14 de agosto de 2016

Despedida de Abderrahmán

Hoy, ya cerca de finalizar las vacaciones de verano, he terminado, por fin (de manera provisional), la parte de la trama de la Estirpe de los Reyes perteneciente a Alarico (y a su hijo, Teodoredo) y que transcurre, en sus últimos capítulos, en tierras pertenecientes al emirato cordobés. Eso lleva implícito que nos despidamos de un personaje que, en un principio, no iba a tener apenas importancia en dicha trama, que ya había tratado de manera bastante tangencial en La Cruz de los Ángeles y que, al estudiarlo en más profundidad al documentarme para esa novela, había comprobado que merecería ser el protagonista absoluto de una historia; algo que ya sospechaba, y en lo que me reafirmo después de haberle hecho trascurrir por las páginas de ésta. Aquí ha acaparado gran parte de mi interés (y, así lo espero, del de los futuros lectores); demasiado, quizá, para no caer en el error de que haga distraer la atención de los verdaderos protagonistas. Así que debemos decirle adiós. Copio, a continuación, la nota a pie de página en que le despido, y partes del  borrador de este capítulo:

Nota:
  “También nosotros debemos despedirnos de Abderrahmán, pues no volveremos a verle por esta novela (con gran pena por parte del autor, que desearía dedicarle aún muchas más páginas; pero ya ha ocupado muchas más que las que estaban previstas en un principio). Sin duda, su destino se cumplió, pues aún vivió hasta el año 788, sofocó muchas más rebeliones, escribió muchas más poesías y fue la cabeza de una dinastía que convirtió al-Andalus en el esplendoroso Califato Cordobés  (algo de eso se cuenta, resumido, en la anterior novela La Cruz de los Ángeles). En cuanto al de Teodoredo, si queremos saberlo, tendremos que seguir leyendo los capítulos que aún faltan”.


Y los fragmentos:

Capítulo XXIX – Córdoba (Tiene que ser el último capítulo de esta trama)
Año 761 y siguientes

Uno de los párrafos:

Por un tiempo disfrutó Abderrahmán de algo de tranquilidad y pudo dedicarse a la organización de sus territorios y de su capital. Un día, mandó llamar al jefe de su guardia. –Al-Hafiz –le dijo–. Reúne a un par de tus hombres y sígueme. Ibn Bujt, tú y yo vamos a dar un paseo.
            El emir y su nuevo hagib, seguidos por Teodoredo y dos soldados, salieron del palacio y se encaminaron hacia la muralla, que atravesaron, hacia el oeste, por la puerta del Nogal[1], saliendo de la Medina. Una vez fuera de las murallas tomaron por el camino que subía hacia la sierra en dirección norte, hasta que, a una media legua de la ciudad, el emir ordenó hacer alto y desmontó.
            -Ven, al-Hafiz –dijo–. Mira hacia allí. ¿Qué ves?
            -Tu capital –respondió Teodoredo–. Desde aquí se divisa bien.
            -Y antes, más cerca, aquí mismo. ¿No te llama nada la atención?
            -¿Una palmera?
            -Sí, una palmera solitaria, pero no una palmera cualquiera. ¿Recuerdas el palacio de mi padre, en Halab? Había allí, delante de mis habitaciones, una palmera igual a ésta. La miro, cierro los ojos y me siento transportado al lugar en que viví mi infancia. ¡Ibn Bujt! –ordenó–. Tráeme recado de escribir.
            Conociendo el gusto del emir por la escritura y la poesía, siempre iba el hagib provisto de lo reclamado, y se lo acercó al momento. –Dejadme solo –dijo el emir–, y guardad silencio.
            Sobre una peña se sentó Abderrahmán y colocó a su lado una pluma de ave recortada  y un recipiente con tinta, colocando un pergamino sobre su regazo. Durante un tiempo dejó el emir que la punta del galam[2], humedecido, corriese sobre el pergamino, cerrando de cuando en cuando los ojos y permaneciendo ensimismado, o haciendo otras pausas en las que su mirada se centraba en la palmera que se alzaba, solitaria, delante de él.
            Entretanto, Teodoredo y Yusuf ibn Bujt, sumido cada cuál en sus propios pensamientos, contemplaban la fértil llanura por la que discurre el Guad-al-Kivir y la populosa capital del emirato, bañándose en sus riberas; la mayor parte en la derecha, al norte del río: la Medina en el centro; los Arrabales de al-Sharquiyya, al este; los de al-Garbiyya, al oeste[3]; mientras que al sur del río, al otro lado del puente, se situaba el arrabal de Secunda. Y cerca de ellos, los guardias, al cuidado de los caballos, por su parte, procuraban no hacer ningún ruido que distrajese al emir.
            Al fin Abderrahmán levantó la vista del pergamino. –Al-Hafiz –llamó–. Lee esto y dame tu opinión –añadió, entregándoselo.
            -Sabes muy bien que, aunque hablo tu idioma, no puedo leerlo con fluidez –respondió Todoredo–. Mejor encárgaselo a otro, no sea que te disgustes al escucharme.
            -Ibn Bujt –dijo, entonces, el emir–. Tú eres mi hagib y se te supone un hombre culto. Léelo tú.
            -Mi señor –se excusó el hagib–. Me halagas al mencionar mi cultura. Desde luego, no soy un ignorante, pero no soy capaz de captar con exactitud los giros y la entonación exacta que tú le hayas dado. ¿Por qué no nos lo lees tú mismo y así regalas nuestros oídos?
            Abderrahmán sonrió al escuchar esas respuestas, que, sin duda, eran las que esperaba. Se puso de pie, cogió el pergamino y, mirando a la palmera, declamó:
            “Contemplando en la Ar-Rusafa una graciosa palmera
            Que mora en tierra de al-Garbe, lejos de sus compañeras,
            Enternecido a su vista exclamé de esta manera:
            ¡Ay palmera de mi alma, pienso que a mí te asemejas
            En ser aquí peregrina y en padecer por ausencias!
            También sufres tú, cual yo, la enojosa permanencia
            Que de mi familia y casa me tiene en remota tierra,
            Has crecido, hermosa planta, en suelo do extraña eras
            Y en que, semejante al tuyo, apartamiento se enjendra;
            Pues eres mi semejante, que la suerte te conceda
            Agua que sacie tu sed y tu vida fortalezca,
            Que desciendan para ti, en grata lluvia las nieblas
            Y hasta las nubes del cielo, por regarte, se disuelvan”.[4]
           
Acabados los versos, el emir permaneció un instante en silencio, emocionado. Luego se volvió a sus oyentes, con los ojos huemedecidos. – ¿Qué os parece? –les preguntó.
-De los dones que Allah ha derramado sobre ti, hijo de Moawia, no es el menor el de saber expresar tus sentimientos de tal manera que todos los que te escuchemos nos sintamos conmovidos –replicó ibn Bujt, con la seguridad que dá el haber estado largo tiempo en la cercanía de los que tienen el poder–. Si no hubieras estado destinado, desde la cuna, a gobernar a los hombres, habrías podido ganarte la vida como poeta.
El emir inclinó la cabeza, complacido. Luego se volvió al jefe de su guardia. – ¿Y tú que opinas, al-Hafiz? –le preguntó.
-Por un momento tuve ante mí al Abderrahmán que conocí en Halab –replicó Teodoredo–; al que me encontré a orillas del Píramo; el que me salvó de la esclavitud en Qayrawan; con quién compartí aventuras en Ifriquiya; al hombre, en fin, que no había creído que volvería a ver.
El emir contempló al godo durante unos instantes. No sabía si debía tomar estas frases como un cumplido. –Yo también me acuerdo del niño que fue mi huésped en Halab –dijo al rato–, y que me habló de igual a igual aunque yo era el hijo del gobernador y el nieto del califa, y él un simple rumí; del joven que me salvó la vida a orillas del Píramo y me dejó marchar, aunque tenía un arco apuntando a mi espalda; del hombre que puso su espada a mi servicio y al que le confiaría mi propia vida, si fuera preciso. Yo también dudé de que volvería a ver a ese hombre –Abderrahmán suspiró–. Debemos recuperar a ambos, al-Hafiz al-Rumí –dijo–. Yo, por mi parte, no quiero olvidar mi niñez ni mis orígenes. Esta palmera me los recordará. ¡Ibn Bujt! Prepara todo para que me construyan aquí una al-munya[5] a la que pueda retirarme en mis momentos de descanso a recordar de donde provengo, contemplando a esta palmera –el emir volvió a suspirar–. Pero eso será cuando pueda permitirme momentos de descanso. Ahora tenemos que gobernar un país cargado de complicaciones. Volvamos a Qúrtuba.


Otro párrafo:

Una semana después llegó Badr a Qúrtuba y el emir le felicitó públicamente por el éxito obtenido en su misión. Y, también por esos días, una escena tenía lugar en una alquería de Niebla; el jeque kelbí, Said al-Matari, se había reunido con una docena de sus colaboradores, muchos de ellos parientes de los fallecidos a manos de los hombres de Badr a las puertas de Isbiliya cuando el emir aplastó la sublevación de Ibn Mogih. Y, aunque el Islam prohíbe el consumo de bebidas alcohólicas, el recuerdo de los fallecidos y el hecho de que estos murieran combatiendo bajo el nombre de Allah y defendiendo al califa, al que muchos musulmanes consideraban el legítimo sucesor del Profeta, hizo que el licor corriera en más abundancia de la que hubiera sido deseable.
            -Maldita sea la prudencia de mi pariente, Abú Sabbah al-Yashubi –dijo Said, entre vaso y vaso–. Si no hubiera estado tan pendiente de que no se nos relacionase con la rebelión de ibn Moghih hasta no estar seguro de que triunfase, hubiera acudido a Isbiliya con todos mis hombres y hubiéramos derrotado al omeya.
            -O hubiéramos muerto allí, al igual que nuestros hermanos –opinó otro–. El hijo de Moawia es demasiado poderoso.
            -Sí, pero ha alcanzado el poder gracias a las espadas de los kelbíes, para después olvidarse de ello. Seguimos tan oprimidos por los qaysíes como en los tiempos del Fihrí –añadió un tercero–. Estoy de acuerdo con Said. La prudencia de al-Yashubi nos ha hecho perder una oportunidad única.
            -¿Para qué? –intervino otro–. El nuevo califa, el nuevo califa, al-Mansur, también se apoya en los qaysíes. Solo hubiéramos cambiado un amo por otro. Desde los tiempos de Abú-l-Khattar[6] no hemos tenido un gobernante de nuestra tribu. Y ya sabéis como acabó.
            -Si no fuera por los consejos de mi pariente, yo hubiera encabezado a los kelbíes en Isbiliya –insistió al-Matarí, con la voz cada vez más estropajosa–, y quizá hubiéramos vuelto a tener un emir de nuestra tribu.
            -Yo salvé la vida gracias a que al-Yashubi  nos avisó de que se acercaba un ejército de hombres del omeya a las órdenes de Badr y pude abandonar el sitio a tiempo –dijo el que había hablado en segundo lugar–. Los que murieron allí fue porque no hicieron caso de los avisos.
            -Pero murieron combatiendo y ahora están en la Yanna –balbuceó Said–, mientras nosotros nos limitamos a beber en su memoria. Hagámosles un sitio en nuestra mesa –y, trastabilleando, se acercó a un arcón y, cogiendo un paño negro, lo alzó en alto–. La insignia de los abasíes –dijo–; la tenía preparada para acudir a Isbiliya –luego se acercó a la pared y asiendo una lanza allí apoyada, clavó el paño en su punta, lo que le costó varios intentos–. ¡Éste es mi estandarte! –exclamó–. Con él lucharé contra el omeya –y, con mayor dificultad aún lo colocó en el sitio de honor–. Aquí están nuestros hermanos –dijo–. Bebamos con ellos.
            Y los asistentes a la reunión siguieron la propuesta de al-Matari, hasta que, uno tras otro, fueron reclinándose en los almohadones y, en la sala, solo se pudo escuchar los ronquidos de los dormidos jeques.
            A la mañana siguiente, poco a poco, se fueron despertando los kelbíes, comenzando por los que menos habían bebido. Al fin le tocó el turno al anfitrión, quién, con un horrible dolor de cabeza, ordenó a un sirviente que le trajera un aguamanil y una jofaina, y se echó el líquido elemento sobre su cabeza. Después de secarse con un paño de lino, con los ojos entrecerrados paseó la vista por la estancia, hasta que, de pronto, los abrió totalmente, espantado. – ¿Qué significa eso? –preguntó, señalando a la negra insignia clavada en la punta de la lanza, y demostrando que no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior.
            Alguno de los que, o bien habían bebido menos, o tenían mejor memoria, le explicó la escena con detalle y el espanto de Said aumentó. – ¡Quitad ese paño de mi lanza! –exclamó–. No sea que esto llegue a oídos del emir –pero, cuando uno de los sirvientes se disponía a cumplir su orden, le detuvo–. ¡No, espera! –le dijo; y, volviéndose al resto de los jeques, que estaban contemplando la escena y mirándoles a los ojos, ya totalmente despejado, afirmó: –Soy un hombre que no se desdice de su palabra. Tomemos las armas, enfrentémonos al omeya, y, si no triunfamos, al menos nos encontraremos en la Yanna con nuestros hermanos.

Otro párrafo:

De vuelta a Qúrtuba, dejó pasar un tiempo Abderrahmán hasta que los ánimos estuvieron completamente calmados en la zona occidental de al-Andalús, y, entonces, llamó a su hagib. –Ibn Bujt –le dijo–, los kelbíes parecen estar tranquilos y haber cesado en sus rebeliones; pero no estaré seguro de ello hasta que esté convencido de que el más importante de sus jeques, el que, con toda probabilidad ha estado detrás de todas ellas, Abú Sabbah Yahya al-Yashubi, no volverá a instigarlos contra mí. Convócalo a mi presencia.
            Pasó una semana y, en la reunión del consejo del emir, tras tratar otros asuntos, Yusuf Ibn Bujt informó: –Mi señor –dijo–. Abú Sabbah se niega a venir a Qúrtuba. Dice que no quiere salir de la seguridad de sus tierras, donde está rodeado de sus hombres.
            -Quizá sea porque tú no has demostrado suficiente habilidad en cumplir mis órdenes –replicó el emir– ¡Ibn Khalid! –se dirigió a su guazir–. Tal vez tú puedas desarrollar esta misión con más eficacia que ibn Bujt. A ti te la encargo.[7]
            Abdallah ibn Khalid, quizá el más contemporizdor de los colaboradores del omeya, se dirigió a Niebla, en busca del jeque kelbí, y, cuando le encontró, le trasmitió la orden del emir.
            -Ya contesté a los mensajes de ibn Bujt –dijo al-Yashubi–. No pienso moverme de aquí. ¿Qué quiere el hijo de Moawia?
            -Nuestro emir quiere estar seguro de que no has sido el inspirador del apoyo que los kelbíes prestaron a ibn Moghih, ni de la rebelión de tu pariente, al-Matarí. Y de que no conspirarás contra él.
            Al-Yashubi se rió amargamente. – ¿Conspirar? –dijo–. El omeya ve conspiraciones por todas partes. Cuando llegó a al-Andalus, pobre y solitario, recabó nuestro apoyo. Pero cuando, gracias a las espadas de los kelbíes derrotó al Fihrí y consiguió el poder, se olvidó de nosotros. Al poco, me quitó el gobierno de Isbiliya, que me había ganado sobradamente, para dárselo a un pariente suyo. ¿Y qué hice yo? ¿Acaso me rebelé? No, volví a mi hacienda y me dediqué a mis asuntos. Cuando el enviado del califa, ibn Moghih, se alzó en armas contra el emir, ¿me uní a sus filas? No, permanecí aquí, en mi alquería. ¿Tengo yo la culpa de que muchos kelbíes, quizá con razón, creyesen que encontrarían un trato más justo por parte de los abbasíes? Cuando mi pariente, Said al-Matarí quiso vengar a sus hermanos, asesinados por el hijo de Moawia, ¿acaso le apoyé? No, le desaconsejé hacerlo, pero no me escuchó. Y de nuevo el emir me culpa, injustamente, por ello. Pero ya deberíamos estar acostumbrados a esto. Siempre que los kelbíes hemos luchado en favor de un omeya, a continuación, cuando ya no nos necesitan, nos hemos visto postergados y despreciados. Ya, en nuestra lejana Arabia, cuando, tras la muerte del califa Moawia ibn Yezid[8], no hubo acuerdo para decidir quién le sucedería, y los qaysíes apoyaron a Abdallah ibn Zobair[9]; otro omeya, Merwan[10], tatarabuelo del emigrante, pidió la ayuda de los kelbíes para conseguir el poder, prometiendo que nos colmaría de importantes cargos. ¿Y qué hizo cuando gracias a nuestra bravura derrotó a sus enemigos en la batalla de la Pradera de Rahita y consiguió el califato? ¿Cumplir su promesa? No, volver a dar los puestos de gobierno a los qaysíes que nos oprimieron. Así se lo recriminó Djauwas en inspirados poemas al califa Abdelmelic[11], hijo y sucesor de Merwan, aunque nada logró ablandar el corazón de piedra de los omeyas.
            Al-Yashubi hizo una pausa, agotado por este largo parlamento, más prolongado que los que estaba acostumbrado a hacer. Pero, tanto le excitaba el recuerdo de los agravios sufridos por sus hermanos de tribu a manos de los qaysíes que, al recobrar el aliento, continuó.
            -Y aquí, en al-Andalús, cuando el califa Hixem[12], olvidándose de que fuimos los kelbíes los que conquistamos para él a este rico país, nombró a Haitham al-Kilabí para gobernarlo[13], éste qaysí ordenó, con falsos pretextos y excusas vanas dar muerte a los más principales de nuestros jeques, entre ellos a Sad, el hijo de Djauwas, cuya muerte hizo que Abú-l-Khattar, desde la prisión en que estaba confinado, escribiese también al califa versos tan trágicos como aquellos[14]. Si yo supiera escribir con tanta inspiración como los compañeros de tribu que he citado, también me quejaría al emir de esa manera, pero ni ese consuelo me queda.
            Después de estas frases, el jeque kelbí quedó en silencio. Al rato, ibn Khalid, que le había escuchado atentamente, tomó la palabra.
            -Abderrahmán es un gobernante justo –dijo, pausadamente–. Podrás exponerle a él tus quejas y decirle todo lo que me has dicho a mí. Ten por seguro que te escuchará.
            -¿Y después de todo lo que he manifestado aún crees que puedo fiarme del omeya? –replicó Abú Sabbah–. En cuanto esté en su poder ordenará que me maten.
            -Te proporcionaré un salvoconducto –propuso el guazir–. Tráeme recado de escribir. Te lo expediré ahora mismo y lo firmaré con mi sello.
            -¿Será eso suficiente garantía? –preguntó el kelbí.
            -Soy su guazir –respondió ibn Khalid–. El emir habla por mi boca.
           
Otro párrafo:

            Casi a la vez que los consejeros de Abderrahmán salían rumbo a la iglesia de san Vicente, una comitiva de unos cuarenta jinetes entraba en el patio del palacio y su jefe, una vez que se identificó ante los soldados de guardia, solicitó ver al emir[15].
            -Pasa, al-Yashubi –dijo el emir, que se encontraba solo, al recién llegado–. Al fin has respondido a mis requerimientos –añadió, mientras el sirviente cerraba la puerta por fuera.
            -Aquí me tienes –replicó el jeque kelbí–. ¿Qué quieres de mí?
            -Quiero que respondas de tus actos –dijo Abderrahmán–; que demuestres que nada has tenido que ver en las rebeliones que tus hermanos de tribu han realizado contra mi persona, que me convenzas de que, en el futuro, nada tengo que temer de ti. Si lo haces a mi entera satisfacción, podrás mantener tu hacienda y tus posesiones. De lo contrario, serás castigado en consecuencia.
            -¿Qué te convenza? –replicó al-Yashubi– ¿Cómo puedo convencer al que ya me ha acusado sin fundamento y está convencido de mi culpabilidad? ¿Cómo puedo esperar ecuanimidad de parte del que pertenece a una familia que siempre ha pagado con desprecios a los que le han ayudado con eficacia?
            Abderrahmán torció el gesto. –Esas palabras impertinentes y soberbias no se correponden con quien viene a solicitar mi amán –dijo, altivamente.
            -¿Tu amán? ¿Solicitar yo tu perdón –respondió, irritado, el kelbí– ¿Acaso solicitas tú el mío por haber matado a mi pariente al-Matarí? ¿Por haber masacrado a mi tribu en Isbiliya? Vengo a intentar que entre nosotros haya paz, pero veo que es algo que parece imposible.
            -Mucha insolencia es esa si tienes en cuenta que estás en mi palacio, rodeado de mis soldados. Una palabra mía y tu cabeza se separará de tu cuerpo.
            Al-Yashubi sonrió. –No puedes matarme –dijo–. Tengo un salvoconducto –añadió, sacando un pergamino–. Mi persona es inviolable mientras esté a tu merced.
            Abderrahmán frunció el ceño. – ¿Quién firma ese salvoconducto? –preguntó.
            -Tu guazir, Abdallah ibn Khalid, a quien enviaste a buscarme.
            -Y, ¿desde cuándo es Abdallah ibn Khalid quien gobierna al-Andalús? –replicó, con altanería, el emir–. Solo yo puedo asegurar tu inviolabilidad, y yo no te he garantizado nada.
            -¡Ah! ¿Con qué era una trampa? –exclamó al-Yashubi–. No me extraña, tratándose de un omeya. Tanto es así, que venía preparado para ello –añadió, sacando de debajo de sus vestiduras una espada que había escapado a la mirada de los soldados de la puerta–. Imaginé que si entraba en tu palacio no saldría con vida. Pero no moriré solo. Llama a tus guardianes, antes de que lleguen te habré enviado al Yahannam.
            -No necesito llamar a nadie –replicó Abderrahmán–. Yo también estoy siempre preparado –dijo, empuñando la enjoyada cimitarra que siempre llevaba ceñida a su cintura.
            Si al-Yashubi creía que iba a enfrentarse a un gobernante reblandecido por el disfrute del poder y de los lujos que conlleva, estaba muy equivocado, y de ello se dio cuenta en el primer intercambio de golpes. Abderrahmán había sido educado en el uso de las armas desde muy niño, allá en la lejana Siria. Y luego, en su deambular por el norte de Ifriqiya, las lecciones y consejos de Teodoredo se habían sumado a los recibidos de manos de su fiel Badr. No, bajo sus vestiduras de seda y sus inspirados poemas, Abderrahmán tenía músculos de hierro y voluntad de acero. Y esta última, basada en la fe ciega en la profecía de su tío abuelo Moslema, le hacía luchar con el convencimiento y la seguridad de que nadie podría vencerle. Y, al menos esta vez, eso fue cierto. Antes de que al-Yashubi fuera totalmente consciente de que, a pesar de su experiencia en cien batallas, se enfrentaba a un rival que le superaba, el arma de Abderrahmán impactaba en su cuello y le arrebataba la vida.
            El emir miró a su enemigo, caído en el suelo, y recuperó el aliento. Luego, limpió su espada en la alfombra sobre la que se encontraba el cuerpo del kelbí, la envainó, enrolló la alfombra de manera que tapase el cadáver y abrió la puerta del salón – ¡Convocad a mis consejeros! –dijo a los sirvientes que acudieron–. ¡De inmediato!

Otro párrafo:

No estuvo presente Teodoredo en esa reunión, pues en los últimos tiempos cada vez se sentía más incómodo en la presencia de Abderrahmán, pero unos días después se presentó ante él. –Una vez más vengo a hacerte una petición –le dijo–. Ya has conseguido imponerte a todos tus enemigos. Solicito tu licencia para partir hacia las tierras de los cristianos; creo que ya he cumplido mi compromiso contigo.
            Abderrahmán meditó unos instantes. –Quizás tengas razón, al-Hafiz –le dijo–. Allah, el todopoderoso, te trajo hasta mí para cumplir una misión, y, con toda probabilidad, ya la has realizado. Pero te pido un último servicio. Badr va a salir hacia el Tseguer al mando de un ejército para recaudar los tributos que se me deben. Acompáñale y ayúdale en esa misión. Una vez cumplida, estarás cerca de tu destino y no tendrás que volver.
            -Sabes que no empuñaré mi espada contra mis hermanos de religión, aunque se presente la ocasión –advirtió Teodoredo.
            -No te preocupes. He dado orden tajante a Badr de que no traspase las fronteras de su territorio –respondió el emir, y levantándose de su sitial, se acercó al godo–. Al-Hafiz –dijo, abrazándole–, nunca te olvidaré. Cumple con tu destino, como yo cumpliré con el mío.

Había concluido Badr la preparación de su ejército, cuando Abderrahmán le llamó a su presencia. –Al-Hafiz te acompañará –le dijo–. Desea llegar a las tierras de los cristianos, pero no puedo consentirlo. Conoce nuestra manera de combatir, las rebeliones que continuamente me acechan, los caminos menos vigilados de todo al-Andalús… todo lo que puede ser útil a mis enemigos.
            -¿Qué deseas que haga? –preguntó Badr.
            -Lo que tengas que hacer. Pero asegúrate de que, bajo  ninguna circunstancia, al-Hafiz llegue al reino de los cristianos.
            Tras estas palabras, Abderrahmán despidió a su secretario y, si experimentaba algún sentimiento por la orden que acababa de dar, no lo demostró en absoluto.





[1] Bab al-Chawz, puerta del Nogal; la que actualmente se llama Puerta de Almodóvar.
[2] Cálamo.
[3] Al-Sharquiyya, lo situado en el este, nombre que ha perdurado en  la Axarquía de Córdoba, la Axarquía de Málaga, etc; al-Garbiyya, lo situado al oeste, como el actual Algarbe, al sur de Portugal, en el oeste de la península.
[4] La traducción literal de esta poesía de Abderrhmán que nos cuenta ibn Idari es la siguiente: “Se nos mostró en medio de la ar-Rusafa una palmera que mora en tierra de al-Garbe, lejos del país de las palmas./ Díjela, te asemejas a mí en la peregrinación y en la ausencia, y en lo largo de la permanencia lejos de mis parientes y de mi familia./ Crecistes en tierra en que eras peregrina, y semejante a ti en el apartamiento, la ausencia ha sido semejante a la mía./ Descienda a ti el agua de la lluvia matutina con caída que reparta la humedad y disuelva los cielos en lluvia.” La versión poética que ha pretendido trasmitir la musicalidad que tendrían estos versos declamados en lengua árabe pertenece a D. Francisco Fernández González, en su traducción de la “Historia de al-Andalus” de Ibn Idari al-Marrakusí, Ediciones Aljaima, Málaga, 1999, que es la que ha seguido el autor para consultar los datos que aporta el historiador árabe nacido en Marrakech y que fue caid de Fez.
[5] Al-Munya, castellanizado Almunia, es el nombre que se da a las granjas, huertos, o fincas del campo, que podían tener una utilización agrícola, o ser simplemente fincas de recreo, como indica el sustantivo de su nombre (munyah = deseo). La Almunia de la Arruzafa, al-Munyah al-Rusafa, fue la finca de recreo del emir Abderrahmán I, edificada en el lugar que hoy ocupa el parador del mismo nombre, a causa, según nos cuenta Ibn Idari, citando una crónica anterior de Ar-Rasi, de que, en ese lugar, una palmera solitaria recordó a al-Muhayir, el príncipe emigrante, las lejanas tierras de su Siria natal.
[6] Abú-l-Khattar: decimooctavo emir de al-Andalus, derrocado por los qaysíes, que impusieron a Toaba bajo la influencia de Samail. Aunque el número puede variar si se consideran como dos los dos períodos en que ostentó el mando Abdelmelic ibn Qatán, o si no se considera dependiente de Damasco a Thalaaba ibn Salama, que fue elegido por sus hombres tras la muerte de Balch, o, a los que siguieron a Abú-l-Khattar, tanto Toaba como el  mismo Yusuf al-Fihrí. Abú-l-Khattar encontró la muerte intentando derrotar a Yusuf para recuperar su puesto. Todo esto se cuenta en la anterior novela, El Muladí.
[7] Según Ibn Idari, el que se encargó de conseguir que Abú Sabbah ibn Yahya al-Yashubi viniese a Córdoba fue Tammán ibn Alqama, pero como R.P. Dozy, siguiendo al Ajbar Machmuá (que da las dos versiones) se inclina por que fuera Abdallah ibn Khalid, el autor, pensando que por esas fechas Tammán aún estaría en Toledo, ha decidido seguir, en este caso, al historiador francés.
[8] Moawia (o Muawiya) II ibn Yezid ibn Moawia ; tercer califa de la dinastía omeya (683-684)
[9] Abdallah ibn Zobair; hijo de Zobair ibn Awwam y de una hija de Abú Becr (primer sucesor de Mahoma, 632-634), fue el primer niño musulmán nacido en Medina después de la Hégira (huída) del Profeta a esa ciudad desde la Meca. Se negó a jurar lealtad a Yezid I ibn Moawia (segundo califa de la dinastía omeya, 680-683) y apoyó a Husayn ibn Alí, el hijo de Alí ibn Abú Talib y de Fátima, la hija del Profeta, nieto, por tanto, de Mahoma; a la muerte de éste, los chíies (seguidores de Alí, que no reconocían la autoridad de los califas omeyas, porque defendían que el califato debería recaer el alguien de la familia del Profeta), le eligieron como su candidato al califato (era sobrino de la tercera esposa de Mahoma).
[10] Merwan I ibn al-Hakem; cuarto califa de la dinastía omeya (684-685), de una rama diferente de la de los tres anteriores, y antepasado de todos los siguientes.
[11] “¡La familia de los Omeyas nos ha hecho teñir nuestras espadas en la sangre de sus enemigos, y ahora no quiere que participemos de su fortuna!”; Éstos, y otros versos del poeta Djauwas nos los cuenta R.P. Dozy en su “Historia de los musulmanes en España”
[12] Hixem ibn Abd al-Malik ibn Merwan, décimo califa omeya (724-743)
[13] Musa ibn Nusayr, el conquistador de Hispania en el 711, era un kelbí, así como los emires que le sucedieron, y la mayor parte de los árabes que llegaron en los primeros años; Haitham al-Kilabí, el duodécimo emir (729-730), fue el primer gobernador perteneciente a los qaysíes.
[14] “Permites a los qaysíes derramar nuestra sangre, hijo de Merwan (se debería traducir por descendiente, ya que Hixem no era hijo, sino nieto de Merwan)… se diría que has olvidado la batalla de la Pradera… sin embargo eran nuestros pechos los que te servían de escudos contra las lanzas enemigas… pero después que has conseguido el objeto de tus designios, afectas no conocernos…”. Estos fragmentos de los versos de Abú-l-Khattar también nos los cuenta Dozy (op.c.). Esa escena está relatada más extensamente en la anterior novela El Muladí.
[15] Aunque ibn Idari no da apenas noticias de este hecho, haciendo que al-Yashubi muriera a manos de Tammán, el Ajbar Machmuá lo narra prolijamente, aunque fija la escolta del kelbí en cuatrocientos jinetes, que el autor ha reducido a cuarenta por parecerle demasiados para que esperen en el patio del palacio.

28 de julio de 2016

La batalla de Pontuvio

Hace unos días, el 25 de julio, día de Santiago, Facebook me recordó que todos los años, en esa fecha, hacía un resumen de cómo se encontraba la redacción de la novela en que trabajaba en ese momento. Y también recordé que, desde marzo no he publicado nada en mi página ni en mi blog. Aunque sea con unos días de retraso, en uno de los casos, y de más de tres meses, en el otro, voy a intentar solucionarlo.

Desde la  anterior entrada en la página de Pelayo, Rey, el 19 de marzo, en la que anuncié que las tramas de la novela, en el orden cronológico, ya habían alcanzado el año 756, fecha en el que finaliza la tercera de mis novelas, El Muladí, he estado trabajando en acontecimientos (reales o ficticios) que ocurren a la vez que los ya relatados en la cuarta y siguiente, La Cruz de los Ángeles. Y las complicaciones por relatar situaciones ya descritas en anteriores libros han aumentado; La Cruz de los Ángeles, como ya he explicado varias veces, aunque se redactó nada más terminar Pelayo, rey, allá por el 1998, no se publicó, para respetar el orden cronológico, hasta 2015, en cuarto lugar, después de El Muladí, de su antecesora, La Muralla Esmeralda, y de la que dio origen a la serie, Pelayo, Rey, lo que ocasionó varios (demasiados) errores en cuanto a la coordinación de su trama con la de las otras novelas escritas posteriormente, pero que se editaron con antelación.
           
Al redactar la actual, La Estirpe de los Reyes, he intentado adecuar su desarrollo a lo ya narrado en La Muralla Esmeralda y en El Muladí. Ahora me correspondía hacer lo mismo con lo referente a La Cruz de los Ángeles, pero he descubierto que, al ceñirme a ésta, entraba en contradicciones (no muchas ni graves, es cierto, pero sí apreciables) con los capítulos anteriores, concordantes con las otras dos novelas. Y si no lo hacía, los lectores que hubieran leído la novela que narra la vida de Fruela I y de su hijo, Alfonso II, “el casto”, notarían que las cosas no encajaban del todo bien. ¿Había solución? En cuanto a eliminar esos desajustes, no. Pero en cuanto a disimularlos de tal manera que no fuesen demasiado ostensibles, sí (al menos, eso espero). Y, una vez más, la tarea de creación literaria ha tenido que ceder ante la, más complicada y menos gratificante, de encajar, inventar, paliar, y sustituir las escenas previstas por otras que hagan que la trama no discrepe demasiado con lo narrado en otros libros.

Eso ha llevado a que, en estos tres meses, solo haya podido redactar borradores provisionales de los capítulos 24 y 26 de la trama que sucede en Asturias, y 25 y 27, de la que narra los hechos del emirato cordobés. Aunque quizá, debido a la cantidad de material nuevo que he tenido que introducir para encajar todo, algunos de esos capítulos, o todos, han alcanzado tanta extensión que aconsejen dividirlos en dos. Y, por consiguiente, la novela pueda llegar, incluso, a ser tan voluminosa, que haya que convertirla, a su vez, en dos. (Voy por 312.536 palabras y casi 600 páginas).

Otra de las complicaciones es que algunas escenas ya han sido relatadas en las novelas anteriores. Ante ello, he empleado varias soluciones: A- suprimirlas (las que no son imprescindibles en la trama o en sus ajustes); B – evitar describirlas yo mismo como narrador, haciendo que alguno de los personajes presentes en las mismas las relate a otro haciendo un breve resumen e incluyendo solo lo necesario para que se comprenda la trama; y C – narrarlas desde otro punto de vista.

A continuación transcribo la batalla de Pontuvio, tal y como la describo en La Cruz de los Ángeles y del modo como pienso hacerlo en ésta. (Haciendo la salvedad de que, como en la actual aún estoy redactando el borrador, quizá en la redacción definitiva introduzca cambios o, simplemente, no aparezca).



De La Cruz de los Ángeles:

Al otro lado del río Eume, cerca de la localidad de Pontuvio, el joven Silo podía oir los latidos de su propio corazón, tal era el silencio que mantenían los guerreros ocultos en la maleza que poblaba la ladera que descendía suavemente hacia el sitio en que el sendero cruzaba el río por un angosto puente. Si variado era el ejército que en esos mismos momentos comenzaba a cruzar el estrecho curso de agua, no menos heterogéneo lo era el formado por los soldados emboscados ante él. Veteranos guerreros que habían acompañado al rey Alfonso en sus correrías por toda la meseta esperaban codo con codo junto con los jóvenes nobles, compañeros de armas del rey Fruela, cuya única experiencia militar habían sido las casi incruentas campañas contra los vascones. Descendientes de los orgullosos nobles godos, junto con los nietos de los pastores astures que habían luchado en la ya mítica batalla de Covadonga, y al lado de campesinos gallegos o vascos, esperaban, anhelantes, a que se diese la orden de comenzar la batalla. Los hijos de los cristianos de la tierra de Campos, liberados por las campañas del rey católico del dominio musulmán y reaposentados en los valles asturianos, tenían al lado a jóvenes cuyas familias residían en aquellas tierras desde los tiempos del imperio. Detrás de todos, el rey Fruela mantenía la calma, aguardando a que una parte considerable de los musulmanes hubiera cruzado el puentecillo.
─¡Ahora! ─gritó con voz potente─. ¡Por Nuestro Señor Jesucristo! ¡A ellos!
En honor a la verdad, hay que reconocer que, si el ataque fue realizado con la precisión de guerreros experimentados, los musulmanes reaccionaron con la sangre fría y la presteza de soldados no menos fogueados. Cerraron sus filas y, a las órdenes de sus jefes, contraatacaron hábilmente. Densas y certeras volaron por los aires las azagayas africanas, oscureciendo el sol con su número. Pero no menos densas y aún más precisas fueron las lanzas y dardos asturianos en busca de los corazones enemigos. Agotadas las armas arrojadizas, decididos los unos a avanzar y los otros a no retroceder, ambos ejércitos llegaron al cuerpo a cuerpo, y la líquida fuente de vida, derramada con generosidad, comenzó a enrojecer el hasta entonces puro caudal del río Eume.
Con valor frío manejaron sus espadas los veteranos asturianos, y con ímpetu juvenil les igualaron los jóvenes novatos, cobrando y pagando todos un oneroso tributo de sangre y vidas. Pero si terrible era la carga de los cristianos, los musulmanes, apoyados en su superior número, no cedían un paso aguardando el momento en que, indefectiblemente, se detuviese el avance atacante, para, aprovechando el agotamiento de los asturianos, inclinar la balanza a su favor.
Fruela, en lo alto de la colina, rodeado de su guardia personal, contempló a Teudis, en el centro de la línea, abatiendo por docenas a los enemigos con los poderosos golpes de su espada, pero sin conseguir abrir la brecha necesaria en las filas sarracenas para conseguir la victoria, y observó los primeros síntomas de abatimiento en las alas de su ejército.
─¡Silo! ─gritó al jefe de sus fieles─. ¡Es el momento! ¡Empuña tu espada y sígueme al combate!
─Pero señor ─trató de oponerse el joven─, sin vos el reino está perdido. Nuestro deber es manteneros a salvo y el vuestro continuar aquí, dirigiendo a vuestras tropas.
─Quizá el reino sobreviva sin mí, pero ten por cierto que yo no sobreviviré sin el reino. Hoy nos salvaremos ambos, o pereceremos en el intento. ¡Deja ya las palabras y que sean nuestras espadas las que hablen por nosotros! ¡Vámos!
Con ímpetu incontenible el rey Fruela descendió por la ladera, y con él, el joven Silo y los nobles de la guardia. En las filas contrarias, el príncipe Omar, observando lo indeciso de la contienda, había igualmente decidido tomar parte personalmente en la lucha y se incorporó a las primeras filas de los combatientes. 
Aquél día permanecería grabado durante mucho tiempo en la memoria del joven Silo. El avance hasta llegar a la primera fila pasando al lado, o eventualmente, por encima, de muertos y heridos, compañeros todos y algunos, parientes o amigos. El choque con las avanzadas enemigas, encontrándose, sin casi tener tiempo para darse cuenta de ello, en mitad de la vorágine, golpeando, parando, alanceando, cortando e hiriendo sin parar. Los miembros cercenados, las entrañas desparramadas y la sangre, cristiana o musulmana, derramada sin cicatería, empapando todo por doquier.
La habilidad guerrera del noble le salvó, en los primeros instantes, de perder la vida. Pero después de haber conseguido, de modo casi involuntario, detener los primeros golpes de los enemigos que el azar hizo llegar a su lado, se sintió poseído por la furia de la batalla. No era el momento de observar la masacre que estaba teniendo lugar en las orillas del río Eume, ni de meditar sobre ello, sino de vencer o morir. Y su destreza con las armas le permitió acercarse más a lo primero que a lo segundo.
El joven, seguido de varios de los hombres de la guardia real, abrió un sangriento surco en las líneas musulmanas, penetrando profundamente en ellas y llevado después, por la casualidad, hasta el mismo sitio en que Omar ibn Abderrahmán intentaba, con su ejemplo personal, inclinar la suerte de la batalla a su favor.
Los dos jovenes, casi de la misma edad, se enfrentaron con ardor. El ojo humano apenas podía seguir las veloces trayectorias de sus golpes, y la potencia que ponían en ellos hacía temblar sus armas cuando entrechocaban despidiendo centellas a su alrededor. La destreza de ambos era similar, pero al cabo la superior fuerza física del noble del norte fue imponiéndose sobre la habilidad del príncipe meridional.
Omar comenzó a sangrar abundantemente por numerosos cortes y heridas, superficiales y profundos, y sus golpes se hicieron gradualmente menos rápidos y poderosos. Unos fugaces vistazos hacia sus costados le convencieron de que, por doquier, sus hombres comenzaban a retroceder, y su ánimo se debilitó tanto como sus fuerzas. Por fin, cuando la espada de Silo, venciendo sus defensas y quebrando su armadura, penetró más profundamente en su pecho, permitió que sus rodillas se doblasen  y se apoyasen en el sangriento suelo.
Silo vio a su enemigo a su merced y se dispuso a dar el golpe definitivo, pero algo detuvo su mano. Acaso sospechó por un instante que por las venas de aquél joven caudillo musulmán corría la misma sangre que por las suyas, que en realidad eran primos lejanos, ya que su madre estaba emparentada con los Omeyas. O acaso simplemente los juveniles y nobles rasgos de su oponente le movieron a la piedad.
─¡Estás perdido! ─le dijo─. Rinde tu espada.
─¡Eso nunca! ─contestó el hijo del Emir de Córdoba─. No me presentaré derrotado delante de mi padre ─y haciendo un supremo esfuerzo se puso de pie de nuevo─. ¡Alá me ayude, antes prefiero la muerte!
Y su dios atendió sus deseos.
Fruela, que se acercaba como un torbellino, abatiendo enemigos de la misma manera que el segador corta las espigas de un campo de trigo, como había predicho al enterarse de la presencia de los musulmanes, y que había visto como el jefe de los invasores se incorporaba, aparentemente dispuesto a reanudar el combate, alzó su espada y la hizo describir rápidos y mortales molinetes. La sangre de Omar salpicó el rostro de Silo y resbaló por su cuerpo mezclándose con la del conde asturiano. Cristiana o musulmana, pero roja y espesa, cayó en gruesos goterones cerca de donde la cabeza del príncipe musulmán, separada de sus hombros, reposaba sobre la tierra.
La muerte de su caudillo fue la gota que desbordó el vaso de la resistencia de los musulmanes, que buscaron la salvación en la huída. Vano intento, pues los asturianos, enardecidos, continuaron en su persecución sin dar descanso a las espadas, y no cesando en su afán guerrero hasta que no quedaron enemigos con vida a sus alcances.
─¡Victoria! ─gritó el rey, triunfante─. ¡Nuestro Señor Jesucristo nos ha concedido la victoria! ¡Hemos acabado con los infieles! ¡Ahora nadie podrá decir que no soy digno hijo de mi padre!
─No estoy tan seguro ─musitó en voz baja Silo contemplando la cabeza del derrotado enemigo. Y luego se alejó lentamente. Pero entre las celebraciones del triunfo, nadie se dio cuenta de ello. Ni siquiera los muertos y heridos por entre los que le llevó su camino, y que no participaban del júbilo reinante.




De La Estirpe de los reyes (en proyecto)

El tiempo transcurrido desde el amanecer se le hizo eterno al conde Teudis, agazapado tras los arbustos. Ya le dolían las piernas de permanecer en una incómoda postura, cuando un grupo de jinetes ataviados con blancas túnicas y tocados con turbantes de colores apareció al otro lado del puentecillo. Tras mirar a un lado y a otro, lo cruzaron al galope y se detuvieron de nuevo, oteando en su torno. Teudis pensó que era imposible que no escuchasen los latidos de su corazón, o que no se diesen cuenta de los hombres que, ocultos a ambos lados, permanecían en tensión. Pero sobradamente seguros deberían sentirse los musulmanes, que aguardaron hasta que una numerosa columna apareció por el sendero acercándose al puentecillo. A su cabeza, un árabe ataviado lujosamente, se adelantó y, tras cambiar unas palabras con los jinetes avanzados, éstos partieron de nuevo hacia adelante, mientras el grueso de la columna comenzaba a cruzar el río.
Tras el jefe y los hombres que le acompañaban, que siguieron tras los jinetes avanzados, un nuevo grupo se acercó al puente, encabezado por otro personaje principal, éste apenas un muchacho, pero tratado con deferencia por los que le rodeaban. Y apenas pudo Teudis prestar atención al joven, pues, en ese momento, unas voces resonaron en la dirección en que habían avanzado los musulmanes, que, rápidamente, se adelantaron en busca de su vanguardia, mientras el grupo del joven se apresuraba a cruzar el puente. Y, en ese momento, dominando el griterío, el denso sonido de un cuerno de caza resonó en el valle haciendo que, por un momento, los musulmanes se detuviesen en su avance.
Aún vibraban en el aire las notas del cuerno, cuando una nube de flechas, dardos y azagayas, oscureciendo el día, salió de entre los arbustos para dirigirse hacia la numerosa columna de hombres del sur que las contemplaron llegar, aterrados.
Y, antes aún de que los proyectiles alcanzasen su objetivo, ocasionando un maremágnum de gritos, quejidos, jinetes cayendo de sus monturas y sangre empapando el arenoso suelo del sendero, como si el bosque entero se pusiese en movimiento, de entre la espesura salieron los hombres de Gauzón, los de Pravia, los de Oveto y los valles centrales, buscando con ansia hundir sus armas: lanzas, espadas, dagas, hachas y cuchillos, en los cuerpos de sus enemigos. Mientras los jinetes gallegos al mando de Sigmundo, hacían frente a los pocos que se habían salvado del caos producido en la columna y habían continuado su avance por el camino.
Al otro lado del puente, donde la retaguardia de los musulmanes se apresuraba para acudir en ayuda del grueso de su ejército, también comenzaron a resonar las maldiciones, relinchos y alaridos. Saliendo y volviendo a entrar en la espesura, como si de fantasmas se tratase, los pastores astures aparecían, herían, desjarretaban y desaparecían, antes de que los invasores llegasen a darse cuenta realmente de lo que estaba pasando, produciendo un desconcierto similar al que reinaba en el otro lado del puente
En verdad algunos de los integrantes del ejército musulmán eran soldados experimentados. No todos, ni siquiera muchos, pero sí los suficientes para dar una pequeña impresión de marcialidad y comenzar a esforzarse por rechazar el ataque. A las órdenes de sus oficiales, los arqueros tensaron sus cuerdas y respondieron a las flechas asturianas. A corta distancia, era difícil errar en el blanco, y ya no solo fue la sangre árabe la que regó el sendero y llegó a colorear las aguas del río. Viendo que el efecto de la sorpresa inicial ya había pasado, y que el número de los musulmanes igualaba la contienda, Teudis comprendió que, si querían la victoria, no podían tardar mucho en conseguirla. Dejando de momento al grupo de enemigos que rodeaba a su joven caudillo, dispuestos a dar la vida por defender la suya, el conde de Gauzón fijó su interés en el árabe que parecía el jefe del ejército y hacia él se dirigió directamente. Muchos cuerpos eran los que intentaron detener el avance del conde, y otras tantas  almas las que, ese día, partieron en busca del Paraíso prometido por su Profeta; pero si lo alcanzaron, o no, solo ellos lo saben. Al fin consiguió Teudis encontrarse frente al general, que había sido desmontado en los primeros lances de la batalla, y su espada se enfrentó a la cimitarra del árabe. Sin duda el general era experto, seguramente había dirigido a sus hombres en multitud de batallas, y en casi todas había alcanzado la victoria. Pero en la lucha hombre a hombre, cuerpo a cuerpo, no podía compararse al conde de Gauzón. Y, tras un solo intercambio de golpes, Hamid ibn Abd al-Malik, el noble caisita, puso fin a sus años de luchas a las órdenes de los jeques de su tribu, o de Abderrahman ibn Moawia, y se derrumbó, para siempre, en las fértiles tierras de Gallaecia.[1]
No era Teudis hombre que acostumbrase a distraerse durante una batalla, pero en esta ocasión juzgó tan importante que los enemigos se enterasen de que su general había muerto, que, profiriendo un estentóreo grito, levantó los brazos en señal de triunfo, mirando a su rival caído y olvidándose de lo que ocurría a su espalda.
Y, por su espalda llegaba el peligro. Acercándose al conde cristiano, uno de los lugartenientes del general árabe se dispuso a vengar la muerte de su jefe alzando su lanza y dirigiendo la punta hacia la espalda de Teudis.
La primera señal que tuvo el conde de Gauzón de que su vida corría peligro fue un alarido que escuchó a su espalda y un cuerpo cayendo bruscamente contra él. Pero un cuerpo inerte que, al volverse, se derrumbó en el suelo con el ástil de una lanza sobresaliendo de su costado.
Aún no había acabado el conde de comprender lo que había pasado, cuando Luitfred de Suevonia, que desde el otro lado del sendero había llegado a tiempo de abatir al caído, se acercó a él y, con un tirón brusco, recuperó su arma.
-Gracias –acertó a decir, sobresaltado, Teudis–. Te debo la vida.
-Vos me enseñasteis a no distraerme nunca durante un combate –respondió el britano–. No me la debéis a mí, sino a vuestras enseñanzas.
-Pues hagamos honor a ellas –exclamó el conde–. ¡Por Cristo! ¡Adelante!
Los dos guerreros juntaron a sus hombres y cargaron contra los musulmanes, pero éstos se habían agrupado en torno al cadáver de su general y formaban una masa numerosa e impenetrable, en la que, por más hombres que derribasen las espadas expertas y vigorosas de Teudis y Luitfred, no podía encontrarse un lugar indefenso.
Desde lo alto de la colina, Fruela vio cómo el jefe de su ejército, a pesar de que derribaba hombres como quien tala un bosque de jóvenes árboles, no conseguía abrirse paso hacia el puente. También observó que el joven noble había cruzado hasta este lado del río y estaba organizando a los hombres que le acompañaban en una formación cerrada de lanzas que, cuando se dirigiesen en auxilio de los que hacían frente al conde de Gauzón, formarían un frente inexpugnable. Dirigiendo su vista a la otra orilla, divisó a la retaguardia de los musulmanes, formando una línea defensiva con las espaldas hacia el puente, y rechazando los asaltos de los astures, valerosos, pero muy inferiores en número, y comprendió que pronto el cansancio haría mella en sus hombres y que la suerte del combate, hasta ese momento en el fiel de la balanza, se inclinaría, inexorablemente, apoyada en la fuerza de su superioridad numérica, en favor de los invasores. Y decidió que había llegado el momento.
-¡Silo! –exclamó–. ¡Empuña tu espada y sígueme al combate!
-Pero, señor –trato de oponerse el jefe de sus fideles–… Sin vos el reino está perdido. Nuestro deber es manteneros a salvo, y el vuestro permanecer aquí, dirigiendo a vuestras tropas.
-Quizá el reino sobreviva sin mí, pero ten por seguro que yo no sobreviviré sin el reino. Hoy nos salvaremos ambos o pereceremos en el intento. ¡Deja ya las palabras y que sean nuestras espadas las que hablen por nosotros! ¡Vamos!
En un instante, la preocupación principal del conde Pravia no fue convencer a su soberano de que se dejase aconsejar por la prudencia, sino la de no quedarse atrás de la veloz carrera, colina abajo, emprendida por el rey, tarea en la que, como un solo hombre, le siguieron la totalidad de los fideles, hasta que, entre gritos, gemidos, alaridos y entrechocar de aceros impactaron contra los musulmanes que defendían a su joven señor.
Incentivado por lo sucedido anteriormente, echó mano Teudis de toda su experiencia y habilidad para, sin descuidar a los enemigos con los que se enfrentaba, estar atento a todo lo que sucedía en el campo de batalla, por lo que observó el impetuoso ataque del rey y cómo su hermanastro luchaba en primera fila junto al monarca. No podía olvidar el conde la juventud de Silo, del que, como hermano mayor, se sentía responsable y, preocupado por él y seguro de que Luitfred era un caudillo competente para los hombres a su mando, intentó desplazarse por el campo de batalla hasta llegar al lugar en que el joven conde de Pravia ponía en práctica todo lo que su hermano le había enseñado. Vano intento. Cada vez que Teudis derribaba a un enemigo y creía ver expedito su camino, otro ocupaba su lugar.
Entre tajos, paradas y estocadas, el conde de Gauzón pudo ver cómo, por casualidad, Silo había llegado hasta el sitio en que se encontraba el joven jefe de los musulmanes y se enfrentaba a él en combate singular, y desesperado, redobló sus intentos en conseguir despejar un camino para llegar junto a él. Al fin consiguió hacerse un hueco y librar de musulmanes su entorno, y de nuevo buscó a su hermano con la mirada, consciente de que estaba demasiado lejos para llegar a tiempo hasta su lado. Pero no era necesario. Silo había herido en varias ocasiones a su rival, y las rodillas de éste se doblaron. Mientras corría hacia allí, observó el conde que los dos jóvenes cambiaban algunas palabras, y que, luego, el musulmán, haciendo un esfuerzo, se ponía de nuevo en pie.
Pero también vio al rey Fruela acercarse hacia ellos describiendo poderosos molinetes con su espada y cumpliendo su promesa de derribarles como si fueran espigas de un campo de trigo. Y que, con el último, separó limpiamente la cabeza del joven musulmán que, agónicamente, levantaba su espada para atacar a un Silo que le miraba, sorprendido.
La muerte de sus caudillos fue la gota que desbordó el vaso de la decisión de los musulmanes, que, en tropel, intentaron repasar el puente, perseguidos por los hombres de Teudis y chocando, en su intento, con sus compañeros que intentaban mantener alejados a los astures. Al fin, se desbordaron como un torrente descontrolado corriendo hacia el sur, hacia la lejana seguridad de sus tierras, pero fueron muy pocos los que evitaron pagar con sus vidas la osadía de haber provocado a Fruela, rey de Asturias, en su propio territorio.
Cuando Teudis llegó adónde se encontraba su hermano, éste aún contemplaba el cuerpo sin vida de su enemigo. – ¿Estás bien? –le preguntó.
-Le había herido en varias ocasiones –dijo Silo, sin responder a su pregunta–. Le había vencido. Le pedí que se rindiera, pero dijo que no volvería derrotado a presencia de su padre y, aún no sé cómo, volvió a ponerse de pie. Sin ni siquiera fuerzas para sostenerse, intentó alzar su espada y entonces…, llegó el rey. Era muy joven, quizá aún más que yo. No era necesario matarle.
Teudis miró la cabeza separada del tronco del jefe musulmán, y no pudo dejar de notar un extraño parecido con su hermano menor. Luego puso la mano en su hombro.  –Quizá no –le dijo–; pero, sin su muerte, sus hombres no hubieran emprendido la huída. Era la clave de la batalla, y Fruela lo sabía.
Silo paseó su mirada por las riberas del río, con las aguas coloreadas de rojo, por el sendero, lleno de cadáveres o de heridos que no tardarían en serlo, cristianos y musulmanes mezclados unos con otros. –Entonces –dijo–, ¿por qué han tenido que morir todos los demás?
-No busques razones lógicas a las guerras –respondió Teudis–. No las tienen. Limítate a cumplir con tu deber para con tu rey y con tu pueblo.
En ese momento, un Fruela bañado en sangre de los pies a la cabeza, aunque apenas unas gotas fueran suyas propias, se acercó a los dos hermanos. – ¡Victoria! –exclamó–. ¡Nuestro Señor Jesucristo nos ha concedido la victoria! ¡Hemos acabado con los infieles! ¡Ahora nadie podrá decir que no soy digno hijo de mi padre!
Pero, cuando el monarca se alejó, entre las aclamaciones de sus hombres, el joven Silo agachó la cabeza. –No estoy tan seguro –musitó en voz baja.






[1] No hay ningún argumento (antes al contrario) que nos indique que este noble caisita, personaje real y uno de los primeros partidarios de Abderrahmán, fuese quien, junto con Omar, mandase el ejército derrotado en Pontuvio. Pero como ya le habíamos utilizado en capítulos anteriores, y no le vamos a necesitar en lo sucesivo, le solicitamos este último servicio a la trama de la novela.

Reyes Asturianos: Un blog sobre el universo de novela histórica de Pablo Vega: Estado actual de La Estirpe de los Reyes (II)

Reyes Asturianos: Un blog sobre el universo de novela histórica de Pablo Vega: Estado actual de La Estirpe de los Reyes (II):             Como anunciamos en la entrada anterior, vamos a contar ahora un breve resumen de lo que ocurre en la trama correspondiente a la...

19 de marzo de 2016

Estado actual de La Estirpe de los Reyes (II)

            Como anunciamos en la entrada anterior, vamos a contar ahora un breve resumen de lo que ocurre en la trama correspondiente a la historia de Alarico (La que no transcurre en tierras asturianas)
            La novela comenzaba, como dijimos en la entrada anterior, con un prólogo situado en Ceuta, en el año 734 (reinando aún Pelayo en Asturias), para conectar con lo narrado en La muralla esmeralda cuando Alarico deja a su compañero Xinto encargado de concluir su misión de informar a don Pelayo de la situación en la España musulmana y se dirige a Ceuta a encontrarse con su amada. También hacen una breve y disimulada aparición en esas páginas dos de los protagonistas de dicha novela (Enhorabuena a los lectores que adivinen quiénes son sin consultarla de nuevo)
            Como la trama solo afecta a la parte de Alarico, este prólogo pasó a ser el capítulo 1.
            Los capítulos 3 y 5 cuentan lo sucedido a Alarico en Ceuta, los años 740 y 741, con la presentación del hijo de Alarico, Teodoredo, la narración de las luchas entre árabes y bereberes, la llegada de Balch, y la aparición de un joven que habíamos conocido en El Muladí y que también se paseará por estas páginas más adelante (De nuevo enhorabuena a los lectores que adivinen quién es, aunque si han leído El Muladí, es fácil). Igualmente irrumpe en esta trama el marino griego Nicéforo Theodoru, que habíamos conocido en La muralla esmeralda y que compartirá protagonismo en esta.
            En el capítulo 7,  año 742, nuestros protagonistas se embarcan en el navío de Nicéforo, La Sirena del Egeo, que también nos acompañará durante bastantes páginas, rumbo al Imperio Bizantino, aunque, a consecuencia de la situación política que se vive allí, con Constantino V depuesto a manos de su cuñado Ardabasto, no arriban a Constantinopla, sino a la península de Anatolia, dispuestos a intervenir en las luchas que devolverán al trono a Constantino, de quien Nicéforo es ferviente partidario.
            En el capítulo 9, año 743, nuestros protagonistas al fin se encuentran con Constantino, quien les encarga ser portadores de un mensaje de tregua para el Califa de Damasco.
En el capítulo 11, año 743, llegan a Aleppo y se entrevistan con Moawia ibn Hisham, primo del Califa Walid ibn Yazid. Allí nuestros amigos tendrán dificultad en comprender la serie de gobernantes árabes, sobrinos, hermanos o primos entre sí, que se sucedieron en breve espacio de tiempo (Y los lectores, me temo, también. Para su consuelo, el autor pasó por el mismo trance, que solo pudo superar con frecuentes consultas a un árbol genealógico que habrá que incluir como apéndice de la novela). Como sinopsis, baste decir que la lista es la siguiente: Cuando llegan acaba de fallecer el gran califa Hisham ibn Abd al-Malik; a éste no le sucede su hijo Moawia, ya citado, sino su sobrino Walid II ibn Yazid, (743-744); a su muerte le sigue su primo Yazid III ibn Walid (que no es hijo del Walid citado, sino de Walid I ibn Abd al-Malik, tío de aquél). Antes de un año fallece (de modo natural o no), y es sucedido por su hermano, Ibrahim ibn Walid, que, en ese mismo año 744 es depuesto (y, posiblemente, asesinado) por un primo lejano, Merwan II, último califa Omeya, familia que es sucedida (y aniquilada), por la de los Abbasidas, consiguiendo el califato Abú al-Abbas as Saffah.
Aunque lo más importante para nuestros amigos (y, quizá, para la novela) es que aquí conocen al hijo de Moawia, Abderrahmán, el futuro primer emir independiente de Córdoba, que traba amistad con Teodoredo, el hijo de Alarico.
En el capítulo 13, año 744, nuestros amigos vuelven a Constantinopla y son parte importante en la recuperación del trono por Constantino V
En el 15, año 746, se narra la vida de Alarico y su hijo en el Imperio bizantino, y hay un nuevo encuentro (casual) de Teodoredo y Abderrahmán en la frontera. Situación que se continúa en el 17 (aún no escrito) y en el 19, que llega hasta el año 752. En éste último, Teodoredo es capturado por los musulmanes y vendido en Egipto como esclavo, aunque quien le compra es Abderrahmán, que llega allí huyendo de la masacre efectuada por los abasidas en su familia.
En el capítulo 21, Abderrahmán y Teodoredo llegan a Ceuta y se preparan para el desembarco del príncipe Omeya en la península, donde piensa establecerse como gobernante, lo que ocurre en el capítulo 23, año 756. En estos capítulos nos encontramos con personajes secundarios que ya conocimos en El Muladí, y que también tendrán una aparición modesta en estas páginas.
Ya tenemos a Abderrahmán gobernando en Córdoba, y ambas tramas están preparadas para juntarse, aunque aún habrá que contar varios hechos, históricos y de ficción, tanto en una como en otra, antes de que eso ocurra. Esa es la tarea que nos espera a partir de ahora.