16 de junio de 2017

Escena en las afueras de Oviedo.

Otro de los cambios que tuve que hacer, ya que el Silo de esta nueva redacción es muy diferente del de la antigua, son los párrafos correspondientes a Silo y Adosinda en su primer viaje a Oviedo, en el que el futuro rey asturiano no toma parte, puesto que aún no conoce a Adosinda ni a su hermano Fruela, y en los que Teudis (aunque, naturalmente, de otra manera) toma su lugar.

De la redacción original, en su segundo capítulo:

A un tiro de piedra por fuera de la rústica y provisional muralla de troncos que rodeaba a la Iglesia de san Vicente y a las edificaciones adyacentes, el joven Silo paseaba junto con la hermana del rey, Adosinda, por el camino que llevaba desde las recientes construcciones hasta los campos de labor. El monarca y la cautiva vasca, cuyo ánimo había mejorado notoriamente en los días que llevaban en Oveto, habían salido a cabalgar por los campos próximos, y los dos jóvenes entretenían el tiempo hasta su vuelta. Adosinda agradecía al guerrero el que no la tratase con displicencia, a pesar de sus pocos años, y que siempre estuviese dispuesto a conversar con ella como si realmente fuese ya una persona adulta. Y el jefe de la escolta real se complacía en el interés que ponía la jovencita en escuchar todas sus palabras. Ambos se sentían a gusto juntos y procuraban buscarse siempre que tenían un rato libre.
─Tus posesiones están cerca de aquí, ¿no es así? ─preguntó la hermana del monarca, a la que todo lo que concernía a su acompañante le interesaba sobremanera.
─Si, a un par de días de camino, hacia la costa ─le respondió el guerrero─. Aunque la mayor parte no me pertenecen a mí, sino a mi hermano Teudis. Yo, al fin y al cabo, aunque hijo del conde Rodulfo, lo soy también de una cautiva musulmana que mi padre tomó para consolarse de su viudez al fallecer la madre de Teuda. No obstante, la generosidad de mi padre y de mi hermanastro me ha hecho disponer de suficientes terrenos en las cercanías de Pravia como para poder vivir de acuerdo con mi rango. Pero eso no impedirá que siempre sea el hijo de una musulmana.
─¿Y qué importancia tiene eso? ─protestó la joven─. Ahí tienes a mi medio hermano Mauregato, el bastardo que mi padre tuvo también con una cautiva. Todos le conceden honores de príncipe y nadie le echa en cara su origen.
─Sí, es cierto. También tu padre, cuando la reina Hermesinda, la hija de Pelayo, falleció al nacer tú, dirigió sus ojos hacia una hermosa musulmana capturada a la vez que mi madre, y además, pariente suya. De ella tuvo a Mauregato, y, como retoño de su vejez, le mostró especial afecto y ordenó se le tratase como a sus restantes hijos. Tanto es el afecto que todos tuvimos al gran rey Alfonso, que hemos intentado cumplir con exactitud sus últimos deseos. Aunque debo reconocer que tu hermanastro no me cae excesivamente bien.
─¡Oh! Es un crío envidioso y repulsivo. Le encuentro verdaderamente odioso. Y su madre Fátima...Esa mujer me da miedo; pero dices que es pariente de tu madre...
─En efecto. Cuando el rey Alfonso, en una de sus expediciones, capturó a mi madre, Fátima era una niña que estaba a su cuidado y vino con ella a Asturias. Realmente eran personas de alto rango entre los musulmanes y emparentadas, según creo, con sus principales gobernantes. Yasmina, mi madre, cuando pasó a vivir con el conde Rodulfo abrazó la religión cristiana. Y a su muerte ingresó en un monasterio, mientras yo era enviado a la corte para ser educado por el rey. Sin embargo, Fátima, a pesar de haber sido concubina del rey, nunca abandonó sus creencias. No me extraña que te de miedo, pues realmente hay algo extraño y siniestro en ella. Dicen que es capaz de hechizar a la gente, pero no creo que tu hermano, el rey, caiga bajo su influjo.
─¿Fruela? ¡Oh, no! ─contestó la joven riendo─. Ese ya ha caído bajo otra clase de hechizo. No tiene ojos más que para Munia. Y con razón. Es una joven muy simpática y atractiva. ¿No crees?
─Yo estaba con tu hermano cuando llegamos al acuerdo con los vascos según el cual ella quedaría en nuestro poder como rehén. Siempre admiré la dignidad con que aceptó su situación. Pero lo que importa no es lo que opine yo, sino lo que piense Fruela. Y sea lo que sea, yo lo apoyaré. El rey siempre me trató como a un hermano menor, y tiene mi lealtad completa.
─Lo sé ─contestó la niña─. El rey es muy afortunado por poder contar contigo... Y yo también.
─Volvamos al monasterio ─concluyó Silo─. Ya se va haciendo tarde.

Y lo mismo, en la  nueva redacción:

A un tiro de piedra por fuera de la rústica y provisional muralla de troncos que rodeaba a la Iglesia de san Vicente y a las edificaciones adyacentes, el conde Teudis paseaba por el camino que llevaba desde las recientes construcciones hasta los campos de labor, cuando vio acercarse hacia él, desde la cerca, a la princesa Adosinda.
—¡Hola, Teudis! —le saludó la joven—. ¿Qué haces?
El conde sonrió —mi responsabilidad es cuidar del rey —dijo, señalando hacia el lugar en que terminaban los campos roturados para el cultivo y los castaños y robles aún seguían siendo los dueños de las laderas; allí, en un claro entre los árboles, se vislumbraban las figuras de dos personas entretenidas en animada charla—. Pero tengo que hacerlo sin que tu hermano piense que estoy invadiendo su intimidad.
Adosinda siguió con la mirada el gesto de Teudis. —Parece que a mi hermano le gusta Munia —dijo, enrojeciendo ligeramente.
Teudis carraspeó. —Un rey tiene que estar al corriente de todo lo que ocurre en sus territorios —-dijo—. Y los valles alaveses, aunque parte de nuestro reino, son una zona casi por completo desconocida. Posiblemente tu hermano, como un soberano capaz y responsable, esté intentando conocer, por medio de la vasca, todo lo que pueda acerca de aquellas tierras, sus gentes y sus costumbres.
—¡Ah! —exclamó la princesa mirando al conde. Nunca sabía si el serio y circunspecto, aunque amable, Teudis, hablaba en serio o en broma—. Sí, será eso —concedió—. Tus posesiones están cerca de aquí, ¿no es así? —preguntó, para cambiar de conversación.
—Sí. Un par de días, hacia la costa —asintió el conde. Luego, con aire soñador, prosiguió—. Las echo bastante de menos. Desde mi residencia puede verse el mar en muchas leguas, cosa que no ocurre aquí ni en la corte. Podría estar horas contemplándolo; siempre cambiante, a veces tranquilo y relajante, otras, las más, lleno de vida y golpeando con fiereza los acantilados de la costa…
—Son tus tierras —opinó la joven—. ¿No tendrías que estar en ellas, gobernándolas?
—Sí —replicó Teudis—. Tu abuelo, Pelayo, nuestro primer rey, se las concedió al mío, su cuñado y consejero. Y desde entonces han pertenecido a nuestra familia.
—Lo sé —interrumpió la princesa—. Mis preceptores me han hablado de ellos. Pelayo sentía un gran afecto por su hermana, Adosinda. Por ella llevo yo ese nombre. Y por eso eres el noble que mi hermano más aprecia. Aparte de que, porque, según dicen, eres el mejor guerrero del reino —añadió, con una sonrisa en su juvenil semblante.
Teudis enrojeció. —Ese honor le corresponde a tu hermano, el rey —dijo—. Es cierto que Fruerla me honra con su afecto. Y yo intento corresponderle ofreciéndole toda mi lealtad y fidelidad; aunque, a veces, ello me obligue a descuidar mis otras obligaciones. Él, al ser proclamado rey, me ofreció el cargo de mayordomo de palacio y no pude negarme, aunque para ello tuve que descuidar el gobierno de mis tierras y la construcción de un castillo en la entrada de la ría de Abilius, que me había encargado tu difunto padre. Ahora el reino está organizado y en paz, y quizá no sea tan necesario. Cuando volvamos a la corte solicitaré licencia al rey para dejar mi puesto y volver a mis tierras. Añoro estar con mi mujer y con mi hijo. Desde que nació apenas he podido gozar de su compañía las pocas veces que mis obligaciones me han permitido desplazarme allí unos días. Y, por otro lado, creo que tu otro hermano, Vimara, está celoso…
—Vimara está celoso de todos a los que Fruela aprecia —interrumpió Adosinda—. Opina que nuestro hermano mayor le margina, y no es así.
Teudis aparentó no hacer caso del comentario y continuó: —Sería bueno que Fruela le fuera dando responsabilidades en el gobierno del reino. Ocupar mi puesto le iría preparando para el caso, Dios no lo quiera, que al rey le ocurriese algo. Mientras no Fruela no tenga herederos, él es el más adecuado para portar la corona. Tus hermanos tienen que estar dispuestos a ayudarse el uno al otro. Y pronto habrá que ir preparando también a Mauregato.
—¿Mauregato? —exclamó Adosinda—. ¿Ese niño malcriado y repulsivo? No sé por qué todos le conceden honores de príncipe, aunque no lo sea.
—Tu padre nos hizo jurar que le consideraríamos como a sus otros hijos —explicó Teudis—, y Fruela y Vimara así lo aceptaron. E igualmente lo hicimos el resto de los nobles. No podíamos negarnos a una de las últimas voluntades del rey Alfonso.
—No me explico qué le pudo pasar a mi padre —contestó Adosinda, poniéndose repentinamente seria—. Ni qué pudo ver en esa cautiva musulmana. A veces los hombres hacéis cosas incomprensibles.
—Tu padre fue un gran rey, y un buen hombre. No dejes que algo que hizo en sus últimos años te haga olvidar el resto de sus actos y te lleve a juzgarle con severidad. Al morir tu madre se sintió muy solo.
—No le juzgo. Admiré a mi padre tanto como todos sus súbditos. Conmigo siempre fue bueno, me demostró todo su amor y yo le correspondí de la misma manera. Y comprendo que, al quedarse viudo, quisiera buscar consuelo, pero… ¿por qué precisamente con ella? ¿Por qué, Teudis?
El conde tragó saliva. No podía explicar a una jovencita los motivos por los que su padre había actuado de esa manera. Afortunadamente, sin esperar respuesta, la princesa prosiguió:
—Pocas veces me he cruzado con ella en palacio, pues no suele abandonar la apartada zona en que mi padre la había aposentado; pero cuando, por casualidad, hemos coincidido, no he podido evitar sentir un estremecimiento. Siempre me ha dado miedo.
—Es cierto —asintió Teudis—. A pesar de haberse convertido en la concubina del rey, nunca abandonó sus creencias. No me extraña que te de miedo, pues realmente hay algo extraño y siniestro en ella. Dicen que es capaz de hechizar a la gente, Espero que tu hermano, el rey, no caiga bajo su influjo.
—¿Fruela? ¡Oh, no! —contestó la joven riendo—. Ese ya ha caído bajo otra clase de hechizo. No tiene ojos más que para Munia. Y con razón. Es una joven muy simpática y atractiva. ¿No crees?
—Por lo que a mí respecta, solamente es una rehén a la que mi soberano me ha ordenado considerar como una invitada. —replicó Teudis—. Y así será mientras tu hermano no me ordene otra cosa. Aunque nos educamos juntos y fuimos camaradas en nuestra juventud, no olvido que ahora es mi rey.
—Lo sé —dijo Adosinda, sonriendo—. El rey es muy afortunado por poder contar contigo... Y yo también.
—Se acerca la hora de la comida —dijo, en ese momento Teudis, mirando al sol, en aquellos momentos liberado del velo nuboso que, durante gran parte del día, le ocultaba—. Y tu hermano también debe haberlo notado —añadió, señalando un movimiento que se hacía perceptible en el claro entre los castaños donde habían estado sentados el rey y su invitada—. Volvamos al monasterio antes de que Fruela nos vea y piense que le hemos estado vigilando.


Como puede verse, la escena es casi igual, se explican cosas similares, pero no hay la chispa romántica que en la anterior había entre Adosinda y Silo. Aunque ya surgirá más tarde, cuando el procer gallego aparezca en estas páginas.

14 de junio de 2017

Nueva relación entre Adosinda y Silo

Como anuncié en mi página de Facebook, Pelayo, rey, voy a publicar aquí unos breves resúmenes de capítulos que puedan servir para ir viendo las diferencias (algunas) que hay entre ambas edacciones de La Cruz de los Ángeles. La que ya conocen y está publicada, y la nueva que he redactado.
Comencemos por el cambio más importante. La relación entre Adosinda y Silo:

En el primer capítulo del libro ya publicado:

“Al entrar en su palacio, una edificación apenas algo mayor que las demás de la villa, Fruela se vio asaltado por un torbellino azul de doradas trenzas. Riendo estentóreamente, el corpulento monarca hizo girar en el aire a su hermana menor, Adosinda, una niña de unos trece años de edad, que se había precipitado a recibirle.
─¡Por fin has llegado! ─exclamó la muchacha─ Galinda no me ha dejado salir a recibirte. Dice que no es propio de una princesa. Pero yo no podía aguantar más. Se me ha hecho eterno el tiempo desde que te fuiste. Esta casa es muy aburrida sin tí.
 ─¡Vamos, Adosinda! -la reprendió su hermano Vimara, que había penetrado tras el primogénito─. ¿Cuándo aprenderás a comportarte como una mujer? ¿Es que nunca vas a crecer?
─¡Oh! ¡Cállate! Siempre estás regañándome ─protestó la joven.
─Déjala, Vimara ─concedió el monarca─. Es natural que nuestra hermana pequeña se alegre de vernos, ya tendrá tiempo de compartir nuestras preocupaciones.
─Tú siempre le consientes todo ─objetó, malhumorado, el hermano menor, mientras Adosinda le sacaba la lengua─. Cuando acabes de jugar con ella quizás tengas tiempo para venir al salón. Habrá que comunicar a los nobles el resultado de nuestra campaña ─concluyó, dirigiéndose hacia una gran puerta de roble que cerraba la estancia.
─No olvides que soy el rey ─le contestó Fruela─. Hablaré a los nobles cuando me plazca. Tengo que ocuparme de otras cosas antes.
─”Sí” ─masculló en voz baja Vimara mientras salía─. “Después de tontear con esa niña malcriada, querrás ocuparte de intentar impresionar a esa cautiva a la que no has quitado ojo durante todo el camino. Bueno, hermano, diviértete todo lo que quieras, pero procura que eso no te distraiga de los deberes del reino, o tendremos problemas”.
─Díme, Fruela ─continuó la muchacha sin prestar atención al que salía─, el joven Silo, ¿Qué tal se ha portado en la campaña? ¿Ha realizado bien sus misiones?
─¡Ah! ¿Te interesa lo que haga ese joven presuntuoso? preguntó el monarca.
-─No, no. Es simple curiosidad ─respondió la princesa, mientras su rubia tez enrojecía-. No es corriente que alguien de tan poca edad y experiencia acompañe al rey en sus expediciones militares...
─¿Y desde cuando le preocupan a mi hermanita las cuestiones guerreras? Aunque debo reconocer que el objeto de tus preguntas bien merece la atención. Silo es uno de los jefes más prometedores del ejército. Y ni sus pocos años ni el hecho de que su madre fuera una cautiva musulmana pueden hacer olvidar el hecho de que desciende de la hermana del mismo don Pelayo, que por ello es noble y pariente nuestro, y que son pocos los que todavía pueden enfrentársele con las armas en la mano.
─No me preocupa lo que pueda hacer con las armas ─contestó la joven─. Y, en cuanto a ser hijo de una cautiva, en él debe predominar la sangre del noble Rodulfo, pues su tez apenas es más morena que la nuestra.
─Y ese pequeño matiz oscuro le hace aún más atractivo para una muchacha soñadora, ¿no? ─replicó el rey, provocando nuevamente el rubor en las mejillas de Adosinda─ No te preocupes, hermanita, aún no hace tantos años que fui joven y puedo comprender las emociones de tu corazón. Ya crecerás, pero de momento piensa que a mí tampoco me desagrada nuestro moreno primo. Es de los pocos nobles de la corte en que sería capaz de confiar.”

Y en la nueva redacción, del capítulo III:

“Y, habiéndose acabado ya el invierno, al llegar la primavera, en una de las ocasiones, entre viaje y viaje, en las que Fruela permanecía en la corte y se ocupaba de los asuntos de gobierno, a su mayordomo de palacio, Teudis, le fue comunicada la visita de dos importantes nobles gallegos que venían a saludar al monarca. El conde dio orden de que les hicieran pasar en el acto, y recibió a los dos visitantes; uno, un religioso, como denotaban sus vestiduras, Odoario, el obispo de Lucus, al que ya conocía por haber estado en la corte cuando la coronación del actual monarca; el otro, un hombre alto y de mediana edad, con rostro reflexivo.
—Os saludo —dijo Teudis, dirigiéndose principalmente al obispo, pero sin apartar la mirada del otro viajero—. Pasad, tomad asiento y explicarme el motivo de vuestra visita.
—Éste es Silo, un rico hacendado de nuestra zona —explicó el prelado, presentando a su acompañante, a la vez que ambos seguían las indicaciones del mayordomo de palacio—. Venimos a ver al rey Fruela para hablar de asuntos de mi diócesis y del resto de Gallaecia. La situación allí se está complicando y hay cosas que creemos que el rey de Asturias debe saber”…



…“En cuanto los viajeros, tras salir de Cangas, hubieron atravesado el puente sobre el Sella y tomado el camino que, por la ribera izquierda de este río se encaminaba hacia el oeste, Adosinda bajó del carromato que la transportaba y, subiendo al caballo que, atado a él, había ordenado que le acompañase, se dirigió hacia la cabeza de la comitiva donde, tras Arduino y un par de soldados que portaban el estandarte real, el monarca cabalgaba llevando a su lado al prócer gallego, al que había tomado afecto.
En su marcha, la princesa pasó al lado de los carros que llevaban a los religiosos, y en los que también se encontraban el obispo Odoario y el sacerdote Isidoro quienes, al igual que había hecho la joven, habían atado su caballo y su jumento al carromato para pasar el viaje departiendo con sus colegas.
—¡Fruela —exclamó, al llegar a la parte delantera de la comitiva.
—¡Hermanita! —replicó el monarca—. Estaba seguro de que acabarías apareciendo por aquí, aunque lo has hecho antes de lo que esperaba.
—¿Quién puede preferir viajar en un carromato, pudiendo cabalgar al lado del rey? —contestó, riendo la joven—. Es decir —añadió—, si a tu invitado no le molesta.
—Para un hombre que se va haciendo mayor, la compañía de una joven encantadora no le molesta, sino que le rejuvenece —respondió Silo, y Adosinda agradeció con una sonrisa la galantería del gallego.
—Adosinda no será una molestia —opinó el monarca—. Es mucho más sensata de lo que se podría pensar de su corta edad. Prefiero su compañía a la de la mayor parte de los nobles de la corte.
—Aunque, quizá, cabalgar durante algún tiempo por estos caminos sea demasiado para ella —dijo, dubitativamente, Silo—. Pronto dejaremos el valle del río y los senderos serán más dificultosos.
Adosinda se rió. —Monto a caballo mejor que muchos hombres —replicó—. He tenido buen maestro —añadió, dedicando una sonrisa a su hermano.

—En ese caso, intentaré aprender de vos —contestó Silo.”

13 de junio de 2017

NUEVA REDACCIÓN DE LA CRUZ DE LOS ÁNGELES

13 de Junio de 2017.

Hace dos meses que LA ESTIRPE DE LOS REYES, finalizada, fue enviada a la editorial Sapere aude. Aunque, debido a que tenemos que esperar a que Nacho Luengo pueda finalizar la (las) portadas (Inestimable, inapreciable y maravillosa esta altruista aportación suya a mis novelas), y a que la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio Santa María de los Rosales pueda organizar la presentación, pospondremos su publicación hasta el otoño próximo. Entretanto, como para la redacción de esa novela tuve que consultar permanentemente a su contemporánea La Cruz de los Ángeles, hubo bastantes detalles de esta última sobre los que volví a meditar. Está redactada como parte y final de una serie que comienza en PELAYO, REY, continúa en LA MURALLA ESMERALDA, sigue en EL MULADÍ, y tiene a la citada ESTIRPE DE LOS REYES como un anexo que transcurre a la vez que ellas. Eso, que por un lado, aumenta el posible interés de los lectores en seguirla, por otro hace que, leerla independientemente del resto, aunque sea posible, pues, en su origen, se concibió como un libro en sí misma, sin más relación con el origen (Pelayo, rey) que lo que nos dice la Historia en la que ambas se basan, es complicado debido a las referencias y añadidos que tuvo después, tras publicar las anteriores, no siempre conseguidos ni expresados con la suficiente claridad.
También esa condición (4º episodio de una serie) disminuye su importancia, y, durante bastante tiempo, he tenido la sensación de que ninguno de los libros publicados alcanza el  nivel conseguido por el citado PELAYO, REY.
Así que he dedicado estos dos meses a rehacer esa novela, introduciendo, además, algunos cambios.
El más trascendente de ellos no lo puedo publicar aquí, pues estropearía la impactante revelación con que los protagonistas de esa primera redacción de la novela (y los lectores) son sorprendidos al final del capítulo VII (primero de la segunda parte de esa novela), y que es uno de los condicionantes de la trama. Baste decir que una circunstancia, de innegable valor dramático, pero completamente improbable en términos históricos, es suprimida para narrar la trama de un modo, seguramente, más acorde con la realidad histórica.
También cambia considerablemente el personaje de Silo. Este rey asturiano, al que en la anterior redacción de esta novela se le hace, sin ningún fundamento que lo avale, hijo del conde Rodulfo y nieto de Julián (el primero, personaje inventado y uno de los principales protagonistas de la Muralla Esmeralda y de El Muladí, y el segundo, también inventado, el fiel comañero de don Pelayo en Pelayo, rey y en La Muralla esmeralda), retoma su más que probable personalidad de un magnate gallego de mediana edad cuya boda con Adosinda estuvo más bien motivada por conveniencias mutuas que por un amor de adolescentes (Aunque la parte romántica no se puede abandonar del todo)

Aunque quizá realice más cambios o ampliaciones, la novela ya está terminada. Lo que aún no sé es si llegaré a publicarla, o si los lectores tendrán que conformarse con la versión ya editada.

9 de mayo de 2017

COVADONGA

Después de la entrada acerca de la existencia real o no de don Pelayo, vamos a dedicarnos a su acción principal y más conocida (aparte de la ya apuntada de unir a godos, hispanos y astures en una empresa común), la batalla de Covadonga, con la que se liberó el terreno astur de la presencia musulmana y dio principio la reconquista.
Acerca de este hecho, la crónica de Alfonso III la describe de un modo similar, tanto en la versión “rotense” como en la denominada “ab Sebastian”, aunque utilizando palabras o expresiones diferentes. En ambos casos, el cronista parece estar relatando una aventura (teniendo en cuenta que se escribió doscientos años después de los hechos, por lo que, difícilmente, se podrían describir con exactitud los diálogos), no solo por como lo cuenta, sino por la obvia exageración de las cifras de combatientes.

            La traducción del texto rotense, por Nicolás Castor de Caunedo, es la siguiente:

“9.—Instruido Pelagio de su venida, se refugió en una caverna del monte Auseba, que tiene por nombre cueva de Santa María; en el instante vióse rodeado del ejército, y acercándosele el obispo Oppas, le habló así: «No puedes ignorar, hermano, de qué modo se constituyó toda la España bajo el dominio de los godos, y si  reunido todo su ejército no alcanzó a resistir el  ímpetu de los ismaelitas, ¿cómo podrás tú solo defenderte en esta cueva? Escucha mis consejos y desiste de tu empeño, para que consigas muchos bienes, y en la paz que te concedan los árabes, logres gozar de los tuyos.» A esto dijo Pelagio: «Ni tendré amistad con los árabes, ni me sujetaré a su imperio; tú no sabes que la Iglesia del Señor se compara a la luna, que aunque disminuye su forma, recobra al punto su primitiva grandeza. Tenemos confianza en la misericordia de Dios, que hará salir de este montecillo que tienes a la vista, la salud de Hispania y la restauración del ejército de los godos, para que se cumplan en nosotros aquellas palabras del profeta: Con la vara castigaré sus iniquidades, y con los azotes sus pecados, mas no apartaré de ellos mi misericordia.  Así, aunque por hacer méritos, acatamos de esta sentencia el sentido más severo; esperamos en la misericordia del Señor la restauración de su iglesia y de su pueblo y la ventura del reino; por lo que despreciamos esta muchedumbre de paganos y jamás nos mezclaremos con ellos.»
10.—Entonces, el nefando obispo, volviéndose a su ejército, dijo: «Apresuraos y pelead, porque jamás tendréis con él alianza, hasta que le castiguéis con la espada.» Apréstanse entonces las máquinas de guerra, prepáranse las hondas, resplandecen las espadas, enrístranse las lanzas y dispáranse saetas sin cesar; mas entonces no faltaron las grandes señales del Señor, pues como los honderos arrojasen piedras contra la casa de la Santa y siempre Virgen María, se volvían con violencia contra ellos, y despedazaban a los caldeos, porque el Señor no cuenta el número de lanzas, y concede a quien quiere la palma de la victoria. Salieron los fieles a pelear fuera de la cueva, y en el instante huyeron los caldeos divididos en dos  grupos; el obispo Oppas  fue preso, y Alkaman muerto: en el mismo lugar perecieron también 124.000 caldeos, los 63.000 que restaban treparon a la cumbre del monte Auseba y bajaron precipitadamente por la rápida declive del monte que comunmente se llama  Amosa. Y se dirigieron al territorio de los liebanenses. Mas no lograron escapar a la venganza del Señor, porque caminando por la cima del monte que está situado sobre la orilla del rio Deba, cerca del campo llamado Casegadia, se cumplieron evidentemente los altos juicios de Dios, pues el mismo monte, conmoviéndose en sus cimientos, arrojó al río con grande estruendo a los 63.000 caldeos y quedaron todos sepultados: aun en el día de hoy, cuando el mismo río, en tiempo de ínvierno, llena su cauce y deshace sus riberas, se manifiestan evidentísimamente pedazos de armas y los huesos de aquellos. No juzguéis este milagro como inútil  o fabuloso, y recordad que aquel que sumergió en el mar Rojo a los egipcios que perseguían a Israel, es el mismo que sepultó bajo la inmensa mole de la montaña a los árabes que perseguían la Iglesia del Señor”


Y los textos latinos, por si alguien quiere comparar las dos versiones, son los siguientes, que proceden   de   Juan   Gil   Fernández, (Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1985. pp. 114-149 y 151-188).


Crónica de Alfonso III, “rotense”:

“9. Pelagius uero in montem erat Asseuua cum sociis suis. Exercitus uero ad eum perrexit etante ostium cobe innumera fixerunt temptoria. Predictus uero Oppa episcopus in tumulo asc endensante   coba   dominica   Pelagium   sic   adloquitur   dicens:   Pelagi,   Pelai,   ubi   es?   Qui   ex   fenestra respondens ait: Adsum. Cui episcopus: Puto te non latere, confrater et fili, qualiter omnis Spaniadudum in uno ordine sub regimine Gotorum esset ordinata et pre ceteris terris doctrina atquescientia rutilaret. Et quum, ut supra dixi, omnis exercitus Gotorum esset congregatus, Ismaelitarumnon ualuit sustinere impetum: quamto magis tu in isto montis cacumine defendere te poteris, quodmici difficile uidetur! Immo audi consilium meum et ab hac uolumtate animum reuoca, ut multisuonis utaris et consortia Caldeorum fruaris. Ad hec Pelagius respondit: Non legisti in scripturisdiuinis quia eclesia Domini ad granum sinapis deuenitur et inde rursus per Domini misericordia inmagis erigitur? Episcopus respondit: Uere scriptum sic est. Pelagius dixit: Sees nostra Xps est quodper istum modicum monticulum quem conspicis sit Spanie salus et Gotorum gentis exercitusreparatus. Confido enim quod promissio Domini impleatur in nobis quod dictum est per Dauid: «Uisitauo in uirga iniquitates eorum et in flagellis peccata eorum: misericordia autem meam nonabertam ab cis». Et nunc ex oc fïdens in misericordia Ihesu Xpi hanc multitudinem despicio etminime pertimesco. Prelium ergo quam tu minas nobis, habemus aduocatum aput Patrem DominumIhesum Xpm, qui ab istis + paucis potens est liuerare nos. Et conuersus episcopus ad exercitumdixit:   Properate   et   pugnate.   Uos   enim   audistis   qualiter   mici   respondit.   Ut   uolumtatem   eius preuideo, nisi per gladii uindicta non habebitis cum eo pacis federe.
10.   Iam   nunc   uero   prefatus  Alkama   iubet   comitti   prelium.  Arma   adsumunt,   erigunturfundiuali, abtantur funde, migantur enses, crispantur aste hac incessanter emittuntur sagitte. Sed inhoc non defuisse Domini magnalia: nam quum lapides egresse essent a fundiualis et ad domumsancte uirginis Marie peruenissent, qui intus est in coba, super mittentes reuertebant et Caldeos fortiter trucidabant. Et quia Dominus non dinumerat astas, set cui uult porrigit palmas, egressiquede coba ad pugnam, Caldei conuersi sunt in fugam et in duabus diuisi sunt turmas. Ibique statim Oppa episcopus est conprehensus et Alkama interfectus. In eodem namque loco CXXIIIIr milia exCaldeis sunt interfecti, sexaginta uero et tria milia qui remanserunt in uertize montis Aseuuaascenderunt atque per locum Amossa ad Liuanam descenderunt. Set nec ipsi Domini euas erunt uindictam. Quumque per uerticem montis pergerent, qui est super ripam fluminis cui nomen estDeua,   iuxta   uillam   qui   dicitur   Causegaudia,   sic   iudicio   Domini   hactum   est,   ut   mons   ipseafundamentis se rebolbens LXª tria milia uirorum in flumine proiecit et ibi eos omnes mons ipseopressit, ubi nunc ipse flumen, dum limite suo requirit, ex eis multa signa euidentia ostendit. Nonistut inannem aut fabulosum putetis, sed recordamini quia, qui Rubri Maris fluenta ad transitumfiliorum Israhel aperuit, ipse hos Arabes persequentes eclesiam Domini immenso montis moleo ppress”


Crónica de Alfonso III, “ad Sebastian”:

“9. Quumque Pelagius ingressum eorum cognouit, in monte Aseaua se contalit in antro quiuocatur coua sancte Marie. Statimque eum exercitus circumdedit, et ad propinquans ad eum Oppa episcopus sic adloquitur dicens: Scio te non latere, frater, qualiter omnis Yspania dudum, sub uno regimine Gotorum esset constituta et omnis Yspanie exercitus in uno fuisset congregatus, Smaelitarum non ualuit sustinere impetum; quanto magis tu in isto montis foramine te defenderepoteris! Immo audi consilium meum et ab hac uolumtate animum reuoca, ut maltis bonis fruaris etin pace Arabum omnia que tua fuerunt utaris. Ad hec Pelagius: Nec Arabum amicitiis sociabor necme eorum imperio subdebor. Sed to non nosti quia ecclesia Domini lune conparatur, que et defectum patitur et rursus per tempus ad pristinam plenitudinem reuertitur? Confidimus enim inDomini misericordia quod ab isto modico monticulo quem conspicis sit Yspanie salus et Gotorumgentis exercitus reparatus, ut in nobis conpleatur ille profeticus sermo qui dicit: Uisitabo in uirgainiquitates eorum et in fagellis peccata eorum; misericordiam autem meam non auferam ab eis.Igitur etsi sententiam seueritatis per meritum excepimus, eius misericordiam in recuperationeecclesie seu gentis et regni uenturam expectamus. Unde hanc multitudinem paganorum spernimuset minime pertimescimus. Tunc conuersus infandus episcopus ad exercitum sic dixit: Properate etpugnate, quia nisi per gladii uindictam non habebitis cum eo pacis federa.
10. Statimque arma adsummunt et prelium conmittunt. Eriguntur fundiuala, abtantur funde, micantur enses, crispantur haste ac incessanter emittuntur sagitte. Sed in hoc non defuere Dominimagnalia. Nam quum a fundiualariis lapides fuissent emisse et ad domum sancte semper uirginisMarie peruenissent, super mittentes reuertebant et Caldeos fortiter trucidabant. Et quia Dominusnon dinumerat astas, sed cui uult porrigit palmam, egressique fideles de coua ad pugnam, Caldeistatim uersi sunt in fugam et in duabus diuisi sunt turmis. Ibique statim Oppa episcopus estconprehensus   et  Alkaman   interfectus.   In   eodem   namque   loco   centum   uiginti   quattuor   miliaCaldeorum sunt interfecti; sexaginta uero et tria milia qui remanserunt in uertice montis Aseuu eascenderunt   atque   per   preruptum   montis,   qui   a   uulgo   appellatur   Ammossa,   ad   territoriumLibanensium precipites descenderunt. Sed nec ipsi Domini euaserunt uindictam; nam quum peruerticem montis , qui situs est super ripam fluminis Deue, iuxta predium quod diciturCausegadia, sic euidenter iudicio Domini actum est, ut ipsius montis pars se afundamentis euoluensLX tria milia Caldeorum stupenter in flumine proiecit atque eos omnes oppressit; ubi usque nuncipse fluuius, dum tempore hyemali alueum suum implet ripasque dissoluit, signa armorum et ossaeorum euidentisssime ostendit. Non istud miraculum inane aut fabulosum putetis, sed recordaminiquia, qui in Rubro Mari Egyptios Israhelem persequentes dimersit, ipsehos Arabes ecclesiamDomini persequentes immenso montis mole oppressit”


La “crónica Albeldense es mucho más concisa sobre este hecho, aunque coincide en citar al obispo Oppas, colaborador de los musulmanes, al general Alkama y el “argayo” (derrumbamiento) del monte. Y cita a Munuza, del que había hablado extensamente antes, y al que también se refiere la crónica de Alfonso III, aunque no en estos párrafos.

            La traducción de esta crónica y la versión del texto latino, son de los mismos autores que los de la de Alfonso III



Crónica “Albeldense”:

“1. El primero que reinó en Asturias, fue Pelagio, que residió en Canicas diecinueve años. Expulsado de Toleto por el rey Vitiza, entró en Asturias después que los sarracenos ocuparon a Spania. Reinando Juzeph en Córdoba, y Mounuza en la ciudad de Gegio (donde le pusieron los sarracenos para dominar a los  asturianos). Pelagio se rebeló antes que otro alguno en Asturias. Destruyó a los Ismaelitas, quedó muerto su general Alcamano, y prisionero el obispo Opa. Porúltimo, Mounuza también perdió la vida, y el pueblo cristiano recobró la libertad. Los que del ejército sarraceno escaparon de la espada, fueron por juicio de Dios oprimidos y sepultados por el monte Libamina, y el reino de los astures quedó erigido por la divina Providencia. Murió el referido Pelagio en el lugar de Canicas en la Era 775”.


“1. Primum in Asturias Pelagius rg. in Canicas an. XVIIII. Iste, ut supra diximus, a Uittizzancrege de Toleto expulsus Asturias ingressus. Et postquam a Sarracenis Spania occupata est, isteprimum contra eis sumsit reuellionem in Asturias, regnante Iuzep in Cordoba et in Iegione cibitateSarracenorum iussa super Astures procurante Monnuzza. Sicque hab eo hostis Ismahelitarum cumAlcamane interficitur et Oppa episcopus capitur postremoque Monnuzza interficitur. Sicque ex tunereddita est libertas populo Xpiano. Tune etiam qui remanserunt gladio de ipsa oste Sarracenorum in Libana monte ruente iudicio Dei opprimuntur et Astororum regnum diuina prouidentia exoritur. Obiit quidem predictus Pelagius in locum Canicas era DCCLXXVª”.

            Por su parte, las crónicas musulmanas apenas citan este hecho, lo que no es extraño, pues no acostumbran (y no son las únicas que tienen esa condición) a referir los acontecimientos que les son adversos. Aunque sí podemos obtener algunos datos, tomados del “Ajbar Machmúa”, en traducción de Lafuente Alcántara:

Esta crónica nos dice, hablando del gobierno de Ocba ibn Haddjjad.

“Recibió, en efecto, el gobierno de España, viniendo en 110 y permaneciendo en ella algunos años, durante los cuales conquistó todo el país hasta llegar a Narbona, y se hizo dueño de Galicia, Álava y Pamplona, sin que quedase en Galicia alquería por conquistar, si se exceptúa la sierra, en la cual se había refugiado con 300 hombres un rey llamado Belay (Pelayo), a quien los musulmanes no cesaron de combatir y acosar, hasta el extremo de que muchos de ellos murieron de hambre; otros acabaron por prestar obediencia, y fueron así disminuyendo hasta quedar reducidos a 30 hombres,   que   no   tenían   10   mujeres,   según   se   cuenta.   Allí   permanecieron   encastillados, alimentándose de miel, pues tenían colmenas y las abejas se habían reunido en las hendiduras de la roca. Era difícil a los muslimes llegar a ellos, y los dejaron, diciendo: «Treinta   hombres,  ¿qué pueden importar?» Despreciáronlos, por lo tanto, y llegaron al cabo a ser asunto muy grave, como, Dios mediante, referiremos en su lugar oportuno”.

Y, posteriormente, hablando de hechos sucedidos después de que Yusuf y samail derrotasen, depusiesen y matasen a Abú-l-Khattar (lo que ocurrió en el año 743 d.C):

“El año 132 (749-750 d.C.) envióles Dios una gran hambre y sequía, que fue general en toda España. El año 133 (740 – 741 d.C.) fue próspero. Los gallegos se sublevaron contra los muslimes, y creciendo el poder del cristiano llamado Pelayo, de quien hemos hecho mención al comienzo de esta historia, salió de la sierra y se hizo dueño del distrito de Asturias”.

Hay algún error en las fechas, pues el emirato de Ocba duró desde el 734 al 741, por lo que fue contemporáneo de  los últimos años de Pelayo (722 – 737), Favila (737 – 739) y  Alfonso I (739 – 757), y la batalla de Covadonga, según los historiadores, pudo ser en 718 o 722 (más bien en esta última fecha, según defiende Sánchez Albornoz), por lo que debió coincidir con el emirato de al-Sham al-Jaulaní o el de Ambassa ibn Suhayn al-Kelbí. Posiblemente la primera cita corresponda, en efecto, a la batalla de Covadonga, aunque situándola bastante después de cuando tuvo realmente lugar, y la segunda se refiera al momento en que Alfonso I, en unión de su hermano Fruela “el mayor”, comenzaron a realizar campañas al sur de la cordillera, aprovechando que la mayor parte de los bereberes habían abandonado sus asentamientos.
Vemos que, hablando de la batalla de Covadonga, si es que es así, la crónica musulmana disminuye enormemente su importancia y atribuye el abandono posterior de la tierra asturiana  a una decisión (que califica de grave y deja entrever que equivocada) de los propios invasores y no a una derrota sufrida a manos de don Pelayo y sus seguidores (lo que no deja de ser habitual, tanto en las crónicas musulmanas, que no suelen ser explícitas acerca de los hechos de armas de resultado adverso, como en muchos otros casos similares a lo largo de la historia)


¿Qué conclusiones podemos, entonces, sacar? Yo me inclino, siguiendo los postulados de Sánchez Albornoz, a pensar que la batalla de Covadonga sí tuvo lugar; que no fue un hecho de armas tan impresionante como nos narra la crónica de Alfonso III, pero sí que tuvo la suficiente trascendencia (unida a otros condicionantes), para lograr que los musulmanes abandonasen el territorio asturiano. Que, debido a ella, el prestigio de Pelayo aumentó lo suficiente para ser elegido caudillo (rey o no) por los godos refugiados tras los montes y aceptado como jefe por los hispanos y astures. Que, efectivamente, tuvo lugar un “argayo” en las riberas del Deva, en Cosgaya, camino de la Liébana, por donde intentaron escapar los fugitivos del destacamento (posiblemente no fuera un ejército) derrotado ante la Cueva, y que Munuza, gobernador de Gijón, al tener noticias del descalabro y considerando poco segura su posición, decidió retirarse de Asturias junto con el resto de las fuerzas musulmanas instaladas al norte de los montes. Y que fue alcanzado por los insurrectos en algún lugar camino de la calzada de la Mesa, siendo derrotado y muerto en una batalla, quizá más decisiva que la de Covadonga, aunque con mucho menos impacto propagandístico en cristianos y musulmanes.

En cuanto, a la interveción divina en dicha batalla, se queda a las ideas de cada cual. Pueden los creyentes pensar que el auxilio d ela Virgen fue esencial para derrotar a unos enemigos tan superiores en número, y pueden lo que no lo sean atribuir esta victoria a lo agreste del terreno, al desconocimiento del mismo por parte musulmana, y a la fuerza de gravedad que hacía que los proyectiles que no alcanzasen la boca de una pequeña cueva situada a media altura de una escarpada ladera, volviesen a caer sobre los que los habían lanzado. Y una versión no presupone la no aceptación de la otra.

En cuanto, a cómo lo narro en mis novelas, sigo, en lo factible, a la crónica de Alfonso III, evitando las exageraciones en el número de combatientes, haciendo que a los musulmanes (1.800, en vez de los 180.000) se enfrenten Pelayo con 300 (no por relacionarlos con los espartanos de las Termópilas, como me ha señalado algún lector, sino por coincidir con el número señalado por las crónicas musulmanas, aunque éstas, al final, los reducen a 30), más otros tantos aportados por Pedro de Cantabria. Narro también el “argayo” de Cosgaya y la posterior huída y muerte de Munuza. A continuación, transcribo algunos párrafos de la novela Pelayo, rey, en los quer narro esa batalla:

“Pocos días después, el ejército musulmán abandonaba las ruinas humeantes de la villa de Cangas, siguiendo los pasos del pequeño grupo de rebeldes. A pesar de que se acercaba el verano, una niebla algodonosa iba descendiendo desde las cumbres hasta el amplio y fértil valle por el que caminaba la columna de soldados, que poco a poco se iban inquietando.
—Esto no me gusta —comentó Zeyad—. Dentro de poco no podremos ver las laderas del valle. ¿Cómo estaremos seguros de no perdernos?
—Los guías que llevamos están acostumbrados a estas nieblas —le respondió el obispo Oppas, que cabalgaba a su lado, a la cabeza de la columna—. Serían capaces de reconocer los senderos con los ojos cerrados. Y su fidelidad está garantizada, si es que quieren volver a ver con vida a sus familias.
—No estoy preocupado ni tengo miedo —terció Alqama—, pero reconozco que cuanto antes acabemos con esta misión y salgamos de aquí, más feliz me sentiré. Cuando abandoné los áridos riscos de nuestro país natal y llegué a las nuevas y feraces tierras de al-Andalus, creí que Alá me había concedido el paraíso en vida. Pero esto es demasiado. ¿Cómo pueden vivir estas gentes entre tanta penumbra?
—Sacan de sus lluvias y sus nieblas el mismo valor y ferocidad que tus beréberes obtienen de sus roquedales y desiertos —le contestó el obispo—. Las condiciones difíciles hacen valientes a los hombres. Y los que luchan por su vida, temen menos a la muerte.
—Bueno, como sea. Sigamos adelante y acabemos de una vez —concluyó Alqama, encabezando la marcha mientras los berberiscos lanzaban miradas recelosas a los blancos jirones que poco a poco les iban rodeando”.

…//…

“—¡Guerreros! —gritó Pelayo con voz potente, sin preocuparse por si el eco llevaba sus palabras hasta los musulmanes, que no debían de hallarse demasiado lejos—. ¡Pastores y labradores astures! ¡Hombres que habéis defendido vuestra libertad desde tiempo inmemorial contra todos los enemigos! —Se volvió para dirigir su mirada al grupo que rodeaba a Julián—. ¡Campesinos y artesanos de los valles! ¡Los que os preciáis de descender de los romanos, dueños del mundo! —Se giró ahora para mirar al duque de Cantabria y su gente—. ¡Orgullosos guerreros godos! —Abrió los brazos como para abarcarlos a todos—. ¡Hombres que profesamos la misma fe en Dios Nuestro Señor y su hijo Jesucristo! ¡Cristianos! ¡Vamos a enfrentarnos a los enemigos de nuestro Dios! Ellos son muchos y están seguros de su victoria. Creen que podrán arrebatarnos nuestras vidas, esclavizar a nuestras familias y aplastar nuestra fe. ¡Pero están equivocados! ¡Dios está con nosotros! —Alzó en alto la cruz de madera para que todos pudieran verla, y prosiguió—. Esta reliquia, este símbolo de nuestra fe, me ha sido entregada para que ponga en ella nuestra confianza. Ha llegado hasta nosotros como una señal en este decisivo momento, para servirnos de guía y estandarte en nuestra lucha. ¡Cristianos! ¡Bajo esta cruz combatiremos a nuestros enemigos! ¡Por su fuerza venceremos!
Trescientas voces llenas de entusiasmo contestaron a la arenga de su jefe. Trescientos corazones vibraron con sus palabras. Trescientos hombres se le entregaron en cuerpo y alma. Y a nadie se le pasó por la cabeza otra posibilidad que no fuera la victoria, porque iban a luchar bajo el signo de la cruz”.

…//…

“La mañana del día de Arafa del año 103 de la Hégira, Alqama ordenó levantar el campamento. La niebla que les había cubierto los últimos días había levantado un poco, ¡gracias sean dadas a Alá, el Todopoderoso!, y aunque sus exploradores más avanzados habían traído noticias de que la noche anterior habían resonado ecos inquietantes por las gargantas y cañadas, procedentes sin duda de los grupos de infieles emboscados, el jefe musulmán lo atribuyó al miedo que provocaba en los corazones de sus soldados aquel clima húmedo, nebuloso y opresivo”.

…//…

Esa mañana, la del día 28 del mes de mayo del año 722, a contar desde el nacimiento de Nuestro Señor, Pelayo se había levantado temprano. Después de subir a la cueva y orar junto a Gaudiosa, pidiendo el apoyo de la Santa Madre del Salvador, ordenó que las mujeres se retirasen al fondo de la gruta, situó en la entrada a sus treinta hombres más fieles, aquellos que le habían seguido siempre, y bajó hasta la ribera del estanque. Allí ya no quedaban huellas del campamento levantado la noche anterior. Los astures se habían desperdigado por las casi inaccesibles laderas del monte Auseva, y ni siquiera su experimentada vista pudo distinguir el más ligero rastro de que estuviesen escondidos entre aquellas rocas. Volvió su mirada hacia el monte frente a la cueva, al otro lado del arroyo. Sí, allí estaban escondidos los godos de Pedro. Suficientemente lejos como para no ser sorprendidos por los musulmanes, pero lo bastante cerca como para, precipitándose ladera abajo, llegar a tiempo de intervenir en el combate. Ciertos movimientos entre la vegetación del promontorio boscoso situado a su izquierda, y que ocultaba la gruta a la visión de los que ascendiesen por el valle hasta que no cruzasen el arroyo, le indicó que Julián estaba distribuyendo a sus hombres entre los árboles y matorrales. Pronto, los únicos rebeldes visibles serían los que se encontraban en la entrada de la cueva. Ya era tiempo. Los centinelas adelantados volvieron con la noticia de que la avanzadilla musulmana venía remontando el arroyo. Pelayo ordenó que todo el mundo permaneciera alerta en sus puestos y, dando media vuelta, trepó hasta la gruta”.

…//…


“Alqama organizó a su ejército en la margen derecha del arroyo y contempló, a algunos centenares de pasos de distancia, a los infieles que estaban en la cueva.
—Bueno —dijo—, esos asnos salvajes ya se han cansado de huir y creen que esa cueva va a servirles de refugio. No nos costará mucho sacarles de ahí, vivos o muertos. Pero para evitarnos algunas bajas, seguiremos el consejo de Zeyad y procuraremos que se rindan. ¡Infiel! —gritó, dirigiéndose al obispo Oppas, que se encontraba cerca de él—. Ya es hora de que seas útil. Ve a hablar con los rebeldes y convénceles para que se sometan.
Oppas no las tenía todas consigo. Sabía quién era el líder de los rebeldes, y temía la reacción de Pelayo al verlo. Cruzó con dificultad el arroyo y se acercó lentamente a la cueva. Al llegar frente a ella, trepó a unas rocas y, alzando la cabeza, gritó:
—¡Pelayo! ¡Pelayo, hijo mío! ¡Soy yo, el arzobispo Oppas! ¿Dónde estás?
El jefe astur se adelantó unos pasos.
—Aquí estoy, Oppas, pero ¿cómo pretendes que te reconozca por mi obispo a ti, traidor a nuestro rey y a nuestro Dios?”

            …//…

“Pelayo saltó a una repisa rocosa, blandiendo su espada en la mano izquierda y llevando la cruz en la derecha.
—¡Caldeos! —gritó sin preocuparse de las flechas que rebotaban en las rocas a su alrededor—. ¡No obtendréis victoria alguna hoy! —alzó la cruz de nuevo—. ¡Éste es el signo de nuestro Dios! ¡Él nos concederá la victoria! ¡Él hará que vuestras armas se vuelvan contra vosotros!
Algunas de las flechas lanzadas por los arqueros musulmanes chocaron con las peñas que rodeaban al jefe astur, y cayeron, hiriendo a los berberiscos más próximos a la gruta. Las piedras más pesadas, después de errar la boca de la cueva, rodaron de nuevo hacia abajo, aplastando a los osados que intentaban trepar hacia el refugio de los rebeldes. Esto, unido al aspecto casi sobrenatural de Pelayo, de pie en la roca y alzando la cruz, y al acierto de sus palabras, tomadas como maldiciones reales por los más supersticiosos de los musulmanes, desencadenó el pánico entre ellos. Las primeras líneas intentaron retroceder, chocando con los que se encontraban detrás.
—¡Por Cristo! ¡A ellos! —gritó el guerrero, dejándose caer de piedra en piedra hacia los enemigos. Sus treinta seguidores se asomaron a la entrada de la gruta y atacaron con pedruscos y flechas a los musulmanes, lo que provocó todavía más desconcierto en la vanguardia del ejército.
—¡Por Cristo! —respondieron los astures como un eco, escondidos en las laderas del monte Auseva, arrojando toda clase de proyectiles hacia los aterrados musulmanes y descendiendo para unirse a Pelayo y sus hombres. Esta súbita aparición fue demasiado para los berberiscos que, asaeteados, apedreados, aplastados y pisoteados por sus propios compañeros que intentaban retroceder, iniciaron la huida.
—¡Cobardes! —gritó Alqama, intentando reorganizar a sus tropas—. ¡Atacad, no son más que un puñado de salvajes! —pero su voz se perdió en el tumulto.
—¡Por Cristo!
Un nuevo griterío se desencadenó desde el promontorio boscoso situado a la derecha de los musulmanes. Los hombres de Julián surgieron de la maleza, atacando a los enemigos más cercanos que, en su desconcierto, ya no sabían si les atacaba un centenar o varios millares. Nada consiguió detener la desbandada, cuando los cristianos alancearon a sus despavoridos enemigos sin oposición. El grueso del ejército musulmán, que no podía mirar directamente lo que estaba pasando, vio que sus compañeros de las primeras líneas se precipitaban hacia ellos, aterrorizados y en descontrolada huida. Dando media vuelta, intentaron librarse del desastre, pero eran demasiados para maniobrar en aquel lugar tan estrecho. Empujados, derribados y pisoteados por delante, y alanceados por los cristianos que surgían por doquier en sus flancos, cayeron a centenares, muchos de ellos sin saber realmente lo que estaba pasando.
Alqama y Zeyad, aterrados, emprendieron una veloz huida, golpeando a sus propios soldados para abrirse camino hasta cruzar el arroyo y unirse a la retaguardia.
—¡Por Cristo!
Pedro de Cantabria y sus godos surgieron de entre la maleza y los árboles, esgrimiendo sus espadas sedientas de venganza. La huida de los musulmanes se convirtió en un caos, y el caos en una masacre. Los más hábiles o veloces de la retaguardia consiguieron salvar sus vidas en una frenética carrera hacia Gijón, y la mayor parte, cortada la ruta de retirada, ascendieron junto al arroyo que pasa por delante de la gruta, internándose en los montes sin saber adónde iban, y dejando su camino jalonado de los cadáveres de los que no pudieron escapar de los cristianos.
Entre éstos se encontraba el que había sido jefe del ejército musulmán. En su alocada huida, Alqama, el berberisco, se había encontrado frente a frente con la poderosa y amenazadora figura del duque de Cantabria. El musulmán intentó evitar el combate, pero como el godo le cerraba todos los posibles caminos de retirada, empuñó su cimitarra, confiando en su habilidad para derribar al que parecía el jefe enemigo. Fue un vano intento, pues la espada de Pedro era más rápida.
Al pie de la gruta, Alqama halló el fin de sus ambiciones, de su ejército, de su vida y de su alma, como tantos otros que creyeron que, al derrotar a los godos, habían conquistado toda Hispania para siempre.
Mientras los supervivientes musulmanes seguían con su veloz huida, unos hacia Gijón, y otros, internándose en las alturas de los montes asturianos, Pelayo intentaba reorganizar a sus victoriosas tropas, consciente de que los despavoridos fugitivos eran aún mucho más numerosos que sus vencedores, y de que cualquier circunstancia imprevista podría cambiar la suerte de la batalla. Sin embargo, el entusiasmo de los cristianos era imparable.
—¡Victoria! —gritaban llenos de euforia.
—¡Victoria!
—¡Dios nos ha concedido la victoria!
—¡Gracias a la Virgen!
—¡Ha sido un milagro! ¡Yo lo vi!
Las voces resonaron en el estrecho valle hasta que Pelayo pudo hacerse oír.
—¡Aún nos queda mucho por hacer! —exclamó—. Los fugitivos han tomado el camino de las cumbres”.

…//…

“La marcha fue dura y agotadora, coronando cimas y descendiendo valles. Los cristianos corrieron durante todo el día detrás de los restos del ejército fugitivo. Cada vez que Julián, seguido de sus hombres, coronaba una altura rocosa, podía ver a los musulmanes desapareciendo detrás de las lomas. Cada vez que Zeyad, que dirigía a los berberiscos, miraba por encima de su hombro, tras trepar trabajosamente por una pendiente, veía a sus perseguidores iniciar el descenso hacia el valle que acababa de abandonar. Al fin, el manto oscuro de la noche detuvo a unos y a otros, proporcionándoles un breve y agitado descanso, insuficiente para reponer sus gastadas fuerzas.
Todo continuó igual al día siguiente. Con los musulmanes descolgándose hacia el Cares, peligroso descenso en el que se despeñaron muchos de ellos; y con los cristianos despellejándose las manos al trepar en su persecución por la vertiente opuesta.
Cuando los hombres de Julián apretaban los dientes y marchaban más rápido, ignorando el cansancio, el miedo ponía alas en los pies de los berberiscos. Al anochecer del día siguiente, y bajo una pertinaz lluvia, llegaron a las alturas que dominaban el cauce del Deva y contemplaron a sus pies los fértiles valles de la Liébana. Mantenían la ventaja que llevaban a sus perseguidores.
—¡Alá nos protege! —exclamó Zeyad—. Si conseguimos descender y cruzar el río antes de que caiga la noche, ya no podrán alcanzarnos. Mañana estaremos lejos, y en esos amplios valles no tendremos que temer emboscadas de los montañeses.
Coronando una loma, a casi una legua de distancia, Julián sintió que la desesperación le abatía. Sobre el terreno encharcado por la lluvia que estorbaba sus movimientos, les sería imposible llegar al río Deva antes de que fuese noche cerrada. Y no era posible pensar en efectuar el peligroso descenso en la oscuridad. Tendrían que acampar en las alturas, mientras los musulmanes lo hacían en los valles, donde podrían saquear impunemente al siguiente día, antes de que ellos consiguieran alcanzarlos. Sin contar que, en terreno despejado, la superioridad numérica de los berberiscos, crecidos en su moral por haber conseguido salir de los montes sin mayores contratiempos, podría ser decisiva. Apenado, y ante la caída de la noche, dio la ineludible orden de detenerse, mientras pensaba en los inocentes habitantes de los valles, entre ellos su amada esposa, expuestos a la rapacidad musulmana, exacerbada por la derrota, la huida y las ansias de venganza.
—¡Dios mío, ayúdame! —rogó, angustiado.
Un sordo rumor procedente del río se escuchó por todos los valles y hasta varias leguas de distancia, e interrumpió sus preces. ¿Qué habría sido? Imposible averiguarlo en la oscuridad, así que los cristianos tuvieron que esperar impacientes la llegada del nuevo día para poder acercarse a las elevadas riberas del Deva y continuar la persecución.
Cuando llegaron al borde de la cortada, vieron un espectáculo impresionante. Sin duda reblandecida por las lluvias, una sección de la ladera por la cual los musulmanes estaban descendiendo hacia el río se había desprendido y precipitado hacia las aguas, arrastrando con ella a la totalidad de los berberiscos. Un corrimiento de tierras, un argayu, había realizado la labor que los cristianos no habían podido realizar, a pesar de todos sus esfuerzos”.

Finalizamos aquí esta entrada dedicada a hablar de algunos aspectos de los que los historiadores no tienen certeza absoluta, y del modo que los trato en mis novelas. Intentaremos con ello que mis lectores no se olviden de mí hasta que pueda darles la noticia de que, por fin, llegue la publicación y presentación de la quinta novela de la serie, “La estirpe de los reyes”, lo que (D.m.), será antes del verano, o, en todo caso, en el próximo otoño.
Y también, como siguen preguntándome donde conseguir mis novelas, vuelvo a publicar esa información:

PELAYO, REY:
En papel y en versión digital en Imágica Ediciones S.L., albertosantoseditor.com, en la sección de Imágica Histórica.
            Solo en edición digital en editorialsapereaude.com, en la sección de narrativa.
LA MURALLA ESMERALDA, EL MULADÍ y LA CRUZ DE LOS ÁNGELES:
            En papel y en versión digital en editorialsapereaude.com, en la sección de narrativa.

Todas ellas, en papel, en la Librería Salazar, calle Luchana 7/9, Madrid.

Y, fuera de la serie dedicada a la Reconquista:
LA MEDALLA OLÍMPICA
En papel y en versión digital en Editorial Temperley, www.temperley.net/editorial


16 de abril de 2017

INCÓGNITAS I - Acerca de la identidad de Pelayo.

Doy principio a  una serie de entradas en el blog acerca de los casos, en los primeros años del reino de Asturias, en los que no tenemos una absoluta seguridad, siempre relacionándolos con lo narrado en mis novelas. Comenzaremos por la propia identidad de su fundador, don Pelayo.
Aunque hay  quienes afirman que no existió, y que es una leyenda, y otros que, aceptando su existencia, se inclinan porque fue un caudillo de los astures, rebelde contra los musulmanes como éstos lo fueron también contra los godos y, anteriormente, contra los romanos; la mayor parte de los historiadores aceptan (con reservas) lo afirmado en las crónicas del siglo IX, los documentos más antiguos que nos hablan del tema, aunque escritas más de cien años después de que ocurriesen.
            Vamos a ver qué nos dicen las crónicas más antiguas, concretamente la de “Alfonso III” y la “Albeldense”, por parte cristiana, y el “Ajbar machmuá” por parte musulmana:

Para la Crónica de Alfonso III utilizaremos:
Las   dos   versiones   en   latín   (sebastianense   y   rotense)   que proceden   de   Juan   Gil   Fernández,
Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1985. pp. 114-149 y 151-188.

La versión “ad Sebastian” es bastante concisa respecto a sus orígenes, aunque luego se extiende mucho en la batalla de Covadonga, que estudiaremos en la próxima entrada. Y nos habla también de sus consecuencias y de la definitiva liberación del reino asturiano.

“Goti uero partim gladio, partim fame perierunt. Sed qui ex semine regio remanserunt, quidam ex illis Franciam petierunt, maxima uero pars in patria Asturiensium intrauerunt sibique Pelagium filium quondam Faffilani ducis ex semine regio principem elegerunt”.
            (Crónica de Alfonso III, “ad Sebastian”)

“Per idem tempus in hac regione Asturiensium in ciuitate Gegione prepositus Caldeo rumerat nomine Munnuza. Qui Munnuza unus ex quattuor ducibus fuit qui prius Yspanias oppresserunt.
Itaque dum internicionem exercitus gentis sue conperisset, relicta urbe fugam arripuit. Quumque Astores persequentes eum in locum Olaliense repperissent, simul cum exercitu suo cum gladio deleuerunt, ita ut ne unus quidem Caldeorum intra Pirinei portus remaneret”.
            (Crónica de Alfonso III, “ad Sebastian”)

Y, para su traducción, disponemos de la de Nicolás Castor de Caunedo, “Un Cronicón del siglo IX”, en Semanario Pintoresco Español,  22 (28 de mayo de 1854),  pp. 169-173.  Basada en la versión sebastianense, se ha modificado la ortografía y algún otro detalle.

“Los godos sucumbieron, unos al filo de la espada y otros a los impulsos del hambre. Sin embargo, algunos de regia estirpe se salvaron, dirigiéndose a Francia, y otros, la mayor parte, penetraron en el país de los astures, y eligieron por su príncipe a Pelagio, hijo del duque Favila  y de sangre real”.

 “Por este mismo tiempo había en esta región de Asturias, en la ciudad de Gijón, un prepósito de los caldeos, que tenia por nombre Munuza, que fue uno de los cuatro capitanes que primero invadieran las Hispanias.
Tan luego llegó a saber la matanza del ejército, abandonó la ciudad y se puso en fuga, mas persiguiéndole los astures, le alcanzaron en el lugar Olaliense y le acuchillaron con todo su ejército, de tal manera que ni uno solo de los caldeos quedó aquende de los puertos del Pirineo”.

La versión “Rotense” es mucho más extensa y nos cuenta detalles de por qué Pelayo se rebeló.

“Per idemferre tempus in hac regione Asturiensium prefectus erat in ciuitate leione nomine Munnuza conpar Tarec. Ipso quoque prefecturam agente, Pelagius quidam, spatarius Uitizani et Ruderici regum, dicione Ismaelitarum oppressus cum propria sorore Asturias est ingressus. Qui supra nominates Munnuza prefatum Pelagium ob occassionem sororis eius legationis causa Cordoua misit; sedantequam rediret, per quodam ingenium sororem illius sibi in coniungio sociauit. Quo ille dum reuertit, nulatenus consentit, set quod iam cogitauerat de salbationem eclesie cum omni animosi tateagere   festinauit.   Tune   nefandus   Tarec   ad   prefatum   Munnuza   milites   direxit,   qui   Pelagium conprehenderent et Cordoua usque ferrum uinctum perducerent. Qui dum Asturias peruenissen tuolentes  eum fraudulenter conprendere, in uico cui nomen erat Brece per quendam amicum Pelagium manifestum est consilio Caldeorum. Sed quia Sarrazeni plures erant, uidens se non posseeis resistere de inter illis paulatim exiens cursum arripuit et ad ripam flubii Pianonie peruenit. Queforis litus plenum inuenit, sed natandi adminiculum super equum quod sedebat ad aliam ripam setrantulit et montem ascendit. Quem Sarrazeni persequere cessaberunt. Ille quidem montana petens, quantoscumque ad concilium properantes inuenit, secum adiuncxit adque ad montem magnum, cuinomen est Aseuua, ascendit et in latere montis antrum quod sciebat tutissimum se contulit; ex quaspelunca magna flubius egreditur nomine Enna. Qui per omnes Astores mandatum dirigens, inunum colecti sunt et sibi Pelagium principem elegerunt”.
            (Crónica de Alfonso III, “rotense”)

Aquí no disponemos en este momento de traducción, y no domino lo suficiente el latín como para hacerlo extensamente, pero se puede leer que Pelayo era espatario (Una especie de guardia real) de los reyes Witiza y Rodrigo. Que fue enviado prisionero a Córdoba porque el gobernador musulmán de Asturias, Munuza, quería casarse con su hermana. De allí se escapó y fue elegido jefe por los astures que luchaban contra los invasores. Debemos entender por astures todos los que vivían en Asturias, tanto descendientes de los godos como hispanos o los propios indígenas (originarios del país de que se trata  según la RAE).

En la crónica Albeldense utilizaremos también el mismo traductor.

33. Uittizza rg. ab. X. Iste in uita patris in Tudense hurbe Gallicie resedit. Ibique Fafilanem ducem Pelagii patrem, quem Egica rex illuc direxerat, quadam occasione uxoris fuste in capiteper cussit, unde post ad mortem peruenit. Et dum idem Uittizza regnum patris accepit, Pelagium filium Fafilanis, qui postea Sarracenis cum Astures reuellauit, ob causam patris quam prediximus,ab hurbe regia expulit. Toletoque Uittiza uitam finiuit sub imperatore Tiberio


XV. ITEM NOMINA REGUM CATOLICORUM LEGIONENSIUM
1. Pelagius filius Ueremundi nepus Ruderici regis Toletani. Ipse primus ingressus est inasperibus montibus sub rupe et antrum de Aseuba.

ITEM ORDO GOTORUM OBETENSIUM REGUM1. Primum in Asturias Pelagius rg. in Canicas an. XVIIII. Iste, ut supra diximus, a Uittizzan crege de Toleto expulsus Asturias ingressus. Et postquam a Sarracenis Spania occupata est, isteprimum contra eis sumsit reuellionem in Asturias, regnante Iuzep in Cordoba et in Iegione cibitate Sarracenorum iussa super Astures procurante Monnuzza. Sicque hab eo hostis Ismahelitarum cum Alcamane interficitur et Oppa episcopus capitur postremoque Monnuzza interficitur. Sicque ex tunereddita est libertas populo Xpiano. Tune etiam qui remanserunt gladio de ipsa oste Sarracenorum inLibana monte ruente iudicio Dei opprimuntur et Astororum regnum diuina prouidentia exoritur.Obiit quidem predictus Pelagius in locum Canicas era DCCLXXVª..


33. Vitiza, reinó diez años. En vida de su padre residió en Tudem, ciudad de Gallecia. Allí el Duque Fatilano, padre de Pelagio, a quien el rey Égica había desterrado, murió de resultas de un golpe que Vitiza le dio en la cabeza a causa de su mujer, y luego que Vitiza sustituyó a su padre en el trono, Pelagio, hijo de Fatilano, que después se levantó con los asturianos contra los sarracenos, fue también desterrado de la ciudad real por el motivo de su padre que arriba hemos dicho. Vitiza acabó su vida en Toleto, siendo emperador Tiberio.

CRONOLOGÍAS DEL REINO DE ASTURIAS Y OTROS
XV.—Siguen los nombres de los reyes católicos leoneses.
  1. Pelagio, hijo de Veremundo, sobrino de Roderico, rey toledano. Fue el primero que vino a los montes de Asturias, y se ocultó en la cueva de Ánseba

Sigue el orden de los reyes godos ovetenses.
1. El primero que reinó en Asturias, fue Pelagio, que residió en Canicas diecinueve años. Expulsado de Toleto por el rey Vitiza, entró en Asturias después que los sarracenos ocuparon a Spania. Reinando Juzeph en Córdoba, y Mounuza en la ciudad de Gegio (donde le pusieron los sarracenos para dominar a los  asturianos). Pelagio se rebeló antes que otro alguno en Asturias. Destruyó a los Ismaelitas, quedó muerto su general Alcamano, y prisionero el obispo Opa. Por último, Mounuza también perdió la vida, y el pueblo cristiano recobró la libertad. Los que delejército sarraceno escaparon de la espada, fueron por juicio de Dios oprimidos y sepultados por elmonte Libamina, y el reino de los astures quedó erigido por la divina Providencia. Murió el referido Pelagio en el lugar de Canicas en la Era 775

Esta crónica nos cuenta también varios aspectos de la rebelión de Pelayo, y de su vida anterior, aunque diferentes de los narrados en la “Rotense”; coincide con la “ad Sebastian” en hacer a Pelayo de sangre real, y, curiosamente, nos da dos versiones diferentes del nombre del padre de Pelayo:  Fatilano (Faffilanem), coincidente con el “Favila” que nombra la versión “ad Sebastian” de la crónica de Alfonso III (la “rotense” no nos dice nada acerca de este punto), y Veremundo, sobrino (él, o el propio Pelayo) del rey Rodrigo.

Las crónicas musulmanas, también citan, aunque muy de pasada a Pelayo, al que denominan “Belay”. Veamos el “Ajbar machmuá”, en traducción de don Emilio Lafuente Alcántara, que nos cuenta, relatando el acceso al gobierno de al-Andalús del emir Ocba ibn al-Haddjjad:

 “Recibió, en efecto, el gobierno de España, viniendo en 110 y permaneciendo en ella algunos años, durante los cuales conquistó todo el país hasta llegar a Narbona, y se hizo dueño de Galicia, Álava y Pamplona, sin que quedase en Galicia alquería por conquistar, si se exceptúa la sierra, en la cual se había refugiado con 300 hombres un rey llamado Belay (Pelayo), a quien los musulmanes no cesaron de combatir y acosar, hasta el extremo de que muchos de ellos murieron de hambre; otros acabaron por prestar obediencia, y fueron así disminuyendo hasta quedar reducidos a 30 hombres,   que   no   tenían   10   mujeres,   según   se   cuenta.   Allí   permanecieron   encastillados, alimentándose de miel, pues tenían colmenas y las abejas se habían reunido en las hendiduras de la roca. Era difícil a los muslimes llegar a ellos, y los dejaron, diciendo:  «Treinta   hombres,  ¿qué pueden importar?»”

Como resumen a la existencia e identidad de Pelayo, creo (y no soy historiador, por lo que lo único que hago es estudiar los trabajos de los que sí lo son) que podemos aceptar que existió, que fue un godo que se refugió en Asturias (como tantos otros) huyendo de la invasión musulmana, tuviera o no anteriormente posesiones o intereses en esa tierra; y que encabezó la rebelión (poco más fue al principio) de los cristianos contra los musulmanes, siendo elegido como jefe por sus compañeros.
Posteriormente, las crónicas de Alfonso III, interesadas en magnificar la figura de los antecesores (aunque no ascendientes, porque no había relación genealógica directa entre dicho rey y Pelayo, aunque en la última de mis novelas me invento una trama en que sí la hay) del monarca reinante, hacen que (en la version “ad Sebastián”) Pelayo descienda de los reyes godos (sea esto cierto o no), mientras que en la “rotense”, obviando ese dato, se cita a Pelayo como un simple “espatario” (guardia real) de los reyes Witiza y Rodrigo (lo que no afirma ni niega que tuviera la susodicha sangre regia), y hace hincapié en la novelesca historia de que Pelayo, al oponerse a la boda de su hermana con el gobernador musulmán de la zona, Munuza (historia ésta, quizá, inspirada en la boda de otro gobernador musulmán, también de nombre Munuza, con la hija del duque de Aquitania, Eudes), fue enviado por éste como preso a Córdoba, de dónde se escapó, volvió a Asturias y comenzó la rebelión contra los musulmanes, siendo elegido jefe por sus compañeros.
Y la “Albeldense”, quizá para justificar que Pelayo fuese partidario de Rodrigo contra Witiza, hace mención a que éste, en vida de su padre Egica, había matado de un golpe en la cabeza al padre de Pelayo, el duque Favila, “a causa de su mujer”

¿Y cómo relato, en mis novelas, éstos hechos?
En principio acepto todo lo que dicen las crónicas, sea o no real, porque son los datos que tenemos y, además, tienen valor novelesco y encajan bien en el personaje (su personalidad la construí a partir de esos datos).
Un apunte curioso, la frase de la “Albeldense”, acerca de la muerte de Favila, el padre de Pelayo, sucedida a manos de Witiza “a causa de su mujer” permite múltiples interpretaciones. A primera vista, parece que podría tratarse de que el poderoso Witiza, el duque de Gallaecia e hijo del rey Egica, desease a la esposa de Favila y, para conseguirla, matase al marido. Pero eso no es demasiado elogioso para los padres de quien consideré el primer rey asturiano. Estaba la opción, mucho más novelesca, de que fuese Favila quien intentase seducir a la esposa del rey, y, al sorprenderle, Witiza le matase. Pero esto dejaría a la madre de Pelayo como una “engañada”, a no ser que ya hubiese fallecido. En las dudas, en la primera redacción de esta novela, cuando aún pensaba denominarla “La Cruz de la Victoria”, decidí ignorar esta situación y comencé la novela con un prólogo en unas posesiones (imaginarias) que el duque Favila tenía cerca de Proaza y dónde Pelayo, a la sazón un adolescente, recibía la noticia de la muerte de su padre. Con un sentido cíclico de la trama, la novela concluía con un epílogo, cerca de ese mismo sitio, en el que Pelayo, después de la victoria de Covadonga, liberaba definitivamente Asturias de la dominación musulmana, hecho relatado también en las crónicas de Alfonso III, coincidentemente en ambas versiones:

“Qui Munnuza unus ex quattuor ducibus fuit qui prius Yspanias oppresserunt.Itaque dum internicionem exercitus gentis sue conperisset, relicta urbe fugam arripuit.
QuumqueAstores persequentes eum in locum Olaliense repperissent, simul cum exercitu suo cum gladiodeleuerunt, ita ut ne unus quidem Caldeorum intra Pirinei portus remaneret”.

(“Por este mismo tiempo había en esta región de Asturias, en la ciudad de Gijón, un prepósito de los caldeos, que tenia por nombre Munuza, que fue uno de los cuatro capitanes que primero invadieran las Hispanias.
Tan luego llegó a saber la matanza del ejército, abandonó la ciudad y se puso en fuga, mas persiguiéndole los astures, le alcanzaron en el lugar Olaliense y le acuchillaron con todo su ejército, de tal manera que ni uno solo de los caldeos quedó aquende de los puertos del Pirineo”).

Al revisar el texto, previamente a su publicación, por consejo de los editores (Imágica Ediciones), volví a tocar el tema de la muerte del padre de Pelayo, aunque, para evitar cualquier implicación no demasiado positiva (según me indicaron, no solo el protagonista, sino sus allegados, deberían ser irreprochables), hice que Favila, años después de quedarse viudo, se hubiese enamorado de una noble goda a la que también cortejaba Witiza; y que éste, por celos, le matase. Para esto, abandoné mi idea de dar a la trama un carácter cíclico, hice un prólogo en Tuy en que contaba ese luctuoso hecho y pasé el prólogo anterior al primer capítulo; convertí el epílogo anterior como último capítulo, y redacté un epílogo con su proclamación como rey (imaginaria, aunque ya presente en leyendas como la del “Campo de la jura” o “el Repelao”), para justificar el nuevo título sugerido por los editores (Pelayo, rey), con el que se publicó  y con el que la conocen mis lectores.

Y, a continuación, como prometí, transcribo algunos párrafos de la novela, relativos a ese prólogo, y a la (imaginada) descendencia de Pelayo de los reyes godos.

Relativos a la muerte de Favila:

“Cuando ambos godos hubieron salido al exterior, en el que la tormenta había cesado y solo quedaban rastros de ella en los encharcados suelos, y tras cerciorarse de que no había nadie por las cercanías que pudiera escucharles, Atanagildo tomó del brazo a su amigo y, en voz baja, le dijo:
- Oye, Fáfila. Hay un rumor que ha llegado a mis oídos y que me preocupa. Espero que no sea cierto, pero se dice que la mujer en quién has puesto tus ojos es...
- La mirada de Atanagildo se cruzó con los ojos azules, inusualmente serios y tristes, del conde de Lucus Asturum y se interrumpió.- ¡Cielos! ¡Fáfila, no! La amante del duque...
- Ya no es su amante.- Contestó con voz suave Fáfila.
- No es eso lo queWitiza piensa. Amigo mío, desde que enviudaste te has dedicado a perseguir a todas las mujeres hermosas que se ponían a tu alcance, y tu fama es merecida, pero esta vez picas demasiado alto. No sabes a lo que te arriesgas...
- Lo se perfectamente, Atanagildo. Esta vez es diferente. Ganar a Witiza en una lid amorosa puede ser tentador, pero no estoy loco, no arriesgaría mi vida por una simple cuestión de presunción. Conocí a Lutgarda en una comida al principio del verano, cuando el duque nos reclamó, y me enamoré de ella. Y ella, al menos así creo, también de mí. Seguí viéndola, a escondidas, y he comprendido que no puedo vivir sin ella. No, Atanagildo, hay fuegos que no se apagan, ni con las persistentes lluvias de estas tierras...- Concluyó, con voz a la vez triste e ilusionada, Fáfila.
- Pero pertenece a Witiza... - Objetó su amigo.
- Lutgarda no pertenece a nadie. Es una mujer libre, y de familia noble, además. Puede elegir su destino.
- No es eso lo que cree nuestro duque. Él opina que todo lo que hay en Gallaecia es de su propiedad.
- No me importa. Esta noche hablaré con ella. Y si, como creo, sus sentimientos son como los míos, la convenceré para que mañana, después de la reunión, se venga conmigo. A mis tierras de Asturias. Una vez allí, que Witiza vaya a buscarla, si se atreve”.

Y:

“No lo sabremos nunca, pues en ese momento la puerta de la habitación se derrumbó con estrépito y media docena de soldados penetraron en la estancia al mando de Sigmundo y del hermano del duque, Sisberto (la fama de experto luchador del conde de Lucus superaba, incluso, a su prestigio de conquistador). Tras ellos en un rostro enmarcado por una cuidada barba negra, relucían con odio los ojos fríos y crueles de Witiza, hijo de Egica y duque de Gallaecia”.

Respecto al origen de Pelayo, nuestro protagonista, antes de conocer la muerte de su padre, después de tener un combate de entrenamiento con su amigo Julián:

“- Soy un godo - Contestó el otro. - Soy godo y soy noble. Mi padre es dueño de todo lo que ves. Y de mucho más. Es dueño de tierras y palacios, de siervos y de guerreros. Es dueño hasta de tu padre, aunque su relación con él, al igual que la mía contigo, no sea la de posesión, sino la de amistad. - Al decir esto posó su mano sobre el antebrazo de su compañero. El gesto contrastaba por su ternura con el encarnizamiento de la lucha sostenida momentos antes.
- Los godos somos los dueños de Hispania - continuó. - Pero somos pocos. Y lo que poseemos tenemos que mantenerlo con las armas en la mano. Así lo hemos hecho siempre, desde que el Emperador Honorio concedió esta tierra a nuestro rey Ataulfo. Y luchando, y venciendo, es como Leovigildo aniquiló a los Suevos, Sisebuto expulsó a los Bizantinos y mi bisabuelo Chindasvinto consolidó el Reino. Es nuestro destino, Julián, luchar siempre. Luchar y vencer. Porque el día en que nos derroten, no podremos sobrevivir”.