en edición digital en editorialsapereaude.com, en la sección de narrativa.

LA MURALLA ESMERALDA, EL MULADÍ y LA CRUZ DE LOS ÁNGELES:
            En papel y en versión digital en editorialsapereaude.com, en la sección de narrativa.

Todas ellas, en papel, en la Librería Salazar, calle Luchana 7/9, Madrid.



7 de abril de 2017

Primeras reinas asturianas II

Continúo la entrada de ayer, comentando el excelente artículo de D. Ramón Martín sobre las primeras reinas de Asturias. En este caso habla de la 3ª, Hermesinda, esposa de Alfonso I y de la 4ª, Munia, esposa de Fruela I.

3.- “ERMESINDA esposa de Alfonso I
También se la conoce como Ormisenda, Ermenisinda y Ermisenda, Era hija de don Pelayo y su esposa Gaudiosa. Contrajo matrimonio con Alfonso, hijo de Pedro de Cantabria. A la muerte de Favila, hermano de Ermesinda, fue elegido rey de Asturias Alfonso, que reinaría como Alfonso I de Asturias.
Como tantas otras cosas, se desconoce la fecha exacta de su fallecimiento, siendo enterrada en la Cueva de Covadonga, donde esperó a su esposo. El cronista Ambrosio de Morales en el siglo XVI, describe el enterramiento así: "Su tumba es la que está al cabo de la iglesia frontero al altar mayor, en una pequeña cueva. En partes está labrada. Es un lucillo de piedra lisa, con cubierta de una pieza, de cuatro pies de ancho a la cabecera y dos a los pies, como ataúd, pero cubierta llana y no tumbada. Su largo, doce pies y tres en alto". En la actualidad en el sepulcro que suponemos contiene los restos de Ermesinda y Alfonso I, se puede leer el siguiente epitafio: "Aquí yaze  el Católico y santo rei don Alonso el primero i sv mvjer doña Ermenisinda, ermana de don Favila a qvien svcedio. Gano este rey mvchas vitorias à los moros. Falleció en Cangas año de 757".
De su matrimonio con Alfonso I, nacieron tres hijos: Fruela I, que sería rey de Asturias; Vímara o Vimarano, asesinado por su hermano Fruela; y Adosinda, que casaría con el rey Silo”.

            Completamente de acuerdo con este resumen acerca de la hija de Pelayo, en el que se expresa lo que de ella se sabe.
Hermesinda tuvo una gran importancia, pues por su causa, la dinastía cántabra (descendientes del duque Pedro de Cantabria), accedió al trono de Asturias; primero en la persona de Alfonso, hijo de este duque, quien, gracias, principalmente, a  haberse casado con ella, se convirtió en Alfonso I, “el católico”, tercer rey asturiano; luego, tras la muerte de Fruela I, el hijo de Alfonso y Hermesinda, cuando Aurelio, el sobrino de Alfonso e hijo de su hermano Fruela, “el mayor” (no confundir con su homónimo y sobrino, el anterior, justiciero y fratricida rey), fue coronado como el quinto rey de Asturias; posteriormente, Bermudo, hijo también de Fruela “el mayor” y, por lo tanto, hermano de Aurelio, sucedió a Silo y a Mauregato como el octavo rey asturiano. Y, por fin, a la muerte del sucesor de Bermudo, Alfonso II, “el casto”, el hijo de Bermudo, Ramiro I, décimo rey asturiano, fue el tronco del que descienden todos los monarcas españoles hasta hoy.

Ya en mi primera novela, PELAYO, REY, se cita a Hermesinda, recién nacida. En la segunda, LA MURALLA ESMERALDA, tiene importancia como la joven hija de los reyes asturianos, cortejada por el hijo del duque de Cantabria. En la tercera, EL MULADÍ, adquiere protagonismo como reina y esposa de Alfonso I. Y en la quinta, LA ESTIRPE DE LOS REYES, se vuelven a revivir todos los momentos de su vida, desde su papel en el acceso al trono de su marido, hasta su muerte.

Aunque Hermesinda tiene más protagonismo en EL MULADÍ y en LA ESTIRPE DE LOS REYES, he elegido para publicar aquí unos párrafos de LA MURALLA ESMERALDA


“Los ojos de Hermesinda se abrieron asombrados. ¡Alfonso paseando con Brunequilda! Y la joven goda apoyaba su mano en el brazo del hijo del duque de Cantabria mientras su mirada no se apartaba de su rostro... Bien, ya sabía lo que tenía que hacer... Pagar al desprecio con el desprecio... Esperar que su prometido comprendiese qué era lo que realmente le convenía... No hacer nada... ¡Al diablo! Ella era la hija de Pelayo, y su padre no se caracterizaba, precisamente, por no aceptar los desafíos. Con paso firme se dirigió hacia la pareja.
—¡Alfonso! ¿Qué haces por aquí? —preguntó con una sonrisa.
—¡Oh!... Bueno... Había prometido a Brunequilda acompañarla hasta el campo de la jura y enseñarle donde eligieron por rey a tu padre —respondió, Alfonso, azorado.
—¡Qué lástima! —contestó Hermesinda—. No vas a poder hacerlo. Mi padre está celebrando consejo con sus nobles y tienes que asistir. Pero no te preocupes, yo misma acompañaré a nuestra invitada hasta allí.
—No es necesario —protestó la hija de Sisnando, disgustada ante el cariz que iba tomando la situación.
—Insisto —replicó Hermesinda—. Además, tenemos que hablar. Ven querida.
Y, aunque estas palabras fueron acompañadas de la más dulce de las sonrisas, la mirada de los ojos de la hija del rey y la presión, impropia de una jovencita, con que Brunequilda sintió que la cogían del brazo y la separaban de un desconcertado Alfonso, convenció a la joven goda de que, quizá, esta vez sería mejor para conservar la integridad de su hermoso rostro, no seguir al pie de la letra las órdenes de su padre”.


4.- “MUNIA DE ÁLAVA esposa de Fruela I
Fue hija de un individuo llamado Lope (López) y de una hija de Fruela de Cantabria, naciendo alrededor del 745. Fruela I la trajo, adolescente aún de una expedición por tierras alavesas y de La Bureba para casarse con ella, convirtiéndola así en reina de Asturias. Al fallecer Fruela I, se refugió, junto a sus hijos Alfonso II el Casto y Jimena, en el monasterio de Samos.
Tampoco se sabe con exactitud la fecha de su muerte, aunque sí que recibió sepultura en la iglesia de San Salvador de Oviedo. Dicha iglesia, mandada construir por Fruela I, fue saqueada y arrasada en el año 794 por las tropas musulmanas, siendo posteriormente trasladados sus restos junto con los de su marido Fruela I, al Panteón de Reyes de la Catedral de Oviedo”.

            De nuevo un excelente resumen, con todos los datos de que se disponen sobre esta reina. Aunque de algunos albergo algunas dudas. El dato de que Munia fue hija de una hija de Fruela de Cantabria, viene dado por el cronista árabe Ibn Hayan, quien, al narrar una aceifa del año 816 contra Velasco, que gobernaba en Pamplona, dice que entre los cristianos muertos había un tal García Lope, tío materno del rey Alfonso II, hermano, por tanto, de la madre de éste, Munia. Y también dice que el fallecido era hijo de una hermana del rey Bermudo. Si Fruela trajo a Munia (entonces una jovencita) de Álava al principio de su reinado, alrededor del 758, García Lope, el hermano de Munia, debería tener entonces entre 10 (si era menor que ella) y 25 (si era mayor) años. Se hace difícil pensar que 56 años después siguiera siendo un jefe de los vascones que participase en una batalla (tendría entre 66 y 81 años, edad muy avanzada para esos tiempos e, incluso, para los actuales). Aunque tengo que reconocer que no es imposible, pues esas fechas estimadas pueden variar algo.

            Munia tiene un papel protagonista, tanto en la primera parte de mi  cuarta novela, LA CRUZ DE LOS ÁNGELES, como en la que transcurre por esos mismos años, LA ESTIRPE DE LOS REYES. Siguiendo al historiador D. Claudio Sánchez Albornoz, supongo que el hecho de que Fruela I escogiese a una joven traída como “rehén” o garantía de paz desde las tierras vascas, hija de alguno de sus jefes, como futura madre de sus hijos, fue una de las causas (no la única) que motivaron el distanciamiento entre el rey asturiano y sus nobles y la posterior muerte del hermano del rey, Vimara, a manos de su regio hermano y el ajusticiamiento del monarca por parte de los nobles. En ambas supongo la muerte de Munia anterior a la de su esposo, no hablando en la primera de las citadas de su estancia en Samos y haciendo, en la otra, que los huérfanos de Fruela llegasen a ese monasterio bajo la custodia de su tía Adosinda.

            A continuación, los párrafos de LA CRUZ DE LOS ÁNGELES en los que se relata el amor que había surgido entre Fruela y Munia:

“Los dos jinetes que habían cabalgado por la falda del monte Naranco desmontaron y se dispusieron a descansar unos momentos a la orilla de un revoltoso riachuelo. La joven, soltando su larga y rubia cabellera, se sentó sobre la raíz de un frondoso castaño que se asomaba sobre las cristalinas aguas. El hombre, después de trabar las riendas de las monturas en unos arbustos, se reclinó sobre el tronco de un roble frontero y la contempló con parsimonia. Al otro lado del valle, la iglesia de san Vicente y las casas que la rodeaban, coronaban la boscosa colina de Oveto, cubierta, salvo en los sitios deforestados para dedicarlos a los cultivos, con una densa vegetación. La muchacha devolvió la mirada a su acompañante y sonrió.
—Me alegra verte sonreir —dijo el hombre—. Nunca pude disfrutar de ello en la corte, pero aquí lo haces a menudo.
—Me gustan estos parajes, majestad, y me gusta vuestro comportamiento aquí, lejos del palacio de Cangas y de los nobles. Sin las preocupaciones de gobernar el reino parecéis un hombre cualquiera, y eso me agrada.
—Es un gran placer para mí verte feliz... —continuó el monarca, satisfecho por el sesgo apacible que iba tomando la conversación.
—¿Feliz? —interrumpió la joven—. No he dicho que sea feliz. Eso sería demasiado. Simplemente, no me siento tan a disgusto como en vuestra corte.
—Pero yo deseo que seas feliz. Munia, yo te quiero. Te he querido desde el primer día que te ví, allí en tus valles y entre tu gente. Y por eso exigí que fueras tú quien viniese conmigo en garantía de la paz —Fruela cogió suavemente entre sus manos los brazos de la muchacha—. Te quiero —repitió—. Y necesito más que nada en este mundo que también me quieras tú a mí.
—Yo no puedo amaros, majestad —contestó Munia desasiéndose con dulzura, pero firmemente, de los brazos del rey—. No puedo querer, puesto que no soy libre. Soy vuestra prisionera, y un corazón cautivo no puede sentir amor.
El monarca asturiano se dio la vuelta lentamente y, arrancando una rama seca que sobresalía del tronco de un viejo roble, la arrojó al arroyo que cantaba a sus pies. Durante unos instantes, pensativo, la vio alejarse trasportada por las aguas rumorosas. Luego volvió nuevamente la mirada hacia la joven. —Está bien —musitó—. No quiero tenerte por la fuerza, porque eso impediría que me dieras también tu corazón. Y no puedo verte cerca de mí sin desear, con tanta fuerza que me resulta doloroso, que seas mía, completamente mía, en cuerpo y alma. Así que mañana ordenaré a Teudis que te escolte de vuelta a tus tierras. No te retendré más en Asturias.
—¿Y la paz, majestad? ¿Y los tratados de los que mi presencia aquí es la garantía?
—Dile a tus parientes, los jefes de los vascos, que por amor a ti confiaré en su palabra. Pero que no tomen esto como signo de debilidad del rey de Asturias. Si faltan a lo pactado y se rebelan contra mí, volverán a conocer el filo de mi espada y la fuerza de mi ejército —por un instante la voz del monarca había recobrado su indomable energía, pero, enseguida, volvió a bajar el tono y a pronunciar sus palabras como si se negasen a salir de sus labios—. Por lo tanto, prepara tus cosas lo antes posible. Quiero que partas sin mayor dilación.
—Entonces, señor, ¿vuelvo a ser libre?
—Desde este mismo momento —contestó el rey, volviéndose hacia su cabalgadura, pero la joven le siguió y puso la mano sobre su brazo, deteniéndole. El monarca se estremeció al sentir el suave contacto.
—Entonces, Fruela —le dijo Munia, con dulzura, pero con determinación—, si soy libre para elegir, elijo quedarme contigo, siempre que tú quieras que lo haga.
El rey se volvió lentamente mientras en su mente tomaba cuerpo el significado de lo que la joven acababa de manifestar, y, aunque no había acabado de comprender el auténtico significado de las palabras, la expresión del rostro de la joven fue aún mucho más explícita que su voz.
Y aún no había terminado Fruela de dar crédito a lo que había escuchado y visto, cuando pudo sentir en sus labios el frescor de los de la joven y el vibrar apasionado de su cuerpo contra el suyo. Y el tiempo dejó de correr para los dos”.



6 de abril de 2017

Primeras reinas asturianas I

El 13 de Enero del corriente año escribía:
“Por diferentes razones, hacía mucho que no escribía nada aquí ni en mi blog, ni en mis páginas de Facebook. Voy a intentar ponerme al día”.


Y, a lo que veo, sigo igual. Aunque hoy, justo cuando iba a escribir una nueva entrada en Facebook; en mi página de esa red: Pelayo, Rey; y en mi blog: reyesasturianos.blogspot.com con el fin de que mis lectores no me olviden y ayudarles a pasar la espera hasta que llegue la publicación de mi próxima novela, LA ESTIRPE DE LOS REYES, me encontré en Facebook con un interesante artículo de Ramón Martín Pérez en el grupo COSAS DE HISTORIA Y ARTE, sobre las primeras reinas de Asturias.

1.- “GAUDIOSA esposa de don Pelayo
Esposa de don Pelayo, primer rey de Asturias. Puede ser que naciera en Cosgaya, en la comarca cántabra de Liébana, donde pudo conocer al que sería su marido. Fruto del matrimonio fueron: Favila, segundo rey de Asturias y Ermesinda.
Fallecido su esposo, no tardó en seguirle, siendo enterrada en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en la localidad asturiana de Abamia, donde también recibió sepultura su esposo, don Pelayo. Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, ordenó trasladar los restos de ambos a la Santa Cueva de Covadonga, donde reposan ambos, en una cavidad natural introducidos en un túmulo de piedra, junto a Ermesinda, hermana del rey.
Gaudiosa tuvo dos hijos con don Pelayo, Favila y Hermisenda”.

Estoy de acuerdo con lo afirmado, excepto con que creo que la hermana de don Pelayo se llamaba Adosinda en vez de Ermesinda. Aunque no sabía (y no sé dónde viene ese dato) que Gaudiosa falleciera después de don Pelayo.

En mi primera novela, PELAYO, REY, hago que Gaudiosa sea la hija de un jefe de los astures que tenían sus pastos de verano en la zona de los lagos y los de invierno en el Sueve. No tengo ningún dato objetivo para estas dos cosas. El hecho de hacer a la esposa de don Pelayo hija de un jefe astur se debe a buscar un motivo para que el primer rey (realmente, jefe o caudillo, más que rey, aunque en mi novela diga lo contrario) asturiano, al que, siguiendo las crónicas de Alfonso III, describo como un descendiente de la nobleza goda, sea aceptado como jefe por las tribus astures.
En mi segunda novela, LA MURALLA ESMERALDA, hago que Gaudiosa muera antes que su esposo. El único motivo es que esa historia estaba prevista que finalizase con la muerte del héroe, y, antes que él, tenía que hacer que desapareciese el resto de personajes de su generación.

Y aquí va el párrafo de PELAYO, REY en que el héroe vuelve a ver a la joven Gaudiosa, comprobando que la niña que había conocido el año pasado ya se había convertido en una mujer.

“Entre éstas y otras amistosas frases, Pelayo, Julián y Viterico siguieron al jefe y a los principales guerreros astures hacia su lugar de refrigerio, mientras el resto de la escolta confraternizaba con el resto de la tribu, a los que ya conocían algunos de ellos por haber acompañado a su conde a las cacerías estivales.
—¡Gaudiosa! —bramó el jefe—. ¡Dile a tu madre que nos traiga queso y sidra! Nuestros huéspedes estarán hambrientos
Una hermosa joven de rubios cabellos, que llevaba recogidos en una trenza, salió de la choza del jefe y los contempló con sus grandes y hermosos ojos verdes.
—Ahora mismo, padre —respondió, pero en vez de volverse inmediatamente para cumplir el encargo, permaneció unos instantes contemplando a los recién llegados.
—¡Gaudiosa! —repitió asombrado Pelayo, reconociendo apenas a la niña que el pasado verano, hacía solo siete meses, se reía y jugaba con su hermana Adosinda— ¡Santo Cielo! ¡Qué cambiada estás!
La joven, que el estío anterior hubiera respondido con cualquier ocurrencia, riendo alborozada, bajó ahora tímidamente los ojos, mientras un tenue rubor cubría sus mejillas y repitió:
—Ahora mismo voy —mientras penetraba rápidamente en la choza llamando a su madre”.


2.- “FROILUBA esposa de Favila
Poco sabemos de Froiluba, ni fecha de nacimiento, ni de fallecimiento. De cualquier manera fue reina consorte de Asturias, gracias a su matrimonio con el rey Favila, segundo rey de Asturias, e hijo de don Pelayo.
Su nombre puede ser una contracción de Froila-López, y por lo tanto descendiente de un Lope, señores de los antiguos cántabros y de Vizcaya. Algo verosímil, por la tendencia seguida por la política matrimonial entre los reyes astures y los miembros de la nobleza vasca.
A Favila y Froiluba se debe la construcción de la iglesia de la Santa Cruz de Cangas de Onís, donde se cree fueron sepultados ambos. La iglesia fue construida en el año 737, siendo consagrada el 27 de octubre de ese mismo año. Debe su nombre a la cruz de roble que portaba don Pelayo en la batalla de Covadonga, y que se convertiría en la "Cruz de la Victoria". La lápida fundacional dice: " y sus hijos, para quienes por ello, oh Cristo, por tú sacrificio sea toda tu gracia, y tras el curso de esta vida les alcance la generosa misericordia. Aquí fueron consagrados altares a Cristo por el sacerdote Asterio, en el día 300 del tiempo transcurrido del año, extendida la sexta edad del mundo, corriendo la era 775 (27 de octubre de 737)”

Interesante aportación. Ciertamente nada se sabe con certeza de Froiluba, excepto que ese fue el nombre de la esposa de Favila y que ella y su marido ordenaron la construcción de la Iglesia de la Santa Cruz, sobre un dolmen anterior. (La actual es una reconstrucción, al menos la segunda de su historia, dirigida por Luis Menéndez-Pidal en 1950). Según alguna leyenda, Favila y Froiluba tuvieron dos hijas, a las que se hace, a la primera, Favinia, esposa del duque Luitfred de Suevonia (personaje y lugar totalmente inexistentes) y, a la segunda, abadesa del monasterio de San Salvador de Oviedo, de lo que no hay ningún dato que lo confirme, por lo que debemos considerar ambas leyendas una invención.


            En mi segunda novela, LA MURALLA ESMERALDA, ya aparece Froiluba, a la que, sin ningún dato objetivo que lo avale, hago hija de un noble godo que llega a Asturias huyendo de la ocupación sarracena. La tercera, EL MULADÍ, comienza con la muerte de Favila, y nada más se cuenta de Froiluba; pero en la quinta, LA ESTIRPE DE LOS REYES (de inminente publicación), esta reina tiene un papel importante, así como la primera de sus hijas, Favinia, de la que tomo los datos de la leyenda, utilizándolos de un modo que no digo aquí, para no desvelar la trama. En cuanto al personaje de Asterio, nombrado en la lápida fundacional, la copia de la misma hecha por Frasinelli (1880), citada por Ciriaco Miguel Vigil (Asturias monumental, epigráfica y diplomática: datos para la historia de la provincia,1887) le designa como “vate”, en vez de como sacerdote, lo que me sirve para hacerle un “adivino” o “dirigente espiritual” de los astures.

            Froiluba aparece por primera vez en las páginas de LA MURALLA ESMERALDA, de la siguiente manera:

“Pelayo movió dubitativamente la cabeza, deseando contagiarse del optimismo de su esposa, pero no sintiéndose muy capaz de conseguirlo, cuando un sonido de cabalgaduras que, más veloces que las suyas, les iban alcanzando por el sendero, alarmó a la escolta y les hizo volverse. Retrocediendo hasta llegar a la altura del carromato, vieron llegar hacia ellos a cinco jinetes. Dos de ellos marchaban un poco delante, un joven alto y rubio, ricamente ataviado y una muchacha de gran parecido con él. Más atrás, y pareciendo ser sus sirvientes, iban los otros tres.
—Dios os guarde —exclamó el joven, refrenando su montura al ver aquella importante comitiva.
—Que Él vaya con vos —respondió el jefe de la escolta que se había adelantado—. ¿A dónde vais y qué queréis?
—Habíamos oído que en Asturias el conde Pelayo había encabezado una rebelión contra los musulmanes —respondió el joven, después de comprobar que, ni por su aspecto ni por sus vestiduras, los que se encontraban delante de él tenían parecido con los temidos invasores que acababa de nombrar—. Venimos a unirnos a él.
—Es cierto —asintió el jefe de la escolta—. Estáis en las tierras del rey Pelayo —les dijo, poniendo énfasis en la palabra rey. Y luego, tras una rápida mirada a su señor, como pidiendo instrucciones, continuó, señalándole:
—Estáis ante él en persona.
—¿De verdad? —exclamó el joven—. ¿Sois vos? —y luego, descabalgando, inclinó la cabeza ante el soberano mientras en su rostro se dibujaba un gesto de alegría—. Al fin hemos llegado —dijo, ayudando a su hermana a descabalgar a su vez.
—¿Quiénes sois? —preguntó Pelayo—. ¿De dónde venís?
—De Brigantium, señor. Me llamo Alarico, y esta es mi hermana Froiluba”.

……

“—Veo que tienes muchas cosas que contarnos —dijo el rey—. Y aún estamos lejos de nuestra casa. Venid con nosotros el resto del camino. Nuestros hijos, que son jóvenes como vosotros, harán que se os haga, si no más corto, si más agradable.
—Será un placer —exclamó Favila, dirigiéndose al joven Alarico, pero sin apartar los ojos del hermoso rostro de Froiluba—. Acompañadnos”.

Como está resultando muy extenso, seguiré con las siguientes dos reinas en la próxima entrada.


13 de enero de 2017

LA DURA TAREA DE REVISAR

Hace tres meses creía que estaba a punto de dejar lista para editar mi novela, La Estirpe de los reyes, y hoy sigo estando lejos de cumplir ese objetivo. ¿Motivos? Aparte de que no he podido dedicarle tanto tiempo como esperaba, y que, en algunos momentos, lo confieso, la pereza me ha dominado, el más importante ha sido que las incorrecciones, inconsecuencias e incongruencias derivadas de una primera redacción tan intermitente y tan prolongada en el tiempo han sido mucho mayores de lo que me suponía; y que, cada una de ellas obligaba a una reescritura y corrección que producía el efecto de tener que introducir variaciones, las que, a su vez, en cascada, llevaban a nuevos cambios, introducción de nuevos detalles y supresión de otros.
            Por otro lado, tantas relecturas y reescrituras llegaban a confundirme de tal manera que, a menudo, dudaba de si había hecho o no tal corrección, o si lo que al final había dejado como definitivo era la opción primera, la segunda o la tercera de las que había considerado. Y, por consiguiente, había que volver a leer todo desde el principio, y así una y otra vez.
            Como ejemplo, voy a transcribir un detalle, no el mayor ni más complejo, antes al contrario, pero sí el último con el que me he encontrado, y que sirva a mis lectores para comprender un poco más las complicaciones de redactar una trama compleja y a mí de pequeño desahogo.
            Iba, satisfecho de mí mismo, revisando la novela por la página 575 (en formato DIN A-4, que cuando se pase al tamaño del libro serán muchas más), en el capítulo 28, en el que narro la batalla de Pontuvio, acontecimiento real, pero del que solo tenemos una breve y vaga mención en la crónica de Alfonso III, y en la que Fruela derrota a los musulmanes.  En esa batalla hago que el conde Suero, de Lucus (personaje imaginario que ya introduje en la novela anterior, La Cruz de los Ángeles, en la que tiene importancia por haber intervenido, en escenas posteriores cronológicamente a ésta de la que hablo, -y que, también, tendrán que narrarse aquí, aunque de otra manera-, en el asesinato de Fruela, en el que también muere; además, un hijo suyo, de nombre Nuño, se rebelará contra el rey Silo, lo que también está narrado en aquella novela y deberá contarse en ésta –dificultades de no haber escrito las novelas en simple orden cronológico-), no acuda al llamamiento de su rey y, después de la batalla sea reprendido por éste. Los párrafos en que esto sucede son los siguientes:
“-Te había citado en Pontuvio –replicó el rey, sin cambiar el gesto–, para detener a los invasores. Si hemos obtenido la victoria no ha sido gracias a tu ayuda.
-Pero señor –protestó Suero–. Mis espías me habían informado de que los invasores eran demasiado numerosos. No era prudente enfrentarse a ellos en campo abierto. Os envié recado por el obispo Odoario de que les aguardásemos aquí, tras nuestras fuertes murallas, ¿no es así, obispo? Tendríamos muchas más probabilidades de éxito así que yendo a su encuentro.
-Y los campos cultivados que rodean tu ciudad serían talados y la gente de Lucus pasaría hambre el próximo invierno –replicó el rey–. Un gobernante debe pensar, ante todo, en los hombres que están a su cargo. Pero no es eso lo más grave. Suero, no eres tú quien decide lo que ha de hacer o no tu rey. Te dí una orden y no la cumpliste. No puedes gobernar Gallaecia en mi nombre. Sigmundo lo hará a partir de ahora en tu lugar.”
Y en ese momento me entró una duda. En la Cruz de los Ángeles, cuando el asesinato de Fruela, Suero tenía el título de conde. Y su hijo, Nuño, posteriormente, también. Eso se debía a que, en esa novela, Suero no tenía demasiado importancia y aparecía solamente para participar en la muerte del monarca, y como excusa para que su hijo apareciese después rebelándose contra Silo. Así que no le había mencionado en la batalla de Pontuvio, también narrada en dicho libro. Para arreglarlo, continué revisando los párrafos siguientes, y al fin, los dejé así:
“Suero endureció su gesto. Parecía ser que las buenas maneras no le iban a servir de nada. Acarició con su mano el puño de su espada por debajo de la capa que le cubría. Quizá todavía estuviese a tiempo de declarar una rebelión general contra el rey asturiano. Solamente un pequeño grupo de sus hombres se encontraban dentro de las murallas; aunque, ¿obedecerían sus propios soldados la llamada a la lucha? En la duda, siguió hablando.
-¿Me despojáis de mi título y mis posesiones? –preguntó.
Fruela estuvo tentado de responder afirmativamente. Sabía lo que acontecería si lo hacía y, quizá, fuese la manera de acabar con Suero y sus sueños de rebelión de una vez por todas; pero el sentido de su responsabilidad se lo impidió. No podía desperdiciar el júbilo que la victoria contra los musulmanes había producido en las gentes de Lucus, ordenando una masacre de gallegos, aunque se limitase a los rebeldes. –No –respondió–. Mantendrás tu título y tus posesiones patrimoniales. No quiero iniciar una guerra. Pero no me fío de ti. Volverás conmigo a Cangas, donde podré tenerte vigilado.
De nuevo volvió a pensar Suero que se encontraba sobre el filo de una navaja. ¿Debería aceptar las humillantes condiciones impuestas por el rey? ¿Quedarse con algo, para no perder todo? Aún dudaba. –¿Se quedará mi hijo Nuño en Lucus a cargo de mis posesiones? –preguntó– ¿Heredará mi título cuando yo falte?
-Así será –replicó el monarca.”
Y continué con mi labor de corrección. Pero entonces me asaltó una duda: ¿Cuándo se había nombrado conde a Suero? Y Sigmundo (otro personaje imaginario), al que cito, ¿Tenía título? Así que volví sobre mis pasos (o, mejor, sobre mis páginas), buscando dónde había hablado de ellos; y en la página 563, en ese mismo capítulo, relato un viaje de Fruela a Gallaecia para establecer en el monasterio de Samos al abad Argerico, que había llegado desde Toledo al reino asturiano (hecho que relatan las crónicas y que utilicé en mi trama).  Allí también se había enfadado Fruela porque Suero (que hacía una especie de resistencia pasiva al rey asturiano) no había acudido a visitarle, y eso se contaba en estos párrafos:
“-Dos semanas –dijo, pensativo, Sigmundo–. Yo recibí el mensaje de vuestro mayordomo antes de esa fecha.
            -Y ambos mensajeros salieron a la vez –replicó el rey, indignado–. Por lo tanto Suero partió de Lucus sabiendo que yo le reclamaba y haciendo caso omiso a mis órdenes. ¡Silo! –exclamó, volviéndose al jefe de sus fideles–. Di a los hombres que se preparen. Iremos a Lucus, depondremos a ese intrigante y nombraremos gobernador de Gallaecia a Sigmundo en su lugar –ordenó con semblante fiero.”
Aunque en el texto decía “conde de Gallaecia” y no “gobernador”. Pero como había mantenido en los párrafos posteriores (y que acabamos de ver) el título de conde a Suero, decidí separarlo del de gobernador de toda la provincia, y unas líneas posteriores, en las que el rey era convencido de no tomar demasiadas represalias contra Suero quedaban así.
“Al fin, enderezó su figura y proclamó su decisión. –No dejaré sin castigo la osadía de Suero –dijo–; pero lo haré cuando las circunstancias lo aconsejen. De momento, nombro a Sigmundo conde de Orense. Su autoridad alcanzará a todas las tierras que no estén bajo el mandato directo del conde Suero.”
Se habían corregido las incongruencias, pero aún quedaban dudas ¿No se habría nombrado conde a Sigmundo antes? Y habría que haber especificado, cuando se hubiera nombrado conde a Suero, que era gobernador de toda Gallaecia. Por lo tanto, seguimos para atrás. Y en la página 558, cuando Fruela preparaba su viaje, encontré que se le citaba y hubo que, tras unos pequeños cambios, dejarlo así:
“-Pero si, como sospecháis, Suero maquina contra vos, ir a sus tierras es ponerse en sus manos –objetó el prudente Teudis.
            -No temas. Enviarás un mensaje a Sigmundo para que también se acerque a verme con sus leales, desde Orense. Ese noble gallego es de fiar, quizá debí nombrarle a él gobernador en vez de a Suero, o además de él, pero siempre estoy a tiempo de rectificar.”
Eliminando que Sigmundo tuviese ya la dignidad de conde, aunque fuera un noble importante de la zona. Quizá algún lector se encuentre confundido porque vamos corrigiendo de atrás adelante. También me pasó a mí en su momento, por lo que luego, terminada la corrección de este pequeño detalle (uno de muchas docenas), hubo que repetirla de adelante atrás para comprobar que no habían permanecido algunas incongruencias. Pero, continuemos, que aún queda mucho y seguimos en el mismo capítulo, el 28. No hay más menciones a esos personajes en él, así que pasaremos al 26 (los impares forman parte de otra trama, que acabará juntándose con ésta).
Al principio de ese capítulo (la parte final transcurre en tierras de Cantabria y de los vascones, donde Fruela conoce a Munia, la que será la madre de Alfonso II), en la página 509, nos encontramos a Fruela haciendo sus primeros nombramientos como rey:
“¡Suero! – exclamó, mirando al citado–. Eres el noble más importante y respetado de Lucus Augusti. Te nombro conde de esa ciudad y, como delegado regio, te encargaras de administrar y gobernar a Gallaecia.”
Parecía que todo estaba en orden, pero tenía mis dudas y, en efecto, como veremos después, comprobé que Suero ya tenía esa dignidad, así que, después que hube corregido lo que veremos a continuación, la frase quedó así:
“¡Suero! – exclamó, mirando al citado–. Eres el noble más importante y respetado de Lucus Augusti. Como conde de esa ciudad y delegado regio, te encargaras de administrar y gobernar a Gallaecia.”
¿Por qué ese cambio? Para saberlo, continuemos con la pesada tarea de revisar de atrás adelante (De la posterior, de hacer esta misma revisión de adelante atrás, ya adelanto que dispensaré a mis lectores, para evitar que dejen de leerme).
Un poco después (en la labor de corrección; un poco antes si contamos el orden lógico de la novela), en la página 507, nos encontramos de nuevo a Fruela, preparando esa reunión con sus colaboradores más íntimos:
“Gallaecia hace poco que ha sido abandonada por los invasores, es muy grande , y, a diferencia de los elevados montes y escasos desfiladeros que permiten el acceso a nuestra tierra, está abierta hacia el sur. Cualquier cosa que suceda allí tardaría días en ser conocida en Cangas y más aún en que se pudiesen hacer efectivas las decisiones que se tomasen. Deberíais nombrar un conde que la gobernase.
            -Eso mismo me propuso tu sobrino en una charla que mantuvimos en vida de mi padre –contestó el rey–. ¿A quién propondrías para el cargo?
            -El más importante de todos los nobles gallegos es Suero, de Lucus Augusti; pero… –opinó, dubitativamente Teudis, quizá quien estaba más al tanto de aquella zona del lejano poniente.
            -¿Suero? –replicó Fruela–. Sí, le conozco. Ha venido al entierro de mi padre, pero no me fío mucho de él.
            -¿Por qué? –preguntó Isidoro.
            -No lo sé. En realidad no me ha dado ningún motivo, pero no me gusta la expresión de su semblante.
            -Un rey debe juzgar por causas objetivas –argumentó Isidoro–; y Lucus es la ciudad más importante de Gallaecia. Mostrar preferencia por el señor de otra zona podría no ser aceptado de buen grado y causar un efecto contrario al que pretendemos, que los naturales de Gallaecia se sientan identificados con el reino asturiano.
            Fruela meditó unos instantes. –Tenéis razón –admitió al fin–. Nombraré, pues, a Suero, conde de Lucus. Espero no tener que arrepentirme de ello –dijo de repente, como si sintiera una premonición.”
Como puede observarse, estos párrafos justificaban que hubiese que corregir los anteriores.  (Presten atención a las líneas en negrita, pues habrá que cambiarlas también). No se acabó aquí la tarea, sino que continuamos revisando. En algunos capítulos había ligeras menciones a estos personajes, que, o bien pudieron dejarse igual, o solamente requirieron pequeños cambios. Hasta que ya, casi a punto de dar por finalizada la tarea, en el capítulo 12, en la página 125, me encontré que ya había hecho referencia al personaje de Suero. En esa escena el rey Alfonso I, el padre y predecesor de Fruela, pedía consejo al conde Rodulfo (el padre de Teudis, el que le aconseja en la que hemos estudiado antes) sobre qué hacer en Gallaecia.
“Tenemos que planear la campaña de este año, quiero salir lo antes posible para que nos dé tiempo a pasar antes por Gallaecia y reafirmar mi dominio sobre esa provincia. Sé muy bien que procuras tenerla controlada, pero ver que su rey, y sus soldados, pasan por ella, producirá un saludable efecto de obediencia en mis súbditos. Y no solo eso, soy consciente de que te estoy exigiendo demasiado. Que te ocupes de resolver mis problemas en Cangas, que gobiernes tus tierras de Gauzón y que también te encargues de vigilar mi dominio sobre Gallaecia es más de lo que se puede esperar de alguien, aunque sea alguien de tu capacidad y eficacia. Ya va siendo hora de que nombre un conde que gobierne esa provincia. He decidido nombrar para ese puesto a Suero  –dijo, como quien no quiere la cosa, nombrando a un noble godo, de los que habían llegado a la corte asturiana huyendo de la invasión musulmana, y a sabiendas de que Rodulfo no estaría de acuerdo con su decisión.
            -Suero es ambicioso –comentó, después de una pausa, el conde de Gauzón–. ¿Lo has meditado bien?
            -Lo sé. Pero es decidido y, lo que creo que le será muy útil en su nuevo puesto, implacable con sus enemigos, que también serán los míos.”
Incluso ponía una nota al pie explicando que Suero es un personaje inventado y relacionando al primer conde de Gallaecia del que se tiene noticia efectiva, muchos años después. Como esto lo había escrito al principio de la novela, ya lo había olvidado. Así que las líneas en negrita de las que he hablado antes, tuvieron que rectificarse así:
“-El más importante de todos los nobles gallegos es el conde Suero, de Lucus Augusti;”
y
“Fruela meditó unos instantes. –Tenéis razón –admitió al fin–. Nombraré, pues, al conde de Lucus, Suero, gobernador de Gallaecia.”
Bueno, con esto damos fin a la prolija explicación de cómo un pequeño detalle me obligó a releer casi toda la novela, a ir rectificando párrafos, tanto de atrás adelante, al principio, como, posteriormente, de adelante atrás.
Y ya les dejo en paz, que me quedan muchos “pequeños detalles” más, que me obligarán a una tarea similar (y, en la mayor parte de los casos, más complicada)


2 de noviembre de 2016

La Estirpe de los Reyes

Hace unos días escribí la palabra “FIN” en mi novela, LA ESTIRPE DE LOS REYES. Eso no quiere decir que la tarea se haya acabado, pues aún queda la parte tediosa y complicada, aunque necesaria, de la corrección (mejor, correcciones). Como el proceso de escritura de dicha novela me ha llevado más de cinco años (he comprobado que la primera referencia a ella la hice en este blog, en agosto de 2011), y en todos ellos, excepto en el último, escribía de cuando en cuando, pues siempre había algo más urgente que se interponía (mi trabajo, otras circunstancias de la vida de cada uno, la revisión para publicar LA MEDALLA OLÍMPICA, lo mismo acerca de LA CRUZ DE LOS ÁNGELES, etc.), en la trama había lagunas por rellenar y errores que corregir (algún capítulo se escribió más de tres meses después del anterior, con lo que no me acordaba de muchos detalles que ya había relatado, o, al revés, daba por explicado cosas que no se habían tocado).
Así que, ahora, estoy metido de lleno en una tarea en la que me encuentro frecuentemente con sorpresas que tengo que solucionar. Pero, aunque así sea, ya se ve, como se dice habitualmente, la luz al final del túnel, y quiero hacer partícipes a mis lectores y amigos de la ilusión que se siente al ver una tarea tan larga camino de finalizarse.
Como adelanto a mis lectores, transcribo aquí unos párrafos de ese último capítulo, haciendo, como siempre, la advertencia que, una vez realizada la revisión definitiva, este texto puede tener variaciones, ser completamente diferente de lo que aquí puede leerse o, incluso, suprimirse:

 -Majestad –dijo al rey–, permitidme un momento. Alfonso –continuó, dirigiéndose al hijo de Fruela–. Cuando tu padre murió, tú eras aún demasiado joven y eso trajo etapas de intranquilidad al reino. Aurelio no tuvo hijos. Ni Silo. Y tampoco Mauregato. Y, si pudimos, a duras penas, superar eso, no es seguro que podamos seguir haciéndolo. Tú has manifestado, varias veces, que consideras el gobierno del reino como un servicio a Dios, y que, para mejor poderlo realizar, has decidido vivir en castidad. ¿Continúas pensando igual?
            -Sí –asintió Alfonso, el que sería conocido por la posterioridad como “el casto”–. Esa ha sido y es mi idea.
            -Pues, para evitar los problemas que pueden darse cuando llegue el momento de tu sucesión, creo que debes designar ya a quien haya de seguir tus pasos.
            -Ese momento, quizá esté lejano. Además, llevo años fuera del reino y no conozco a nadie del que pueda asegurar que sea el más digno –dijo Alfonso.
            - Acercaos –dijo el sacerdote, haciendo señas a los dos interlocutores para que nadie más que ellos pudiera escuchar lo que iba a decirles–. Hay alguien –continuó, señalando al hijo del rey–, Ramiro, hijo de Bermudo, es por su padre, descendiente de Pedro de Cantabria, el noble de más alcurnia de todos los godos que se unieron a los astures para formar este reino; pero, por su madre, desciende de Favila, el hijo del rey Pelayo, nuestro libertador y fundador del reino. Y por su abuelo, Teodoredo, lleva la sangre de don Rodrigo, último soberano del reino godo de Toledo.
            Isidoro guardó silencio unos momentos, aguardando a que Alfonso asimilara todos sus razonamientos. –Y, además de eso –continuó–, no se debe olvidar que su padre, Bermudo, es el legítimo rey de Asturias y que, voluntariamente, te ha ofrecido la corona.
            Alfonso contempló al sacerdote, meditando sus palabras, luego miró al rey, dio dos pasos hacia atrás y con voz lo suficientemente alta como para que todos escuchasen sus palabras, dijo al soberano: –Si me entregáis el reino, prometo nombrar a vuestro hijo mi sucesor, para cuando llegue el momento de que Dios, Nuestro Señor, me reclame a su presencia.
            Bermudo retrocedió a su vez, miró a los presentes, luego a Alfonso, apoyó su rodilla en tierra e inclinó la cabeza. –Majestad –le dijo–, sois el rey Alfonso, segundo de este nombre. El reino es vuestro.
            Por un momento todos permanecieron en silencio que, al fin, rompió Teudiselo –Este acontecimiento requiere una celebración solemne –dijo–. Venid a mi residencia, que allí prepararé todo lo necesario.
            Alfonso se acercó a Bermudo, le hizo levantar y le abrazó afectuosamente. Luego, poco a poco, todos salieron en pos del conde de Gauzón y de los dos monarcas, los últimos, Isidoro y Xinto.
            Bueno –dijo el astur–. Has cumplido todas tus misiones. ¿Qué harás ahora?
            -Ir a un monasterio, ingresar allí, y dedicarme solamente a rezar. Que el reino de Asturias resuelva solo sus problemas a partir de ahora. ¿Y tú?
            -Como te dije, mi momento se acerca. Cuando llegue, me internaré en el bosque y me uniré, al fin, con la tierra asturiana.
           

            Los dos amigos, cogidos del brazo, salieron del castillo en pos de la comitiva que se iba a dirigir a la residencia de Teudiselo. Ya no intervendrían más en la historia de Asturias, pero eso no quiere decir que en esa tierra no continuasen pasando cosas trascendentes, que procuraremos seguir contándoles en esta serie de novelas.


Octubre de 2016.

                                               FIN


            Asimismo, recuerdo a mis lectores (y a aquellos que aún no lo son), donde y como pueden conseguirse mis novelas:

PELAYO, REY:
En papel y en versión digital en Imágica Ediciones S.L., albertosantoseditor.com, en la sección de Imágica Histórica.
            Solo en edición digital en editorialsapereaude.com, en la sección de narrativa.
LA MURALLA ESMERALDA, EL MULADÍ y LA CRUZ DE LOS ÁNGELES:
            En papel y en versión digital en editorialsapereaude.com, en la sección de narrativa.

Todas ellas, en papel, en la Librería Salazar, calle Luchana 7/9, Madrid.

Y, fuera de la serie dedicada a la Reconquista:
LA MEDALLA OLÍMPICA
En papel y en versión digital en Editorial Temperley, www.temperley.net/editorial