7 de abril de 2017

Primeras reinas asturianas II

Continúo la entrada de ayer, comentando el excelente artículo de D. Ramón Martín sobre las primeras reinas de Asturias. En este caso habla de la 3ª, Hermesinda, esposa de Alfonso I y de la 4ª, Munia, esposa de Fruela I.

3.- “ERMESINDA esposa de Alfonso I
También se la conoce como Ormisenda, Ermenisinda y Ermisenda, Era hija de don Pelayo y su esposa Gaudiosa. Contrajo matrimonio con Alfonso, hijo de Pedro de Cantabria. A la muerte de Favila, hermano de Ermesinda, fue elegido rey de Asturias Alfonso, que reinaría como Alfonso I de Asturias.
Como tantas otras cosas, se desconoce la fecha exacta de su fallecimiento, siendo enterrada en la Cueva de Covadonga, donde esperó a su esposo. El cronista Ambrosio de Morales en el siglo XVI, describe el enterramiento así: "Su tumba es la que está al cabo de la iglesia frontero al altar mayor, en una pequeña cueva. En partes está labrada. Es un lucillo de piedra lisa, con cubierta de una pieza, de cuatro pies de ancho a la cabecera y dos a los pies, como ataúd, pero cubierta llana y no tumbada. Su largo, doce pies y tres en alto". En la actualidad en el sepulcro que suponemos contiene los restos de Ermesinda y Alfonso I, se puede leer el siguiente epitafio: "Aquí yaze  el Católico y santo rei don Alonso el primero i sv mvjer doña Ermenisinda, ermana de don Favila a qvien svcedio. Gano este rey mvchas vitorias à los moros. Falleció en Cangas año de 757".
De su matrimonio con Alfonso I, nacieron tres hijos: Fruela I, que sería rey de Asturias; Vímara o Vimarano, asesinado por su hermano Fruela; y Adosinda, que casaría con el rey Silo”.

            Completamente de acuerdo con este resumen acerca de la hija de Pelayo, en el que se expresa lo que de ella se sabe.
Hermesinda tuvo una gran importancia, pues por su causa, la dinastía cántabra (descendientes del duque Pedro de Cantabria), accedió al trono de Asturias; primero en la persona de Alfonso, hijo de este duque, quien, gracias, principalmente, a  haberse casado con ella, se convirtió en Alfonso I, “el católico”, tercer rey asturiano; luego, tras la muerte de Fruela I, el hijo de Alfonso y Hermesinda, cuando Aurelio, el sobrino de Alfonso e hijo de su hermano Fruela, “el mayor” (no confundir con su homónimo y sobrino, el anterior, justiciero y fratricida rey), fue coronado como el quinto rey de Asturias; posteriormente, Bermudo, hijo también de Fruela “el mayor” y, por lo tanto, hermano de Aurelio, sucedió a Silo y a Mauregato como el octavo rey asturiano. Y, por fin, a la muerte del sucesor de Bermudo, Alfonso II, “el casto”, el hijo de Bermudo, Ramiro I, décimo rey asturiano, fue el tronco del que descienden todos los monarcas españoles hasta hoy.

Ya en mi primera novela, PELAYO, REY, se cita a Hermesinda, recién nacida. En la segunda, LA MURALLA ESMERALDA, tiene importancia como la joven hija de los reyes asturianos, cortejada por el hijo del duque de Cantabria. En la tercera, EL MULADÍ, adquiere protagonismo como reina y esposa de Alfonso I. Y en la quinta, LA ESTIRPE DE LOS REYES, se vuelven a revivir todos los momentos de su vida, desde su papel en el acceso al trono de su marido, hasta su muerte.

Aunque Hermesinda tiene más protagonismo en EL MULADÍ y en LA ESTIRPE DE LOS REYES, he elegido para publicar aquí unos párrafos de LA MURALLA ESMERALDA


“Los ojos de Hermesinda se abrieron asombrados. ¡Alfonso paseando con Brunequilda! Y la joven goda apoyaba su mano en el brazo del hijo del duque de Cantabria mientras su mirada no se apartaba de su rostro... Bien, ya sabía lo que tenía que hacer... Pagar al desprecio con el desprecio... Esperar que su prometido comprendiese qué era lo que realmente le convenía... No hacer nada... ¡Al diablo! Ella era la hija de Pelayo, y su padre no se caracterizaba, precisamente, por no aceptar los desafíos. Con paso firme se dirigió hacia la pareja.
—¡Alfonso! ¿Qué haces por aquí? —preguntó con una sonrisa.
—¡Oh!... Bueno... Había prometido a Brunequilda acompañarla hasta el campo de la jura y enseñarle donde eligieron por rey a tu padre —respondió, Alfonso, azorado.
—¡Qué lástima! —contestó Hermesinda—. No vas a poder hacerlo. Mi padre está celebrando consejo con sus nobles y tienes que asistir. Pero no te preocupes, yo misma acompañaré a nuestra invitada hasta allí.
—No es necesario —protestó la hija de Sisnando, disgustada ante el cariz que iba tomando la situación.
—Insisto —replicó Hermesinda—. Además, tenemos que hablar. Ven querida.
Y, aunque estas palabras fueron acompañadas de la más dulce de las sonrisas, la mirada de los ojos de la hija del rey y la presión, impropia de una jovencita, con que Brunequilda sintió que la cogían del brazo y la separaban de un desconcertado Alfonso, convenció a la joven goda de que, quizá, esta vez sería mejor para conservar la integridad de su hermoso rostro, no seguir al pie de la letra las órdenes de su padre”.


4.- “MUNIA DE ÁLAVA esposa de Fruela I
Fue hija de un individuo llamado Lope (López) y de una hija de Fruela de Cantabria, naciendo alrededor del 745. Fruela I la trajo, adolescente aún de una expedición por tierras alavesas y de La Bureba para casarse con ella, convirtiéndola así en reina de Asturias. Al fallecer Fruela I, se refugió, junto a sus hijos Alfonso II el Casto y Jimena, en el monasterio de Samos.
Tampoco se sabe con exactitud la fecha de su muerte, aunque sí que recibió sepultura en la iglesia de San Salvador de Oviedo. Dicha iglesia, mandada construir por Fruela I, fue saqueada y arrasada en el año 794 por las tropas musulmanas, siendo posteriormente trasladados sus restos junto con los de su marido Fruela I, al Panteón de Reyes de la Catedral de Oviedo”.

            De nuevo un excelente resumen, con todos los datos de que se disponen sobre esta reina. Aunque de algunos albergo algunas dudas. El dato de que Munia fue hija de una hija de Fruela de Cantabria, viene dado por el cronista árabe Ibn Hayan, quien, al narrar una aceifa del año 816 contra Velasco, que gobernaba en Pamplona, dice que entre los cristianos muertos había un tal García Lope, tío materno del rey Alfonso II, hermano, por tanto, de la madre de éste, Munia. Y también dice que el fallecido era hijo de una hermana del rey Bermudo. Si Fruela trajo a Munia (entonces una jovencita) de Álava al principio de su reinado, alrededor del 758, García Lope, el hermano de Munia, debería tener entonces entre 10 (si era menor que ella) y 25 (si era mayor) años. Se hace difícil pensar que 56 años después siguiera siendo un jefe de los vascones que participase en una batalla (tendría entre 66 y 81 años, edad muy avanzada para esos tiempos e, incluso, para los actuales). Aunque tengo que reconocer que no es imposible, pues esas fechas estimadas pueden variar algo.

            Munia tiene un papel protagonista, tanto en la primera parte de mi  cuarta novela, LA CRUZ DE LOS ÁNGELES, como en la que transcurre por esos mismos años, LA ESTIRPE DE LOS REYES. Siguiendo al historiador D. Claudio Sánchez Albornoz, supongo que el hecho de que Fruela I escogiese a una joven traída como “rehén” o garantía de paz desde las tierras vascas, hija de alguno de sus jefes, como futura madre de sus hijos, fue una de las causas (no la única) que motivaron el distanciamiento entre el rey asturiano y sus nobles y la posterior muerte del hermano del rey, Vimara, a manos de su regio hermano y el ajusticiamiento del monarca por parte de los nobles. En ambas supongo la muerte de Munia anterior a la de su esposo, no hablando en la primera de las citadas de su estancia en Samos y haciendo, en la otra, que los huérfanos de Fruela llegasen a ese monasterio bajo la custodia de su tía Adosinda.

            A continuación, los párrafos de LA CRUZ DE LOS ÁNGELES en los que se relata el amor que había surgido entre Fruela y Munia:

“Los dos jinetes que habían cabalgado por la falda del monte Naranco desmontaron y se dispusieron a descansar unos momentos a la orilla de un revoltoso riachuelo. La joven, soltando su larga y rubia cabellera, se sentó sobre la raíz de un frondoso castaño que se asomaba sobre las cristalinas aguas. El hombre, después de trabar las riendas de las monturas en unos arbustos, se reclinó sobre el tronco de un roble frontero y la contempló con parsimonia. Al otro lado del valle, la iglesia de san Vicente y las casas que la rodeaban, coronaban la boscosa colina de Oveto, cubierta, salvo en los sitios deforestados para dedicarlos a los cultivos, con una densa vegetación. La muchacha devolvió la mirada a su acompañante y sonrió.
—Me alegra verte sonreir —dijo el hombre—. Nunca pude disfrutar de ello en la corte, pero aquí lo haces a menudo.
—Me gustan estos parajes, majestad, y me gusta vuestro comportamiento aquí, lejos del palacio de Cangas y de los nobles. Sin las preocupaciones de gobernar el reino parecéis un hombre cualquiera, y eso me agrada.
—Es un gran placer para mí verte feliz... —continuó el monarca, satisfecho por el sesgo apacible que iba tomando la conversación.
—¿Feliz? —interrumpió la joven—. No he dicho que sea feliz. Eso sería demasiado. Simplemente, no me siento tan a disgusto como en vuestra corte.
—Pero yo deseo que seas feliz. Munia, yo te quiero. Te he querido desde el primer día que te ví, allí en tus valles y entre tu gente. Y por eso exigí que fueras tú quien viniese conmigo en garantía de la paz —Fruela cogió suavemente entre sus manos los brazos de la muchacha—. Te quiero —repitió—. Y necesito más que nada en este mundo que también me quieras tú a mí.
—Yo no puedo amaros, majestad —contestó Munia desasiéndose con dulzura, pero firmemente, de los brazos del rey—. No puedo querer, puesto que no soy libre. Soy vuestra prisionera, y un corazón cautivo no puede sentir amor.
El monarca asturiano se dio la vuelta lentamente y, arrancando una rama seca que sobresalía del tronco de un viejo roble, la arrojó al arroyo que cantaba a sus pies. Durante unos instantes, pensativo, la vio alejarse trasportada por las aguas rumorosas. Luego volvió nuevamente la mirada hacia la joven. —Está bien —musitó—. No quiero tenerte por la fuerza, porque eso impediría que me dieras también tu corazón. Y no puedo verte cerca de mí sin desear, con tanta fuerza que me resulta doloroso, que seas mía, completamente mía, en cuerpo y alma. Así que mañana ordenaré a Teudis que te escolte de vuelta a tus tierras. No te retendré más en Asturias.
—¿Y la paz, majestad? ¿Y los tratados de los que mi presencia aquí es la garantía?
—Dile a tus parientes, los jefes de los vascos, que por amor a ti confiaré en su palabra. Pero que no tomen esto como signo de debilidad del rey de Asturias. Si faltan a lo pactado y se rebelan contra mí, volverán a conocer el filo de mi espada y la fuerza de mi ejército —por un instante la voz del monarca había recobrado su indomable energía, pero, enseguida, volvió a bajar el tono y a pronunciar sus palabras como si se negasen a salir de sus labios—. Por lo tanto, prepara tus cosas lo antes posible. Quiero que partas sin mayor dilación.
—Entonces, señor, ¿vuelvo a ser libre?
—Desde este mismo momento —contestó el rey, volviéndose hacia su cabalgadura, pero la joven le siguió y puso la mano sobre su brazo, deteniéndole. El monarca se estremeció al sentir el suave contacto.
—Entonces, Fruela —le dijo Munia, con dulzura, pero con determinación—, si soy libre para elegir, elijo quedarme contigo, siempre que tú quieras que lo haga.
El rey se volvió lentamente mientras en su mente tomaba cuerpo el significado de lo que la joven acababa de manifestar, y, aunque no había acabado de comprender el auténtico significado de las palabras, la expresión del rostro de la joven fue aún mucho más explícita que su voz.
Y aún no había terminado Fruela de dar crédito a lo que había escuchado y visto, cuando pudo sentir en sus labios el frescor de los de la joven y el vibrar apasionado de su cuerpo contra el suyo. Y el tiempo dejó de correr para los dos”.



6 de abril de 2017

Primeras reinas asturianas I

El 13 de Enero del corriente año escribía:
“Por diferentes razones, hacía mucho que no escribía nada aquí ni en mi blog, ni en mis páginas de Facebook. Voy a intentar ponerme al día”.


Y, a lo que veo, sigo igual. Aunque hoy, justo cuando iba a escribir una nueva entrada en Facebook; en mi página de esa red: Pelayo, Rey; y en mi blog: reyesasturianos.blogspot.com con el fin de que mis lectores no me olviden y ayudarles a pasar la espera hasta que llegue la publicación de mi próxima novela, LA ESTIRPE DE LOS REYES, me encontré en Facebook con un interesante artículo de Ramón Martín Pérez en el grupo COSAS DE HISTORIA Y ARTE, sobre las primeras reinas de Asturias.

1.- “GAUDIOSA esposa de don Pelayo
Esposa de don Pelayo, primer rey de Asturias. Puede ser que naciera en Cosgaya, en la comarca cántabra de Liébana, donde pudo conocer al que sería su marido. Fruto del matrimonio fueron: Favila, segundo rey de Asturias y Ermesinda.
Fallecido su esposo, no tardó en seguirle, siendo enterrada en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en la localidad asturiana de Abamia, donde también recibió sepultura su esposo, don Pelayo. Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, ordenó trasladar los restos de ambos a la Santa Cueva de Covadonga, donde reposan ambos, en una cavidad natural introducidos en un túmulo de piedra, junto a Ermesinda, hermana del rey.
Gaudiosa tuvo dos hijos con don Pelayo, Favila y Hermisenda”.

Estoy de acuerdo con lo afirmado, excepto con que creo que la hermana de don Pelayo se llamaba Adosinda en vez de Ermesinda. Aunque no sabía (y no sé dónde viene ese dato) que Gaudiosa falleciera después de don Pelayo.

En mi primera novela, PELAYO, REY, hago que Gaudiosa sea la hija de un jefe de los astures que tenían sus pastos de verano en la zona de los lagos y los de invierno en el Sueve. No tengo ningún dato objetivo para estas dos cosas. El hecho de hacer a la esposa de don Pelayo hija de un jefe astur se debe a buscar un motivo para que el primer rey (realmente, jefe o caudillo, más que rey, aunque en mi novela diga lo contrario) asturiano, al que, siguiendo las crónicas de Alfonso III, describo como un descendiente de la nobleza goda, sea aceptado como jefe por las tribus astures.
En mi segunda novela, LA MURALLA ESMERALDA, hago que Gaudiosa muera antes que su esposo. El único motivo es que esa historia estaba prevista que finalizase con la muerte del héroe, y, antes que él, tenía que hacer que desapareciese el resto de personajes de su generación.

Y aquí va el párrafo de PELAYO, REY en que el héroe vuelve a ver a la joven Gaudiosa, comprobando que la niña que había conocido el año pasado ya se había convertido en una mujer.

“Entre éstas y otras amistosas frases, Pelayo, Julián y Viterico siguieron al jefe y a los principales guerreros astures hacia su lugar de refrigerio, mientras el resto de la escolta confraternizaba con el resto de la tribu, a los que ya conocían algunos de ellos por haber acompañado a su conde a las cacerías estivales.
—¡Gaudiosa! —bramó el jefe—. ¡Dile a tu madre que nos traiga queso y sidra! Nuestros huéspedes estarán hambrientos
Una hermosa joven de rubios cabellos, que llevaba recogidos en una trenza, salió de la choza del jefe y los contempló con sus grandes y hermosos ojos verdes.
—Ahora mismo, padre —respondió, pero en vez de volverse inmediatamente para cumplir el encargo, permaneció unos instantes contemplando a los recién llegados.
—¡Gaudiosa! —repitió asombrado Pelayo, reconociendo apenas a la niña que el pasado verano, hacía solo siete meses, se reía y jugaba con su hermana Adosinda— ¡Santo Cielo! ¡Qué cambiada estás!
La joven, que el estío anterior hubiera respondido con cualquier ocurrencia, riendo alborozada, bajó ahora tímidamente los ojos, mientras un tenue rubor cubría sus mejillas y repitió:
—Ahora mismo voy —mientras penetraba rápidamente en la choza llamando a su madre”.


2.- “FROILUBA esposa de Favila
Poco sabemos de Froiluba, ni fecha de nacimiento, ni de fallecimiento. De cualquier manera fue reina consorte de Asturias, gracias a su matrimonio con el rey Favila, segundo rey de Asturias, e hijo de don Pelayo.
Su nombre puede ser una contracción de Froila-López, y por lo tanto descendiente de un Lope, señores de los antiguos cántabros y de Vizcaya. Algo verosímil, por la tendencia seguida por la política matrimonial entre los reyes astures y los miembros de la nobleza vasca.
A Favila y Froiluba se debe la construcción de la iglesia de la Santa Cruz de Cangas de Onís, donde se cree fueron sepultados ambos. La iglesia fue construida en el año 737, siendo consagrada el 27 de octubre de ese mismo año. Debe su nombre a la cruz de roble que portaba don Pelayo en la batalla de Covadonga, y que se convertiría en la "Cruz de la Victoria". La lápida fundacional dice: " y sus hijos, para quienes por ello, oh Cristo, por tú sacrificio sea toda tu gracia, y tras el curso de esta vida les alcance la generosa misericordia. Aquí fueron consagrados altares a Cristo por el sacerdote Asterio, en el día 300 del tiempo transcurrido del año, extendida la sexta edad del mundo, corriendo la era 775 (27 de octubre de 737)”

Interesante aportación. Ciertamente nada se sabe con certeza de Froiluba, excepto que ese fue el nombre de la esposa de Favila y que ella y su marido ordenaron la construcción de la Iglesia de la Santa Cruz, sobre un dolmen anterior. (La actual es una reconstrucción, al menos la segunda de su historia, dirigida por Luis Menéndez-Pidal en 1950). Según alguna leyenda, Favila y Froiluba tuvieron dos hijas, a las que se hace, a la primera, Favinia, esposa del duque Luitfred de Suevonia (personaje y lugar totalmente inexistentes) y, a la segunda, abadesa del monasterio de San Salvador de Oviedo, de lo que no hay ningún dato que lo confirme, por lo que debemos considerar ambas leyendas una invención.


            En mi segunda novela, LA MURALLA ESMERALDA, ya aparece Froiluba, a la que, sin ningún dato objetivo que lo avale, hago hija de un noble godo que llega a Asturias huyendo de la ocupación sarracena. La tercera, EL MULADÍ, comienza con la muerte de Favila, y nada más se cuenta de Froiluba; pero en la quinta, LA ESTIRPE DE LOS REYES (de inminente publicación), esta reina tiene un papel importante, así como la primera de sus hijas, Favinia, de la que tomo los datos de la leyenda, utilizándolos de un modo que no digo aquí, para no desvelar la trama. En cuanto al personaje de Asterio, nombrado en la lápida fundacional, la copia de la misma hecha por Frasinelli (1880), citada por Ciriaco Miguel Vigil (Asturias monumental, epigráfica y diplomática: datos para la historia de la provincia,1887) le designa como “vate”, en vez de como sacerdote, lo que me sirve para hacerle un “adivino” o “dirigente espiritual” de los astures.

            Froiluba aparece por primera vez en las páginas de LA MURALLA ESMERALDA, de la siguiente manera:

“Pelayo movió dubitativamente la cabeza, deseando contagiarse del optimismo de su esposa, pero no sintiéndose muy capaz de conseguirlo, cuando un sonido de cabalgaduras que, más veloces que las suyas, les iban alcanzando por el sendero, alarmó a la escolta y les hizo volverse. Retrocediendo hasta llegar a la altura del carromato, vieron llegar hacia ellos a cinco jinetes. Dos de ellos marchaban un poco delante, un joven alto y rubio, ricamente ataviado y una muchacha de gran parecido con él. Más atrás, y pareciendo ser sus sirvientes, iban los otros tres.
—Dios os guarde —exclamó el joven, refrenando su montura al ver aquella importante comitiva.
—Que Él vaya con vos —respondió el jefe de la escolta que se había adelantado—. ¿A dónde vais y qué queréis?
—Habíamos oído que en Asturias el conde Pelayo había encabezado una rebelión contra los musulmanes —respondió el joven, después de comprobar que, ni por su aspecto ni por sus vestiduras, los que se encontraban delante de él tenían parecido con los temidos invasores que acababa de nombrar—. Venimos a unirnos a él.
—Es cierto —asintió el jefe de la escolta—. Estáis en las tierras del rey Pelayo —les dijo, poniendo énfasis en la palabra rey. Y luego, tras una rápida mirada a su señor, como pidiendo instrucciones, continuó, señalándole:
—Estáis ante él en persona.
—¿De verdad? —exclamó el joven—. ¿Sois vos? —y luego, descabalgando, inclinó la cabeza ante el soberano mientras en su rostro se dibujaba un gesto de alegría—. Al fin hemos llegado —dijo, ayudando a su hermana a descabalgar a su vez.
—¿Quiénes sois? —preguntó Pelayo—. ¿De dónde venís?
—De Brigantium, señor. Me llamo Alarico, y esta es mi hermana Froiluba”.

……

“—Veo que tienes muchas cosas que contarnos —dijo el rey—. Y aún estamos lejos de nuestra casa. Venid con nosotros el resto del camino. Nuestros hijos, que son jóvenes como vosotros, harán que se os haga, si no más corto, si más agradable.
—Será un placer —exclamó Favila, dirigiéndose al joven Alarico, pero sin apartar los ojos del hermoso rostro de Froiluba—. Acompañadnos”.

Como está resultando muy extenso, seguiré con las siguientes dos reinas en la próxima entrada.


13 de enero de 2017

LA DURA TAREA DE REVISAR

Hace tres meses creía que estaba a punto de dejar lista para editar mi novela, La Estirpe de los reyes, y hoy sigo estando lejos de cumplir ese objetivo. ¿Motivos? Aparte de que no he podido dedicarle tanto tiempo como esperaba, y que, en algunos momentos, lo confieso, la pereza me ha dominado, el más importante ha sido que las incorrecciones, inconsecuencias e incongruencias derivadas de una primera redacción tan intermitente y tan prolongada en el tiempo han sido mucho mayores de lo que me suponía; y que, cada una de ellas obligaba a una reescritura y corrección que producía el efecto de tener que introducir variaciones, las que, a su vez, en cascada, llevaban a nuevos cambios, introducción de nuevos detalles y supresión de otros.
            Por otro lado, tantas relecturas y reescrituras llegaban a confundirme de tal manera que, a menudo, dudaba de si había hecho o no tal corrección, o si lo que al final había dejado como definitivo era la opción primera, la segunda o la tercera de las que había considerado. Y, por consiguiente, había que volver a leer todo desde el principio, y así una y otra vez.
            Como ejemplo, voy a transcribir un detalle, no el mayor ni más complejo, antes al contrario, pero sí el último con el que me he encontrado, y que sirva a mis lectores para comprender un poco más las complicaciones de redactar una trama compleja y a mí de pequeño desahogo.
            Iba, satisfecho de mí mismo, revisando la novela por la página 575 (en formato DIN A-4, que cuando se pase al tamaño del libro serán muchas más), en el capítulo 28, en el que narro la batalla de Pontuvio, acontecimiento real, pero del que solo tenemos una breve y vaga mención en la crónica de Alfonso III, y en la que Fruela derrota a los musulmanes.  En esa batalla hago que el conde Suero, de Lucus (personaje imaginario que ya introduje en la novela anterior, La Cruz de los Ángeles, en la que tiene importancia por haber intervenido, en escenas posteriores cronológicamente a ésta de la que hablo, -y que, también, tendrán que narrarse aquí, aunque de otra manera-, en el asesinato de Fruela, en el que también muere; además, un hijo suyo, de nombre Nuño, se rebelará contra el rey Silo, lo que también está narrado en aquella novela y deberá contarse en ésta –dificultades de no haber escrito las novelas en simple orden cronológico-), no acuda al llamamiento de su rey y, después de la batalla sea reprendido por éste. Los párrafos en que esto sucede son los siguientes:
“-Te había citado en Pontuvio –replicó el rey, sin cambiar el gesto–, para detener a los invasores. Si hemos obtenido la victoria no ha sido gracias a tu ayuda.
-Pero señor –protestó Suero–. Mis espías me habían informado de que los invasores eran demasiado numerosos. No era prudente enfrentarse a ellos en campo abierto. Os envié recado por el obispo Odoario de que les aguardásemos aquí, tras nuestras fuertes murallas, ¿no es así, obispo? Tendríamos muchas más probabilidades de éxito así que yendo a su encuentro.
-Y los campos cultivados que rodean tu ciudad serían talados y la gente de Lucus pasaría hambre el próximo invierno –replicó el rey–. Un gobernante debe pensar, ante todo, en los hombres que están a su cargo. Pero no es eso lo más grave. Suero, no eres tú quien decide lo que ha de hacer o no tu rey. Te dí una orden y no la cumpliste. No puedes gobernar Gallaecia en mi nombre. Sigmundo lo hará a partir de ahora en tu lugar.”
Y en ese momento me entró una duda. En la Cruz de los Ángeles, cuando el asesinato de Fruela, Suero tenía el título de conde. Y su hijo, Nuño, posteriormente, también. Eso se debía a que, en esa novela, Suero no tenía demasiado importancia y aparecía solamente para participar en la muerte del monarca, y como excusa para que su hijo apareciese después rebelándose contra Silo. Así que no le había mencionado en la batalla de Pontuvio, también narrada en dicho libro. Para arreglarlo, continué revisando los párrafos siguientes, y al fin, los dejé así:
“Suero endureció su gesto. Parecía ser que las buenas maneras no le iban a servir de nada. Acarició con su mano el puño de su espada por debajo de la capa que le cubría. Quizá todavía estuviese a tiempo de declarar una rebelión general contra el rey asturiano. Solamente un pequeño grupo de sus hombres se encontraban dentro de las murallas; aunque, ¿obedecerían sus propios soldados la llamada a la lucha? En la duda, siguió hablando.
-¿Me despojáis de mi título y mis posesiones? –preguntó.
Fruela estuvo tentado de responder afirmativamente. Sabía lo que acontecería si lo hacía y, quizá, fuese la manera de acabar con Suero y sus sueños de rebelión de una vez por todas; pero el sentido de su responsabilidad se lo impidió. No podía desperdiciar el júbilo que la victoria contra los musulmanes había producido en las gentes de Lucus, ordenando una masacre de gallegos, aunque se limitase a los rebeldes. –No –respondió–. Mantendrás tu título y tus posesiones patrimoniales. No quiero iniciar una guerra. Pero no me fío de ti. Volverás conmigo a Cangas, donde podré tenerte vigilado.
De nuevo volvió a pensar Suero que se encontraba sobre el filo de una navaja. ¿Debería aceptar las humillantes condiciones impuestas por el rey? ¿Quedarse con algo, para no perder todo? Aún dudaba. –¿Se quedará mi hijo Nuño en Lucus a cargo de mis posesiones? –preguntó– ¿Heredará mi título cuando yo falte?
-Así será –replicó el monarca.”
Y continué con mi labor de corrección. Pero entonces me asaltó una duda: ¿Cuándo se había nombrado conde a Suero? Y Sigmundo (otro personaje imaginario), al que cito, ¿Tenía título? Así que volví sobre mis pasos (o, mejor, sobre mis páginas), buscando dónde había hablado de ellos; y en la página 563, en ese mismo capítulo, relato un viaje de Fruela a Gallaecia para establecer en el monasterio de Samos al abad Argerico, que había llegado desde Toledo al reino asturiano (hecho que relatan las crónicas y que utilicé en mi trama).  Allí también se había enfadado Fruela porque Suero (que hacía una especie de resistencia pasiva al rey asturiano) no había acudido a visitarle, y eso se contaba en estos párrafos:
“-Dos semanas –dijo, pensativo, Sigmundo–. Yo recibí el mensaje de vuestro mayordomo antes de esa fecha.
            -Y ambos mensajeros salieron a la vez –replicó el rey, indignado–. Por lo tanto Suero partió de Lucus sabiendo que yo le reclamaba y haciendo caso omiso a mis órdenes. ¡Silo! –exclamó, volviéndose al jefe de sus fideles–. Di a los hombres que se preparen. Iremos a Lucus, depondremos a ese intrigante y nombraremos gobernador de Gallaecia a Sigmundo en su lugar –ordenó con semblante fiero.”
Aunque en el texto decía “conde de Gallaecia” y no “gobernador”. Pero como había mantenido en los párrafos posteriores (y que acabamos de ver) el título de conde a Suero, decidí separarlo del de gobernador de toda la provincia, y unas líneas posteriores, en las que el rey era convencido de no tomar demasiadas represalias contra Suero quedaban así.
“Al fin, enderezó su figura y proclamó su decisión. –No dejaré sin castigo la osadía de Suero –dijo–; pero lo haré cuando las circunstancias lo aconsejen. De momento, nombro a Sigmundo conde de Orense. Su autoridad alcanzará a todas las tierras que no estén bajo el mandato directo del conde Suero.”
Se habían corregido las incongruencias, pero aún quedaban dudas ¿No se habría nombrado conde a Sigmundo antes? Y habría que haber especificado, cuando se hubiera nombrado conde a Suero, que era gobernador de toda Gallaecia. Por lo tanto, seguimos para atrás. Y en la página 558, cuando Fruela preparaba su viaje, encontré que se le citaba y hubo que, tras unos pequeños cambios, dejarlo así:
“-Pero si, como sospecháis, Suero maquina contra vos, ir a sus tierras es ponerse en sus manos –objetó el prudente Teudis.
            -No temas. Enviarás un mensaje a Sigmundo para que también se acerque a verme con sus leales, desde Orense. Ese noble gallego es de fiar, quizá debí nombrarle a él gobernador en vez de a Suero, o además de él, pero siempre estoy a tiempo de rectificar.”
Eliminando que Sigmundo tuviese ya la dignidad de conde, aunque fuera un noble importante de la zona. Quizá algún lector se encuentre confundido porque vamos corrigiendo de atrás adelante. También me pasó a mí en su momento, por lo que luego, terminada la corrección de este pequeño detalle (uno de muchas docenas), hubo que repetirla de adelante atrás para comprobar que no habían permanecido algunas incongruencias. Pero, continuemos, que aún queda mucho y seguimos en el mismo capítulo, el 28. No hay más menciones a esos personajes en él, así que pasaremos al 26 (los impares forman parte de otra trama, que acabará juntándose con ésta).
Al principio de ese capítulo (la parte final transcurre en tierras de Cantabria y de los vascones, donde Fruela conoce a Munia, la que será la madre de Alfonso II), en la página 509, nos encontramos a Fruela haciendo sus primeros nombramientos como rey:
“¡Suero! – exclamó, mirando al citado–. Eres el noble más importante y respetado de Lucus Augusti. Te nombro conde de esa ciudad y, como delegado regio, te encargaras de administrar y gobernar a Gallaecia.”
Parecía que todo estaba en orden, pero tenía mis dudas y, en efecto, como veremos después, comprobé que Suero ya tenía esa dignidad, así que, después que hube corregido lo que veremos a continuación, la frase quedó así:
“¡Suero! – exclamó, mirando al citado–. Eres el noble más importante y respetado de Lucus Augusti. Como conde de esa ciudad y delegado regio, te encargaras de administrar y gobernar a Gallaecia.”
¿Por qué ese cambio? Para saberlo, continuemos con la pesada tarea de revisar de atrás adelante (De la posterior, de hacer esta misma revisión de adelante atrás, ya adelanto que dispensaré a mis lectores, para evitar que dejen de leerme).
Un poco después (en la labor de corrección; un poco antes si contamos el orden lógico de la novela), en la página 507, nos encontramos de nuevo a Fruela, preparando esa reunión con sus colaboradores más íntimos:
“Gallaecia hace poco que ha sido abandonada por los invasores, es muy grande , y, a diferencia de los elevados montes y escasos desfiladeros que permiten el acceso a nuestra tierra, está abierta hacia el sur. Cualquier cosa que suceda allí tardaría días en ser conocida en Cangas y más aún en que se pudiesen hacer efectivas las decisiones que se tomasen. Deberíais nombrar un conde que la gobernase.
            -Eso mismo me propuso tu sobrino en una charla que mantuvimos en vida de mi padre –contestó el rey–. ¿A quién propondrías para el cargo?
            -El más importante de todos los nobles gallegos es Suero, de Lucus Augusti; pero… –opinó, dubitativamente Teudis, quizá quien estaba más al tanto de aquella zona del lejano poniente.
            -¿Suero? –replicó Fruela–. Sí, le conozco. Ha venido al entierro de mi padre, pero no me fío mucho de él.
            -¿Por qué? –preguntó Isidoro.
            -No lo sé. En realidad no me ha dado ningún motivo, pero no me gusta la expresión de su semblante.
            -Un rey debe juzgar por causas objetivas –argumentó Isidoro–; y Lucus es la ciudad más importante de Gallaecia. Mostrar preferencia por el señor de otra zona podría no ser aceptado de buen grado y causar un efecto contrario al que pretendemos, que los naturales de Gallaecia se sientan identificados con el reino asturiano.
            Fruela meditó unos instantes. –Tenéis razón –admitió al fin–. Nombraré, pues, a Suero, conde de Lucus. Espero no tener que arrepentirme de ello –dijo de repente, como si sintiera una premonición.”
Como puede observarse, estos párrafos justificaban que hubiese que corregir los anteriores.  (Presten atención a las líneas en negrita, pues habrá que cambiarlas también). No se acabó aquí la tarea, sino que continuamos revisando. En algunos capítulos había ligeras menciones a estos personajes, que, o bien pudieron dejarse igual, o solamente requirieron pequeños cambios. Hasta que ya, casi a punto de dar por finalizada la tarea, en el capítulo 12, en la página 125, me encontré que ya había hecho referencia al personaje de Suero. En esa escena el rey Alfonso I, el padre y predecesor de Fruela, pedía consejo al conde Rodulfo (el padre de Teudis, el que le aconseja en la que hemos estudiado antes) sobre qué hacer en Gallaecia.
“Tenemos que planear la campaña de este año, quiero salir lo antes posible para que nos dé tiempo a pasar antes por Gallaecia y reafirmar mi dominio sobre esa provincia. Sé muy bien que procuras tenerla controlada, pero ver que su rey, y sus soldados, pasan por ella, producirá un saludable efecto de obediencia en mis súbditos. Y no solo eso, soy consciente de que te estoy exigiendo demasiado. Que te ocupes de resolver mis problemas en Cangas, que gobiernes tus tierras de Gauzón y que también te encargues de vigilar mi dominio sobre Gallaecia es más de lo que se puede esperar de alguien, aunque sea alguien de tu capacidad y eficacia. Ya va siendo hora de que nombre un conde que gobierne esa provincia. He decidido nombrar para ese puesto a Suero  –dijo, como quien no quiere la cosa, nombrando a un noble godo, de los que habían llegado a la corte asturiana huyendo de la invasión musulmana, y a sabiendas de que Rodulfo no estaría de acuerdo con su decisión.
            -Suero es ambicioso –comentó, después de una pausa, el conde de Gauzón–. ¿Lo has meditado bien?
            -Lo sé. Pero es decidido y, lo que creo que le será muy útil en su nuevo puesto, implacable con sus enemigos, que también serán los míos.”
Incluso ponía una nota al pie explicando que Suero es un personaje inventado y relacionando al primer conde de Gallaecia del que se tiene noticia efectiva, muchos años después. Como esto lo había escrito al principio de la novela, ya lo había olvidado. Así que las líneas en negrita de las que he hablado antes, tuvieron que rectificarse así:
“-El más importante de todos los nobles gallegos es el conde Suero, de Lucus Augusti;”
y
“Fruela meditó unos instantes. –Tenéis razón –admitió al fin–. Nombraré, pues, al conde de Lucus, Suero, gobernador de Gallaecia.”
Bueno, con esto damos fin a la prolija explicación de cómo un pequeño detalle me obligó a releer casi toda la novela, a ir rectificando párrafos, tanto de atrás adelante, al principio, como, posteriormente, de adelante atrás.
Y ya les dejo en paz, que me quedan muchos “pequeños detalles” más, que me obligarán a una tarea similar (y, en la mayor parte de los casos, más complicada)


2 de noviembre de 2016

La Estirpe de los Reyes

Hace unos días escribí la palabra “FIN” en mi novela, LA ESTIRPE DE LOS REYES. Eso no quiere decir que la tarea se haya acabado, pues aún queda la parte tediosa y complicada, aunque necesaria, de la corrección (mejor, correcciones). Como el proceso de escritura de dicha novela me ha llevado más de cinco años (he comprobado que la primera referencia a ella la hice en este blog, en agosto de 2011), y en todos ellos, excepto en el último, escribía de cuando en cuando, pues siempre había algo más urgente que se interponía (mi trabajo, otras circunstancias de la vida de cada uno, la revisión para publicar LA MEDALLA OLÍMPICA, lo mismo acerca de LA CRUZ DE LOS ÁNGELES, etc.), en la trama había lagunas por rellenar y errores que corregir (algún capítulo se escribió más de tres meses después del anterior, con lo que no me acordaba de muchos detalles que ya había relatado, o, al revés, daba por explicado cosas que no se habían tocado).
Así que, ahora, estoy metido de lleno en una tarea en la que me encuentro frecuentemente con sorpresas que tengo que solucionar. Pero, aunque así sea, ya se ve, como se dice habitualmente, la luz al final del túnel, y quiero hacer partícipes a mis lectores y amigos de la ilusión que se siente al ver una tarea tan larga camino de finalizarse.
Como adelanto a mis lectores, transcribo aquí unos párrafos de ese último capítulo, haciendo, como siempre, la advertencia que, una vez realizada la revisión definitiva, este texto puede tener variaciones, ser completamente diferente de lo que aquí puede leerse o, incluso, suprimirse:

 -Majestad –dijo al rey–, permitidme un momento. Alfonso –continuó, dirigiéndose al hijo de Fruela–. Cuando tu padre murió, tú eras aún demasiado joven y eso trajo etapas de intranquilidad al reino. Aurelio no tuvo hijos. Ni Silo. Y tampoco Mauregato. Y, si pudimos, a duras penas, superar eso, no es seguro que podamos seguir haciéndolo. Tú has manifestado, varias veces, que consideras el gobierno del reino como un servicio a Dios, y que, para mejor poderlo realizar, has decidido vivir en castidad. ¿Continúas pensando igual?
            -Sí –asintió Alfonso, el que sería conocido por la posterioridad como “el casto”–. Esa ha sido y es mi idea.
            -Pues, para evitar los problemas que pueden darse cuando llegue el momento de tu sucesión, creo que debes designar ya a quien haya de seguir tus pasos.
            -Ese momento, quizá esté lejano. Además, llevo años fuera del reino y no conozco a nadie del que pueda asegurar que sea el más digno –dijo Alfonso.
            - Acercaos –dijo el sacerdote, haciendo señas a los dos interlocutores para que nadie más que ellos pudiera escuchar lo que iba a decirles–. Hay alguien –continuó, señalando al hijo del rey–, Ramiro, hijo de Bermudo, es por su padre, descendiente de Pedro de Cantabria, el noble de más alcurnia de todos los godos que se unieron a los astures para formar este reino; pero, por su madre, desciende de Favila, el hijo del rey Pelayo, nuestro libertador y fundador del reino. Y por su abuelo, Teodoredo, lleva la sangre de don Rodrigo, último soberano del reino godo de Toledo.
            Isidoro guardó silencio unos momentos, aguardando a que Alfonso asimilara todos sus razonamientos. –Y, además de eso –continuó–, no se debe olvidar que su padre, Bermudo, es el legítimo rey de Asturias y que, voluntariamente, te ha ofrecido la corona.
            Alfonso contempló al sacerdote, meditando sus palabras, luego miró al rey, dio dos pasos hacia atrás y con voz lo suficientemente alta como para que todos escuchasen sus palabras, dijo al soberano: –Si me entregáis el reino, prometo nombrar a vuestro hijo mi sucesor, para cuando llegue el momento de que Dios, Nuestro Señor, me reclame a su presencia.
            Bermudo retrocedió a su vez, miró a los presentes, luego a Alfonso, apoyó su rodilla en tierra e inclinó la cabeza. –Majestad –le dijo–, sois el rey Alfonso, segundo de este nombre. El reino es vuestro.
            Por un momento todos permanecieron en silencio que, al fin, rompió Teudiselo –Este acontecimiento requiere una celebración solemne –dijo–. Venid a mi residencia, que allí prepararé todo lo necesario.
            Alfonso se acercó a Bermudo, le hizo levantar y le abrazó afectuosamente. Luego, poco a poco, todos salieron en pos del conde de Gauzón y de los dos monarcas, los últimos, Isidoro y Xinto.
            Bueno –dijo el astur–. Has cumplido todas tus misiones. ¿Qué harás ahora?
            -Ir a un monasterio, ingresar allí, y dedicarme solamente a rezar. Que el reino de Asturias resuelva solo sus problemas a partir de ahora. ¿Y tú?
            -Como te dije, mi momento se acerca. Cuando llegue, me internaré en el bosque y me uniré, al fin, con la tierra asturiana.
           

            Los dos amigos, cogidos del brazo, salieron del castillo en pos de la comitiva que se iba a dirigir a la residencia de Teudiselo. Ya no intervendrían más en la historia de Asturias, pero eso no quiere decir que en esa tierra no continuasen pasando cosas trascendentes, que procuraremos seguir contándoles en esta serie de novelas.


Octubre de 2016.

                                               FIN


            Asimismo, recuerdo a mis lectores (y a aquellos que aún no lo son), donde y como pueden conseguirse mis novelas:

PELAYO, REY:
En papel y en versión digital en Imágica Ediciones S.L., albertosantoseditor.com, en la sección de Imágica Histórica.
            Solo en edición digital en editorialsapereaude.com, en la sección de narrativa.
LA MURALLA ESMERALDA, EL MULADÍ y LA CRUZ DE LOS ÁNGELES:
            En papel y en versión digital en editorialsapereaude.com, en la sección de narrativa.

Todas ellas, en papel, en la Librería Salazar, calle Luchana 7/9, Madrid.

Y, fuera de la serie dedicada a la Reconquista:
LA MEDALLA OLÍMPICA
En papel y en versión digital en Editorial Temperley, www.temperley.net/editorial


7 de septiembre de 2016

LA VIRGEN DE COVADONGA

Mañana celebramos la festividad de Nuestra Señora de Covadonga. Un día especial para los asturianos. Y, dado que la serie de mis novelas comienza con PELAYO, REY, sobre la vida novelada del héroe que aglutinó a astures, hispanos y godos en torno a la cueva en que se veneraba a la Virgen y cuya ayuda, según cuentan las leyendas, fue providencial para que allí comenzara la Reconquista, es de sobra procedente que presente aquí mi pequeño homenaje a Nuestra Señora, copiando los párrafos en que, en dicha novela, se narra esa batalla:


Alqama, al que el fracaso de la mediación del obispo no había cogido de sorpresa, ordenó avanzar al ejército. Pero en la estrecha garganta, los numerosos musulmanes no podían moverse con comodidad, y las primeras líneas llegaron al pie de la cueva cuando la retaguardia aún no había doblado el recodo ni cruzado el arroyo, y no podía ver la gruta ni lo que ante ella pasaba.
- ¡Preparad los "fundíbulos"! - Gritó Alqama.- ¡Arqueros, aprestad los arcos!
- ¡Disparad! - Exclamaron los capitanes de las diversas compañías cuando las órdenes del jefe estuvieron cumplidas. Numerosos pedruscos y una nube de saetas volaron hacia las alturas, encaminándose hacia la abertura de la cueva. Situados demasiado cerca de la base del monte, los proyectiles no consiguieron penetrar por la boca de la gruta, tropezando en los pétreos bordes de ella. Pelayo saltó a una repisa rocosa, blandiendo su espada en la mano izquierda y portando en la derecha la cruz.
- ¡Caldeos! - Gritó sin preocuparse de las flechas que rebotaban enlas rocas alrededor suyo. - ¡No obtendréis victoria alguna hoy! - Alzó la cruz para que todos pudiesen verla.- ¡Éste es el signo de nuestro Dios! ¡Él nos concederá la victoria! ¡Vuestras armas no nos dañarán, al contrario, se volverán contra vosotros!
Algunas de las flechas lanzadas por los arqueros musulmanes, tras chocar con las peñas que rodeaban al jefe astur, cayeron hiriendo a los berberiscos más próximos a la gruta. Las más pesadas de las piedras lanzadas por lo fundíbulos, después de errar la boca de la cueva, rodaron de nuevo hacia abajo aplastando a los más osados que ya estaban intentando trepar hacia el refugio de los rebeldes. Esto, unido al aspecto casi sobrenatural de Pelayo, de pie en la roca alzando la cruz, y al acierto de sus palabras, tomadas como maldiciones efectivas por los más supersticiosos de los musulmanes,
desencadenó el pánico entre ellos. Los alaridos de los heridos se mezclaron con los gritos aterrados de los que creyeron ver en el parlamento del godo un mensaje sobrenatural. Las primeras líneas intentaron retroceder, chocando con los que se encontraban detrás .
- ¡Por Cristo! ¡A ellos! - Gritó el caudillo, dejándose caer de piedra en piedra hacia los enemigos. Sus treinta seguidores, asomándose a la entrada de la gruta, atacaron con pedruscos y flechas a los musulmanes, causando gran mortandad en las ya desconcertadas vanguardias.
-¡Por Cristo! - Como un eco respondieron los astures escondidos en las laderas del monte Auseva, arrojando toda clase de proyectiles hacia los aterrados musulmanes, y descendiendo de salto en salto para juntarse con Pelayo y sus hombres. Esta súbita aparición fue demasiado para los berberiscos que, asaeteados, apedreados, aplastados y pisoteados por sus propios compañeros que intentaban retroceder, iniciaron la huída.
- ¡Cobardes! - Gritó Alqama, intentado reorganizar a sus tropas. - ¡Atacad, no son más que un puñado! - Pero su voz se perdió en el tumulto.
- ¡Por Cristo! - Un nuevo griterío se desencadenó desde el promontorio boscoso situado a la derecha de los musulmanes. De entre la maleza, surgieron los hombres de Julián, atacando a los enemigos más cercanos que, en su desconcierto, ya no sabían si los que les asaltaban de improviso, eran un centenar o varios millares. Ya nada consiguió detener la desbandada, mientras que los cristianos, sin oposición, alanceaban a sus despavoridos enemigos.
El grueso del ejército musulmán, que no podía observar directamente lo que estaba pasando, vio como se precipitaban hacia ellos, aterrorizados, sus compañeros de las primeras líneas en descontrolada huída, y dando media vuelta, intentaron librarse del desastre, pero eran demasiados para maniobrar en aquellos estrechos parajes, y, empujados, derribados y pisoteados por delante, y alanceados por los cristianos que surgían por doquier a sus lados, cayeron a centenares, muchos de ellos sin saber realmente lo que estaba pasando.
Alqama y Zeyad, aterrados, emprendieron veloz huída y, golpeando a sus propios soldados para abrirse camino, cruzaron el arroyo uniéndose a su retaguardia.
- ¡Por Cristo! - De entre la maleza y los árboles surgieron, esgrimiendo sus espadas sedientas de venganza, Pedro de Cantabria y sus godos. La huída de los musulmanes se convirtió en un caos, y el caos en una masacre. Los más hábiles o veloces de la retaguardia consiguieron salvar sus vidas en una frenética carrera hacia Gigia, y la mayor parte, viendo cortada la ruta de retirada, siguieron en camino ascendente el arroyo que cruza por delante de la gruta, internándose en los montes sin saber adónde iban, y dejando su camino jalonado de los cadáveres de los que eran alcanzados por los cristianos.
Entre estos últimos se encontraba el del que había sido jefe del ejército musulmán. En su alocada huída, Alqama, el berberisco, se había encontrado frente a frente de la poderosa y amenazante figura del duque de Cantabria. El musulmán intentó evitar el combate, pero como el godo le cerrase todos los posibles caminos de retirada, empuñó su cimitarra confiando en su reconocida habilidad para derribar al que parecía jefe del grupo enemigo. Vano intento. La espada de Pedro encontró rápidamente su objetivo, y el noble godo obtuvo la venganza de la derrota de su reino ante los musulmanes once años atrás. Por su parte, Alqama, halló, al pie de la Gruta, el fin de sus ambiciones, de su ejército y de su vida, y su alma, si la tuviera, fue a reunirse con la de tantos otros seguidores de su profeta que, al derrotar a los godos, creyeron haber conquistado la totalidad de Hispania para siempre.
Mientras los supervivientes musulmanes seguían con su veloz huída, unos hacia Gigia, y otros, internándose en las alturas de los montes asturianos, Pelayo intentaba reorganizar a sus victoriosas tropas, consciente de que los despavoridos fugitivos eran aún mucho más numerosos que sus vencedores, y de que cualquier circunstancia imprevista podría cambiar aún la suerte de la batalla. Sin embargo, el entusiasmo de los cristianos no paraba mientes en esos detalles.
- ¡Victoria!
- ¡Victoria!
- ¡Dios nos ha concedido la Victoria!
- ¡Gracias a la Virgen!
- ¡Ha sido un milagro! ¡Yo lo vi!


Más o menos, así han llegado hasta nosotros las noticias de aquél día, y, también más o menos, así las he reflejado yo en la primera de mis novelas.

29 de agosto de 2016

Una de osos.

El oso pardo es el animal terrestre en estado salvaje más grande de la península ibérica. (Según nos cuenta la página web de la Fundación del oso pardo). Y, por supuesto, en la época en que transcurren mis novelas, debería ser mucho más abundante que en la actualidad. Estos animales han aparecido varias veces en mis páginas, algunas veces, incluso, con carácter de protagonistas.

En La Muralla Esmeralda, en el capítulo 2º, en un lugar indeterminado entre Proaza y Teverga, en la calzada de la Mesa, y en una fecha, también indeterminada, entre el año 722 y el 737, más posiblemente en los alrededores del 725. En una cacería en que Pelayo, y el jefe de una tribu, del que no se expresa su nombre, pero que será el padre de Xinto, el astur que más adelante tendrá protagonismo en esta serie de novelas, consiguen acabar con una pareja de osos, pero marchándose sin reparar que un osezno había presenciado toda la escena.

Posteriormente, en esa misma novela, en el capítulo 13º, en las cercanías de Covadonga, y en ese mismo espacio indeterminado de tiempo, aunque unos ocho o diez años después, cerca del 735. Pelayo, junto con su hijo Favila, persigue a un oso, aunque, antes de encontrarlo, se ve atacado a traición por Sisnando, siendo salvado en última instancia por Oppas, a quien se creía muerto y que, con esta última acción, se redime. Y, sin saberlo los protagonistas, el oso es testigo de todo.
Hoy en día, las poblaciones de osos de los lados de los lados oriental y occidental de la cordillera cantábrica no tienen relación, pues están separadas por un corredor de elevada presencia humana en el área de Pajares. Pero en aquellos tiempos, y teniendo en cuenta que un oso macho recorre grandes extensiones de terreno, pudiera ser que se tratase del mismo.

En El Muladí, en el prólogo, y en un lugar indeterminado, aunque, posiblemente, cerca de Cangas de Onís, y en el año 739, el rey Favila, hijo de Pelayo, persigue a un oso durante una cacería, consiguiendo matarle, pero sin darse cuenta de que el oso tenía una compañera, que acaba con la vida del imprudente rey, según nos cuentan las leyendas.

Y, en la novela que estoy escribiendo actualmente, La Estirpe de los Reyes, que espero pueda editarse antes del verano de 2017, en el capítulo 30º o 31º (Aún no he concluido la novela, así que todo esto que digo es provisional), en el año 769, y, de nuevo, en la calzada de la Mesa, un oso interviene en el encuentro entre Teodoredo y Lucinia, la nieta de Favila, quien, a la postre, consigue matarle. Dado que los osos pueden vivir entre 25 y 30 años (en aquella época, quizá un poco más), no puede tratarse del mismo, pero, ¿podrían estar relacionados? Aunque el autor no pensó en ello al comenzar la novela, quizá sería curioso.

            A continuación, incluyo algunos párrafos de las escenas que he relatado anteriormente:

De La Muralla Esmeralda, capítulo 2º:


Como el astur había dicho, la primera sala de la caverna era amplia y una luz difusa la iluminaba, pero antes de que sus ojos se hubieran acostumbrado a la semipenumbra, un ronco bramido surgió del fondo y una sombra se alzó ante ellos.
—¡Es mío! —gritó el astur. Y antes de que Pelayo pudiera reaccionar, se lanzó hacia delante y clavó su lanza en el cuerpo del animal.
Un bramido que expresaba a la vez el dolor y la rabia re-sonó por toda la cueva y salió al exterior. De un furioso manotazo el animal rompió el mástil de la lanza que tenía clavada en el pecho, lanzando al astur, aún agarrado al extremo de la misma, contra las paredes de la caverna. Echando espuma por la boca, el oso volvió a dejarse caer a cuatro patas y se dirigió hacia su caído enemigo.
…/…
Con un estrépito de ramas aplastadas, un enorme animal, por su tamaño el macho de la pareja de osos que había escogido ese sitio como su hogar, se precipitó hacia la entrada de la cueva saliendo de la espesura que bordeaba el arroyuelo.
            …/…
Demasiado experto cazador era el rey de Asturias como para no tener en cuenta los riesgos de la cacería. Con sus ojos ya más acostumbrados a la tenue luz de la caverna, lanzó una de sus lanzas contra el animal que amenazaba al astur. Sintiéndose herido en un costado, la hembra del oso se volvió contra su nuevo enemigo y, levantándose sobre las patas traseras, abrió sus brazos dispuesto a destrozar a aquellos que le amenazaban.
—¡Cuídame las espaldas! —gritó Pelayo—. ¡Recuerda que hay más!
Y, sin dudar, se lanzó entre las abiertas garras del plantígrado, clavando su lanza a menos de un palmo de donde aún se veía la parte delantera de la del jefe astur y empujando sin soltarla hasta que alcanzó el corazón de la fiera.

El estrépito que acompañaba a la desesperada carrera del macho alertó al jefe astur que, viéndole penetrar en la caverna, se incorporó para hacerle frente; pero su acción fue más valiente que efectiva. Su rota lanza, sin punta, y su cuchillo que esgrimía con la otra mano, no parecían suficientes para detener al oso, que puesto de pie, superaba la altura del jefe astur y que, extendiendo sus patas delanteras, y abriendo sus fauces, se dispuso a acabar con el que se había atrevido a profanar su hogar.
No fue efectiva su acción, en efecto, pero sí suficiente. Suficiente para frenar la embestida del animal. Suficiente para dar tiempo a Pelayo de desclavar su lanza del cuerpo de la hembra y lanzarla con fuerza y precisión contra el que amenazaba a su compañero.
A escasas pulgadas del hombro del astur pasó la lanza de Pelayo, clavándose con fuerza en el cuerpo del enorme animal. Y a la misma distancia del jefe y casi a la misma velocidad pasó el propio rey con el cuchillo desenvainado, lanzándose contra el oso para terminar la tarea que su lanza había comenzado.”
            …/…
“—Se hará como quieras. Salgamos ahora y mandaré a mi gente a buscar los cuerpos —aceptó el jefe y salió de la cueva acompañando a Pelayo. Tras ellos Julián, Xinto, el hijo del jefe y por último, Favila, quien, antes de salir, se volvió para dar un último vistazo a aquél sitio que tan impresionante le había parecido, pero sin llegar a apreciar, fijos en su rostro, dos pequeños puntos de luz que apenas lucían detrás de unas rocas en el fondo de la cueva.
Porque la pareja de osos, hacía poco que había tenido un cachorro, un osezno que, sin sus padres, tendría difícil sobrevivir para crecer y convertirse en el más terrible depredador de los montes asturianos.
Pero, ¿quién sabe?


Y de la misma novela, capítulo 13º


El semblante de Pelayo se iluminó. ¡Un oso! ¡Una cacería! Nada que ver con las habituales y tediosas tareas de gobernar y juzgar que le esperaban en Cangas.
—No te preocupes —dijo al astur—, mañana saldré a cazar. Tus cabras podrán dormir seguras.”
…/…
Ese momento de silencio fue el instante que el dueño del otro par de ojos, que había estado observando recelosamente toda la escena, escogió para decidirse a intervenir. Dejando ver una lengua áspera y rugosa entre unas fauces espumeantes, el oso se incorporó sobre sus patas traseras. Pero el hondo rugido con que el gran plantígrado anunciaba su letal ataque no llegó a salir de su gaznate.
 —¡Padre!
—¡Señor!
Dando voces y atravesando la maleza a grandes saltos, Favila, Rodulfo y Fruela, atraídos por los gritos del ya fallecido Oppas, llegaron al claro. El oso les miró con disgusto. Tres humanos más. Y demasiado ruidosos para su gusto. Clavando su mirada en el hijo del rey, que había sido el primero en llegar, el animal, venido de muchas leguas desde el oeste, entornó los ojos y recordó, si su cerebro era capaz de hacerlo, otros momentos de su vida. Pero su instinto que le llevaba a buscar la soledad era demasiado fuerte y, en silencio, se perdió entre la densa maleza.


De El Muladí, en el prólogo:


“—¡Tened cuidado!
—¡Esperad!
El hombre a quién iban dirigidas estas exclamaciones no hizo caso de ellas, antes, al contrario, continuó aún más velozmente su carrera entre la espesura. Negros nubarrones iban cubriendo el cielo con presteza, preludio de la tormenta que, a no tardar, parecía dispuesta a desatarse sobre las cumbres, y, si no andaba listo, corría el riesgo de perder el rastro que seguía desde un tiempo antes.
—¡Aguardadnos, sed prudente!
—¡Por la memoria de vuestro padre, pensad en lo que hacéis!
Las voces sonaban cada vez más débilmente entre los árboles, y el cazador sonrió al cruzar de un salto un arroyuelo. "Por la memoria de su padre...". Todo el mundo creía tener derecho a decirle lo que su padre, el héroe, hubiera hecho en cada momento. Pero ahora era él quien podía tomar las decisiones. Unas gotas de sangre en las ramas de los arbustos que jalonaban el regato que acababa de atravesar le aseguraron que seguía el camino correcto. Aferró con más fuerza la lanza que portaba en su mano diestra y continuó su carrera. Ninguno de los cortesanos que, bastante más atrás, se afanaban en seguirle podía competir con él, ni en la carrera ni en la caza. "Por la memoria de su padre...". ¡Esa era la auténtica memoria de su padre, lo que siempre había admirado de él! ¡Ir siempre un paso por delante de los que le acompañaban!
…/…
 “Un hondo rugido que parecía provenir de las profundidades de la tierra saludó su llegada. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad interior, pudo ver a la fiera ante sí. Espuma sanguinolenta goteaba de sus fauces y un brillo rojizo iluminaba sus ojos. Cuando vio que el cazador se le acercaba, se incorporó sobre sus patas traseras, sobrepasando la ya elevada altura del hombre y extendió las delanteras, armadas con garras capaces de arrancar la cabeza de su adversario de un solo golpe.
Pero el rey no se arredró. Con valor (el valor de su padre) se enfrentó a la fiera. Con rapidez (la rapidez de su padre) esquivó su mortal abrazo. Con fuerza (la fuerza de su padre) hundió profundamente su lanza en el pecho del animal hasta que la aguzada punta asomó por su espalda. Con un estertor, el oso se desplomó, muerto al fin. El cazador respiró profundamente, orgulloso de sí mismo. ¿Acaso alguien, en todo el reino, podría dudar que era el digno hijo de su padre? De pronto, una sombra interrumpió la débil claridad que penetraba en la cueva. Cuando, al resplandor de un relámpago que iluminó repentinamente los valles, comprendió que el oso tenía una compañera, el rey intentó, febrilmente, recuperar su lanza del cadáver del animal. Pero sus esfuerzos resultaron inútiles. El arma estaba demasiado profundamente clavada y se resistía a salir. Dándose la vuelta para enfrentarse a su destino, Favila, rey de Asturias, sintió el fétido aliento de la fiera sobre su rostro. Y entonces, pero solo entonces, recordó que a su padre, Pelayo, el héroe, se le admiraba, no solamente por su fuerza y su valor, sino también por su sabiduría y su prudencia.”

Y de La Estirpe de los Reyes, aún no publicada, en el capítulo 30º (aunque no se puede asegurar que el texto definitivo sea éste, o, ni siquiera, que esta escena tenga lugar o no):

Entretanto, el grupo de viajeros ya circulaba por la senda, a cierta distancia por encima suyo y, cuando aún faltaba un centenar de pasos para que llegasen a su altura, un objeto que no pudo percibir bien saltó de un carromato, posiblemente debido a que el terreno era bastante irregular, y cayó rodando hacia el pequeño curso de agua.
-¡Yo lo traeré! –gritó una joven que iba en el grupo. Y se lanzó, ladera abajo, persiguiendo al fardo fugitivo. No pudo menos Teodoredo que pensar que la joven era harto ágil para su edad, porque, cuando el objeto, con un golpe seco, cayó al fondo, justo al lado del regato, la muchacha casi había llegado a la vez.
Pero los pensamientos del godo se interrumpieron a la vez que la joven intentaba, en vano, detener su veloz descenso; porque, de entre la maleza que bordeaba el regato, una masa peluda de color pardo se levantó amenazadoramente profiriendo un aterrador rugido.
Posiblemente, no pensaba el oso atacar a ningún humano que pasase cerca de donde se encontraba. Y no había captado, tampoco, el olor del caballo de Teodoredo, pues el aire que circulaba lo hacía desde lo alto de los montes hacia el valle. Pero el estrépito del rodar del fardo y de la carrera de la joven le hicieron figurarse que era víctima de un ataque; y eso era algo que el rey de los bosques asturianos no estaba dispuesto a permitir impunemente.
Los gritos, en la altura, de los componentes de la comitiva le hicieron comprender que no llegarían a tiempo de ayudar a la joven. Ni siquiera él, que se encontraba mucho más cerca, hubiera podido hacerlo. Afortunadamente, a su lado, en su montura, llevaba unos objetos mucho más veloces que cualquier ser humano.
La joven, intentando detenerse, no había conseguido más que caer en el suelo, y vio, espantada, como el enorme animal se alzaba sobre las patas traseras delante de ella, tapando su campo de visión y, mientras abría atemorizadoramente sus fauces, extendía las delanteras armadas con garras capaces de destrozarla en un instante. Pero el rugido se apagó en su fiera garganta y, con un gesto de rabia se volvió en redondo. De su lomo sobresalían dos emplumados ástiles, y, mientras hacía frente a su nuevo enemigo, otros dos se clavaron en su poderoso pecho. Sí, cuatro flechas había lanzado Teodoredo, cuando su puntería y su fuerza hacían que uno solo de sus disparos fuese, habitualmente, suficiente. Pero los enemigos que, anteriormente, había derribado, no podían compararse con la vitalidad del enorme plantígrado.
Fuese por decisión consciente, o por un simple acto reflejo, no se había limitado Teodoredo a usar su arco, sino que, mientras disparaba sus flechas había emprendido veloz carrera hacia donde se encontraba la joven caída y el amenazante animal, y, al llegar cerca de él, abandonó su arco y esgrimió su espada, arma que sus adversarios habrían calificado como enorme.
Pero nada era suficientemente grande ante una masa de más de doscientos kilos de peso y una altura, en pie, de dos metros. Un violento zarpazo arrojó la espada de Teodoredo lejos de su dueño y, a continuación, el animal cayó sobre él derribándole al suelo.
No era el godo alguien que se rindiese sin luchar y, con rapidez, mientras una mano intentaba mantener las fauces de la bestia lejos de su cuerpo, la otra asía el puñal que llevaba en el cinturón y lo clavaba con decisión buscando el corazón del animal.
Quizá las flechas incrustadas en el torso del animal hubiesen realizado, al fin, su misión (aunque, con toda probabilidad, demasiado tarde), quizá el puñal hubiese conseguido llegar a su objetivo, pero no fue eso lo que terminó con la vida del oso, sino una joven que, en vez de quedarse paralizada por el miedo, se había levantado, cogido del suelo la espada del que arriesgaba su vida por salvarla y, con una fuerza impropia de un cuerpo delicado, la había hundido con ambas manos en el lomo del terrible animal.
Aunque el mismo esfuerzo empleado para salvar a su salvador, pudo hacer el efecto contrario, porque la punta de la espada, atravesando el peludo cuerpo, llegó hasta el pecho del hombre tendido bajo él, afortunadamente, sin llegar a clavarse.
Teodoredo notó el estertor del animal situado sobre él, y cómo se derrumbó, aplastándole. Con un esfuerzo supremo, consiguió alzarle unos palmos y salir de debajo del enorme oso. Miró la empuñadura de la espalda sobresaliendo de su lomo, y a la joven, aún respirando agitadamente. –Me has salvado la vida –le dijo, asombrado.
-No –replicó la joven–. Tú me has salvado a mí.”