21 de septiembre de 2017

REPETICIONES III

Continuamos esta serie de entradas, refiriéndonos al conde Rodulfo, del que comprobamos que no puede olvidar la muerte de su padre, pues nos la recuerda en varias ocasiones y que la habíamos narrado en la anterior novela LA MURALLA ESMERALDA; y luego nos fijaremos en Alarico, que parece estar obsesionado con la indigestión de mejillones de su amigo Nicéforo, que también habíamos leído en esa misma novela:

El conde Rodulfo, hablando, bien con el conde Fruela o con Xinto, recuerda varias veces la muerte de su padre:

En el capítulo II, pag. 9 (de mi borrador), en una larga conversación:
“—Y no quiero acordarme de él —exclamó Rodulfo, con el semblante repentinamente endurecido—. Por su culpa mi padre encontró la muerte. Tras varios años ausente volví a verle solo para sostenerle en mis brazos mientras abandonaba este mundo, herido por la espalda por el jefe de los musulmanes, mientras corría para avisarnos de que nos habían tendido una celada. Pero el culpable fue tu cuñado, que había avisado a nuestros enemigos de que les estábamos esperando —concluyó apretando los dientes.
—Yo hubiera desado matarle allí mismo —añadió el conde Fruela, iguamente irritado por los recuerdos que acudieron a su mente—. Y lo hubiera hecho de si no se hubieran adelantado sus propios hombres, indignados con su traición.
—Nosotros resolvemos nuestros propios asuntos —dijo, secamente, el astur—. Pero ese fue el primer marido de mi hermana, indigno de suceder a mi padre, Oreyu. Ahora el jefe es su segundo marido, y tampoco creo que reuna las cualidades necesarias.
Don Pelayo y yo corríamos hacia mi padre —continuó Rodulfo, sumido en sus tristes rememoraciones—, pero veíamos que no podríamos llegar hasta él antes de que el jefe de los musulmanes le alcanzase
—Abdallah —le interrumpió Xinto, hablando entre dientes, a quen también el pensar en aquel momento le había hecho crispar el gesto—. Se llamaba Abadallah y había estado a punto de matarnos a Alarico y a mí varias veces.
El conde prosiguió, sin que la intervención del astur hubiese conseguido distraerle de sus pensamientos. —Entonces Pelayo lanzó su “francisca”, con la que nunca había fallado. Yo iba unos pasos por delante y la sentí pasar al lado de mi cara; por un momento me llené de alivio pensando que iba a salvar a mi padre, pero otro de los musulmanes se interpuso en su camino y recibió el impacto destinado a su jefe —Rodulfo llevó maquinalmente la mano al arma que pendía de su cinturón—. Desde aquel día don Pelayo no quiso usarla más, entristecido porque no había sido capaz de salvar a su amigo, pero yo la recogí y la guardé. Todo lo que sucede ocurre porque está dentro de los designos de Dios, y, quizá, el destino de mi padre era dar su vida para que otros pudieran vivir… y ojalá que el mío algún día sea el mismo —concluyó en voz baja.
—De todas maneras, Pelayo alcanzó al musulmán y le derribó de su caballo —le dijo Fruela, recordando lo sucedido—. Hubiera podido acabar con él, pero se acercó al cuerpo caído de tu padre para compartir con vosotros sus últimos momentos; el musulmán aprovechó la ocasión para escapar por el bosque.
—Y allí estaba esperándole yo —añadió el astur, mientras su mano, involuntariamente, acariciaba una antigua cicatriz, apenas visible, que cruzaba su rostro—. Y todo se acabó —concluyó con acento sombrío.”

Cap. VIII, pag. 67:
“—¿Sumido en tus pensamientos? —dijo el conde Fruela, que había dejado por unos momentos su puesto a la cabeza de la columna, acercándose a Rodulfo, que marchaba unos pasos más atrás—. Este sitio te trae recuerdos, ¿verdad? El día del entierro de Favila estuvimos hablando precisamente de ello.
—asintió el aludido—. Aquí fue donde murió Julián, mi padre. Venía prisionero con el ejército de musulmanes, pero consiguió escaparse para darnos aviso de que nos preparaban una trampa y eso nos salvó la vida, aunque le costó la suya. Yo salí corriendo para auxiliarle, pero llegué tarde —dijo, con un suspiro—. El rey Pelayo, que iba unos pasos tras de mí, lanzó su francisca y mató a uno de ellos, pero su jefe le alcanzó antes que nosotros —concluyó el conde, asiendo, maquinalmente, el hacha de mano que pendía de su cinturón y mirándola con tristeza.
—Yo estaba emboscado con la mitad de nuestros hombres allí —dijo Fruela, señalando al otro lado del riachuelo al lado del cual discurría el sendero—, ignorante de que los musulmanes sabían nuestros planes y que el grueso de sus fuerzas marchaba más atrás, esperando que saliéramos de nuestros escondites para atacarnos. La valiente y generosa actitud de tu padre frustró sus intenciones y nos permitió obtener una victoria completa. Nunca pude saber a cuantos enemigos quité la vida aquel día, pero tendría que haber tenido varias manos para poder contarlos.
—Yo no dí ni un solo golpe —Rodulfo parecía estar meditando en voz alta—. Solo podía estar arrodillado al lado de mi padre, viendo cómo se le escapaba la vida por la terrible herida y sin poder hacer nada por evitarlo. ¡Qué inútil e impotente me sentí! Al acabar la lucha Xinto arrojó a los pies del cadáver de mi padre el khilab ensangrentado de su asesino anunciando que le había vengado, pero eso no me sirvió de consuelo. Hacía apenas un año que había perdido a mi amada Brunequilda y ahora, mi padre, del que nada sabía desde hacía años, volvía solo para morir en mis brazos. ¿Para qué tanta lucha? ¿Para qué tanto esfuerzo? Si, al final, no servimos de nada…
—¿De nada? ¿Cómo crees que sobrevive el reino si no es gracias a tu sabiduría y eficacia? Sin ti, mi hermano no podría gobernar ni la mitad de bien de cómo lo hace.
—Solo hago aquello que me enseñó mi padre.
—Y yo lo que aprendí del mío. Todos hacemos lo que tenemos que hacer y no hay más de que preocuparse —dijo Fruela, con una sonrisa indicativa de que las complicaciones mentales no iban con él—. ¡Hola, hermano! —saludó, al ver que el monarca avanzaba hacia ellos desde su puesto en el centro de la columna—. Estábamos recordando la última vez que luchamos contra los musulmanes. Fue aquí mismo.

—Sí —asintió Alfonso—. Vosotros matando enemigos mientras yo me quedaba atrás ocupándome de los asuntos de gobierno. Agradecedme que no os guarde rencor y que esta vez os haya permitido venir y compartir conmigo la gloria del combate y la victoria. ¡Vamos! Avivad el paso o no llegaremos a la cumbre antes de la noche.”


En cuanto a Alarico, parece tener una fijación con la indigestión que sufrió Nicéforo, provocada por una comilona de mejillones, que relatamos en la novela La Muralla Esmeralda:

En el Cap. V, pag. 39:
“—Sí —asintió Alarico—. Sustituyéndote como embajador de Bizancio ante Carlos Martel, puesto que tú estabas prostrado en la litera de tu camarote, agotado por una fuerte diarrea —y el godo no pudo evitar una carcajada, la primera que profería en mucho tiempo, al recordar la escena—. Ya entonces no sabías tener medida en la comida.
—La mayor que tuve en toda mi vida —asintió el griego, riéndose estruendosamente a su vez—. Desde entonces no he vuelto a probar los mejillones.”

Cap. VII, pag. 63:
“—Esto es lo que haremos —dijo el navegante—. Mañana por la mañana Jamal levará anclas y navegará hasta Thesalónica. Allí adquirirá esta lista de pertrechos —continuó, acercando un pergamino a su segundo—, que es lo que me ha demandado Dimitri. Éste —añadió, señalando al más corpulento de los hombres que le acompañaban—, te acompañará, vestido con mis ropas. Y en los puertos se dejará ver de vez en cuando en cubierta, para que nadie dude de que estoy a bordo. Cuando vuelvas a Antalya le dirás al strategos que estoy enfermo y que por eso no bajo a negociar con él personalmente…
¿De una indigestión de mejillones? —sugirió Alarico, sin poder evitar una sonrisa.
—No me lo recuerdes —replicó el griego, torciendo el gesto—.”

Cap. XI, pag. 115.
“Después de tres días de fatigoso caminar por una región árida y pedregosa, los embajadores bizantinos llegaron a la vista de una ciudad populosa en la que destacaba una amurallada ciudadela situada en lo alto de una colina.
—Halab —dijo el jefe de la patrulla árabe, señalándola.
Nicéforo asintió con la cabeza. —Ahí está nuestro destino —dijo a su amigo—. Así la denominan los musulmanes. Procuremos entrar con la mayor dignidad posible. ¿Cómo te sienta ser embajador del basileus?
—No es la primera vez que ostento este cargo —replicó el godo—. Aunque la otra vez fue sustituyendo a un amigo postrado en el lecho por una indigestión. ¿Te acuerdas?
Nicéforo soltó una carcajada. —Es cierto —asintió—. Tú no permites que lo olvide.”

11 de septiembre de 2017

REPETICIONES II

Sigamos por el rey, Fruela I, de vida mucho más corta, pero que también (y sobre todo, debido a su carácter, fuerte, pero simple y previsible, también repite actitudes o argumentaciones)

En el segundo tomo, Cap.XXII, pag. 30:
“—Es cierto que no sabemos mandar. Ni obedecer —dijo, a su vez, Vimara—; ni tú tampoco. ¿Por qué, entonces, eres tú quién siempre da las órdenes y nosotros los que las obedecemos?
La mirada de Fruela se endureció aún más, si eso fuera posible. —Si quieres saberlo —dijo—, coge una espada de prácticas y te demostraré una de las razones por lo que eso es así, ya que no eres capaz de aceptar las otras.”

En el capítulo XXIV, pag. 86:
“—Escucha, Teudis, y te hablo como al amigo que he reconocido que eres —le dijo con semblante serio—. Si yo, en algún momento, me intereso de verdad por alguna mujer, me importará muy poco lo que nadie pueda pensar al respecto. Y si quiero algo, lo conseguiré y no permitiré que nadie, oyes, ¡nadie!, se interponga. Y, si quieres que te siga respetando, haz tú lo mismo.”

Y en su coronación, pag. 106:
“Pero cuando Urbano colocó la corona en sus sienes, se prometió a sí mismo que ningún hijo ni descendiente suyo tendría que pasar por lo que consideraba una humillación ante los nobles.
Y, naturalmente, se equivocaba.”

En el cap. XXVI, pag. 127, hablando con Teudis:
“Fruela sonrió. —Sin quererlo, ya estoy ante mi primera decisión —dijo—. Iba a decirte que, en privado, te ahorrases el tratamiento, pues te considero mi camarada; pero no puedo. Ahora soy el rey.”

Y un poco después, en la misma conversación, en la siguiente página:
“—Escucha, Teudis, amigo mío —le dijo—. Soy hijo de Alfonso, el rey que llevó a nuestras tropas más allá de los montes, a las tierras que nos habían sido arrebatadas, desafiando abiertamente a los conquistadores. Soy nieto de Pelayo, el héroe que derrotó por primera vez a los musulmanes y que unió a las tribus dispersas de astures y a los godos fugitivos en un reino dispuesto a luchar por su independencia y por nuestra religión. Inevitablemente, me compararán con ellos. ¡Pero yo no soy mi padre! ¡Yo no soy mi abuelo! ¡Soy Fruela! Y soy el rey de Asturias.

En la 132:
“—Anagildo —continuó el rey, dirigiéndose al nuevo obispo—. Confío en ti para que, juntos, volvamos a la Iglesia al buen camino que nunca debió abandonar. Hay multitud de sacerdotes que, en lugar de preocuparse por el bienestar de los fieles a ellos encomendados, viven con holgura a su costa e, incluso, mantienen concubinas públicamente. Yo les obligaré a que reformen sus conductas y, a los que no lo hagan, ¡Por Dios nuestro Señor, que les sacaré la lujuria del cuerpo a base de azotes! —Fruela respiró hondo tratando de contener el acceso de ira que, por un momento, le había asaltado.”

Y, en el cap. XXVIII, pag. 166, discute con Vimara a propósito de Munia, lo que se repetirá bastantes veces:
“—Vine a recibir a Fruela —replicó la joven—. Además, las clases de Marco son muy aburridas. Si al menos fuese la hora de las de religión con el tío Isidoro… Y a partir de ahora no voy a poder volver por un tiempo con mi viejo preceptor. Fruela me ha ordenado que me encargue de su invitada.
—Una medida inteligente. Así nuestro rey tendrá tiempo de ocuparse de sus asuntos. Vamos, hermano —dijo Vimara, dirigiéndose al soberano con la familiaridad que empleaba cuando no había personas ajenas cerca—. Tendrás que reunir a los nobles para darles cuenta del resultado de la campaña.
Fruela levantó su mano derecha. —Un momento, Vimara —dijo, severamente—. Me parece bien que procures educar a nuestra hermana, porque reconozco que yo me siento inclinado a consentirla demasiado; pero no pienses que puedes hacer lo mismo conmigo. Soy tu hermano mayor, y, ya que pareces olvidarlo, te recuerdo que yo soy el rey.
—Nunca lo olvido, hermano —replicó el segundogénito—. Creo que lo tengo presente, incluso, más que tú mismo. Es por eso por lo que te lo recuerdo cuando pareces no ser consciente de ello.
El semblante de Fruela se contrajo. —¡Yo soy el rey! —repitió—. Y reuniré a los nobles cuándo y cómo me plazca —luego, respiró hondo y pareció controlarse, pues una leve sonrisa se dibujó en su rostro—. ¡Teudis! —exclamó—. Me ocuparé personalmente del alojamiento de mi invitada.”

Y, un poco más adelante, en la pag.169, hablando con Teudis:
“De nuevo las carcajadas de Fruela resonaron en la estancia. —¡No! —dijo—. No, aunque… ahora que lo dices, ¿por qué no? Sería divertido; solo por ver la cara que pondría Vimara valdría la pena —luego, intentando recuperar la seriedad, continuó—. No, no se trata de eso. No te preocupes, no creo que Munia quisiera casarse conmigo, es diferente a las damas de la corte, a las que solo les atrae la corona que llevo en la cabeza. Pero si la coloqué en un sitio preferente en el banquete fue solo para demostrar que el rey tiene derecho a hacer lo que quiera sin pararse a pensar si eso es del gusto de los nobles. Sí, Teudis, sí —continuó—. Lo hice para afirmar el prestigio del cargo que ostento, y, ya ves, todos acabaron agachando la cabeza y brindando conmigo a la salud de Munia.”

En la página 176, a la vuelta de Oviedo, hablando con Teudis:
“—He observado que vuestra invitada vasca no ha regresado con vos a la corte — opinó, entonces, el conde, midiendo cuidadosamente sus palabras.
—Es cierto —asintió el rey—. Munia no se encontraba a gusto en Cangas y, sin embargo, ha disfrutado mucho estos días en Oveto. Me ha pedido permiso para quedarse allí, aprovechando la hospitalidad de Máximo y Fromistano, y se lo he concedido.
—En ese caso, podréis dedicar más tiempo a las tareas de gobierno —observó Teudis, sin saber muy bien qué decir, pero comprendiendo, al instante, que no había elegido bien sus palabras.
—¿También tú crees que puedes decirme lo que tengo que hacer? — respondió, con viveza, el monarca, pero sin el estallido de ira que el conde había temido.
—Oh, no, señor —replicó, azarado, el mayordomo de palacio—. No era esa mi intención…
—Mejor —concedió el rey—. Porque yo seguiré haciendo lo que me plazca.”

Y, en la 177, hablando con Vimara:
“—Hermano —dijo, y en la premura del momento olvidó que a Fruela, cuando se encontraba en un acto oficial, le gustaba que se dirigieran a él con el protocolo debido, aunque no hubiera presente nadie fuera de sus familiares más cercanos—. No puedes marcharte otra vez. Tienes un reino que gobernar.
Fruela se volvió al que había osado contradecirle, y en sus ojos lucieron de nuevo destellos de ira. —¿Que no puedo? ¡Vimara! Yo puedo hacer lo que quiera. Y no sé de qué te quejas. Mientras yo estoy fuera tú eres quien ordena y manda en Cangas.
—Pero el caso es que no soy yo el destinado a hacer eso —respondió su hermano—. Tú naciste antes. Te voy a recordar una de tus frases favoritas; cada vez que discutimos, me cierras la boca diciendo: ¡Yo soy el rey! Y es cierto, hermano. Tú eres el rey. Y serlo conlleva obligaciones. Recuerda el día de tu coronación; juraste defender y respetar las costumbres de los godos. Y lo que te contestó el obispo: Rey serás si obras rectamente, si no, no lo serás. Quizá algunos nobles piensen que no estás cumpliendo con los deberes de tu cargo.
El rostro de Fruela se contrajo. —¿Es eso una amenaza? —preguntó, congestionado de ira mal contenida.
Por un instante Vimara intentó mantener la mirada de su hermano, pero luego bajó los ojos. —No —respondió—, por supuesto que no. Solo…
—¡Entonces no vuelvas a repetirla! —le interrumpió el monarca—. Porque si alguien me amenaza, sea quien sea, incluso tú, haré que se arrepienta el resto de su vida, que no será demasiado larga. Mañana partiré hacia Oveto. ¿Alguna objeción?
Vimara comprendió que había tensado demasiado la cuerda. —Ninguna, majestad —replicó, bajando la cabeza—. Se hará como deseéis.”

Cuando, en la pag. 186, en Samos, recibe la noticia de la desobediencia de Suero:
“—Y ambos mensajeros salieron a la vez —replicó el rey, indignado—. Por lo tanto, Suero partió de Lucus sabiendo que yo le reclamaba y haciendo caso omiso a mis órdenes. ¡Silo! —exclamó, volviéndose al jefe de sus fideles—. Di a los hombres que se preparen. Iremos a Lucus, depondremos a ese intrigante y nombraremos gobernador de Gallaecia a Sigmundo en su lugar —ordenó con semblante fiero.
—Escuchad, majestad —intervino Isidoro—. Quizá eso sea lo que Suero quiere. Sus partidarios son muchos, y si presenta ese acto como una intromisión del rey de Asturias en los asuntos de Gallaecia puede obtener aún más. Podríamos encontrarnos enfrentados a un enemigo muy superior e, incluso, vuestra vida podría correr peligro.
—¿Y debo dejar sin respuesta este insulto a la corona? —preguntó el enfurecido Fruela—. Ordenaré a Teudis que venga a encontrarnos con todo el ejército y colocaré la cabeza de Suero en una pica en las almenas de Lucus. ¿Acaso dudas de que puedo aplastar sin compasión a ese rebelde?”

Y, comentando ese asunto con Teudis, a la vuelta:
“Con gusto te hubiera ordenado que partieras con el ejército a unirte conmigo y le hubiera cortado la cabeza con mi propia espada —dijo con rabia—, pero Isidoro y el obispo Odoario me convencieron de que no me diese por enterado de su impertinencia.
—Me alegro de que lo hicierais así —replicó Teudis—. Muchos gallegos no se sienten a gusto como súbditos del rey de Asturias, y el conde Suero piensa, con toda seguridad, que en lugar de ser el conde de Lucus, a vuestras órdenes, podría ser el rey de Gallaecia, y trataros como un igual, por lo que, con disimulo, alimenta ese sentimiento de insumisión hacia vos. Si le hubierais atacado directamente, se habría producido un levantamiento general y nos habríamos visto envueltos en una guerra larga y sangrienta. El consejo del obispo de Lucus y de mi tío ha sido prudente y juicioso.
—Sí —asintió, de mala gana, el monarca—. Isidoro es prudente y juicioso, tú eres prudente y juicioso… ¡Pero yo estoy harto de ser prudente! Resolveré este asunto a mi manera, aunque tenga que esperar el momento adecuado para hacerlo.”

En la página 189, cuando recibe la noticia del avance del ejército musulmán:
“—Id a vuestras tareas. Ha dicho el mensajero que los musulmanes son más numerosos que las espigas de un campo de trigo, pero yo segaré las espigas de ese campo de trigo en movimiento y haré gavillas con sus cabezas.”

Y, en la página 197, después de derrotar a los invasores y matar personalmente a su jefe:
“En ese momento, un Fruela bañado en sangre de los pies a la cabeza, aunque apenas unas gotas fueran suyas propias, se acercó a los dos hermanos. —¡Victoria! —exclamó—. ¡Nuestro Señor Jesucristo nos ha concedido la victoria! ¡Hemos acabado con los infieles! ¡Ahora nadie podrá decir que no soy digno hijo de mi padre!”


A la vuelta de la batalla, cuando comunica a Vimara que se ha casado en secreto con Munia, en la pag. 199:
“Vimara abrió los ojos asombrados y, tras unos instantes, consiguió controlarse, aunque no del todo.
—¡Santo Dios! —exclamó—. Hubiera debido esperarlo de ti. Nunca meditas tus actos. ¡Que Nuestro Señor nos ayude en manos de un loco impetuoso como tú!

—¡Yo soy el rey! —tronó Fruela, acallando con su voz y su gesto las protestas de su hermano—. ¿Debo pedirte permiso para hacer mi voluntad? ¿Acaso cuestionas mis actos? ¡No te lo permitiré, ni a ti, ni a nadie en la corte!”

3 de septiembre de 2017

REPETICIONES I

¿Nos repetimos los escritores?
Supongo que sí
Nunca había sido consciente de que yo lo hacía, o, al menos, no tan frecuentemente. Esta vez, debido a todas las revisiones que tuve que hacer en La Estirpe de los Reyes, que conocerán los que hayan leído las entradas anteriores, me he dado cuenta de que, sobre todo, debido a su gran extensión, repito frases, situaciones, descripciones…
¿Es eso un defecto? Por un momento pensé que sí y en dedicarme a la ingrata tarea de corregirlas, aunque estuviesen separadas por docenas de páginas, varios capítulos o (en la ficción de la trama) decenas de años.
Pero luego pensé ¿No nos repetimos las personas? ¿Quién de todos nosotros, escritores o lectores, no ha repetido alguna frase, algún argumento, alguna actitud, en algún momento de su vida y en algún otro? Somos animales de costumbres, y, si la novela pretende dar sensación de realidad, sus protagonistas también repetirán sus razonamientos, sus gestos, incluso sus pensamientos.
Buscando ejemplos de libros en que se hayan repetido, frecuentemente, frases o palabras, acudieron rápidamente a mi memoria, quizá por ser las más conocidas, los reiterados epítetos con que Homero, en la Iliada, describe a sus héroes, o a sus acciones o instrumentos.
Dejando a un lado los famosos, “Héctor, el del tremolante casco” o “Aquiles, el de los pies ligeros”, busqué (y solo en los primeros cinco cantos, pues con eso había suficiente material y se trataba de un vistazo rápido para apoyar esta intervención), y recopilé dos ejemplos también muy conocidos:

Canto I.
“…Átridas y demás aqueos de hermosas grebas…”
Canto II.
“…¡Ea, aqueos de hermosas grebas…!”
Canto III.
“…¡Oid de mis labios, troyanos y aqueos de hermosas grebas…!”
“…No es reprensible que troyanos y aqueos de hermosas grebas…!
“…Como los aqueos, de hermosas grebas…!
“…así los troyanos, domadores de caballos, como los aqueos, de hermosas grebas…!
Canto V.
“… A su vez los aqueos, de hermosas grebas…”


Canto I.
“…No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves…”
“…ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves…”
Canto II.
“…No me enojo, pues, porque los aqueos se imnpacienten junto a las cóncavas naves…”
“…Pronto les fue más agradable el combate que volver a la patria tierra en las cóncavas naves…”



Así que (por favor, obviamente, sin pretender compararme con nadie. Tengo el ego un poco sobredesarrollado, pero no tanto que me haga perder el sentido de la proporción) decidí dejar todo como estaba; pero para hacer algo de autocrítica, voy a trascribir aquí algunos ejemplos de como, en la citada novela, me repito con frecuencia. Y, como eso es muy extenso, lo iré repartiendo en varios capítulos.

Comencemos por el astur, Xinto, que aparece, desde el segundo capítulo, en el año 739, hasta el epílogo, en 791, por lo que tiene muchos momentos para repetirse. A menudo demuestra que lo que ocurra en los más civilizados valles, lejos de su aldea de las montañas, no le importa demasiado:

Cap. II; pag. 12 (de mi borrador):
“—Su hermano Alarico fue mi camarada —respondió el astur—. Vosotros seguid preocupándoos de los asuntos del reino…”

 Mismo cap., pag.14:
“El astur correspondió con una leve inclinación de cabeza al saludo. —No vengo mucho por la corte —dijo—. Mi gente me necesita.”

Y un poco después:
“…mientras Xinto declinaba la invitación de los dos hijos de Julián para que les acompañase con un breve: —“Eso son asuntos vuestros” —y salía de las dependencias palaciegas.”

Cap. IV, pag. 26:
 “—¿Yo? —Xinto no pudo evitar reírse—. Yo soy un astur, nací entre montañas y allí moriré. Si algo he aprendido en los valles y en las tierras de más allá de los montes, ha sido para mejor poder ayudar a mi pueblo.”

Cap. VIII, pag.68:
“—Nuestra costumbre es que sea el hombre que se case con la hija del jefe anterior, preferiblemente venido de fuera, el que dirija a la tribu —se opuso Xinto—. Y es una buena costumbre. Yo tuve mis amigos y mis enemigos cuando niño en la aldea, y si ahora ejerciera el mando, algunos se verían beneficiados en perjuicio de otros, posiblemente los mismos cuyos padres fueron amigos del mío. Es preferible que sea alguien que no tenga intereses previos quien acceda a la jefatura. Además, yo abandoné la aldea y viví largo tiempo entre los hombres de los valles y aun más lejos todavía. Quizá mis intereses sean distintos de los vuestros, los que habéis permanecido aquí.
¿Eso quiere decir que te volverás a marchar? —le preguntaron.
No —respondió—. Como bien habéis dicho, los dos esposos anteriores de mi hermana fueron un auténtico desastre. Esta vez me preocuparé de que elija mejor. Mandaremos emisarios a las tribus vecinas invitando a los hijos de sus jefes a que nos visiten, y los pondremos a prueba antes de decidir. Y, por si nos equivocamos, me quedaré con la excusa de cuidar a nuestra invitada. Aunque no sea el jefe, siempre podréis acudir a mí en busca de consejo.”

En el capítulo XIV, pag. 184, hablando con Isidoro de los motivos que aconsejaron apartar a Froiluba de la corte:
“—Por supuesto que no. Él no —asintió Isidoro—; pero podrían utilizarle. Era un riesgo que no podíamos correr.
La vida en los valles de ahí abajo debe ser muy complicada —opinó Xinto—, si tenéis estar preocupándoos de todos esos detalles.
—Aunque, por otro lado —continuó el sacerdote sin hacerle caso—, hubiera sido una buena cosa para mi hermano. Froiluba hubiera sido una excelente esposa para él y no se hubiera casado con una extranjera, y además musulmana…
—Razón de más para que hubieras pensado en lo que convenía a tu hermano y no en todas esas razones de intrigas que no acabo de comprender. Insisto, los hombres de los valles sois muy complicados.

Cap. XVIII, pag. 303; cuando Isidoro teme por su amigo Xinto si se deja arrastrar por costumbres paganas:
“Isidoro meditó unos momentos. —Sí —asintió—. Muchas veces. Y nunca he podido saber si esa sensación irracional estaba inspirada por Dios o por el diablo.
—¿Y qué has hecho en esos casos? —preguntó el astur.
—Obedecer a mis sentimientos —replicó el monje encogiéndose de hombros—; y cargar, durante toda mi vida, con el peso de la duda de si he actuado correctamente.
—Yo, en cambio, no tengo dudas. Este era mi destino y la manera mejor de ayudar a mi gente.
—Eres, pues, afortunado —dijo, con un suspiro, Isidoro—. Pero temo por tu alma si sigues esas costumbres paganas. No olvides que, algún día, todos tendremos que rendir cuentas al Creador.”

En el segundo tomo, Cap. XXIV, pag. 97, después de que Teudis haya comunicado su intención de casarse con Tina y a la joven le preocupe trasladarse a la corte:
“—Entonces, en cuanto acabe la cena, prepáralo todo —dijo Teudis—. Mañana, antes de partir, mi tío nos casará, y a continuación saldremos, primero para mi residencia, y luego para la corte.
Y, al escuchar esto, los ojos de Tina se abrieron aún más, cuando, al sentimiento de felicidad que le embargaba, se le unió el de temor ante la toma de conciencia del gran cambio que se avecinaba en su vida. Sensación que no fue notada por los presentes, excepto por el astur.
—No te asustes, muchacha —le dijo—. Yo también he vivido en Cangas y no es tan grave. Lo único que hay que hacer es no tener en cuenta a los presumidos nobles que rodean al monarca y seguir siendo tú misma. Acabarán por no hacerte caso.”

En el capítulo XXVIII, pag. 182, al encontrarse con el rey Fruela cuando éste va camino de Samos:
“—Xinto —replicó el monarca, reconociendo al que su padre había considerado como un amigo—. Hacía mucho tiempo que no te veía.
—Cierto —contestó el astur—. Desde antes del fallecimiento de tu padre —no era Xinto alguien proclive a emplear el protocolo, y menos en medio de sus montes y con alguien al que había conocido cuando aún era un recién nacido—. Aprovecho la ocasión para expresarte mi pesar por ello. Admiré y respeté al rey Alfonso; la noticia de su muerte me entristeció. Espero que seas tan buen monarca como él —añadió.
El ambiente bucólico y el esplendor de la naturaleza de los bosques astúres debió hacer mella en el ánimo del rey, porque no pareció disgustarse demasiado por la familiaridad con que le trataba aquel hombre; aunque, aún así, no era Fruela alguien que dejase pasar la ocasión de demostrar su regia alcurnia.
—Te agradezco tu condolencia —dijo—; pero es cierto que, desde mi coronación, ni tú ni tus hombres habéis acudido a prestarme el debido juramento de fidelidad.
Tampoco el rey ha venido a visitar las tierras que, según dice, son suyas —replicó Xinto sin acobardarse.” 


Y, en la misma escena, un poco después:
“—¿Silo? ¿El pequeño Silo? —se asombró Xinto—. Isidoro, qué viejos nos estamos haciendo. Ya comencé a darme cuenta de ello cuando vi a Teudis hecho un hombre y convertido en conde, pero comprobar también que el pequeño Silo se ha convertido en un apuesto soldado…
—Y conde de Pravia —añadió el monarca—. Es pues, tu señor natural, ya que estas tierras están dentro de su jurisdicción.
—Pravia está muy lejos, abajo, en la costa —replicó Xinto—. Le reconoceré como mi señor cuando baje allí a comerciar en busca de pescado en salazón, pero aquí, entre los montes, no tenemos más jurisdicción que la de la naturaleza. Y la del rey, cuando venga a visitarnos —añadió, antes de que Fruela pudiera sentirse menospreciado.”

Seguiremos con otros ejemplos en próximas entradas.

27 de agosto de 2017

Todo llega a su fin (aunque a veces tarde más de la cuenta)

Hace un mes que no escribo en este blog, y no ha sido por pereza ni porque hubiera decidido dar unas vacaciones a mi ordenador. Durante ese tiempo he dedicado todos mis ratos libres a la novela que me ha tenido ocupado últimamente: La Estirpe de los Reyes. Como sabrán los que hayan leído mis últimas publicaciones, bien aquí, en mi página de Facebook, Pelayo, rey, o en mi muro, desde que, en el mes de mayo, pensé que ya la había concluido y se la había enviado a la editorial, he añadido tramas nuevas, la he revisado, he comprobado que la división en dos libros separados (por mor de su excesiva extensión) estaba hecha en un lugar, excelente por la temática, pero inapropiado por el diferente tamaño de ambos, por lo que he tenido que hacer una nueva división, la he vuelto a revisar, he encontrado errores de concepto en la trama que me han obligado a correcciones que, a su vez, han traído como consecuencia una nueva revisión y la introducción de otras correcciones que, a su vez, han aconsejado que volviera a revisarla, de nuevo, del principio al final. Pero, al fin, y como era mi intención, antes de que se terminase el verano (por poco), ¡ya está acabada! Y definitivamente, pues, aunque si volviera a revisarla, estoy seguro de que encontraría motivos para repetir el proceso, no pienso hacerlo. Hay otras novelas que están esperando (la nueva redacción de La Cruz de los Ángeles, la Cruz de la Victoria, ya escrita, y las que resten hasta que desaparezca el reino asturiaano, quizá una más, que llevará el título de La caja de las ágatas), y quisiera terminarlas mientras tenga fuerzas para ello.
De momento, las próximas publicaciones en este blog estarán dedicadas a un (esperemos que breve) estudio crítico sobre La Estirpe de los Reyes y cómo los escritores nos repetimos, y a una comparativa (y orden de lectura) entre ésta novela y sus contemporáneas, La Muralla Esmeralda, el Muladí y La Cruz de los Ángeles (primera redacción, la que está publicada); y, posteriormente, otra comparativa entre esa redacción de la Cruz de los Ángeles y la posterior, que aún no he decidido si se editará.
Y mucha fuerza a todos para poner fin a las vacaciones y retomar nuestro trabajo diario. Para llegar al próximo verano queda menos de un año. La reconquista duró más de setecientos, y también se acabó. (o, al menos, eso creímos)


25 de julio de 2017

En el día de Santiago

Hoy es 25 de julio, fiesta de Santiago, patrón de España.
Y tal día como hoy, cada año, acostumbro publicar un breve (o no tan breve) comentario acerca de cómo van mis trabajos literarios.
Eso mismo pensaba haber hecho este año, diciendo que, por fin, la introducción de nuevos temas en el texto de LA ESTIRPE DE LOS REYES, se había terminado, y había dado fin a las correcciones que esos nuevos párrafos hubieran dado lugar; que también había encontrado lugar para esos nuevos temas en la nueva redacción de LA CRUZ DE LOS ÁNGELES; y que, por fin, había vuelto a la corrección del borrador de LA CRUZ DE LA VICTORIA, con el objetivo de que estuviera lista para su publicación a lo largo de 2018.
“Propenso a ilusionarse con demasiada facilidad o sin tener en cuenta la realidad” es la primera definición del diccionario de la R.A.E. para la palabra, “iluso”, y me cuadra perfectamente.
Haber introducido nuevos personajes y nuevos temas llevaba implícita una nueva revisión. Como ya narré en mi comentario anterior, al hacerlo me dí cuenta de que influían en acontecimientos anteriores y posteriores, por lo que tuve que variar, suprimir o introducir nuevos párrafos para que todo concordase. Y, hace unos días, realizada ya esa tarea, y pensando que había terminado, releí de nuevo el texto entero (recuerdo que, debido a su extensión, está dividido en dos tomos), y, al hacerlo de un tirón, observé que las nuevas variaciones habían producido nuevas discordancias que había que corregir (frases que decía un protagonista que, en la nueva situación, quedaban fuera de lugar, diálogos que se repetían, porque al introducir los nuevos párrafos, se utilizaban con anterioridad o posterioridad a lo que se habían hecho antes, y cosas así). Ya un poco nervioso, me puse a la tarea y corregí todo lo que había observado que era necesario, y volví a releerlo.
Un inciso: si alguno de mis lectores ha realizado alguna vez algo así me comprenderá. Al leer por tercera o cuarta vez un texto (y uno tan extenso como éste) al que se le han hecho pequeñas variaciones, cuando vas por la mitad no sabes si lo que recuerdas de lo leído anteriormente es lo que estaba escrito la primera vez, el resultado de la primera corrección, o de la segunda, o algo que se te acaba de ocurrir y no has tenido tiempo de corregir; por lo que hay que volver atrás y adelante numerosas veces, con lo que el efecto que buscas al leerlo de un tirón de comprobar que no haya nada que sea discordante se complica mucho más.
En fin, que, aunque estoy cerca de darlo por concluido, no quiero hacerme “ilusiones” y pensar que podré, en breve, cerrar esta tarea y tener ya el texto que, D.m., podrá estar disponible para todos mis lectores en el próximo otoño.
Por otro lado, estas revisiones y re-revisiones, han servido para seguir detectando errores en la versión original, algunos ortotipográficos, que, disculpablemente, habían conseguido ocultarse a todas las anteriores, y cuya corrección no representa problemas posteriores, y otros de concepto, que, al subsanarlos, obligan a nuevas revisiones. Aunque, a veces, tras un estudio más detallado, comprobamos que no es así.
Un ejemplo: en una de esas relecturas me doy cuenta de que Teodoredo ha tenido noticias de Abdul (dos personajes con rango de protagonistas) e, incluso le ha estado buscando; pero, aunque ambos terminan llegando a Asturias y encontrándose, no se hace relación a ello. En un principio me preocupo y pienso que tendré que introducir párrafos nuevos, con el consiguiente riesgo de cambiar tramas, pero luego veremos que no es así. Estudiémoslo.

En el capítulo XIX, cuando Teodoredo y Abderrahmán hablan con el emir de Ifriqiya, Abderrahmán ibn Habib, éste les recomienda que vayan a Hispania y busquen a Abdul (personaje de la anterior novela EL MULADÍ, y que también va a intervenir en ésta), diciéndoles lo siguiente:

“El emir que la gobierna es Yusuf al-Fihrí, coreiscita como tú. Y su mano derecha es un qaysí llamado Samail. Cuando estuve en esas tierras trabé amistad con el ayudante de Samail, un hispano como tu servidor, aunque éste había aceptado el Islam, se había convertido en un muwallad y había recibido el nombre de Abdul. He tenido noticias de que tiene un cargo importante en esas tierras. Si te presentas en Al Andalus, su emir no dejará de reconocer tu alcurnia. Y si le dices a Abdul que os envío yo, hará todo lo que esté en su mano para ayudarte”.

Y en el capítulo XXI, Abderrahmán le recuerda a Teodoredo esta circunstancia:

“Y tú, al-Hafiz al-Rumí (nombre árabe de Teodoredo), buscarás entre los de tu raza, tanto muwalladi como mostaarabi, gente con ascendencia entre sus compatriotas, que, si llega el caso, consigan que nos ayuden a alcanzar nuestros objetivos. Recuerda que ibn Habib nos dijo que un muwallad, de nombre Abdul, tenía un cargo importante a las órdenes de Samail y que podría sernos útil”.

Un poco más adelante, cuando Teodoredo y Badr llegan a Bélix (Vélez-Málaga), y se entrevistan con Yizad ibn Hamad, vuelven a interesarse por este personaje:

“—Permíteme dos preguntas más. ¿Hay más qaysíes como Djidar, que estén en contra de Yusuf? Y, has dicho que un muwallad era secretario de Samail; ¿Cuál era su nombre? ¿Qué sabes de él?
—Es posible que sí —contestó el anfitrión—. Samail y Yusuf son orgullosos y tratan con displicencia a los que consideran sus inferiores. Pero no sabría decirte cuáles. Los qaysíes no confían en mí tanto como para contarme esas cosas. En cuanto al muwallad, se llamaba Abdul ibn Tudmir y era el hombre de confianza de Samail—al escuchar esto Badr y Teodoredo volvieron a cruzar otra rápida mirada, recordando lo que Abderrahmán ibn Habib había contado a su señor—. Estuvo por aquí un par de veces; pero no sé mucho más de él. Quien seguramente os pueda informar es Omar ibn al-Rumí, uno de mis aparceros. Visitó varias veces su casa e, incluso, creo que llegó a interesarse por una de sus hijas”.

Esto último corresponde a lo narrado en la anterior novela EL MULADÍ, y Teodoredo sigue la pista indicada, acudiendo a la casa de Omar:

“—Me llamo al-Hafiz —dijo Teodoredo, a modo de presentación—.  Y estoy al servicio de un árabe importante. Mi señor quiere enterarse de todo lo relativo a este país, y tu señor, Yizad ibn Hamad, me ha dicho que tú podías informarme acerca de cómo es la vida de los rumíes en al-Andalus, si se sienten más partidarios de los qaysíes o de los kelbíes, cómo es la situación de los mostaarabi y los muwalladi, y, en especial, contarme algo de uno de ellos que estuvo por aquí hace un par de años, el secretario de Samail ibn Hatim.
Al escuchar estas palabras la hija de del rumí, que les estaba atendiendo, no pudo evitar un estremecimiento y volver la cabeza para mirar a su invitado; solo por un breve instante, antes de volver a centrarse en sus ocupaciones;”

Y:

“Cuando Teodoredo se dirigía a la salida, la hija de Omar se las ingenió para cruzarse un instante con él. —¿Has preguntado por el muwallad que estuvo aquí hace dos años? —le preguntó. Y, ante el asentimiento del godo, continuó—. ¿Vas a ir a Córdoba a verle?
—Posiblemente —concedió Teodoredo.
—Entonces dile que Miriam… —pero en ese momento la joven se mordió los labios y dos lágrimas brotaron de sus ojos—. No, no —sollozó—. No le digas nada. No le digas ni siquiera que has hablado conmigo —y ante el silencio del sorprendido godo, insistió—. Prométemelo.
Tanta era la angustia que la joven dejaba traslucir, que Teodoredo no pudo por menos de tranquilizarla. —Te lo prometo —le dijo, y se quedó mirándola, intrigado, mientras la joven daba media vuelta y corría hacia la casa”.

Con lo cual nos enteramos de que entre Abdul y Miriam hubo algo, fuera lo que fuese (y los que hayan leído EL MULADÍ ya conocen la historia); pero Teodoredo ha prometido guardar silencio y lo cumple, aunque no por eso deja de tener noticias de Abdul; Cuando, en Córdoba, habla con el sacerdote Eulogio y Fabio, éstos le dan noticias de él en una larga conversación de la que entresacamos los párrafos implicados:

“—Así que nos estás diciendo que es posible que un árabe importante intente tomar el poder contra Yusuf, y que estemos preparados para unirnos a él, porque de esta manera saldremos beneficiados ¿no? —dijo Fabio.
—Eso es —asintió Teodoredo.
—Hace apenas dos años otro rumí, musulmán éste, intentó convencernos de que apoyásemos a Yusuf y Samail en contra de los kelbíes. Lo hicimos, y ahora estamos peor que antes”.


“—Ostento un puesto importante al lado de mi señor. Yo me ocuparé de que esta vez se os considere.
Fabio se rió con un deje de amargura. —Ese es el mismo argumento que utilizó el muwallad —dijo—, y no sirvió de nada”.


“—Has dicho que, a diferencia del otro hispano, tú eres cristiano, ¿no? —dijo el sacerdote Eulogio, que hasta entonces había estado pensativo.
—Sí —admitió Teodoredo—. Y a mi señor no le importa. Ya véis cómo también por ese motivo os conviene ayudarle. Podremos seguir practicando nuestra religión sin cortapisas. Yo me ocuparé de ello.
Ahora fue Eulogio el que sonrió con tristeza. —También eso mismo fue lo que nos ofreció Abdul —dijo—. Pero los hechos le contradijeron”.


“—Mi señor no es como Samail —dijo Teodoredo—. Cumple siempre con su palabra —pero como no estaba absolutamente seguro de que la rectitud y generosidad que había demostrado Abderrahmán respecto a él mismo, se cumpliera igualmente cuando algo afectaba a su religión, cambió de conversación—. Has dicho que ese muwallad se llamaba Abdul —dijo—. ¿Dónde puedo encontrarle? Quisiera hablar con él.
—Lo veo difícil —respondió Eulogio—. Samail se lo llevó con él cuando marchó a Saracusta. Ojalá que ese muchacho haya aprovechado la ocasión para huir hacia los territorios del norte donde resisten los cristianos —añadió demostrando que si, en los valles de la Axarquía de Málaqa no estaban enterados de la existencia del reino asturiano, en la capital sí que la conocían—. Le aconsejé insistentemente que lo hiciera, porque era la única ocasión que tenía de volver a nuestra fe y salvar su alma. Rezo fervientemente todas las noches para que lo haya conseguido”.

            Aunque los lectores ya saben (porque había ocurrido en el capítulo anterior) que Abdul había llegado al reino asturiano y se había encontrado, al fin, con su amada Jimena, en una escena transcrita, literalmente, del final de EL MULADÍ:

            “Aquel día el viento era especialmente fuerte y la joven tenía que hacer esfuerzos para mantener el equilibrio, aunque la sensación en todo su cuerpo seguía siendo fresca y agradable. De pronto, algo le hizo volverse. El fuerte aire del nordeste empujó sus cabellos sobre su rostro dificultando su visión. A pocos pasos de distancia alguien acababa de descabalgar de su montura y corría hacia ella gritando algo. Jimena trató de oír lo que decía, pero el viento, que soplaba en dirección contraria se llevó sus palabras. Intentó verle mejor, pero sus cabellos se arremolinaban en torno de sus ojos. ¿Quién podría ser? No lo sabía. También lo ignoraba Marcelo que, a las puertas de la residencia, había visto llegar al forastero. Pero pudo apreciar que éste corría hacia la joven abriendo los brazos y, receloso, también se dirigió hacia ellos. Jimena no entendía nada, pero, de espaldas al acantilado sintió miedo y al ver al desconocido precipitarse hacia ella intentó escabullirse. En el último momento, algo familiar le pareció reconocer en él, pero no podía ser... Aún dudaba de sus sentidos, cuando el que llegaba se lanzó a cogerla entre sus brazos, y la estrechó contra su pecho. Marcelo, corriendo, ya verdaderamente alarmado, vio como el forastero asía con fuerza a la joven, esta daba un paso atrás y ambos, abrazados, perdían pie y desaparecían de su vista por el borde del acantilado. Aterrorizado, se lanzó al suelo y miró hacia abajo. Y allí los vio. Apenas unos pies por debajo del borde del promontorio, y a varios cientos por encima de las afiladas rocas contra las que las furiosas y espumeantes olas del mar rompían sin cesar, una pequeña repisa cubierta de verde hierba albergaba a dos jóvenes, ajenos al peligro que acababan de correr y aún abrazados
—¿Eres tú, Abdul?
—¿Eres tú, Jimena?
—¡Estás vivo!
—¡Estás viva!
—O quizá es que estamos muertos los dos...
—No importa, puesto que estamos juntos.
—Te he echado tanto de menos...
—Y yo. Me dijeron que...
—A mí también. Tengo tanto que contarte.
—Y yo...
—Después.
—Sí. Después.
—  ...”

            Pero Teodoredo llega también, a su vez, a Asturias, con lo que tengo que buscar el momento en que se encuentren por primera vez y ver si hay que introducir algún párrafo nuevo. Es complicado, y hay que seguir a Teodoredo, y recordar que Abdul (conocido con el nombre cristiano de Anselmo) es el administrador deTeudis, el conde de Gauzón.
            A su llegada, Teodoredo se encuentra con un grupo del que forman parte Adosinda, Luitfred, Xinto, Lucinia (de la que se enamora y es correspondido), y va con ellos a Samos; todos ellos conocen a Abdul, pero ni les pregunta ni le hablan de él. Es lógico, pues ni él tiene ya motivos para buscarle ni para sospechar que pueda estar en Asturias, ni ellos pueden imaginarse que el recién llegado haya oído hablar del administrador del conde Teudis.
            Luego llegan a Samos Silo e Isidoro, pero tampoco relacionan a Teodoredo con Abdul. Todos regresan a la corte y Teodoredo recibe el cargo de alférez de Silo.
            Durante un tiempo (y unos capítulos), Teodoredo reside en Cangas o en Pravia, como alférez de Silo, y Abdul en Gauzón, como administrador de Teudis, y no se encuentran ni tienen noticias uno del otro, aunque sus jefes sean (oficialmente) hermanastros.
            En el capítulo XXXIV Silo va a visitar a su hermano Teudis en Gauzón, pero se dice expresamente que Teodoredo no le acompaña, porque se adelanta con el ejército que va a reprimir a los campesinos que se habían rebelado, misión encomendada a Silo y en la que Teudis le ayuda; una vez realizada con éxito, Silo vuelve a Cangas con su alférez y Teudis a Gauzón, así que siguen sin encontrarse.
            Luego muere Aurelio, Silo es proclamado rey y traslada la corte a Pravia. De camino pasa por Gauzón y allí Teodoredo y Abdul se encuentran, pero el antiguo muladí solo sabe del godo que es el alférez del nuevo rey, y Teodoredo no presta atención al administrador de Teudis, al que todos conocen por el nombre de Anselmo.
Es natural que no le relacione con el muladí de que le hablaron bastantes años antes. Por otro lado, ambos tienen olvidada completamente su vida en los territorios musulmanes.
            Abdul y Teodoredo se vuelven a encontrar, años después, en la cosagración de Santianés, pero no hay constancia de que hayan cambiado palabra alguna, ni tienen motivo para hablar de un pasado que a ninguno de ellos le importa. Y otra vez, cuando muere Silo y Adosinda proclama rey a su sobrino Alfonso. Pero de la misma manera, sin relación entre ellos.
            Y ya no se vuelven a ver (no digo más para no desvelar asuntos de la trama).
            Por lo que no hay ningún problema en que no se hayan reconocido. Aunque, en atención de los lectores, quizá quede bien una breve frase del narrador en el momento en que ellos se encuentran por primera vez, explicando que no hay ningún motivo para que Teodoredo sospeche que el administrador del conde de Gauzón es el muladí que, años atrás y en otras tierras, estuvo buscando (mejor, porque así no se le escapará ninguna mención al encuentro con Miriam).
            Ahora tengo que decidir si incluyo esa frase o no, (afortunadamente, de hacerlo, no traerá ninguna consecuencia sobre la trama). Pero eso será cuando, en mi revisión, llegue a esos capítulos, que están cerca del final.
            Esperemos no encontrar más situaciones como esta, o que, al menos, sean de solución tan sencilla

14 de julio de 2017

Un error descubierto por casualidad.

La verdad es que no le hice caso, porque esta vez me había preocupado de enviarle un borrador definitivo (lo que no había hecho con motivo de La Cruz de los Ángeles, con el resultado de que no quedé demasiado satisfecho con esa novela), revisándolo varias veces e, incluso, encargando esa tarea a un par de personas a las que estoy agradecido y que, con toda amabilidad, detectaron un buen número de errores (al igual que yo mismo) que procedí a corregir antes de remitírselo.
Pero, cuando decidí que estaría bien introducir el Arca Santa en la trama de mis novelas, incluso en la Estirpe, aprovechando el retraso en su publicación, y busqué una manera de que hacer llegase a Oviedo, de una manera que concordase con lo que en ellas se narraba, se me ocurrió que, ya que iba a utilizar la llegada del abad Argerico, su hermana Sara y sus monjes a Samos, podrían ser también los que transportasen el Arca Santa. Lo revisé, vi que podría servir y lo redacté provisionalmente, pero para asegurarme, busqué en el texto la primera vez que nombraba al susodicho Argerico, lo que transcribo a continuación.
“Un día, mientras Teodoredo estaba visitando al abad Eulogio, recibió éste la llegada de un religioso de Toledo, llamado Argerico.
—¿Qué noticias traes de tu ciudad? —preguntó el abad cordobés.”

(Otro inciso: al copiar esta frase -en estos mismos momentos que estoy escribiendo-  me he dado cuenta de que, en el original, no tenía punto al final de la misma. Lo he corregido, pero eso me demuestra que un texto, por muchas veces o muchas personas que sean las que lo revisen, nunca estará libre de errores).

Al leer lo escrito, me quedé de piedra. ¡Teodoredo! Teodoredo conocía a Argerico. Lo había olvidado. Pero, cuando Teodoredo llega a Asturias, lo primero que hace es acompañar a Xinto a Samos (Esto ocurre bastantes capítulos después de que lleguen Argerico y Sara a Asturias, lo que, a su vez, es posterior a la escena que acabo de transcribir, lo que explica -que no justifica- mi despiste). Y yo lo había pasado por alto, como se puede comprobar al ver cómo estaba escrita esa escena:

“Contrariamente a lo que temía, el camino no se le hacía largo, ni mucho menos, a Teodoredo.”
…//…
 “Una semana después, al fin llegaron al valle del río Sarria, donde se encuentra el monasterio de Samanos dedicado a San Julián y santa Basilisa. El edificio y el entorno habían cambiado bastante desde la última vez que Adosinda y Xinto habían estado allí.”
…//…
“Argerico y Sara recibieron con afecto a la hermana y los hijos del monarca que les había otorgado aquel lugar, se enteraron con tristeza de su fallecimiento y de las trágicas circunstancias del mismo, y prometieron dedicar las próximas preces de la comunidad al eterno descanso del soberano que tanto les había favorecido.”
…//…
“Por fin, y una vez que todos estuvieron instalados, Teodoredo se dirigió al astur.”

Como se ve, ni una sola relación a que Teodoredo y el abad se conociesen. Así que hubo que rectificarlo de la siguiente manera:

“Contrariamente a lo que temía, el camino no se le hacía largo, ni mucho menos, a Teodoredo.”
…//…
 “Una semana después, al fin llegaron al valle del río Sarria, donde se encuentra el monasterio de Samanos dedicado a San Julián y santa Basilisa. El edificio y el entorno habían cambiado bastante desde la última vez que Adosinda y Xinto habían estado allí.”
…//…
“Argerico y Sara recibieron con afecto a la hermana y los hijos del monarca que les había otorgado aquel lugar, se enteraron con tristeza de su fallecimiento y de las trágicas circunstancias del mismo, y prometieron dedicar las próximas preces de la comunidad al eterno descanso del soberano que tanto les había favorecido.
A continuación, el abad dirigió su vista a Teodoredo, que se había mantenido en un segundo plano, y le observó detenidamente. —¡El protector del emir! —exclamó—. Veo que al fin de decidiste a seguir el consejo de Eulogio y venir a tierras cristianas. Daré gracias al Señor por ello.
—Y yo veo que tú hiciste lo mismo mucho antes que yo, puesto que te veo aquí establecido, como abad de un monasterio floreciente y en buenas relaciones con la familia real, a la que he acompañado ignorando quiénes eran —contestó el godo, mirando severamente a Xinto.
—¿Os conocéis? —preguntó el astur, observando a ambos con recelo.
—Es un cristiano que ocupaba el importante cargo de jefe de la guardia del emir —contestó Argerico—. Le conocí en Córdoba y, junto con un abad de allí le aconsejamos que abandonase las tierras de los infieles y se dirigiese a un sitio en que pudiese practicar nuestra religión sin problemas de conciencia. Afortunadamente, nos hizo caso.
Teodoredo buscó con la mirada a Lucinia, quien, junto con su padre estaba justo detrás de la princesa Adosinda. —Ya ves que todo lo que te he contado durante el viaje era cierto —le dijo.
La joven sonrió —Eso nunca lo he dudado —replicó.
Luego el godo se volvió hacia Adosinda e inclinó la cabeza. —Disculpadme si no os he tratado como corresponde a vuestra alcurnia. No podía imaginar que quien viajaba con tan modesta comitiva era…
—En estos momentos, no solo mis sobrinos y yo, sino todos los que nos acompañen, podemos correr peligro —replicó Adosinda—. De ahí el secreto, que espero comprendas y perdones.
Xinto se adelantó —Como responsable de la seguridad de la princesa, y debido a que tú tampoco declarabas quién eras, yo tomé la decisión de ocultar nuestra identidad —dijo—. Ahora preocupémonos de nuestro alojamiento, y luego hablaremos tú y yo.
Por fin, y una vez que todos estuvieron instalados, Teodoredo se dirigió al astur.”

Y gracias a que introduje esa historia, pude detectar y corregir un error que se había pasado por alto en todas las revisiones anteriores.
Y gracias a que corregí ese error, puse en su lugar un punto que, si no, hubiera faltado.
(Aunque de estas dos cosas estoy seguro de que la mayor parte d elos lectores no se hubieran dado cuenta)
Lo que demuestra la razón que tiene el refranero (como siempre) cuando dice: No hay mal que por bien no venga.