29 de diciembre de 2011

ESTATUAS DE REYES VI, Oriente, Alfonso I


Continuando con nuestro paseo por la plaza, en dirección al Palacio, la siguiente estatua que nos encontramos es la de Alfonso I
Este monarca (según algunos historiadores, el primero que ostentó, en realidad, ese título) tiene gran importancia en la Historia de Asturias y, por supuesto, en mis novelas.
Alfonso fue hijo de Pedro de Cantabria, gobernador, parece ser, de esa provincia en los tiempos de los últimos reyes godos, Egica, Witiza y Rodrigo; y así lo cuento en “Pelayo, rey”, haciéndole pariente de Pelayo (Ambos descendían, según se cree, de Chindasvinto) y gran valedor suyo.
Tras la derrota del Guadalete, Pedro se refugia en Cantabria y, cuando nuestro héroe se alza en rebelión contra los emires cordobeses, se une a él y luchan juntos en la batalla de Covadonga (Esto pertenece a la imaginación del autor, pero es, no solo posible, sino altamente probable)
Posteriormente Alfonso se casa con la hija de Pelayo, Hermesinda, según se cuenta en la segunda de mis novelas” La Muralla esmeralda”, recientemente publicada. Y, como ningún dato cierto hay de esa época, todo lo que en ella se cuenta pertenece a mi imaginación.
Tras la muerte de Pelayo y el breve reinado de Favila, Alfonso es elegido rey, bien por consenso entre los nobles (sistema electivo propio de los godos), o por ser yerno de Pelayo. Y comienza la reconquista de los territorios dominados por los musulmanes, ayudado por su hermano, Fruela, “el mayor”, según cuentan con detalle las crónicas cristianas y según narro en mi tercera novela “El Muladí”, que aparecerá, D.m., en la próxima primavera.
Con Hermesinda Alfonso tuvo tres hijos: Fruela, el futuro Fruela I (cuarto rey de Asturias), Vimara, asesinado por su hermano, y Adosinda, que, al casarse con Silo propició que éste fuera elegido como el sexto rey asturiano. Todo esto está narrado en la cuarta novela, “La Cruz de los Ángeles”, que se editará en su momento.
También dejó un bastardo, Mauregato, que, como se cuenta en la citada novela (con una gran dosis de imaginación) llegó a ser el séptimo rey de Asturias.
No obstante, la linea familiar de los reyes, primero asturianos y luego leoneses, no desciende de Alfonso, sino de su hermano Fruela, “el mayor”. Pero eso se contará en próximas novelas.

21 de diciembre de 2011

ESTATUAS DE REYES V, Oriente, Íñigo Arista


Tras el paréntesis axárquico, volvemos con las estatuas:
Como ya dije, retomo la serie de entradas acerca de las estatuas de reyes que adornan algunos parques madrileños y que tienen relación con mis novelas. Aunque ahora escribo utilizando mis recuerdos de aquel día de hace unos meses en que, armado con mi cámara fotográfica, me dediqué a recorrer, primero el Retiro y luego la Plaza de Oriente. Nos habíamos quedado delante de la estatua de Alfonso II en el lado sur de la plaza y, siguiendo hacia el Palacio, la siguiente estatua pertenecía a un rey (o no, según algunos historiadores) que, aunque no forma parte de la serie de monarcas asturianos que protagonizan mis novelas, sí que aparece en ellas, aunque de forma algo tangencial. Se trata, según consta en la peana, de Íñigo Arista, fallecido en el año 770. Pero antes de estudiar la historia de este personaje, nos fijaremos en que en la foto, en la parte inferior derecha, aparece una mano saludando.
Aquel ya lejano día de junio había madrugado para pasear con nuestro perro Ugo, y tras visitar brevemente el Retiro, había llegado a la Plaza de Oriente alrededor de las ocho y media de la mañana. Allí, enfrascado en fotografiar los reyes que estoy comentando, no me había dado cuenta de que en un banco situado entre la estatua de Íñigo Arista y la siguiente, estaba un grupo de jóvenes de ambos sexos, a su vez haciendo fotografías, pero de ellos mismos, (Para que digan que la juventud actual no madruga; a pesar de la hora temprana ya estaban eufóricos, al menos, mucho más que yo) y que se habían creído que yo también trataba de fotografiarles.
Tras sacarles de su error y explicarles que intentaba solamente sacar fotos de las estatuas para ilustrar mi blog, comencé a contarles la historia de los reyes allí representados; pero en ese momento debieron recordar que tenían algo urgente que hacer en otra parte, porque se marcharon apresuradamente.
Como no sé si a los que lean este blog también les van a entrar prisas repentinas, les contaré algo de la historia del monarca aquí representado sin temor a que, llegados a este punto, se levanten de delante de la pantalla del ordenador (o, en su caso, busquen otra página más interesante)
Íñigo Arista sale en mis novelas en el último capítulo de “La Cruz de los Ángeles”, tomando parte en la batalla del “wadi Arun” (“el río Orón”) a las órdenes de Velasco, el caudillo vasco colocado como gobernador de Pamplona por Ludovico Pio, rey de Aquitania, de quien era vasallo. Allí los vascones, unidos a los Asturianos de Alfonso II, “el casto”, se enfrentaron a los musulmanes en una cruenta e incierta batalla, pero que tuvo como resultado el que los cristianos se diesen cuenta de que, si bien el emir de Córdoba podía derrotarles por separado, cuando asturianos, leoneses, vascos, navarros y aragoneses unían sus fuerzas, podían hacerle frente con éxito.
Y, posteriormente, se le cita en “La Cruz de la Victoria”, dando cuenta de que, tras acceder al gobierno de Pamplona, se independiza de los francos (Cuando la familia Íñiguez sucedió a la familia Jimeno, a la que pertenecía Velasco). Ya en el primer capítulo, su nieto García Íñiguez llega a Oviedo como emisario de su padre, el rey de Navarra Íñigo Íñiguez, y acompañando a su tío Fortún Íñiguez. Pronto se establece una animadversión entre el heredero del trono navarro y los parientes del rey Asturiano Ramiro I, Gatón y Rodrigo; aunque posteriormente, y buscando alianzas contra los musulmanes, la hija del, ya por entonces, rey navarro, García Íñiguez, se casará con el hijo de Ramiro, Alfonso III, principal protagonista de esa novela.

12 de diciembre de 2011

LA MAROMA


Hacemos (una vez más, y no será la última) un inciso en esta serie de entradas, para hablar de otro tema.

Un tema que no tiene nada que ver con el título de este blog, ni con la Historia, ni con mis novelas. Un tema que quizá, aparte de a mí mismo, no interese a nadie. Pero como le he dedicado tiempo (quizá el bien del que ande más escaso) quiero plasmarlo en algún sitio y no se me ocurre ninguno mejor que éste.

Hace algún tiempo mi hijo Pablo publicó en su blog “Steeplechasing” una entrada sobre sus entrenamientos en La Maroma (El monte que domina La Axarquía de Málaga, zona en la que pasamos las vacaciones estivales), ilustrándola con una foto de dicho monte con su cima cubierta de nieve, algo inusual, pues ni su altura, ni su latitud, ni la cercanía al cálido Mediterráneo favorecen esa circunstancia.

Después de observarla, le hice saber mis dudas acerca de que el monte fotografiado fuese realmente la Maroma, y él se reafirmó en ello basándose en su perfil (una vertiente occidental prolongada, una cima redondeada, una vertiente oriental con un pequeño pico…) que había recorrido varias veces.

Pero como no acababa de convencerme, he aprovechado este “puente” y mi estancia en Torre del Mar para intentar corroborar su versión o mis dudas. En efecto, el perfil es “casi” idéntico al de La Maroma vista desde nuestra casa. Y el “casi” puede deberse a alguna diferencia en la alineación del punto (en el mar) desde donde se tomó la foto. Pero hay más temas a tener en cuenta.

El primero es el de los dos montes (pardos y terrosos, a diferencia de la pétrea y gris mole de La Maroma) más bajos que la preceden. En efecto, son “casi” iguales a los que se encuentran entre la costa y la nevada cima. Vistos desde nuestra casa serían, el de la izquierda el que está por encima de Vélez-Málaga, de cuyo nombre en este momento no me acuerdo, y al que llamaremos, para entendernos, “Arenas”, pues este pueblo se encuentra en sus laderas, y el de la derecha correspondería al “Ben Tomiz”. Pero en este caso, el “casi” no se puede justificar. En la foto se aprecia con claridad como la ladera del que hemos llamado “Arenas” se encuentra más cerca del espectador que la del “Ben Tomiz”, cuando en la realidad es al revés. También en “Arenas” se aprecian unos cortes en la ladera (sin duda pertenecientes al trazado de la Autovía del Mediterráneo) que tampoco existen en la realidad. Y el perfil de ambos no se corresponde (aunque esto último podría deberse al punto de vista desde donde se realizó la foto)

Podrían ser otros los montes. Si viajamos por la costa hacia el este (La derecha de la foto) nos encontramos con otra perspectiva similar, en este caso el “Ben Tomiz” sería el de la izquierda y “La Rábita de Sayalonga” el de la derecha. Pero tampoco aquí los perfiles de esos montes se corresponden con la realidad, el “Ben Tomiz” está más alejado de la costa que “La Rábita” (al contrario que en la foto) y tampoco existen los cortes en la ladera.

Si seguimos hacia el este, ya los montes que se interponen entre La Maroma y la costa, a la altura de El Morche, o Torrox son muchos más y más variados que los que se ven en la fotografía, y el perfil de La Maroma comienza a verse de manera diferente, así que tampoco cumple con las condiciones rqueridas.

Pero hay otro tema aún más determinante: La población que se ve en primer término en la costa. De ese tamaño y extensión podría ser Torre de Mar, pero los bloques de edificios que se ven no se corresponden, y Torre del Mar está bastante más lejos de los montes intermedios que lo que se ve en la foto. Podría, quizá, asemejarse algo a La Caleta (las casas en primer plano a la izquierda) y a Algarrobo costa (los bloques hacia la derecha), pero hay un bloque gris alargado a la izquierda que no se corresponde con ninguno de esa población; además, los bloques de Algarrobo están en la misma playa, y no hacia el interior, como se aprecia en la fotografía.

Esta mañana he estado en el Morche y en Torrox, y he comprobado que tampoco se corresponden con la foto. Solo quedarían dos opciones, una, que la vista sea desde más al occidente, es decir, Benajarafe. Pero en esa localidad no hay esos bloques de edificios, y entre ella y los montes previos a La Maroma se encuentra el anchuroso cauce del río de Vélez, por lo que también hay que descartarla; y dos, que desde el sitio que se hizo la foto las perspectivas cambien tanto que la hagan irreconocible. Pero eso no podré comprobarlo “in situ” hasta que, en el verano, consiga una embarcación. No obstante, creo que, por todo lo dicho anteriormente, mi opinión no cambiará.

Hay un axioma en las investigaciones, que no sé si lo he leído en alguna novela policíaca, tipo las de Ágata Christie, o en algún tratado de lógica, que dice: “Una vez eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, será la verdad” Así que me reafirmo en que a pesar de la asombrosa similitud del perfil de la cumbre nevada, NO se trata de La Maroma.

¿Qué otra solución queda? Pues creo que cuatro: Una, que se trate de otra sierra próxima a La Maroma, (La de Almijara) vista desde las proximidades de Nerja. Dos, que sea la propia Sierra Nevada vista desde Motril. Tres, que se trate de cualquier otra cumbre del litoral mediterráneo que desconozco. Y cuatro, que a pesar de todo, sí que sea La Maroma desde cualquier ubicación que no he reconocido, pero que buscaré en cuanto tenga medios marinos a mi disposición.

Bueno, si alguien ha leído todo esto, gracias por su atención y felicidades por su inagotable paciencia.

ESTATUAS DE REYES DE NUEVO IV, PLAZA DE ORIENTE, ALFONSO II


La entrada que reproduzco a continuación es la última que hice en el verano, intentando ilustrarlas con las fotos de las estatuas correspondientes. Las únicas menciones nuevas que procede hacer al respecto son que, al igual que en la entrada anterior, el posible tema de los hijos (en este caso la hija) de Favila ya está en marcha; y que “La Cruz de los Ángeles” no verá la luz, como muy pronto, hasta el otoño de 2012. (Aunque ya está escrita, y desde hace mucho, pues lo hice a continuación de “Pelayo, rey”, deberá esperar a que se publique “El Muladi”, que la antecede y que lo hará D.m., en la primavera próxima, al igual que esta última tuvo que esperar a que se editase “La Muralla esmeralda” para respetar el orden cronológico de los acontecimientos)
Como, al comprobar que no podía subir las fotos, decidí postergar la continuación de la serie, la próxima entrada será ya la original, describiendo el resto de mi periplo por la Plaza de Oriente en busca de estatuas de reyes que tuvieran relación con mis novelas.

Estatuas de reyes IV, Plaza de Oriente. Alfonso II

La siguiente estatua que nos encontramos en nuestro recorrido desde la salida del parking hacia el Palacio es la de Alfonso II. (En la peana pone Alonso II, lo que ocurre también en los demás Alfonsos). Y antes de tener que explicarlo en un comentario, vuelvo a decir que, posiblemente debido a que la conexión inalámbrica a Internet que uso en mis vacaciones no tiene tanta capacidad como la banda ancha que tengo en Madrid, no creo que consiga subir la foto de esa estatua. Cuando vuelva, en Septiembre, actualizaré todas estas entradas.
Alfonso II, “el casto”, es uno de los reyes asturianos más interesantes. Y el último de la estirpe de Pelayo. Recordemos que el héroe de Covadonga tuvo dos hijos, Favila y Hermesinda. El primero reinó dos años a la muerte de su padre, hasta que, a causa de una imprudencia en una cacería, fue víctima de un oso (al menos, eso dice la leyenda). Aunque parece ser que dejó dos hijos de corta edad, ninguno llegó a reinar ni nada más se sabe de ellos (buen tema para otra novela). Hermesinda, por su parte, casó con Alfonso, el hijo de Pedro de Cantabria, quien por este matrimonio llegó a ser coronado como Alfonso I, y de este matrimonio nacieron tres hijos: Fruela, (el futuro Fruela I), Vimara y Adosinda (llamada así por su tía abuela), la hermana de Pelayo. Y a su vez, Alfonso I engendró un bastardo (al menos), Mauregato. A la muerte de Alfonso I le sucede su primogénito, Fruela I “el justiciero” (otros autores le denominan “el cruel”), quién se casa con una cautiva vascona de la que tiene dos hijos, Alfonso y Jimena. Fruela I, en un arrebato de ira mata a su hermano Vimara, siendo a su vez asesinado por los nobles, quienes eligen para sucederle como monarca a su primo, el hijo primogénito de otro Fruela (llamado “el mayor” para distinguirlo de su sobrino), el hermano de Alfonso I e hijo, también de Pedro de Cantabria. Esto nos dice que en aquellos años la corona de Asturias seguía el modelo godo de elección entre miembros de la familia en el poder.
A la muerte de Aurelio le sucede el marido de Hermesinda, Silo, del que casi nada se sabe. Este accede a la corona, bien por elección de los nobles, según el modelo godo, bien por matrimonio con la hija del monarca, como consta en la tradición matriarcal asturiana y traslada la corte a Pravia, quizá temeroso del predominio del bando enemigo de Fruela en Cangas de Onís. Adosinda y Silo (y los cito a propósito en este orden) no tienen hijos y cuidan como a tales a sus sobrinos, los hijos de Fruela, especialmente a Alfonso, al que preparan para ser su sucesor y, al llegar a la adolescencia, nombran “mayordomo de palacio” (Cargo este semejante al de un “primer ministro”, sin el aspecto de servicio que tiene actualmente)
A la muerte de Silo, Adosinda hace elegir rey a su sobrino, (En el año 783, cuando el joven Alfonso tenía 23 años) pero el resto de los nobles se opone (seguimos con el sistema godo de elección del soberano por el senado) y eligen al bastardo Mauregato. Alfonso tiene que huir a refugiarse entre los familiares de su madre en Álava, Adosinda es obligada a profesar en un convento y la corte vuelve a Cangas de Onís..
Fallecido Mauregato, los nobles vuelven sus ojos al único descendiente de Pedro de Cantabria que queda vivo (Esto parece indicar que en Cantabria prima el “bando godo” y en Asturias, por el contrario, tiene más fuerza el elemento ancestral astur), el segundo hijo de Fruela “el mayor”, llamado Bermudo que, a la sazón, estaba en un convento y había sido, o estaba a punto de hacerlo, ordenado.
Bermudo I, “el monje”, toma la corona, quizá a regañadientes, hasta que, derrotado en una batalla por los musulmanes, en el año 791 reconoce su falta de condiciones para liderar a los asturianos, “recuerda” (dice el autor de la crónica) que ha sido ordenado y decide llamar al exiliado Alfonso, a la sazón ya un hombre de 31 años, para que le suceda mientras él vuelve al convento.
Alfonso II, “el casto” traslada la corte a Oviedo, que sufre dos saqueos a cargo de ejércitos musulmanes, pero siempre Alfonso consigue reponerse y derrotar a los invasores en su regreso a la meseta. Saquea Lisboa en el año 798, (dato que consta en anales carolingios, pero que no he conseguido contrastar en crónicas asturianas ni musulmanas), concierta alianzas (otros dicen que se somete) con Carlomagno, se casa (según algunas fuentes) con una princesa franca, a pesar de lo cual decide vivir en castidad, embellece su capital, con ayuda del arquitecto Tioda, edificando un palacio, una catedral, fuentes públicas, la iglesia de san Juan de los Prados, murallas… mantiene a raya a los musulmanes, es depuesto en el año 801 por alguna facción opuesta a él (reminiscencia de los enemigos de su padre Fruela I), sus “fideles” le reponen en el trono, dona a la catedral de Oviedo la “Cruz de los Ángeles” y, en fin, muere a la avanzada edad de 82 años, después de 51 de reinado. A su muerte, su cuñado, Nepociano (marido de su hermana Jimena) y el hijo de Bermudo I, Ramiro, se disputan el trono, venciendo este último quien reina como Ramiro I (¿triunfo del sistema electivo godo sobre el matriarcal astur?)
Hasta aquí la historia, densa historia. En mis novelas, Alfonso II aparece en la cuarta “La Cruz de los Ángeles”, (que espero que sea publicada en la primavera de 2012) y que comienza con el reinado de Fruela y su boda con la vasca Munia (primera parte), se continúa con las intrigas y luchas por la sucesión que llevan al joven Alfonso a Álava (segunda parte) y se termina con los éxitos del reinado de Alfonso II y la donación de la joya que le da título (tercera parte). Aunque queda sitio para contar los últimos años de su reinado en otra, aún no escrita ni planificada. Pero tiempo hay…

3 de diciembre de 2011

ESTATUAS DE REYES DE NUEVO, III; Plaza de Oriente. Ramiro I


Esta fue la primera entrada de esta serie que publiqué desde mis vacaciones el pasado verano en Torre del Mar; en la que no conseguí subir la foto de la estatua que le da nombre. Realmente esa es la causa de que esté repitiendo esta serie. El texto es el mismo que el publicado en su día, con la salvedad de que la hipotética novela citada al final como posible entre “La Cruz de los Ángeles” y “La Cruz de la Victoria” es la que ya está comenzada con el título provisional de “La estirpe de los reyes” y de la que he hablado en entradas anteriores.

Estatuas de reyes III, Plaza de Oriente. Ramiro I

Después de recorrer, con la escasa fortuna relatada en la entrada anterior, el paseo de Argentina del Retiro, me dirigí hacia la Plaza de Oriente en busca de más estatuas de los reyes mencionados en mis novelas. Pero, mientras hacemos el camino, voy contar una curiosidad que se me había ocurrido, de niño, acerca de esa plaza y del Palacio Real, y que, quizá, también le haya ocurrido a algunos de mis lectores.
El Palacio Real de Madrid, ordenado edificar por Felipe V de Borbón en 1738, en el lugar que ocupaba el anterior palacio destruido por un incendio en 1734, también recibe el nombre popular de Palacio de Oriente. Al menos, así lo escuché denominar en mi niñez y, como dije, quizá también a alguno de mis lectores le haya ocurrido lo mismo. Pero aquí hay un contrasentido.
Si contemplamos un plano de Madrid vemos, con toda claridad, que tanto el Palacio como la Plaza están en la parte más occidental de la ciudad. Más allá quedarían solamente el río Manzanares y la Casa de Campo (bueno, y todos los barrios por medio de los cuales Madrid ha ido creciendo en esa dirección, pero esos son bastante más modernos), mientras que hacia el Este quedaría toda la ciudad antigua, la Plaza Mayor, la Puerta del Sol y los primeros ensanches de la Castellana, Recoletos y el Prado, el Retiro…etc. Entonces, ¿Por qué esos nombres de Palacio de Oriente y Plaza de Oriente?
La solución es obvia; y seguro que para mis lectores también lo ha sido, pero yo tardé un tiempo en caer en ella y cuando lo hice me sentí muy orgullosos de haber llegado a esa deducción (recordemos que yo era un niño en ese momento, aunque a veces sigo siendo igual de simple que entonces): Dentro del entorno del Palacio, la Plaza está al Oriente del mismo (A Occcidente quedaría el llamado “Campo del Moro”), de aquí su nombre: “Plaza de Oriente”. Y cuando, a base de usarlo, “Oriente” dejó de ser una indicación geográfica para convertirse en un nombre propio, el “Palacio de la Plaza de Oriente” pasó a ser, en alguna de sus denominaciones, el “Palacio de Oriente”.
Bien, esta disquisición sin importancia ha servido para darnos tiempo a llegar hasta la Plaza, meter el coche en el parking que hay debajo de ella y salir por la escalera que da al “café de Oriente” (Muchos “orientes” en esta entrada, ¿no?), justo en el lado sur de la plaza.
Y ahí, en la fila de estatuas que flanquean la plaza por ese lado, ya la primera me transportó a la historia de mis novelas. (Luego, casi todas las demás, pero como me he extendido demasiado en los prolegómenos, nos conformaremos por hoy con la que he reproducido al principio de esta entrada)
Ramiro I de Asturias nació en el año 790, hijo de Bermudo I, “el diácono”, décimo rey de Asturias. Recordemos la serie (aunque no todos los historiadores están de acuerdo en el título de rey para el propio Pelayo o para su hijo Favila):
1º.- Pelayo. 2º.- Su hijo Favila. 3º.- El yerno de Pelayo, Alfonso I. 4º.- El hijo de Alfonso I, Fruela I “el justiciero”. 5ª.- Aurelio, hijo del hermano de Alfonso I, Fruela el mayor. (Alfonso I y Fruela el mayor eran hijos del duque de Cantabria, Pedro, y, posiblemente, descendientes del rey godo Chindasvinto). 6ª.- Silo, por su matrimonio con la hija de Alfonso I, Hermesinda). 7º.- El hijo natural de Alfonso I, Mauregato. 8º.- Bermudo I, “el diácono”, hermano de Aurelio e hijo, por tanto, de Fruela el Mayor. 9º.- El hijo de Fruela I, Alfonso II, “El casto”. 10º.- Ramiro I, hijo de Bermudo I.
Ramiro fue coronado en el año 842 (a los 52 años), tras la muerte de Alfonso II “el casto”, (del que era primo segundo), aunque para ello tuvo que derrotar en la batalla de Cornellana al otro aspirante, Nepociano, cuñado del monarca anterior. Murió en el año 850 y en los ocho años de gobierno, aparte de poner orden en el reino y en la iglesia, ordenó construir los monumentos del Naranco (Santa María y San Miguel de Lillo) dando origen al estilo que se llamó, en su honor, “ramirense”.
A pesar de su importancia, Ramiro I no tiene un papel destacado en mis novelas y ya expliqué varias veces por qué. Su figura está perfectamente retratada en la excelente novela de Fulgencio Argüelles, “Los clamores de la Tierra” y yo he querido respetarla no incidiendo en ella en el transcurso de mi serie. Pero sí es cierto que hay un momento, en los últimos años del largo reinado de Alfonso II el casto, en que ocurrirán los desconocidos hechos que motivaron que, a la muerte del rey Casto, tanto el citado Ramiro, como el cuñado de Alfonso, Nepociano, se disputasen la corona. Ambos eran hombres ya maduros, por lo que habrían tenido ocasión de ser protagonistas de situaciones que, quizá, darían pie a otra novela que, quizá, situada entre la cuarta (La Cruz de los Ángeles) y la quinta (La Cruz de la Victoria), escriba próximamente.
Y ya que hablamos de La Cruz de la Victoria, aunque centrada en Alfonso III y, en menor medida, en su padre, Ordoño I, en los primeros capítulos aparece, aunque tangencialmente, Ramiro I, el padre y antecesor de Ordoño y abuelo del tercer Alfonso, con lo que, aún respetando la novela de Argüelles, sí que dedico, lo mismo que al esto de reyes asturianos, algunas líneas al severo Ramiro I (“Vara de la Justicia”, le llamaron sus contemporáneos, y esa vara es la que porta en su mano la estatua que le representa).

20 de noviembre de 2011

REPETICIÓN DE “Estatuas de Reyes II”


Sigo con la repetición de la serie de entradas sobre las estatuas de los reyes ubicadas en diferentes parques o plazas madrileñas. En esta cuento el primer resultado (un poco decepcionante) de mi recorrido en busca de las estatuas de los reyes que hayan tenido relación con mis novelas, que vuelvo a reproducir aquí.



Estatuas de reyes II, el Retiro. García I

Comencé mi paseo por el parque del Retiro. Iba con mucha ilusión, y, después de aparcar en la calle Alfonso XII, comencé mi andadura por el paseo de Argentina, lugar en que se encuentran las citadas estatuas. Subí hacia el estanque por la margen derecha de dicho paseo (el lado sur) y fui comprobando que todas las estatuas correspondían, bien a reyes visigodos anteriores a los que citaba en mis novelas, o bien a monarcas de los reinos cristianos de la Reconquista, posteriores a la época estudiada en mis libros. Comenzando a desencantarme, volví por el lado opuesto y, en el tercer lugar encontré esta estatua, que es la que está encabezando esta entrada.
Corresponde a García I, primer rey de León, hijo primogénito de Alfonso III de Asturias. Y la historia de cómo este gran rey asturiano fue derrocado por sus propios hijos, que se repartieron sus estados está narrada en la novela “La Cruz de la Victoria”, quinta de mi serie, que verá la luz en su momento (espero)
En la novela retrato a García como un adolescente enfermizo, ambicioso, dominado por su suegro Munio Núñez, conde de castilla; y posiblemente me acerque mucho a la verdad. Fue el que, al ser encerrado por su padre en el castillo de Gauzón, acusado de conspirar para asesinarle (en la novela no se le hace del todo culpable, y en la realidad, no se sabe), es la causa de la rebelión de sus hermanos y la partición del reino. García I escoge quedarse con León, por ser la parte más próspera del reino, y, al morir sin herederos, en 913 o 914, su hermano Ordoño, haste ese momento rey de Galicia, le sucede como rey de León y Galicia. A la muerte de Ordoño II, aunque este monarca tenía hijos, es proclamado el tercero de los hermanos, Fruela, que hasta ese momento había reinado en Asturias, aunque subordinado al rey de León, como monarca de todo el reino que vuelve a unirse de este modo.
A continuación, en la entrada original, reproducía una representación pictórica de ese mismo rey, que en nada se parecía a la estatua y que había encontrado en alguna enciclopedia. No me acuerdo de en cuál, así que si alguien quiere verla, no tiene más que visitar mis entradas del mes de julio pasado.

Y ninguna estatua más, que corresponda a mis novelas, encontré en el retiro. La plaza de Oriente fue otra cosa que se verá en próximas entradas.

16 de noviembre de 2011

Repetición de “Estatuas de reyes I”

Hace un mes que declaraba en el blog mi intención de volver a hacer, al menos, una entrada semanal. Multitud de obligaciones (los primeros meses del curso escolar me demandan mucho tiempo para la iniciación de las competiciones, hemos iniciado los ensayos de la nueva obra de teatro que representaremos este año – otro de mis hobbys – estoy finalizando las últimas correcciones de El Muladí para que pueda publicarse en primavera y a la vez estoy dando la redacción definitiva a La medalla olímpica) me han impedido cumplir mis intenciones. Aparte de eso, no tenía demasiadas cosas que contar, pero sí había dejado pendiente la conclusión de la serie sobre las estatuas de reyes del Retiro y otros parques madrileños que había quedado interrumpida porque mi conexión a Internet móvil que uso en las vacaciones (o mi torpeza proverbial en asuntos informáticos) no me permitía subir las fotos de dichas estatuas. Vamos, pues, a terminar ese tema, pero como hace tanto tiempo que lo comencé, es posible que los lectores (y yo mismo) no estén demasiado en situación, así que he decidido repetir las primeras entradas al post, desde el inicio de ese tema, confiando en que los lectores no se acuerden demasiado de ellas. Comienzo, pues, por la primera, escrita y publicada en el pasado julio, y seguiremos la serie hasta llegar a las que se publicaron sin fotos y siguiendo por las aún no publicadas.
Si alguien ya las ha leído, y se acuerda de ellas, le pido disculpas. Pero yo mismo no las recuerdo bien y he disfrutado al reeditarlas.

“Siguiendo la norma de interrumpir lo programado en aras de lo actual, hacemos una nueva pausa en el estudio de la evolución de los personajes. Si alguien estuviera siguiendo con interés esta serie de entradas, posiblemente se sintiera defraudado, pero como no creo que ese sea el caso, no tengo ningún cargo de conciencia en hacer esta nueva interrupción.
El domingo pasado fui a ver a mi hijo Pablo que participaba, como capitán del equipo del norte en la carrera “Norte contra Sur” de la comunidad de Madrid. Al escribir estas líneas se me ocurre la reflexión de que ese título “Norte contra Sur” podría atribuirse también a la Reconquista que intento narrar en mis novelas, pero no fue eso lo que ocupó mi mente en esos momentos, y no quiero que sea eso lo que inspire esta entrada; por un lado no hay ninguna razón que asimile a los participantes del equipo representativo de la mitad sur de la comunidad de Madrid con los musulmanes (el hecho de que el capitán del equipo del sur se llame Youness ait Hadi no quiere decir nada… espero) y, además, en esta edición, el triunfo correspondió a dicho equipo del sur (eso tampoco quiere decir nada… espero aún más)
Lo que ocurrió fue que, al pasear por el Retiro, lugar en que finalizaba la carrera, observé un paseo con estatuas de varios de los reyes de España. Ya lo conocía, por supuesto, y también que había más de estas estatuas en la Plaza de Oriente, pero, hasta ese momento no se me había ocurrido relacionarlas con mis novelas.
Estas estatuas forman parte de una colección mandada hacer por Fernando VI en 1750 para decorar los alerones de la terraza del Palacio Real y que, debido a su peso, no se colocaron en el lugar previsto y se distribuyeron por el Retiro, la Plaza de Oriente, los Jardines de Sabatini, el parque del Capricho, la Puerta de Toledo e incluso, algunas se llevaron a otras provincias.
Así que pensé en sacar fotos de las estatuas pertenecientes a los monarcas que apareciesen en mis novelas y colocarlos en este blog con una pequeña explicación histórica de cada uno. No se si será buena idea o no, interesante o no, pero, al menos, para mí resulta entretenida. Y hoy, primer sábado de vacaciones y que no tengo obligaciones del club deportivo del colegio, he cogido mi cámara y me he convertido en fotógrafo improvisado (actividad en la que soy mucho peor que en la de escritor, ya lo verán). El resultado, en próximas entradas”.

16 de octubre de 2011

ESTADO ACTUAL DE MI ACTIVIDAD LITERARIA

Como de costumbre, los principios de cada curso son complicados y me dejan poco tiempo para mis “hobbys” literarios. Eso puede comprobarse al ver que hace más de un mes desde mi última entrada en el blog. Pero eso no implica necesariamente que no haya dedicado absolutamente nada del tiempo a mis novelas. Y me gusta que mis lectores estén al tanto de ello.
De momento estoy enfrascado en la labor de corrección de “el Muladí” (que espero vea la luz en primavera), para evitar errores y problemas como los que han surgido con la redacción de “La muralla esmeralda”, escrita después de la citada, pero que, al antecederla en el orden cronológico de los acontecimientos, ya ha sido publicada.
También estoy trabajando en el esquema y algunos capítulos de la que lleva por título provisional “la estirpe de los reyes”, aunque sin muchas prisas, porque, como dije en entradas anteriores, he decidido que su trama principal ocurra contemporáneamente a los últimos capítulos de “el Muladí” y a los de “La Cruz de los Ángeles”, en vez de antecederlas, con lo que tengo un par de años de tiempo para su redacción definitiva, aunque sí tengo que tener concebido el esquema porque puede influir en ambas; de hecho tengo que escribir un capítulo entero nuevo de “el muladí” para preparar la aparición de los descendientes de Alarico. (¿Se acuerdan?, el godo que dejé abandonado en Ceuta y casado con la hija ilegítima del rey Rodrigo, y que mi amigo Mariano me señaló como un cabo suelto que ahora he decidido atar.)
¿Qué pasa, por tanto, con “Boanerges”, la novela sobre la vida del apóstol Santiago, que lleva desde hace años escrita hasta la mitad y en espera de su conclusión, y que en una entrada anterior del blog anuncié que era uno de mis objetivos para el presente año? Pues que el bueno del Apóstol tendrá que seguir esperando (lo que, dado su ardiente temperamento, le costará bastante); pero espero que antes del próximo Año Santo, que caerá en el 2021, habrá algún motivo que me animará a concluirla y publicarla.
En cuanto a “la medalla olímpica”, la novela de tema actual, que debió publicarse el año pasado, está a la espera de que mi compañera de trabajo, Annabelle, haga la corrección final de los capítulos que transcurren en París, para enviarla a imprenta. Espero que salga a la vez que “El Muladí”, esto es, para la próxima primavera.
Y no se me olvida que tengo pendiente continuar con las estatuas de los reyes de la plaza de Oriente, serie que interrumpí en el verano por problemas de mi conexión a Internet, y con el breve estudio de los monarcas del reino asturiano. Así que espero poder retomar mi cadencia de, al menos, una entrada semanal en el blog.
Gracias a todos por vuestro seguimiento.

14 de septiembre de 2011

OTRO COMENTARIO SOBRE LA MURALLA ESMERALDA

Mi buen amigo Javier Serra me envía a mi correo unos comentarios sobre la Muralla Esmeralda. Como me gusta que aparezcan en el blog, aún sin haberle pedido permiso, lo hago yo en su lugar.

3 de septiembre de 2011

UNA METEDURA DE PATA

(Y no será la última)

A la vuelta de las vacaciones, ya en Madrid, pero aún sin organizarme del todo ni recomenzar mis actividades literarias, mi compañera de trabajo y querida amiga Magdalena Fernández me hizo una observación sobre mi última novela publicada, “La Muralla esmeralda”. ¡La primera de todas las que he solicitado! Y acertada, en verdad y para vergüenza mía. (Lo que indica que, realmente, la ha leído, y con atención)
Me dice Magdalena que, en el prólogo, el menor de los hijos de Julián recibe el nombre de Ildefonso, pero que en el primer capítulo pasa a llamarse Isidoro, nombre que mantiene durante casi toda la novela, hasta que en el último capítulo y en la relación de personajes, de nuevo vuelve al de Ildefonso. Después de un asombrado: “¡No puede ser!”, me apresuré a comprobarlo y, efectivamente, el error estaba ahí.
Esto tiene una causa (No una justificación). Después de “Pelayo, rey” escribí “La Cruz de los Ángeles” y allí aparecía un sacerdote, hijo de Julián, al que denominé Ildefonso. (Quizá porque un buen amigo, esposo de Pilar, la hermana de Magdalena, se llama así). Cuando después, escribí “El Muladí”, que la antecede, volvió a salir ese personaje. Pero en esta novela tenía protagonismo el rey Alfonso I, que en el lenguaje usado en aquella época sería Ildefonso I, pues ambos nombres eran el mismo. No era lógico usar modos diferentes, así que decidí llamar al sacerdote Isidoro, para evitar confusiones. Cuando, tiempo después, escribí “La Muralla esmeralda”, que precede a “El Muladí”, consulté las dos ya escritas para evitar contradicciones, pero, por lo visto, en algunos capítulos revisé una y en otros la otra, y así me ha ido.
Ya en entradas anteriores al blog había hablado de los problemas que me había causado escribir después una novela cuyos hechos suceden antes que otras. Es una situación que intentaré evitar en lo sucesivo, pues he dedicado mucho tiempo y esfuerzo a correcciones que creía haber concluído con éxito. Ya he comprobado que no ha sidom así.
Escribiré al editor para que lo corrija para próximas ediciones, revisaré de nuevo esas dos novelas antes de su publicación, y pediré (pido) perdón a mis lectores por el fallo. Y muchísimas gracias a Magdalena por haberlo detectado. (¿Y nadie más se ha dado cuenta?)