25 de julio de 2019

Nuevos proyectos


Hoy, jueves, 25 de julio de 2019, celebramos el día de Santiago, patrón de España. Y, tal día como hoy, acostumbro, anualmente, compartir con mis lectores a través de mi blog www.reyesasturianos.blogspot.com, de mi página de Facebook Pelayo, rey, y de mi biografía de Facebook, el estado de mi actividad literaria y mis proyectos pendientes; y este año no podía ser menos:
Como manifesté en la entrada anterior, mi prioridad pasó a ser promocionar la última novela, LA CRUZ DE LA VICTORIA. A ese fin, además de la presentación realizada en el Colegio Santa María de los Rosales, organizada por la Asociación de Antiguos Alumnos, he concertado otras dos: una, el viernes 19 de septiembre, en el Aula del Prerrománico, de Oviedo (donde ya estuve hace un par de meses para una tertulia sobre mi primera novela, Pelayo Rey, por iniciativa de la directora del Club de Tertulia de la Novela Histórica Asturiana, Inés Arroni, y tan bien me trataron), gracias a la buena disposición de la responsable de dicha Aula, Clara García López. Y otra para el sábado siguiente, 20, en el Museo Marítimo de Luanco, organizada por la Asociación de Amigos del Museo (de la que me honro en formar parte), gracias al interés mostrado por el presidente de dicha Asociación, Indalecio Ramón Artime Heres.
Asimismo, y en el ámbito puramente editorial, he finalizado mi relación contractual con las editoriales Sapere Aude (que publicó La Muralla Esmeralda, El Muladí y La Cruz de los Ángeles) y Alberto Santos/Imágica Ediciones, que lo hizo con la primera de todas mis novelas, Pelayo, Rey. Amistosamente en ambos casos (espero), y, en el caso de la segunda, sin renunciar a las liquidaciones que tenemos pendientes.
¿Quiere eso decir que La Estirpe de los Reyes, que iba a publicar Editorial Temperley (Mariano Villella) tiene que seguir esperando? Pues no lo sé. Esta novela, que iba a constar de dos voluminosos tomos, y que ocupó mi actividad literaria de cuatro de los últimos cinco años (el quinto lo empleé en las correcciones de La Cruz de la Victoria), me causaría una gran ilusión si puedo verla editada físicamente, pero ignoro los planes de la Editorial Sial Pigmalión, con la que, en estos momentos, estoy comprometido (quizá no poner en el mercado durante el próximo año ningún otro de mis libros, para no perjudicar a La Cruz de la Victoria; quizá una reedición de La Cruz de los Ángeles, de la cual ya tengo hecha una nueva redacción, mucho más completa y extensa, y con la supresión de algunas tramas inventadas que me causaron grandes problemas de coherencia con las siguientes novelas; quizá una reedición de Pelayo, rey, con cambios, nuevos capítulos añadidos, y, tal vez, un nuevo título). Sea como fuere, en algún momento la pondremos al alcance de los que quieran leer una historia (por supuesto, falsa, pero en un entorno absolutamente real) que permita que la estirpe de Pelayo se haya prolongado através de los tiempos.
Y, entonces, de escribir, ¿qué? Pues, aunque hasta ahora he estado ocupado en mi otra afición (el teatro), buscando y adaptando la obra que representaremos el próximo curso, algo tengo que hacer. Puede ser continuar la siguiente novela (en orden cronológico) sobre los reyes asturianos, que ya tengo muy avanzada (La Caja de las Ágatas); puede ser comenzar, por si acaso, la posible nueva redacción de Pelayo, rey; puede ser (puesto que estamos en su día), retomar la novela inconclusa sobre el Apóstol Santiago, que lleva esperando desde el 2005 (¡Catorce años!), que fue cuando la dejé en suspenso para dedicarme a otras más urgentes; puede ser comenzar una sobre los asentamientos fenicios en la desembocadura del río Vélez, próximos a la localidad en la que paso mis vacaciones estivales, Torre del Mar, y que visité el lunes pasado (gracias a la AAC, Asociación Amigos de la Cultura de Vélez Málaga y a la tenecia de Alcaldía de Torre del Mar que están intentado poner en valor el tesoro arqueológico que aquí existe), aunque esta última requeriría una ingente labor de documentación previa, pues, al contrario de lo que ocurre con el Reino Asturiano, nadaconozco de esa época histórica… Realmente no lo sé, pero algo de todo lo anterior tengo que hacer. Acepto ideas.
Y, para ponernos en ambiente, copio, a continuación, párrafos de alguno de esos proyectos:

De la caja de las Ágatas:

UN PARTO DIFÍCIL

Año 875 d.C.

“En el palacio real de Oviedo, ordenado edificar por el rey casto, anejo a la catedral dedicada al Salvador, el agua que descargaban las nubes otoñales, impulsada por el violento y racheado viento del nordeste, caía con fuerza sobre su techumbre y rebotaba sobre sus pétreas paredes. Pero su persistente retumbar no era suficiente para apagar los gritos que salían de la cámara regia. Un incesante entrar y salir de sirvientas provistas de paños de lino y recipientes con agua caliente permitía adivinar que el acontecimiento que provocaba este alboroto no era otro que el hecho de que una nueva criatura iba a llegar a este mundo.
Y el nacimiento de un infante real siempre era un acontecimiento importante. Bien era verdad que en este caso su trascendencia no era tanta como si se tratase de un heredero al trono, pues la reina Jimena ya había dado anteriormente a su esposo, rey Alfonso, tercero de este nombre, dos hijos: el primogénito, García, que había recibido en las aguas bautismales el nombre de su abuelo materno, el rey de Pamplona (aunque en la corte asturiana se era reacio a dar este título a ningún soberano cristiano de la península, ya que se mantenía la teoría de que ellos solos eran los continuadores del reino de Toledo, después de que los invasores musulmanes se lo hubieran arrebatado al último rey godo, don Rodrigo); y el segundo, Ordoño, llamado así por el padre y antecesor del monarca asturiano.
No obstante, siempre era bueno tener asegurada la línea sucesoria ante cualquier contingencia, bien porque un tercer infante sería una garantía en un tiempo en que las muertes prematuras no eran raras, bien porque si fuese una niña serviría para confirmar y fortalecer las alianzas necesarias para sobrevivir en aquellos años difíciles, como había sucedido en el caso de los actuales soberanos.
Por ese motivo, cuatro importantes personajes del reino paseaban, intranquilos, de un lado a otro de la antecámara: el Mayordomo de Palacio, Hermenegildo Gutiérrez, primo político del actual monarca por su matrimonio con Hermesinda, la hija de Gatón, conde del Bierzo y hermano del rey Ordoño I, lo que hizo que el eficaz y fiel colaborador del rey Alfonso sumase ese título a sus muchas otras prebendas; el obispo de Oviedo, Hermenegildo; otro Hermenegildo, el hermano del conde de Orense Vimara Pérez (y, si el hecho de que tres de los más importantes colaboradores del rey Alfonso compartiesen el nombre causa confusión en los lectores, les pedimos disculpas, pero les rogamos que comprendan que no es culpa del autor, el cual también bastantes problemas tuvo por esta causa al documentarse para elaborar la trama); y, por fin, Sarracino Gatónez, cuñado del mayordomo de palacio, que no ostentaba cargo alguno porque el rey le había pospuesto en el título del conde Gatón en favor de su más fiel colaborador, lo que le hacía dudar entre manifestar su disgusto, o continuar adulando al monarca en la espera de que, ya que no conde del Bierzo, se le otorgase alguna otra prebenda, lo que se dejaba ver a veces (pero solo a veces) en las furtivas miradas que dirigía al marido de su hermana.
Sí, los colaboradores del rey estaban impacientes esperando que el alumbramiento llegase a su fin. Puesto que el rey se encontraba, como acostumbraba a hacer en los últimos años, al sur de los montes, supervisando las repoblaciones que asegurarían la frontera del reino, a ellos les tocaba dar fe del acontecimiento. De pronto, entre los rumores producidos por el alboroto de las sirvientas y los gemidos de la reina, a los que se sumaba la naturaleza con el resonar del viento y las gotas de lluvia, pudo escucharse el llanto de un recién nacido. A los pocos momentos, una doncella se asomó a la puerta de la cámara.
—Es un niño —anunció.
El prelado y los nobles se dirigieron a la estancia y, sin prestar atención a la soberana que se encontraba en el lecho, agotada por el esfuerzo y atendida por las parteras, dirigieron la mirada hacia el niño que una doncella sostenía en sus brazos. Más pequeño de lo normal y, desde luego, más de lo que habían sido, al nacer, sus hermanos, y con un rostro menos agraciado (si es que alguno de los recién nacidos lo es), pero niño sin lugar a dudas. Asintiendo con la cabeza, los nobles salieron de la habitación y se dispusieron a volver a sus quehaceres diarios.
—No parece muy fuerte —dijo, dubitativamente, el Mayordomo de Palacio—. Esperemos que viva, al menos, hasta que su padre pueda verlo.
—Por lo menos, hasta que le hayamos bautizado y recibido en el seno de la Iglesia —replicó el prelado—. Afortunadamente, sus dos hermanos gozan de buena salud, así que este niño no tendrá ninguna oportunidad de que el reino necesite que su cabeza porte la corona.
Pero, naturalmente, entre los dones que acompañan a la dignidad episcopal, no está garantizado el de la profecía”.

Quizá, si alguno ha leído mi última novela LA CRUZ DE LA VICTORIA, le suene este momento histórico. Efectivamente, el nacimiento de Fruela está situado, cronológicamente, entre los capítulos de ese libro, XVIII, en que Alfonso III y Jimena tienen aún solamente dos hijos (García y Ordoño), y el XIV, en el que Fruela ya tiene dos años. Esto se debe a que LA CRUZ DE LA VICTORIA se fija, preferentemente, en lo que le sucede a Alfonso III como persona y como rey, y, para no extenderse en demasía, no profundiza en los prsonajes secundarios, mientras que LA CAJA DE LAS ÁGATAS, que en los primeros capítulos transcurre a la vez que lo narrado en LA CRUZ DE LA VICTORIA, se centra en el tercer hijo del rey Alfonso, Fruela, quien, al subir al trono, dona la joya citada a la catedral de Oviedo.


De la novela inconclusa sobre el apóstol Santiago, unos párrafos de la mitad del capítulo IX (organización provisional):

            - “He decidido ir a llevar la Buena Nueva al fin de la tierra. – Dijo Jacob a Simón Pedro.- Solicito tu autorización para ello.
            - Irás con las bendiciones de todos los hermanos. - Le contestó Pedro.- Y ojalá nos sirvas de ejemplo. ¿Cuándo piensas partir?
            - Lo antes posible. Mañana mismo, quizá. El verano es la época en que zarpan los barcos hacia el occidente.
            - Siempre tan impetuoso.- Comentó el que era el jefe de los apóstoles, y sonrió a Juan, que se encontraba a su lado.- Quizá por eso te eligió el Maestro. Que su Espíritu te acompañe.
            Atanasio, que aguardaba, junto con Teodoro, a unos pasos, se atrevió a adelantarse y a interpelar a Pedro.
            - Quisiera que me autorizarás a predicar la palabra de Jesús.- Dijo, con la mayor humildad que pudo.- Esteban fue un ejemplo para mí y por él estoy aquí. No temo seguir su destino. Y puedo hablar tanto en arameo como en griego. Además, el causante de la muerte de Esteban ya no nos persigue.
            - Aún no estás preparado.- Le contestó Simón, causando la decepción del joven.- Debes seguir estudiando las Palabras y los Hechos del Maestro. Y, aunque Saulo de Tarso haya aceptado el mensaje de Jesús, el Sanedrín, los fariseos y los romanos nos vigilan de cerca. Tu momento no ha llegado todavía.
            - ¡Espera! – Interrumpió Juan, dirigiéndose a Pedro.- ¿Por qué no envías a Atanasio con Jacob? – Se volvió hacia su hermano.- ¿Qué te parece? Así podrías seguir con su instrucción durante el viaje. – Y, volviendo de nuevo al jefe de los apóstoles, prosiguió en voz baja para que su hermano no le oyera.- Y así Jacob tendría a su lado alguien con sentido común y que le ayudaría. Si no, dudo que llegue hasta Joppe.
            Simón Pedro sonrió y enarcó las cejas con sorpresa.- ¡Claro! – Musitó.- Y dirigiéndose a Jacob, le preguntó.- ¿Le tomarías a tu cargo?
            - Sí.- Contestó el hijo del trueno. - Será bueno tener compañía.
            - ¿Y tú, qué dices? – Preguntó el que había recibido las llaves del Reino, al joven discípulo.- ¿Quieres viajar con Jacob hasta el fin de la tierra?
            - ¡Oh, sí! – Exclamó Atanasio, entusiasmado, y luego, pensando que debía demostrar que era un alumno aventajado, corrigió: – Bueno, quiero decir, cumpliré la voluntad del Señor.
            Y a nadie le extrañó que, entre las risas con que todos celebraron la decisión, una voz se escuchara con timidez
            - ¿Podría ir yo también, por favor?”

De la posible nueva redacción de Pelayo, Rey, nada tengo aún, pero solo puedo adelantar que lo que se añada se referirá, tal vez, a la Cueva de Covadonga; Y de la que quizá haga sobre los asentamientos fenicios, primero tendré que ocuparme de la documentación histórica.

18 de junio de 2019

De nuevo, con ilusión.

18 de Junio de 2019

Tengo que confesar que, en los últimos meses (quizá debería decir, años), había perdido un poco la ilusión por escribir. Tanto en mis novelas (concluir las que estaban a medias, comenzar otras, etc.) como en este blog. Tal vez debido a los años pasados esperando que LA ESTIRPE DE LOS REYES, ese "mamotreto" que me había salido tan extenso que ha habido que dividirlo en dos volúmenes, pudiera verse publicado, tal vez a que, durante ese tiempo, ya que no tenía noticias nuevas que comunicar, me dediqué a redactar entradas sobre diversas curiosidades (la lista de reyes asturianos y cómo los trato en mis novelas, como se fueron gestando cada una de ellas, y cosas así). Pero en poco tiempo, he recibido  nuevos impulsos. Primero, la decisión, por parte de la editorial Sial Pigmalión de publicar mi novela LA CRUZ DE LA VICTORIA, con sus consecuencias: revisión, presentación en el Colegio santa María de los Rosales, firmas en La Feria del Libro de Madrid, etc; y también pedir a Mariano Vilella que suspendiera la edición de LA ESTIRPE DE LOS REYES (que por fin iba a estar lista) hasta el curso próximo, pues ahora tenía que centrarme en LA CRUZ DE LA VICTORIA. Luego, la invitación por parte del Club de Lectura de Novela Histórica del Reino de Asturias, para asistir a una tertulia sobre mi primera novela, Pelayo, Rey, en el Aula del prerrománico de Oviedo, lo que me hizo repasar mis inicios en el mundo literario y retomar la ilusión (dormida, ya que no perdida) de escribir en este blog para contactar y compartir con mis lectores.
Así que, además de publicar unas fotos de esos eventos, voy a publicar mis próximos proyectos, no solo para que se conozcan, sino para que yo mismo tome conciencia de ellos y no los abandone.

Primero, continuar con la promoción de la última novela, LA CRUZ DE LA VICTORIA, de la que me gustaría hacer alguna presentación en Asturias, quizá en la propia Aula del Prerrománico, tal vez en el Museo Marítimo de Luanco.

Segundo, ir preparando, con tiempo, la edición de la postergada ESTIRPE DE LOS REYES, para el próximo otoño.

Tercero, retomar la redacción de la novela (que espero, se publique, D.m., en algún momento) que había comenzado acerca de los sucesores de Alfonso III y de la que iré dando cuenta aquí y en mi página de Facebook, Pelayo, rey.

Y cuarto, aclarar mi relación con las Editoriales Imágica Ediciones y Sapere Aude, que son las que han editado, PELAYO REY, por un lado; y LA MURALLA ESMERALDA, EL MULADÍ Y LA CRUZ DE LOS ÁNGELES, por otro.


24 de mayo de 2019

LA CRUZ DE LA VICTORIA (fragmento)

Como continuación de mi entrada anterior, publico el comienzo de esta novela:


PÓRTICO






“Etenim omnes filii regis inter se coniuriatione facta, patrem suum expulerunt …//… etenim causa orationis ad sanctum Iacobum rex perrexit”

“En efecto, todos los hijos del rey, hecha conjuración entre sí, expulsaron a su padre …//… pero, a causa de hacer oración, el rey fue a Santiago…”
(Historia Silense, traducción de Manuel Gómez Moreno).





El trueno hizo rebotar sus ecos por los montes que rodeaban el valle en que se encontraba la iglesia, cuando apenas se había apagado el resplandor del relámpago que le precedía. La tormenta estaba en su apogeo y los gruesos goterones caían con fuerza sobre el reducido grupo de personas que, ignorando las molestias de la lluvia, habían conducido sus cabalgaduras hasta el pórtico del templo dedicado al Apóstol.
El jinete que marchaba a la cola del grupo (él, que siempre lo había hecho a la cabeza de sus hombres) desmontó con parsimonia de su caballo y, dejando caer hacia atrás la capucha que había tapado sus escasos y grises cabellos penetró en el recinto sagrado. Los hombres que le acompañaban le habían precedido tomando posiciones en las naves laterales del edificio, pero él avanzó pausadamente por la central dejando un reguero de gotas de agua que resbalaban de la capa de piel con la que había intentado inútilmente protegerse del aguacero bajo el que había cabalgado los últimos días.
En el fondo y a un lado del altar, un grupo de monjes observaba con curiosidad, no mitigada por el hecho de que, sin duda, estaban avisados de la llegada del importante personaje, al anciano que, ajeno a todo, se acercaba hacia el sitio en que los gruesos muros de piedra del templo alcanzaban mayor altura magnificando el sitio en que se había encontrado la tumba del Apóstol y sobre el que, ahora, se hallaba el ara de la Iglesia.
Delante de los tres escalones de piedra que elevaban el lugar sagrado, el anciano se detuvo y levantó la vista hacia el crucifijo que dominaba el retablo.
Ante la representación del Hijo de Dios, al cansado viajero se le escapó un grito que, saliendo entre sus labios temblorosos, provenía, más que de su agrietada garganta, desde dentro de su, aún más viejo y cansado, corazón.
—¿Por qué? Dios mío, ¿Por qué?
Y, como si sus fuerzas solamente hubieran aguantado hacia ese momento, el anciano se desplomó sobre los escalones y oró.
Y, al tiempo, y por tercera vez en su vida, Alfonso III, al que la posterioridad conocería como el rey Magno, lloró.






Mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, y los nobles que le acompañaban se miraban unos a otros, inquietos, sin saber si acudir a socorrer a su señor, o si esto iba a causar su enojo por interrumpir las oraciones que, según había manifestado, había acudido a hacer ante el Apóstol, Alfonso se sintió inundado por los recuerdos. Comenzando por los primeros de los que tenía verdadera conciencia. Los de aquel otro día en que había sentido húmedas sus mejillas, 67 años antes. Cuando, con solo cuatro años de edad, acompañó a su padre, Ordoño, a la coronación de su abuelo, Ramiro I.
En aquellos tiempos no había comprendido muy bien lo que pasaba, y no podría asegurar cuáles de sus recuerdos actuales correspondían a lo que él mismo había experimentado y cuáles a lo que le habían explicado sus cuidadores después.
El gran rey Alfonso II, “el Casto”, cuyo nombre de pila llevaba con orgullo, había fallecido a la avanzada edad de 82 años (¿Cómo se podría ser tan viejo? Él mismo tenía 71 y no le parecía posible cumplir muchos más) y, puesto que, obviamente, no tenía hijos, dos pretendientes se habían disputado el trono. El cuñado del rey, Nepociano, basándose en el hecho de haberse casado con la hermana del rey, Jimena, por ser el mayordomo de palacio, y con la justificación de alguna promesa arrancada al anciano monarca cuando ambos se enfrentaban a alguna de las temibles aceifas musulmanas, reclamó para sí el derecho al trono y se apropió del mismo y de la ciudad de Oviedo.
Pero su abuelo, Ramiro (otro anciano, aunque joven en comparación con su rival), hijo de Bermudo I, “el Diácono”, el antecesor en el trono del Rey Casto, adujo que, al recibir la corona, Alfonso había prometido a Bermudo que, a su muerte, el trono retornaría al poder de los hijos del diácono. (Y la historia de que un diácono tenga hijos es complicada para resumirla aquí).
La adhesión de los nobles se dividió entre ambos pretendientes, pero el joven reino asturiano era una nación en expansión, y los más fuertes y mejores de sus hombres ya no estaban en Cangas ni en Oviedo, la matriz del reino, sino en las fronteras, luchando por ampliarlo. Así que, mientras Nepociano se aferraba al trono en la capital, Ramiro, con un ejército de castellanos y gallegos se enfrentaba a él y conseguía derrotarle y apresarle.
Debido a esto, en el año de gracia de 842, un niño de cuatro años, en un día tan lluvioso como el de hoy, veía, sin comprender del todo, como el rival de su abuelo era llevado al cadalso levantado en la plaza mayor de la capital, mientras su padre, Ordoño, se movía intranquilo en su caballo, pues a él le tocaba ahora la responsabilidad de ser el príncipe heredero.
Y con esto no se hacía más que justicia a los mejores derechos de su familia. Pues Nepociano no era más que un advenedizo, mientras que, agotada con Alfonso II la descendencia de Pelayo, el libertador, no había en todo el reino estirpe más noble que la suya: Hijo del príncipe Ordoño, nieto del rey Ramiro, bisnieto del rey Bermudo, tataranieto del conde Fruela, “el mayor”, quien a su vez era hijo de Pedro, último duque de Cantabria antes de la invasión musulmana y descendiente directo a su vez de los reyes godos Chindasvinto y Recesvinto.
Eso cuidaron los educadores del niño de hacérselo aprender, Y eso intentó él mismo trasmitir a la posterioridad cuando, ya rey, se preocupó de que se redactaran crónicas sobre su reinado y los anteriores.
Pero su recuerdo más agudo, recuerdo que aún le perseguía en las noches de insomnio, fue el del momento en que el puñal, calentado al rojo, del verdugo, sacó de sus órbitas los ojos del que se había atrevido a intentar apartar a su familia del trono que les pertenecía, y del grito, el espantoso grito con que el cautivo correspondió al terrible tormento.
Si la multitud, insensible, cruel, como todas las multitudes, vio entre risas y chanzas el suplicio, o si en algunos hubo sentimientos de piedad hacia el sufrimiento del anciano, Alfonso no lo recordaba. Solo tenía en su memoria la sensación de espanto y el irreprimible fluir de su llanto. Y la mano de su padre, aferrándole suavemente por el brazo y diciéndole en voz baja: “—Alfonso. Sé fuerte. Un rey, y tú vas a ser rey algún día, no debe llorar. Y menos ante los que van a ser sus súbditos”.
No fue ése el último consejo que recibió de su padre Ordoño, pero sí el primero que recordaba. Y, apretando los dientes, intentó complacer a su padre y hacerse digno de él.
Porque eso había sido su vida. Hacerse digno de su abuelo, el rey Ramiro I, tan rígido e inflexible —“Vara de la justicia”, le habían llamado—, quizá debido a los años que había esperado para hacerse con el trono.
Hacerse digno del otro gran rey, Alfonso, el segundo de este nombre, llamado “el Casto” por la santidad de su vida, y cuyo nombre le había sido impuesto por orden de su abuelo, quizá para corresponder a la promesa (o por hacerla creíble) de que el trono volvería a su familia.
Hacerse digno de su padre, el rey Ordoño, prudente, reflexivo y justo.
Hacerse digno del Reino Asturiano, el heredero del reino de los godos. Y continuar la defensa del cristianismo frente a los invasores musulmanes.
Hacerse digno de su destino.
¿Y todo para qué? ¿Para llegar así, a su vejez, rezando y gimiendo postrado ante un altar? ¿Acaso sus esfuerzos habían sido en vano?
Pero los recuerdos siguieron viniendo en tropel a su cansada mente.



LA CRUZ DE LA VICTORIA.


¡Cinco meses sin escribir nada por aquí! Es demasiado tiempo. Y no solo por aquí, también abandoné mi blog reyesasturianos.blogspot.com; y mi página de Facebook Pelayo, rey; y mi propia biografía de Facebook. Y no es porque no tuviera cosas que contar, porque los acontecimientos se precipitaron, pero así fue. Y vamos a intentar ponernos al día.

Primero, en cuanto a mi vida personal (nada importante, gracias a Dios); Ya he dicho en otro momento que otra de mis aficiones es el teatro; y que actúo en la compañía (amateur) de teatro, Indocentes, formada por profesores, padres, alumnos y demás personal del Colegio Santa María de los Rosales, institución educativa en la que he desarrollado mi vida laboral. Este año, el director y fundador de la compañía, Jaime Buhigas, se vio precisado a dejarlo por sus muchos compromisos, y los compañeros tuvieron la ocurrencia de sugerir que yo tomase su lugar (tarea para la que no estoy, en absoluto, preparado). No pude negarme, pero entre escoger obra, adaptarla, y ocuparme del resto de las múltiples obligaciones que surgieron, apenas tuve tiempo (ni ganas de pensar) para otras cosas, entre ellas mi actividad literaria.

En otro orden de cosas, mi hermano Anselmo creó un grupo de Facebook (cerrado) con el nombre de LOS JUNQUERA, para intentar unir a todos nuestros parientes desperdigados por el mundo. Me autoimpuse la tarea de conseguir que funcionase y eso también se llevó gran parte del poco tiempo que me quedaba libre.

Seguía esperando que la editorial Temperley (mi compañero Mariano Vilella) acabase de preparar el primero de los dos libros que formaban La Estirpe de los Reyes, pero temía que no fuese a tiempo de hacer la presentación, tantas veces postergada, (dos años) de esa novela en el colegio. Y, en estas, me comunica la editorial Sial Pigmalión que está dispuesta a publicar mi novela La Cruz de la Victoria para la Feria del Libro de Madrid de este año. Y a partir de ahí la actividad fue frenética. Decir a Mariano que parase la edición de la Estirpe (justo cuando iba a ser enviada a la imprenta), porque la nueva editorial no quería que se publicasen dos libros míos por las mismas fechas. Corregir La Cruz de la Victoria, primero mi borrador, y luego las pruebas que me enviaba la editorial (cada vez que se corrige una novela, se encuentran fallos que enmendar; párrafos que, en realidad, sobran; argumentos nuevos que pueden enriquecerla, etc.)

También, por indicación de la nueva editorial, tenía que finalizar mi contrato con la editorial Imágica (en realidad, había finalizado hacía unos años, pero Alberto seguía vendiendo ejemplares) y con SapereAude (mismo caso).

Asimismo, mi amigo Eduardo Martínez Rico me pidió otro cuento para “A vuelapluma”. Este lo hice sobre los emigrantes, inspirado en mi propio tío, Anselmo Vega.

Y, por fin, acabado todo, el próximo jueves presentaré la novela en el colegio, y la semana siguiente iré a la Feria DEL Libro a firmar ejemplares los días 2 y 6 por la tarde.



11 de octubre de 2018

Alfonso Froilaz “el jorobado”.


Una vez que hemos hablado de Ramiro Alfónsez, al que, aunque con muchas reticencias, se le podría considerar como el decimocuarto rey asturiano, nos dedicaremos al que, esta vez sí ya definitivamente, cierra la lista de reyes que, reconocidos o no, gobernanron en Asturias desde don Pelayo y aparecen (o, D.m., aparecerán) en mis novelas: Alfonso Froilaz, el hijo de Fruela II, al que aquí estimaremos como el decimoquinto y último monarca asturiano. Y, si su padre fue conocido como Fruela II, “el leproso”, el epíteto que a él le adjudicaron “el jorobado”, dice mucho acerca de la salud y el físico de los últimos monarcas asturianos.

En el año 925, a la muerte de su padre, Fruela II, tras un breve reinado (como soberano de León, pues ya hemos visto que desde la deposición de Alfonso III por parte de sus hijos, en 910, ya había sido reconocido como rey de Asturias, aunque subordinado a sus hermanos, primero García y luego Ordoño II, los reyes de León), su primogénito, Alfonso Froilaz fue coronado como rey de León. Debería conocérsele, pues, como Alfonso IV, pero los historiadores le han negado el número ordinal, ya que, antes de un año, los hijos de Ordoño (Sancho, Alfonso y Ramiro) se negaron a aceptar el nombramiento y, apoyados en sus superiores fuerzas, le expulsaron de la nueva capital. Alfonso Froilaz, entonces, buscó refugio en Asturias, zona gobernada (suponemos) aún por su tío Ramiro Alfónsez.

No le persiguieron de inmediato sus primos, ocupados, como estaban, en decidir quién sería el que gobernase el reino, por lo que pudo establecerse como rey de Asturias, quizá conjuntamente con su tío, y, a la muerte de éste, en 929, ya en solitario, aunque con el apoyo de sus hermanastros, Ramiro y Ordoño Froilaz.

Entretanto, en León, el primogénito de Ordoño II, Sancho Ordóñez, aspiraba a ocupar el trono que fuera de su padre, apoyado por las fuerzas gallegas, debido, tanto a ser hijo de Elvira Menéndez (la hija del poderoso conde de Oporto, Hermenegildo Gutiérrez, a su vez yerno del conde del Bierzo y de Astorga, Gaton), como por haber contraído matrimonio con Goto Muñoz, de la nobleza gallega. Pero su hermano Alfonso Ordóñez, apoyado por las tropas navarras de su suegro Sancho Garcés I (se había casado con su hija Oneca), se impuso y le expulsó de León. Sancho recabó la ayuda de sus parientes y recuperó la capital, obligando a Alfonso a refugiarse en Astorga. Considerando que las tropas de su suegro no eran bastantes para mantener sus aspiraciones, Alfonso Ordóñez pidió ayuda a su primo Alfonso Froilaz, quien, pensando que su dominio en Asturias estaría más seguro con Alfonso Ordóñez en el trono (sus apoyos venían de la lejana Navarra), que con un rey apoyado por los gallegos, acudió en su ayuda y ambos ambos Alfonsos expulsaron a Sancho Ordóñez de León.

Pero la cosa se complicó. Ramiro Ordóñez, el menor, también tenía sus ambiciones, y le apoyaban (¡cómo no!) sus suegros, el conde gallego Gutierre Ossorio y Aldonza Menéndez, que dominaban el sur del reino gallego, lo que hoy es el norte de Portugal.

Ante esta nueva intervención, los tres hermanos hijos de Ordoño II llegaron a un acuerdo. Alfonso fue proclamado en 926, solamente un año después de que diera comienzo el conflicto entre los hijos de Fruela II y los de Ordoño II, rey de León como Alfonso IV. Sancho recibió el reino de Galicia y Ramiro fue coronado rey de Portugal, con capital en Viseo. Por lo cuál, Alfonso Froilaz tuvo que volver a refugiarse en Asturias, donde los hijos de Ordoño le dejaron tranquilo mientras organizaban sus reinos.

Parecía que el reino Asturleonés iba a quedar dividido (lo que hubiera sido fatal ante los musulmanes, que estaban aprovechando todos estos conflictos para reponerse de las drrrotas que les había infringido Alfonso III, el abuelo de los contendientes. Pero, en el año 929 falleció Sancho Ordóñez, sin dejar descendencia, y Galicia se integró pacíficamente, en el reino de León.

En 931 fallece la esposa de Alfonso IV y éste entra en depresión, abdica en su hermano Ramiro y se retira a un monasterio. Ramiro es coronado como Ramiro II, rey de Galicia, León y Asturias (aunque este último territorio continuaba en poder de Alfonso Froilaz).

Pero, en 932, Alfonso se arrepiente de su abdicación y, aprovechando que Ramiro se hallaba en Zamora, dispuesto a ayudar a los toledanos, que estaban siendo atacada por el califa Abderrahmán III, pidió ayuda a Alfonso Froilaz, quien, junto con sus hermanastros Ramiro y Ordoño, reunieron con él y entraron en León.

Ramiro, enviando solamente un destacamento en ayuda de Toledo se dirigió hacia León, derrotó a su hermano y le hizo prisionero, mientras los hijos de Fruela volvían a refugiarse en Asturias. Pero Ramiro destacaba por su fuerza de carácter. Unido a las tropas del conde de Castilla, Fernán González y a las Navarras de Sancho I Garcés, les persiguió hasta Oviedo, les derrotó, les juntó con su hermano y ordenó que a los cuatro les sacasen los ojos y les confinasen en el monasterio de Ruiforco de Torío, hasta su muerte.

Aunque no es seguro, parece que en ese mismo año de 932 falleció Alfonso Froilaz, decimoquinto y último monarca asturiano, con el que cerramos esta serie.

Todo esto será contado en mi próxima novela, o en la siguiente, si la hubiera, aunque aún no tengo decidido cómo.


5 de octubre de 2018

Ramiro Alfónsez


Ya vamos llegando al final de esta serie dedicada a los reyes Asturianos y su implicación en mis novelas (aunque parecía, en la entrada anterior, que ya la habíamos finalizado; y hay quien lo piensa así).

No son muchos los datos, y los que hay no son especialmente fidedignos sobre estos años. Cuando, en el 924, muere Ordoño II, rey de León, su hermano Fruela II, hasta ese momento rey de Asturias, subordinado, en cierta medida, al leonés, es proclamado rey de León (y Galicia y Asturias); aunque hay quien defiende que, al abandonar la tierra asturiana para sentarse en el trono leonés, dejó en Oviedo, como rey, aunque subordinado suyo (al igual que él mismo lo había sido desde 910) a su hermano menor, Ramiro, el quinto hijo de Alfonso III (el cuarto, Gonzalo, ocupaba el puesto de Arcediano de la catedral de Oviedo).
Los hijos de Ordoño II: Sancho Ordóñez; Alfonso Ordóñez y Ramiro Ordóñez (Tuvo otro dos más pequeños que no tuvieron importancia en la historia) no debieron aceptar esta postergación de buen grado, como veremos después.
Ramiro Alfonsez, por su parte, fuera como rey coronado, o no, quedó gobernando Asturias y en buenas relaciones con su hermano Fruela II, puesto que algunos historiadores sostiene que, a la muerte de Fruela, en 925 (solamente un año después de ser proclamado rey de León), casó con su viuda, Urraca (la segunda esposa de Fruela, madre de Ramiro Froilaz y Ordoño Froilaz, mientras que la primera, Nunilo Jimena, había sido la madre de Alfonso Froilaz).

A la muerte de Fruela II, en una primera instancia, su hijo primogénito, Alfonso Froilaz, es proclamado rey en León. Pero esto no es demasiado claro, porque los historiadores no le otorgan número ordinal, y antes de un año, los hijos de Ordoño, expulsan al de Fruela de León y tiene que refugiarse en Asturias, donde, durante un tiempo, se mantien semindependiente, mientras que en la capital, Alfonso Ordóñez es proclamado rey como Alfonso IV.

Todas las luchas y las alianzas que llevan a esto son tan complicadas, que las dejaremos para la próxima entrada.

En la novela en la que estoy trabajando actualmente, aún voy por el período en que García, Ordoño, Fruela, Gonzalo y Ramiro Alfonsez viven bajo la tutela de su padre, Alfonso III (explicando mejor y más extensamente los hechos ya narrados en la anterior, aún no publicada, La Cruz de la Victoria), así que no sé cómo se narrará esto, excepto que ya cada uno de ellos va expresando las preferencias que les llevarán a dividir el reino a la muerte de su padre. García casará con Muniadonna, la hija del conde de Castilla, Munio Núñez, lo que le garantizará el apoyo castellano leonés. Ordoño lo hará con Elvira Menéndez, hija del poderoso conde gallego Hermenegildo Gutiérrez (Menendo), quien tendrá gran importancia en la novela (y en la historia) y de Hermesinda Gatónez, la hija del conde Gatón del Bierzo, (tío de Alfonso III y uno de los protagonistas de La Cruz de la Victoria), con lo que se asegura la lealtad de las tropas gallegas y bercianas. Y Fruela casará con Nunilo Jimena, una princesa navarra, pero que de poco le servirìa, pues ese reino está en esos momentos inmerso en una crisis sucesoria (de la que, a la postre, saldrá tremendamente fortalecido, en el reinado de Sancho Garcés I, de Pamplona); pero contará con los apoyos de sus hermanos menores Gonzalo y Ramiro, con influencia en Oviedo y el territorio asturiano.

Y ya, en la próxima entrada, intentaremos no confundirnos con las luchas de Sancho, Alfonso y Ramiro Ordóñez contra Alfonso, Ramiro y Ordoño Froilaz, y luego la de los hermanos Ordóñez entre sí y el apoyo de los Froilaz a uno u otro de éstos. Será difícil. (Y mucho más, contarlo coherentemente en la novela)

27 de septiembre de 2018

Fruela II


Finalizado el estudio de los reyes asturianos que aparecen en mis novelas, tanto en las ya editadas, como las dos que, aunque ya escritas, aún, y por causas ajenas a mi voluntad,todavía no han visto (aunque espero que les falte poco) llegar el día de su publicación, parecía que habíamos finalizado este tema, puesto que los sucesores del último rey de que habíamos hablado, Alfonso III, trasladaron la corte a León.

Pero, realmente, no fue así: como vimos en la entrada anterior, al final de su reinado Alfonso III tuvo que ver como sus hijos se rebelaban contra él, y, al objeto de evitar una guerra civil y familiar, abdicó en su primogénito, García, quien ostentó el título de rey de León.
Aunque a García no le salió gratis el apoyo que recibió de sus hermanos ante su rebelión contra su progenitor. Ordoño, el segundo, reclamó y recibió el reino de Galicia, aunque siempre subordinado de algún modo a su hermano mayor. Y el tercero, Fruela, pidió y obtuvo, el de Asturias, también subordinado a García, y, de alguna manera, también a Ordoño, pues figura citado detrás de él en algunos documentos. El cuarto, Gonzalo, se había dedicado a la Iglesia (fue arcediano de la catedral de Oviedo); y del quinto, Ramiro, hablaremos posteriormente.

Así que, en términos extrictos, Fruela II fue el decimotercer (quedémonos con este número, símbolo de la mala suerte) rey de Asturias a partir del año 910, cuando abdicó su padre (quien a finales de ese mismo año, en diciembre, falleció). Quizá el acto más conocido de este rey fue la donación que, en unión de su esposa Nunilo Jimena, hizo de La Cruz de la Victoria (mandada labrar por su padre Alfonso III en el castillo de Gauzón) a la catedral de Oviedo. En el 914 murió, sin descendencia, García, y Ordoño fue proclamado rey de León, con lo que Galicia se unió de nuevo al Reino. (No quiere esto decir que antes se hubiera separado, pues, de algún modo, debido a la subordinación del rey gallego al leonés, seguía siendo parte del mismo). Del mismo modo, Asturias, con Fruela II subordinado a Ordoño II, también seguía unida a León).

En el año 924, fallece Ordoño II, y aunque deja varios hijos (de los que habrá que hablar en la próxima entrada para intentar que mis lectores comprendan un poco mejor un episodio complicado de la historia astiuriana), Fruela es elegido rey de León (León, Galicia y Asturias) anteponiéndese a sus sobrinos, Sancho Ordóñez,  Alfonso Ordóñez (el futuro Alfonso IV) y Ramiro Ordóñez (el futuro Ramiro II).

Fruela II ostenta la corona solamente un año, pues muere en 925 (su salud no debería ser muy buena, pues pasa a la historia como Fruela II “el leproso”), con lo que, ¿ahora sí?, se termina la historia de los reyes asturianos, que recoge oficialmente a éste hijo de Alfonso III como rey de León, aunque, como hemos visto, también lo fue durante un tiempo, exclusivamente de Asturias.

Aunque podamos argumentar que este no fue el aunténtico final del reino asturiano. Pero los sucesos tras el fallecimiento de Fruela II son tan enrevesados e implican a tantos personajes, que requieren ser tratados en una nueva entrada, que será la próxima.

La vida de Fruela II, será tratada en la novela en la que estoy trabajando en estos momentos, y que llevará el título de “La Caja de las Ágatas” o el de “El rey leproso” (Ambos son significativos respecto a él), aunque también cabe la posibilidad de que sea un solo libro, o dos (cada uno, con uno de esos títulos).

Porque también estoy barajando dos opciones: la primera, que puesto que los años jóvenes de Fruela ya están tratados (aunque no muy extensamente) en la novela, de próxima (espero) aparición,  La Cruz de la Victoria, dedicada a la vida de su padre, Alfonso III, no extenderme demasiado sobre ellos y, añadir, a su reinado, lo que ocurrió después de su muerte, en lo que están implicados su hermano, sus hijos y sus sobrinos.
Y la segunda, quizá más práctica, volver a narrar, en la primera parte, sus años jóvenes, deteniéndome en hechos quno fueron lo suficientemente tratados con exhaustividad en la novela anterior, y dejar para la segunda sus hechos como rey de Asturias, primero, y de León, después.
Quedando, para otra novela, la relación de los complicados años que siguieron hasta que, otra vez, León, Asturias y Galicia quedaron unidos en el Reino de León. Hechos que, incluso en un solo libro, serán difíciles de explicar con claridad, por los escasos datos, algunos contradictorios, sobre la época, y la repetición de nombres. Problema al que, hasta ahora, me había enfrentado solamente en lo relativo a los musulmanes (Con la excepción de Fruela I y su tío, Fruela, “el mayor”, que aparecen en El Muladí, en La Cruz de los Ángeles y en la aún no publicada “La estirpe de los Reyes”; y que confundieron, incluso, a los cronistas árabes)

¿Cuál será la decisión? Aún no lo sé, y no tengo demasiada prisa, pues antes tendrán que publicarse las novelas anteriores.

18 de septiembre de 2018

Alfonso III


El duodécimo rey asturiano fue Alfonso III. Accedió al trono a la muerte de su padre en el año 866, aunque no sin problemas, pues, aprovechando su ausencia de la corte en ese momento, el conde de Lugo, Froilán Bermúdez, intentó arrebatarle la corona, pero fue muerto por los fideles del rey (algo similar pasó cuando algunos nobles intentaron deponer a Alfonso II). Al principio de su reinado se apoyó principalmente en sus tíos (o, al menos, parientes), Gatón, conde del Bierzo y hermano de Ordoño I (o, quizá, hermano de su mujer, Nuña), y Ramiro (tal vez primo de Ordoño por parte de la segunda mujer de Ramiro I, Paterna; en todo caso, un conde castellano).
Alfonso III casó con Jimena Garcés, probablemente, hija del rey de Pamplona, García Íñiguez, en un intento de su padre, Ordoño I de mantener lazos estables con la monarquía pamplonica, pues a la vez parece que una hija de Ordoño, de nombre Leodegundia, casó con García Íñiguez.
Alfonso III continuó la labor repobladora y asentadora en la meseta de su padre Ordoño I (que había ordenado a sus parientes, Gatón, conde del Bierzo, y Rodrigo, conde de Castilla, repoblar Tuy, Astorga, León y Amaya), encargando de esa tarea a sus colaboradores, Vimara Pérez (Oporto); Hermenegildo Gutiérrez, yerno del conde Gatón (Braga, Viseo), Diego Rodríguez, hijo del conde Rodrigo (Oca) y Vigila Jiménez (que fue nombrado conde de Álava) y tal vez fuera pariente, de su mujer Jimena; aunque también es posible que perteneciera a la familia Jimeno, rival de la Íñigo, de la que era miembro el padre de su esposa, García Íñiguez, el rey de Pamplona
Alfonso III mantuvo la teoría de que la monarquía asturiana era la heredera directa de la visigoda y, por ello, superior en dignidad a los otros reyes cristianos de la península, tomando el título de “imperator”. Fruto también de esa idea fue su propósito de influir en el reino de Pamplona, como ya intentó su padre al concertar su boda con una hija de García Íñiguez. En esa misma idea, tras derrotar a los Banu Qasí, firmó un tratado de paz con esa dinastía musulmana y envió a su hijo Ordoño a educarse en sus tierras, y, quizá por la reticencia de su suegro a reconocer esa superioridad, es posible que fomentase el cambio de dinastía en Pamplona cuando Fortún Garcés, hijo y sucesor de García Íñiguez, fue derrocado por Sancho Garcés I (de la dinastía Jimeno) y aliado del rey asturiano. Esta acción, a la postre, no dio los resultados apetecidos, pues si bien la nueva dinastía pamplonesa rompió lazos con los Banu Qasi y pasó a la ofensiva contra los musulmanes, amén de numerosas alianzas matrimoniales con los reyes leoneses (sucesores de los asturianos), por otro lado aumentó su territorio y su importancia y pasó a denominarse Reino de Navarra.
Consciente de la importancia de asegurar y fortificar las nuevas tierras de la meseta, Alfonso pasó más tiempo en ellas que en su capital, Oviedo, llevando el límite de su reino hasta el Duero y repoblando Zamora. Eso dio paso a la pérdida de importancia de Asturias y, a partir de él, los reyes asturianos pasan a denominarse reyes de León, trasladando allí la nueva capital. Por eso algunos autores consideran a Alfonso III como el último rey asturiano, aunque en entradas posteriores veremos que, de hecho, no fue así.
En los últimos años de su reinado, Alfonso III sufrió una conjura de su hijo primogénito, García para arrebatarle el trono. Alfonso le apresó y le encerró en el castillo de Gauzón, pero, para su sorpresa, su esposa Jimena (quizá disgustada por el cambio de dinastía en Pamplona, del que hizo responsable a su marido), y sus hijos Ordoño (con el apoyo de las tropas gallegas, provincia de la que era gobernador), que estaba casado con Elvira Menéndez, hija del poderoso conde gallego Hermenegildo Gutiérrez (llamado Menendo) y de Hermesinda Gatónez, la hija de Gatón, y Fruela (casado con Nunila Jiménez, posiblemente de la dinastía Jimeno, nuevos reyes de Pamplona), así como del conde de Castilla, Munio Núñez (suegro de García, el hijo de Alfonso), se ponen de parte del encerrado y exigen su liberación. Para evitar una guerra civil, Alfonso abdica y sus hijos se reparten el reino (García, León; Ordoño, Galicia; y Fruela, Asturias, aunque subordinados los dos últimos al rey leonés), no obstante, su padre mantuvo el título regio hasta su muerte, ocurrida poco después, en 910.
El reino queda, pues, dividido, pero esto dura poco, pues en 914 muere García I, sin descendencia; le sucede su hermano Ordoño II, aunque, a su muerte, ocurrida en 924, Fruela II se adelanta a sus sobrinos y es coronado como rey de León, Galicia y Asturias. Termina con esto la división del reino, pero no los conflictos, pues, a la muerte de Fruela II, en 925, sus hijos (Alfonso Froilaz y sus hermanastros Ramiro Froilaz y Ordoño Froilaz), y los de Ordoño II (Sancho Ordóñez, Alfonso IV, y Ramiro II) se disputan el trono.

En mi novela La Cruz de la Victoria, aún no publicada, pero ya terminada, se trata en profundidad el reinado de Alfonso III, desde su infancia en la corte de Ramiro I, su adolescencia y aprendizaje en la de su padre, Ordoño II, y su reinado, hasta su derrocamiento, abdicación y muerte ocurrida en Zamora en 910, procurando que los acontecimientos narrados se ajusten a la historia, y las motivaciones que se desconozcan sean las más probables.

Aquí termina la incidencia de los reyes asturianos en mis novelas publicadas, o, al menos escritas, hasta el momento. En la siguiente entrada hablaremos de la que estoy escribiendo en estos momentos, y en los últimos reyes que (algunos sin título reconocido oficialmente) gobernaron Asturias de manera más o menos independiente.


12 de septiembre de 2018

Ramiro I y Ordoño I

El décimo rey asturiano es Ramiro I. Hijo del rey Bermudo I, “el diácono”, es elegido rey en 842, a la muerte de Alfonso II, “el Casto”, quizá en virtud de algún compromiso adquirido por éste cuando el padre de Ramiro abdicó y le entregó la corona.

Pero también el cuñado de Alfonso, Nepociano (casado con su hermana Jimena), adujo que el fallecido rey le había nombrado su sucesor, y el futuro del reino se decidió por la suerte de las armas. El vencedor obtuvo el trono, y al derrotado le sacaron los ojos y le encerraron en un monasterio, algo usual en aquellos tiempos y que se repetiría abundantemente con los tataranietos de Ramiro I, como veremos cuando llegue el momento (y, quizá, con alguno más entremedias).

Debido al largo reinado de Alfonso II, Ramiro ya tenía una avanzada edad (unos 50 años) cuando accedió al trono. Eso no impidió que sus ocho años de reinado fueran importantes en la historia de Asturias, porque con él comienza ya definitivamente la sucesión por herencia patrilineal (a su muerte, en 850, su hijo Ordoño es coronado rey sin que hubiera por medio ningún tipo de elección), porque combatió con dureza los cultos paganos que aún pervivían en los lugares apartados del reino y juzgó con severidad a los que infingieran las leyes (“Vara de la justicia”, le apodaron), y, sobre todo, porque en su tiempo se edificaron en Oviedo y en otras partes del reino multitud de templos y edificios civiles (Santa María del Naranco, en realidad un palacio; san Miguel de Lillo…) con un estilo propio al que dio nombre: Arte Ramirense.

A pesar de ello, la aparición de Ramiro I en mis novelas es escasa. Únicamente una breve aparición en la aún no publicada La Cruz de la Victoria, en sus primeros capítulos; y una más breve aún, pero de importancia trascendental (aunque ficticia) en la conclusión de La Estirpe de los Reyes, que D.m., se publicará en este próximo otoño (al menos el primero de los dos tomos en que ha sido necesario dividirla). Y esta omisión requiere una explicación:
Cuando, después de escribir Pelayo, rey (obviamente, sobre don Pelayo) y La Cruz de los Ángeles (protagonizada por Alfonso II), decidí convertir mis novelas en una serie sobre los reyes asturianos (al menos los más importantes, aunque luego todos, como hemos visto, han aparecido con mayor o menos trascendencia en ellos), cayó en mis manos una excelente novela que transcurre en tiempos del rey Ramiro, titulada Los Clamores de la Tierra y escrita por Fulgencio Argüelles. Aunque el tratamiento que da a sus personajes y el modo en que están descritos aquellos tiempos, difiere mucho de como yo lo he hecho, tengo que reconocer que sus conocimientos sobre el tema son mucho mayores que los míos. Así que decidí que quien quisiera seguir los avatares del reino de Asturias, no por los libros de historia, sino por las menos veraces pero, al menos así lo espero, más amenas y entretenidas, novelas, y fuera leyendo las mías, al llegar al tiempo de este rey, siguiera por el libro de Fulgencio Argüelles (no tengo ningún interés en hacerle publicidad, pues no le conozco personalmente; es solo una muestra de respeto).

El undécimo rey asturiano es Ordoño I. Hijo y sucesor de Ramiro I, fue coronado a la muerte de su padre, en 850. Fue el rey que incorporó definitivamente al Reino Asturiano territorios al sur de los montes. Repobló León, Astorga y Tuy, por lo que tuvo que enfrentarse repetidas veces a los musulmanes, a los que derrotó, al poco de acceder al trono, en tierras vasconas, aunque en las postrimerías de su reinado sufrió dos importantes derrotas, en Pancorbo y en La Hoz de la Morcuera. También se enfrentó al gobernador musulmán del valle del Ebro, Musa ibn Musa, quien, semindependiente de los emires cordobeses (se llamaba a sí mismo “el tercer rey de España”), intento edificar la fortaleza de Albelda, amenazando a la vez las posesiones de Ordoño y las de sus parientes, los reyes cristianos de Pamplona. Ordoño arrasó la amenazante fortaleza y, a la vez, consiguió que García Íñiguez, el rey de Pamplona, rompiese definitivamente la dependencia que tenía con Musa y firmase una alianza con el reino asturiano. Por ese motivo, la hija de Ordoño, Leodegundia, casó con el rey de Pamplona, y su hijo, Alfonso, con la hija de García, Jimena. Ordoño falleció en el año 866, siendo sucedido por su hijo Alfonso.

Ordoño I aparece en la primera parte de mi novela, La Cruz de la Victoria, aún no publicada, y dedicada a describir el reinado de Alfonso III. Se le describe como un rey sabio y prudente (accedió al trono ya mayor), que trató de educar a su hijo y sucesor, enseñándole el sentido de su deber como rey, encargado de defender su territorio frente a los musulmanes y liberar a los cristianos aún sometidos a los musulmanes. En la segunda parte de esa novela veremos el resultado de esa educación. 

29 de agosto de 2018

Alfonso II, "el casto".


Por fin llegamos al monarca que cierra mi novela La Cruz de los Ángeles, última (de las publicadas hasta el momento, pero no de las ya escritas) de las dedicadas a la historia del Reino Asturiano.

Alfonso II “el casto”, noveno de los soberanos de Asturias, es elegido rey tras la abdicación del rey Bermudo en el año 791, ocho años después de su primera proclamación, en Pravia, por su tía Adosinda, viuda del rey Silo, a la muerte de éste en el año 783. Da así comienzo a su largo reinado de 51 años, hasta que fallece de muerte natural, a los 82 años de edad, en el año 842. Alfonso traslada la corte a Oviedo, ciudad donde, probablemente, había nacido; sufre las acometidas de los musulmanes, que la asolan por dos años consecutivos, aunque Alfonso se toma la revancha atacándoles en su retirada, y la reconstruye dotándola de monumentos (un palacio, una nueva catedral…) y obras públicas (Murallas, La Foncalada…); realiza una incursión hasta Lisboa; entabla una relación política con Carlomagno (quizá por ello es derrocado y recluído en el monasterio de Ablaña, de donde le liberan sus fideles), quien, incluso, le envía una sobrina, de nombre Berta (esto no está verificado) para que sea su reina, lo que está en contradicción con su apodo y con la afirmación del cronista de que no contrajo matrimonio. Dona a la catedral de Oviedo la joya conocida con el nombre de La Cruz de los Ángeles, que da título a la novela, y hace del reino asturiano una potencia capaz de tratar de tú a tú a los poderosos emires cordobeses.

En la novela La Cruz de los Ángeles, Alfonso aparece en su primera parte, cuando nace en Oviedo, adonde se ha trasladado su padre Fruela I, con su amada Munia (uno de los motivos, en la trama, de la conjura que acabó con su vida). Luego, en la segunda, se narra su infancia y adolescencia, al cuidado de su tía Adosinda, en la que hay un viaje (ficticio) a tierras vasconas aprovechando para relatar la batalla de Roncesvalles; su labor como Mayordomo de Palacio (ya hemos dicho que este cargo era una especie de “primer ministro” sin las connotaciones de servicio que tiene actualmente. Curiosamente su equivalente, en el Imperio Bizantino, era el “domésticos”); su proclamación como rey y su huída a las tierras alavesas. Y, por fin, en la tercera, su reinado, haciendo hincapié en su propósito de castidad, algo que me impactó cuando, al documentarme, vi la importancia que le daba el historiador Sánchez Albornoz; su persistencia reedificando Oviedo después de los ataques musulmanes, labor en la que destacó el arquitecto Tioda; su relación con su cuñado Nepociano, sus tratos con Carlomagno y los problemas que le causa la presencia de Berta en sus propósitos de castidad y, en fin, la realización y donación de la joya que da nombre a la novela, que con esto se termina. No así el largo reinado de Alfonso II, que aún duró varios años más, lo que da pie a que, entre esta novela y la siguiente, aún no publicada, La Cruz de la Victoria (no cuento la Estirpe de los Reyes, pues lo que en ella se narra sucede a la vez que las ya publicadas), pueda escribirse alguna novela más, lo que no descarto, aunque tendría que esperar a que se finalizase la que me ocupa en estos mismos momentos, y alguna más que está en proyecto.

En cuanto a La Estirpe de los Reyes, en ella se profundiza más en el Alfonso adolescente (como en casi todos los personajes, por algo salió tan voluminosa que ha habido que dividirla en dos tomos), pero no se trata apenas del rey, porque finaliza en el momento en que Bermudo I cede la corona a Alfonso II.

Pero la nueva redacción de La Cruz de los Ángeles sí que se extiende más sobre Alfonso II (la realicé con ese propósito, para hacerle el auténtico protagonista de la novela) y se introducen circunstancias nuevas, que había desechado en su momento, como la llegada del Arca Santa a Asturias y el fallido intento del rey Alfonso II por abrirla. La duda sigue siendo publicarla, o no. ¿No se molestarían los lectores que hayan comprado la primera redacción viendo que sale otra más cuidada? ¿No les parecería un engaño a los que compren esta nueva redacción (si es que se publica, con ese o con otro título), y ya hayan leído la primitiva, que numerosas escenas ya hayan sido relatadas en la primera?  En un futuro volveré sobre este tema, pero, de momento, seguiremos con la implicación de los reyes asturianos en mis novelas, ya publicadas o aún no.