18 de julio de 2018

Reyes Asturianos II; Pelayo (continuación)


Terminamos la entrada anterior contando como Pelayo, Rey finaliza con la entronización de Pelayo como rey de Asturias. Recuerdo que, en dicha novela, decía a su conclusión que “esto no es el FIN, sino el PRINCIPIO”, utilizando la clásica palabra con que se dan por finalizados los libros, junto con la idea de que así comenzaba la Reconquista que se iba a narrar en próximos volúmenes.
Pero la vida de Pelayo no terminaba aquí. Desde el año 722, fecha de la batalla de Covadonga, hasta el 737, en que falleció, presumiblemente de muerte natural, transcurrieron quince años en los que el naciente reino se fue consolidando. No tenemos ningún dato sobre Asturias en esa época, ni en las crónicas cristianas ni en las musulmanas, señal de que a los gobernantes cordobeses poco les importaba el pequeño reducto montañoso del norte de la península (lo que, sin duda, permitió al reino cristiano del norte sobrevivir en los primeros momentos en que solo eran unos grupos desorganizados alrededor de Cangas de Onís, la “Asturias primoriense” que nombran los cronistas) y que estaban más interesados en extender su conquista por el resto de Europa, lo que intentaron hasta que fueron detenidos en Poitiers por Carlos Martel, y que causó, años después, la amarga queja del anónimo autor del “Ajbar Machmuá” que escribió, refiriéndose a los tiempos del emir Ocba: “…sin que quedase en Gallicia alquería por conquistar, si se exceptúa la sierra, en la cual se había refugiado con 300 hombres un rey llamado Belay…//… hasta que quedaron reducidos a 30 hombres…//…Era difícil a los muslimes llegar a ellos y los dejaron, diciendo “30 hombres, ¿qué pueden importar?”. Despreciáronlos, por tanto, y llegaron al cabo a ser asunto muy grave, como, Dios (Allah) mediante, referiremos en el lugar oportuno.” Y, más adelante, narrando lo ocurrido durante el emirato de Yusuf al-Fihrí, escribe: “Los gallegos se sublevaron contra los muslimes y, creciendo el poder del cristiano llamado Pelayo, de quien hemos hecho mención al comienzo de esta historia, salió de la sierra…//…volviéndose a hacer cristianos todos aquellos que estaban dudosos de su religión…”.

Esta ausencia de datos me llevó, en un principio, a pasar por alto estos años y centrarme en escribir sobre los reinados, más documentados, de los reyes que van desde Fruela I, hasta Alfonso II, “el casto”. Pero la excelente acogida de la ya citada Pelayo, Rey llevó a la editorial a pedirme una continuación de la misma. Y me decidí a narrar el resto del reinado de Pelayo en una novela titulada La Muralla Esmeralda, en relación a la enhiesta y verde cordillera que protegió al Reino Asturiano en aquellos momentos en que aún no era lo bastante fuerte para enfrentarse militarmente a los emires cordobeses. Como en esos tiempos no hay ninguna reseña sobre campañas musulmanas en tierra asturiana, no relaté acciones bélicas (salvo una, inventada, pues no podía retratar al protagonista sin acometer gestas heroicas, y que narré haciendo la salvedad, con nota al pie, de que esas páginas pertenecían a la ficción, sin ninguna base histórica). Por lo tanto la novela describe a Pelayo como un gobernante preocupado por el bienestar de su pueblo, y a la corte asturiana como un lugar en que los jóvenes de la siguiente generación (Favila, los hijos de Pedro, Alfonso y Fruela y otros personajes inventados) se preparan, bajo la dirección de Pelayo para, en su momento, asumir las responsabilidades que les corresponda, mientras las jovencitas (la hija de Pelayo, Hermesinda; Brunequilda, la futura mujer de Favila; y otras inventadas) me daban pie para mezclar romances y aventuras.

Pero, con todo eso, la novela no tenía suficiente consistencia histórica y desperdiciaba la enorme cantidad de datos que nos dan las crónicas musulmanas sobre los acontecimientos ocurridos en esa época en las tierras dominadas por el emirato cordobés. Así que introduje una duda de Pelayo sobre si era buen momento para iniciar la reconquista de los territorios ocupados, o si llamar la atención de los musulmanes, en aquel momento más poderosos, podría ser fatal para el reino asturiano (ya vimos, en la crónica del “Ajbar machmúa” citada anteriormente, como la inacción en ese sentido hizo ganar un tiempo que, a la postre, resutó crucial para el resultado d ela Reconquista). Pelayo, prudentemente, envía una misión a tierras musulmanas, para lo que utilicé a personajes inventados (Julián, el amigo y cuñado de Pelayo que había compartido protagonismo en Pelayo, Rey; así como el astur Xinto y el godo Alarico que también tendrían papeles importantes en novelas posteriores), por lo que la mitad de la novela transcurre en el emirato cordobés, narrando hechos históricos auténticos.

Durante el desarrollo del libro asistimos a la muerte del duque Pedro de Cantabria (con una aparición inesperada del obispo Oppas), y a los fallecimientos por causas naturales de Adosinda, Gaudiosa, y, por fin, del propio Pelayo, con lo que finaliza la novela y las apariciones del primer rey asturiano en mis relatos.

A pesar de que, como he dicho, fue la propia editorial la que me sugirió redactar esta novela, no mostró interés en publicarla y quien lo hizo fue la editorial asturiana Sapereaude.

13 de julio de 2018

Reyes Asturianos I


Ya estamos en Torre del Mar, comenzando a retomar la redacción de la próxima novela. Hasta que podamos contar a nuestros lectores alguna novedad sobre ella, y, para cumplir con el propósito de ir publicando algo, vamos a hacer una reseña sobre la lista de reyes asturianos y su aparición en mis novelas:

1º.- Pelayo, hijo de Favila (o Fáfila).
No hay un acuerdo unánime entre los historiadores acerca de este personaje. Desde los que aceptan lo que nos dicen las crónicas de que era hijo del conde de Asturias y descendiente directo de los reyes godos, hasta los que lo consideran un jefe tribal astur, o los que, incluso, niegan su existencia.
Se ignora la fecha de su nacimiento, se cree que en el año 718 fue elegido caudillo por los godos fugitivos refugiados en Asturias (o jefe por los propios astures) y que, quizá, tras la victoria de Covadonga en 722, proclamado rey (hecho este sobre el que muchos historiadores discrepan, opinando que solo con Alfonso I puede hablarse de un verdadero monarca).
Falleció en el año 737 en Cangas de Onís, siendo enterrado en la iglesia de santa Eulalia de Abamia (próxima a Cangas), sitio en que ya reposaba su mujer, Gaudiosa. Posteriormente Alfonso X ordenó trasladar sus restos a Covadonga, hecho éste también sujeto a controversias.

La vida de Pelayo está narrada, de forma novelesca, en mis libros Pelayo, Rey y La Muralla Esmeralda.
En el primero de ellos, acepto la versión de que se trataba de un noble godo, hijo del conde de Lucus Asturum (la actual Lugo de Llanera, ciudad más importante de la Asturias situada al norte de la Cordillera Cantábrica), y no porque crea que esa era su aunténtica filiación (no soy historiador, por lo que mi opinión poco cuenta), sino porque, novelescamente, me pareció más interesante.
La novela comienza en el año 700, cuando Pelayo, un joven de unos quince años, se entera de que su padre ha sido asesinado por Witiza, hijo del rey Egica y, a la sazón, duque de Gallaecia. Witiza ha ordenado matar también a los hijos de Fafila para evitar posibles futuras venganzas y Pelayo, junto con su amigo, hijo de su administrador, el joven hispanorromano Julián (personaje inventado; los novelistas necesitamos introducir personajes que, al no ser reales, no estén sometidos a ajustarse a lo que la historia nos dice de ellos), busca refugio entre las tribus astures de las montañas, y traba conocimiento con la hija del jefe, una niña de nombre Gaudiosa (no hay ningún dato que nos pueda hacer suponer que la esposa de Pelayo fue una joven astur, pero me pareció una buena idea para justificar la futura adhesión de las tribus astures a un noble godo).
En el año 703 muere el rey Egica y su hijo, Witiza, pretende ser elegido como rey (en los godos la sucesión del monarca era electiva, lo que causaba no pocos problemas); aconsejado por su hermano Oppas, arzobispo de Toledo, pacta con su rival por el puesto, Rodrigo, duque de la Bética (y primo de Pelayo), el que éste no se le oponga a cambio de una amnistía para todos los enemigos de la famila de Egica, lo que permite a Pelayo salir de su escondite y retomar el puesto de su padre como conde de Asturias.
Con esto termina la primera parte de la novela. En la segunda, llega el año 710, en el que muere Witiza. Sus hijos, Achila (o Agila), Ardabasto y Olmundo son aún muy jóvenes y a Rodrigo no le resulta difícil obtener el número suficiente de apoyos para ser proclamado rey. Oppas y su hermano Sisberto, duque de Galalecia, no lo aceptan y, defendiendo los intereses de sus sobrinos, se levantan en armas contra el duque de la Bética, lo que hace que Pelayo baje a Toledo para ayudar a su primo. Pero antes vuelve a los montes de los astures para buscar refuerzos y se encuentra de nuevo con Gaudiosa, ya convertida en una hermosa joven. La doncella astur se enamora del apuesto godo, pero éste, convencido de que su destino está en la corte toledana, hace un esfuerzo por apartarla de sus pensamientos.
La guerra es breve. Las tropas de Rodrigo son superiores y Oppas y Sisberto aceptan reconocer a Rodrigo como rey a cambio de mantener sus títulos y posesiones. Pero, entretanto, el astuto arzobispo, envía a sus sobrinos a Ceuta, al otro lado del estrecho, para evitar que caigan en manos del nuevo soberano. Allí Olbán, el conde de la ciudad y partidario declarado de la familia de Witiza, se compromete a mantenerles escondidos y a salvo, pero se niega a rebelarse abiertamente contra Rodrigo.
El nuevo soberano es coronado en Toledo y nombra a su primo Pelayo jefe de los espatarios (guardia personal del monarca).
Durante un año Pelayo vive en la corte, pero, poco a poco, se va dando cuenta de que el carácter de Rodrigo, a quien admiraba, va cambiando, convirtiéndose en un soberano despótico que no admite más norma que su propio deseo. Un día, observa a una joven bañándose en el Tajo y sin el menor miramiento, la viola. La joven resulta ser Florinda, la hija del conde Olbán, que había acudido a educarse en la corte, como era habitual en los hijos de los nobles de provincias. La joven, llena de vergüenza por lo sucedido, abandona Toledo y se dirige a Ceuta. Cuando su padre se entera, decide vengarse y va a entrevistarse con los musulmanes, unos nómadas procedentes de Arabia que, difundiendo con la espada la religión predicada por su profeta, Mahoma, han conquistado el norte de África y amenazan la ciudad de Ceuta. Les habla acerca de la riqueza del reino de los godos y les ofrece sus naves para pasarlos al otro lado del estrecho. El jefe de los musulmanes, Musa ibn Nusayr, recelando de arriesgar a sus propios guerreros árabes, ordena a su liberto originario del norte de África, Tarik ibn Ziyad, que, con sus bereberes, realice una incursión.
Entretanto, Rodrigo ha llevado su ejército al norte para someter una rebelión de los vascones. Estando allí, recibe la noticia de que unos extranjeros norteafricanos han invadido el reino y marcha hacia el sur precipitadamente. Pero, debido que tiene que dejar la mayor parte de su ejército en el norte, ordena a Sisberto y Oppas, los hermanos de Witiza, que acudan a reforzarle con sus propios hombres. En las márgenes del río Guadalete, o a orillas de la hoy desaparecida laguna de Janda, el ejército de Rodrigo se enfrenta a los hombres de Tarik, pero, en mitad del combate, los soldados de Oppas y Sisberto cambian de bando y atacan a sus propios compatriotas. El propio rey godo interviene a la desesperada en la batalla, pero es derribado por Sisberto, sufriendo múltiples heridas y solo la intervención de Pelayo, que mata al traidor duque de Gallaecia (vengando así, sin saberlo, a su padre, pues había sido Sisberto quien, por orden de Witiza, había asesinado a Fáfila), consigue salvarle la vida. El espatario, cargando con el moribundo monarca, se retira del campo de batalla y emprende un angustioso camino que le lleva hasta Viseu, en el noroeste del actual Portugal, donde al fin el último rey godo fallece y es enterrado en una cueva.
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Por otro lado, Tarik continúa una veloz conquista hasta llegar a Toledo; allí le alcanza Musa, quien, al comprobar que su subordinado ha tenido éxito, viene con un ejército de árabes para reclamar el triunfo. La facción goda enemiga de Rodrigo comprende que los musulmanes no han venido a ayudarles, sino a conquistar el reino, y, ante la evidencia, se someten a los nuevos señores.
Pelayo continúa, desilusionado y deprimido, hasta Asturias, donde retoma su puesto de señor de las tierras, acata a los mulmanes y procura que las condiciones que estos impongan a sus súbditos no sean demasiado duras. Pero el gobernador bereber de la zona, Munuza, se encapricha de la hermana de Pelayo y, para conseguirla, envía al godo prisionero a Córdoba.
En un calabozo cordobés, Pelayo, desesperado, comprende que el mundo ideal que se había forjado era falso y que su ambición de ocupar un puesto prominente en la corte, le había conducido al fracaso. El reino de los godos ha caído. Su rey ha muerto. Su hermana era prisionera de Munuza y había rechazado a quien era su verdadero amor, Gaudiosa, la astur. Se lamenta en voz alta en la oscuridad del calabozo y escucha que una voz le contesta; la de su amigo Julián quien también había caído prisionero de los musulmanes, y que le dice que él también había cometido un error, no se había atrevido a confesar a su amigo que él estaba enamorado de la hermana del godo, Adosinda, por miedo a causar el enojo de Pelayo debido a la diferencia de clase y posición. Pelayo recupera su ánimo, exclama que no pueden rendirse y que ambos pueden alcanzar lo que desean, rompe sus ligaduras y, junto con Julián emprenden el regreso a la tierra asturiana, dando fin a la segunda parte de la novela.
Tras pasar muchas penalidades, Pelayo y Julián llegan ante la imponente Cordillera Cantábrica. El otoño ya está avanzado y las primeras nieves han cubierto los pasos. A pesar de todas las dificultades, llegan, agotados, hasta orillas del lago Enol, donde las tribus astures acaban de abandonar sus pastos de verano para trasladarse a tierras más bajas. Solo quedan los últimos y, entre ellos, Gaudiosa, que corre hacia los recién llegados. Tras confesarse su mutuo amor, Pelayo y Gaudiosa se casan en la gruta de Covadonga (en la segunda parte de la novela había hecho que un sacerdote de Toledo acompañase a Pelayo en su regreso a Asturias, instalándose en lveces en los a Cueva, lo que utilicé en esa escena). Como el padre de Gaudiosa había fallecido, las tribus astures se reúnen para elegir un nuevo jefe, celebra la boda de ésta y de Julián.y Gaudiosa consigue que la elección recaiga en Pelayo (Entre los primitivos astures, la sucesión solía ser matrilineal, recayendo en el marido de la hija del jefe, lo que ocurrirá después en un par de ocasiones en los primeros reyes asturianos; Alfonso I y Hermesinda o Silo y Adosinda).
Pero Pelayo tiene aún una cosa que hacer antes de ejercer la jefatura. Como la fortaleza de Gijia, en la que reside Munuza, tiene fuertes murallas, Pelayo acude a un pueblecito costero cercano (concesión al pueblo de mis ancestros) y se embarca con sus hombres en un grupo de bateles, llegando a Gijia por mar. Tras liberar a su hermana Adoisnda, se celebra la boda de ésta y de Julián, y todos se refugian en las tierras de los astures.
Munuza pide refuerzos a Córdoba y persigue a los fugitivos. Pelayo y sus hombres se refugian en la Cueva. Los musulmanes llegan ante ella y Oppas, que les acompaña, intenta convencer a Pelayo para que se rinda. Ante la negativa, loos musulmanes inician el ataque, pero al lanzar piedras con “fundíbulos” contra la cueva, las que yerran, rebotando en la pétrea ladera vuelven a caer sobre ellos, provocando su desconcierto. Aprovechándolo, Pelayo y sus hombres se lanzan contra los musulmanes, a la vez que el duque godo Pedro de Cantabria (pariente también de Pelayo y que ya había hecho acto de presencia en la primera y segunda parte de la novela) ataca a los musulmanes desde atrás. Derrotados los musulmanes, emprenden la huída, pero dada la estrechez del valle, pocos lo consiguen.
 Munuza no se conforma con volver a Gijia, sino que, aterrorizado, huye hacia el sur, pero antes de que consiga pasar los montes, es alcanzado por los astures. Pelayo mata a Munuza y, a su vuelta a Cangas, es proclamado rey por una multitud de astures, godos e hispanorromanos.
Con esto finaliza la novela. Tenía pensado hacer la relación de todos los reyes asturianos y su actuación en mis novelas, pero me he extendido demasiado, y lo dejo para próximas publicaciones.

30 de junio de 2018

Retomando el contacto con mis lectores.


Al poner la fecha de esta publicación he sentido vergüenza. Hacía cuatro meses y 22 días que no escribía nada en el blog. No acabo de creérmelo. La verdad es que, en todo este tiempo, mi actividad literaria ha sido pausada, al menos en la parte creativa, debido, sobre todo, a que he estado centrado en las publicaciones, que creía inminentes, de, por un lado, La estirpe de los Reyes, y por el otro, de La Cruz de la Victoria, amén de tomar la decisión de intentar publicar o no la nueva versión de La Cruz de los Ángeles. En cada uno de estos temas estaban implicadas (de momento) tres editoriales diferentes, y en ninguno de ellos la decisión o la realización me competía a mí. Debido a estar pendiente de estos temas, el avance en la escritura de El Rey Leproso o La Caja de las Ágatas (aún no he decidido cuál de ambos títulos voy a utilizar, o si serán dos novelas separadas) ha sido muy lento, pues, sea como sea, no se publicará hasta que vean la luz las otras dos o tres antecesoras.
Pero eso no es excusa para abandonar de esa manera a mis lectores. Pido disculpas por ello y, en este momento de comenzar las vacaciones estivales, que es el momento en que más tiempo dedico (o dedicaba antes de mi jubilación) a la actividad literaria, me comprometo a avanzar en la redacción de esa novela y a tener al tanto de ello a mis lectores. Otra cosa son los temas editoriales, que quedan aparcados hasta el próximo otoño.
Y ya solo me queda, por supuesto, desear un feliz verano a todos mis lectores y a los que, aunque aún no formen parte de ese colectivo, espero merecer que lleguen a él en un futuro.

9 de febrero de 2018

Génesis de mis novelas IV

En cuanto a intentar solucionar los problemas de los que he hablado en la entrada anterior, dejé de lado los libros segundo y tercero (La Muralla esmeralda y El Muladí), por entender que eran productos terminados y que, si no conseguían llegar al nivel que yo hubiera deseado, era porque las historias que en ellos contaba (pertenecientes, en su mayor parte a mi imaginación) no daban más de sí; o yo no había sido capaz de elaborarlas de un modo suficientemente atractivo.
Otro era el problema de La Cruz de los Ángeles, el que había sido el segundo en su concepción y redacción, y que, antes de su publicación, había sufrido numerosas variaciones debido a lo que se iba contando en los otros libros en los que sucedían hechos anteriores, y que, por ese mismo motivo, verían la luz antes que él. Esta novela requería un tratamiento que, si no lo hacía equiparable a Pelayo, rey, si le diese una extensión y un nivel que no desdijesen demasiado de la obra que fue el comienzo de todo. Para ello me dediqué a una tarea que no estoy seguro de que sea del todo correcto hacer: modificar o, en parte, reescribir un libro ya publicado.
Lo primero era aumentar las páginas dedicadas a Alfonso II “el casto” para que, aún manteniendo la estructura del libro, en especial la parte dedicada a su padre Fruela, se notase que él era el auténtico protagonista de la historia. Para eso utilicé principalmente la leyenda del “Arca santa”, que había pasado por alto en la primera redacción, e igualmente procuré dedicarle más atención (y más párrafos) en todos los capítulos que se referían a él. Para eso me ayudó en gran manera los datos que había utilizado en mi próxima novela, La Estirpe de los reyes, que espero se publique próximamente.
Lo segundo era darle al libro una estructura propia, sin que pareciera simplemente un tomo más de la serie; eso lo conseguí quitando importancia (sin por eso dejar de utilizarlos) a los personajes imaginarios de los condes de Gauzón, que personificaban el lazo de unión de todos los libros. Y, sobre todo, eliminando las múltiples referencias en notas al pie que nos remitían a lo narrado en los anteriores.
Y, por último (esto es lo más complicado de explicar sin desvelar sorpresas a los que aún no hayan leído el volumen ya publicado con ese nombre), rehacer por completo el personaje del rey Silo, tío político y tutor de Alfonso II, al que le había dado una filiación completamente imaginaria y hecho miembro de esa familia de los condes de Gauzón como el joven hermanastro menor de uno de ellos, de una edad aproximada a la de la reina Adosinda, la hija de Alfonso I y su futura esposa. En cambio, en esta nueva redacción le di la personalidad, más comúnmente aceptada por los historiadores, de un noble gallego de mediana edad, y en cuyo matrimonio con Adosinda intervino la coveniencia política del momento.
Hecho esto (y no sin trabajo), quedó un libro, quizá más serio, quizá menos impactante, pero más acorde con la realidad histórica (como he intentado que fuesen todos los que he escrito, hasta que las tramas inventadas se me iban de las manos) y, sobretodo, de un nivel mayor que la redacción anterior.

Y ahora, ¿qué hacer? ¿Intentar editarlo con el mismo nombre? ¿Hacerlo con otro, abandonando lo que me parecía uno de sus atractivos y su justificación? La primera opción me parecía un engaño para los que ya hubiesen comprado y leído la edición ya publicada y que viesen que se ponía a la venta una mejor que la que ellos habían adquirido. La segunda podría significar lo mismo para los que la comprasen y comprobasen que más de la mitad del libro era similar a lo que ya tenían. No tengo claro la actuación a seguir, pero no quisiera desperdiciar una labor que me ha llevado más de un año y cuyo resultado, al menos así lo creo, ha sido satisfactorio. De momento esperaré a que alguna editorial se interese por él y que sean ellos los que me aconsejen cómo publicarlo.

30 de enero de 2018

Génesis de mis novelas III

Habíamos hablado en las entradas anteriores de las novelas publicadas e, incluso, de la que verá la luz próximamente: Acerca de la primera de ellas, Pelayo, Rey, poco hay que no conozcan mis lectores. Después de 7 años de haberla escrito,  (se concluyó y la inscribí en el registro de la propiedad intelectual, aunque con el nombre de La Cruz de la Victoria, en 1997), se publicó, en una primera edición de tapa dura, por Imágica ediciones, en 2004. A la que le siguió una segunda, ya en tapa blanda, en 2006, otra en 2008 y otra más en 2013. En 2015 la misma editorial realizó una nueva, dentro de su colección de novela histórica.
Entretanto, y ahora no recuerdo la fecha con exactitud, también fue editada por el Círculo de Lectores.
Como Imágica no mostró interés (y a día de hoy no comprendo por qué, ya que su difusión fue bastante buena) por publicar las siguientes, me dirigí a la editorial Sapere Aude, de Gijón, quien publicó en abril de 2011 La Muralla Esmeralda, en versión física y digital (también Pelayo, Rey en versión digital). En junio del mismo año El Muladí. Y en el 2015 La Cruz de los Ángeles. En estos casos la difusión no fue tan extensa, pues esta editorial no hace publicidad ni trabaja con distribuidores, sino que las pone a la venta en su página web, mientras que yo me comprometo a adquirir un número determinado de ejemplares, que luego distribuyo en mis presentaciones. Y, últimamente, sus condiciones se endurecieron notablemente, demostrando no demasiado interés en continuar con nuestra colaboración, por lo que, como ya dije en la entrada anterior, la siguiente, La Estirpe de los Reyes, será publicada (D.m.) por la Editorial Temperley.
Pero no solo por eso no quedé tan satisfecho de esas tres novelas como de la primera (de la quinta, ya hablaremos cuando se publique), sino que, después de releerlas varias veces (algo obligado cuando estaba escribiendo La Estirpe, que transcurría a la vez que ellas), no podía quitarme de encima la sensación de que no estaban al nivel de Pelayo, rey. Y me puse a intentar averiguar los motivos.
Dejando aparte lo que pueda ser achacado a mi elaboración de la trama y a mi redacción (aspectos ambos en los que prometo esmerarme más en lo sucesivo), y a las correcciones posteriores, que la editorial Sapere Aude no llevaba a cabo, dejándome a mí una tarea para la que no estoy suficientemente preparado, llegue a la conclusión de que había otros motivos por los que su calidad no llegaba a la altura que me hubiera gustado y que se les podía exigir.
Uno de ellos, quizá el principal, era la personalidad de sus protagonistas. En Pelayo, rey, don Pelayo llenaba por sí solo todos los capítulos, estando presente aún en aquellas escenas en las que no aparecía físicamente. Aunque yo hice mis esfuerzos en dotar de un carácter interesante, tanto a su compañero, Julián, personaje totalmente inventado, como a su esposa Gaudiosa (de la que nada, aparte de su nombre, se sabía, por lo que también se puede considerar como alguien perteneciente a mi imaginación), o al rey don Rodrigo (del que sí la historia o, mejor, las leyendas, me habían dado abundantes datos), entre sus colaboradores; y a Oppas y Witiza entre sus enemigos, no eran comparables, ni d elejos, al protagonista.
Sin embargo, en La Muralla Esmeralda, al no tener ningún dato sobre el rey Pelayo en esos momentos, el peso de la acción recaía especialmente en su compañero, Julián, en el godo Alarico, en el astur Xinto, todos inventados, y en una serie de personajes secundarios, que, posiblemente, no fueran capaces de seducir al lector como lo había hecho el iniciador de la Reconquista en la novela anterior.
En el Muladí toda la trama giraba en torno a Abdul, un personaje ficticio representante de ese grupo social y racial, mientras que los personajes reales que transcurrían por las páginas tenían mucha menor importancia. Sin duda, a pesar de mis esfuerzos por dotar de una personalidad atrayente al protagonista, no lo conseguí, o, al menos, no en la medida de lo que yo hubiera deseado (y me considero capaz de hacer).
Y, en La Cruz de los Ángeles, aunque el que iba a ser su protagonista principal, Alfonso II, “el casto”, tiene, sin duda, un peso suficiente, según lo que de él sabemos (y, no puedo por menos de decirlo, según nos lo describe don Claudio Sánchez Albornoz, en cuyos estudios me he basado principalmente para construir la trama de esa novela), mi interés por tratar también con bastante profundidad a su padre Fruela I, “el cruel” (también influído por Sánche Albornoz), me hizo dividir la novela en tres partes, la primera protagonizada por el susodicho Fruela I, y la tercera por su hijo Alfonso II, “el casto”, separadas por una segunda en que relataba los años y reinados intermedios que los separaron. No puedo quitarme de la cabeza que eso, quizá, fue un error, y hubiera debido hacer dos novelas diferentes. Pero, en fin, estaba ocupado con el resto de libros y lo dejé así. Como he dicho, el resultado no ha conseguido satisfacerme del todo.
Aún hay otro motivo: llevado de mi interés por cohesionar todas las novelas, y, además, por el deseo de que el lugar de donde es originaria mi familia, el concejo de Gozón, en Asturias, tuviese importancia en mis historias, me inventé una familia, los condes de Gauzón, de la que, consecutivamente, padres, hijos y nietos, tomaban parte en las diferentes tramas de los sucesivos libros, adquiriendo, a veces, más importancia que los propios protagonistas. Con esto la saga de las novelas quedaba, en efecto, convertida en una serie y aumentaba su ligazón, pero hacía que perdiera importancia como libros individuales, pues, aunque no era imposible leer uno sin haberlo hecho con los anteriores, si que había demasiadas referencias de unos con otros.
Pensé solucionar eso de alguna manera, pero a la vez me ví implicado, como comenté en la entrada anterior, en la farragosa redacción de la Estirpe de los Reyes, y tuve que posponer mi propósito. A finales de la primavera anterior, concluída ya esa novela y a la espera de su publicación, pude dedicarme ya a intentar solucionar los problemas que acabo de describir.

Pero, como me he extendido demasiado, eso será en la próxima entrada.

29 de enero de 2018

Génesis de mis novelas II

Pelayo, rey se publicó en su primera edición en el año 2004 y tuvo una buena acogida y un número de ventas aceptable. A pesar de ello, y como ya dije, la editorial (Imágica ediciones) no consideró oportuno publicar las otras dos que le había entregado (La Cruz de los Ángeles y El Muladí), ni tampoco la que había escrito por indicación suya (La muralla esmeralda), y deseoso de que mis lectores tuvieran acceso a ellas, me dirigí a otra editorial (Sapere aude) y conseguí que me las publicasen, aunque comprometiéndome yo a comprar un número determinado de ejemplares. Así que, respetando el orden cronológico histórico, fueron editándose La Muralla Esmeralda (en 2011), El Muladí (en 2012) y la Cruz de los Ángeles (en 2014).
Entretanto, había seguido escribiendo y había concluido La Caja de las Ágatas, que estaba basada, principalmente en la vida y el reinado de Alfonso III, “el magno”, aunque los primeros capítulos hablaban de su niñez y juventud, mientras ocupaban el trono su abuelo, Ramiro I; y su padre, Ordoño I. Aunque, como dije en la entrada anterior, el final estuvo un poco forzado, pues esa joya, aunque, posiblemente, llegó a Asturias en tiempos de Alfonso III, fue donada a la Catedral por su hijo Fruela II. No obstante, como al publicarse la primera de mis novelas con el título de “Pelayo, rey”, no se había utilizado el de “La cruz de la Victoria”, y esta joya se había labrado durante el reinado del rey magno, aproveché para darle mayor importancia, y reescribirla con ese título. Debo reconocer que, una vez hecho esto, la novela ganó bastante y quedó (así lo creía), lista para su publicación.
A continuación, sucedieron dos circunstancias que, unidas, fueron la causa de que, dejando de lado la continuación de la historia del reino de Asturias, la rompiese con una nueva novela que, no avanzaba en el tiempo, sino que sucedía a la vez que las ya escritas.
La primera, que algunos de mis lectores me preguntaban por lo que le había sucedido a dos personajes, imaginarios ambos (Alarico, que aparecía por las páginas de La Muralla Esmeralda, y Abdul, el protagonista de El Muladí), a los que yo había dejado, uno de ellos viajando a Ceuta a reunirse con su amada, una vez concluída su misión; y el otro reencontrándose en Asturias con su prometida, en una escena que era el (cursi) final del libro. La cosa me sorprendió bastante, pues yo creía que había quedado claro que ambos habían finalizado ya sus aventuras y habrían seguido con su vida teniendo (o no) una feliz existencia.
La otra, que, al pasar del reinado de Alfonso I, “el casto” (en La Cruz de los Ángeles) al de Ramiro I (en la novela aún no publicada y que ya tenía el título de La Cruz de la Victoria), me puse a pensar que el hecho que, con el rey casto, se terminase la descendencia de Pelayo, era un desperdicio, novelescamente hablando, y que quizá hubiera una manera de conseguir (ficticiamente, por supuesto) que esto no sucediese así.
Enlacé ambas ideas, y me puse a escribir. Como se trataba de conseguir que la descendencia de Pelayo no terminase, sino que se continuase en Ramiro I y los reyes que le siguieron, le dí el título de La Estirpe de los Reyes, haciendo que una hija de Favila (el hijo de Pelayo), que, según la leyendas, existió realmente y se llamaba Favinia (aunque nada, ni siquiera esto que he dicho, se sabe con certeza de ella), tuviese a su vez descendientes de manera que una nieta suya fuese la esposa del rey Bermudo y madre de Ramiro I, de la que solo conocíamos su nombre, Nunila. Teoría no solo improbable, sino prácticamente imposible.
Como Alarico estaba en Ceuta, con su esposa, Florinda, a la que en la ficción de La muralla esmeralda, hacía hija del último rey godo, don Rodrigo y de Florinda, “la cava”, decidí introducir también esta estirpe haciendo que un hijo de ambos, al que denominé Teodoro, acompañase a su padre hasta Constantinopla (Lo que me daba pie para narrar lo que ocurría en aquella parte del mundo, las luchas entre árabes y bizantinos y, lo más importante, hacer que coincidiera con Abderrahmán I, cuya novelesca vida me solucionaba no tener que inventarme nada, pues ya la realidad era más interesante que cualquier ficción. Así la novela avanzaba con dos tramas paralelas, alternándose capítulos en los que la acción transcurría en Asturias, con otros en los que el teatro era el Medio Oriente y el norte de África, hasta que ambas (y las estirpes) confluían en Asturias para conseguir el objetivo deseado.
Por si no fuera poco, a medida que escribía, se me ocurrió añadir también otra estirpe de renombre, haciendo que un imaginario descendiente del mítico rey Arturo (¿estaría yo con fiebre ese día?) llegase también al reino Asturiano y se añadiese a la trama.
Pero todo esto me causó algunos problemas que, de haberlos sabido con antelación, me hubieran decidido a abandonar una novela que me ha ocupado los últimos siete años. Escribir una novela que transcurre (en el tiempo y en el espacio) a la vez que otras ya publicadas (comienza a la vez que el último capítulo de La Muralla Esmeralda, y se continúa por el tiempo en que suceden los hechos narrados en El Muladí y las dos primeras partes de La Cruz de los Ángeles) conlleva multitud de complicaciones. Tiene que ser consecuente con las otras, pues una gran cantidad de los personajes son los mismos. Hay una gran cantidad de hechos en que coincide con ellas y que ya han sido relatados en aquellas, pero que no pueden ser obviados en esta, por lo que hay que redactarlos de manera diferente (haciendo que, en vez de ser el narrador el que los describa, sea uno de los personajes el que se lo cuente a otros que no estuvieron presentes; o narrarlos desde otro punto de vista, etc). Y hay sucesos en los que deberían haber estado presentes los protagonistas de las otras novelas, pero que, como no se relataron así en su momento, hay que decidir justificaciones; lo mismo que para que los personajes nuevos de esta novela no hayan participado en hechos de aquellas en los que deberían haber estado presentes. En fin, que la mayor parte de los siete años que tardé en terminarla, los ocupé, no en la simple redacción de unos hechos más o menos interesantes, sino en cuadrar todo como si de un rompecabezas (y de los grandes) se tratase. No volveré a pasar por esto, aunque, por fin, la tarea se terminó y pronto La estirpe de los Reyes se publicará.

Aunque no sin solucionar otro problema: Fueron tantas las tramas y tantos los lugares por donde pasan los protagonistas que, al ir a darle la redacción definitiva, vimos que era imposible comprimirla en un solo volumen y habría que distribuirla en dos. Eso llevó a la Editorial Sapere aude a declinar su edición, salvo que yo aceptase unas condiciones de compra de ejemplares que me resultaban imposibles de cumplir. Por lo cual tuve que retrasar la fecha de su presentación (que ya estaba organizada) y buscar otro editor, que, al fin (y se lo agradezco), será Mariano Vilella, de Editorial Temperley, que ya me editó la única novela no histórica que he escrito. Espero que La estirpe de los Reyes vea la luz en un par de meses, y que guste a los lectores. Para la próxima entrada hablaremos ya de los proyectos futuros y de sus orígenes.

8 de enero de 2018

Preparando próximas publicaciones. Génesis de mis novelas.

Intentaremos cumplir los buenos propósitos para este año nuevo:

Como me propuse, a falta de noticias sobre las próximas publicaciones (que las habrá, y pronto, espero), vamos a ir comentando el cómo y el por qué de algunas decisiones que he tomado.
La primera de todo y, quizá, la más incomprensible, es hacer una nueva redacción de La Cruz de los Ángeles. ¿A qué puede deberse esto, que, quizá, no sea del agrado de aquellos de mis lectores que ya la tengan y a los que no quisiera, por ningún motivo, disgustar?
Para comprenderlo, debo explicar lo más brevemente que pueda, la génesis de la serie de novelas basadas en los inicios de la Reconquista (o del Reino de Asturias, lo que, en aquellos años, era realmente lo mismo).
La primera, por supuesto, Pelayo, rey, que es un relato, bastante novelado, sobre la vida del héroe asturiano, desde su juventud, hasta que derrota a los musulmanes, los expulsa del territotio asturiano, y es proclamado rey. Esta novela fue editada, en su momento, por Imágica ediciones, y tuvo, en i opinión, una buena aceptación por parte de los lectores.
Ante esto, pensé en convertirla en una trilogía, inspirada en tres de las joyas que se exponen en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo (La novela iba a tener, en un principio, el nombre de La Cruz de la Victoria, pues la leyenda asegura –sin que eso quiera decir que sea cierto- que el ánima de roble de dicha cruz es la que portó don Pelayo en la batalla de Covadonga): La Cruz de la Victoria; La Cruz de los Ángeles (sobre el reinado de Alfonso II, “el casto”, durante el cual se labró dicha joya; y la Caja de las Ágatas, sobre el reinado del que algunos consideran el último rey asturiano, Alfonso III, “ el Magno” (aunque esta joya fue donada a la catedral por su hijo Fruela II, y ya veremos como éste sí que fue en realidad, o quizá no, el último rey de Asturias).
Me puse a ello, y, al documentarme, me pareció que debía de tratar también el reinado del padre de Alfonso II, Fruela I (una personalidad enormemente atrayente y novelesca), al que los historiadores posteriores denominaron, según fueran sus simpatías, “el cruel” o “el justiciero”. Por lo que La Cruz de los Ángeles se organizó en tres partes: la primera sobre el reinado de Fruela, aprovechando lo que este monarca ofrecía respecto a una trama interesante; la segunda sobre los reyes que le sucedieron, Aurelio, Silo, Mauregato y Bermudo I, “el diácono”, relatando las intrigas que a ello dieron lugar (algunas ciertas y otras inventadas); y la tercera sobre la propia vida del Alfonso II y la creación de la joya que justificaba el nombre del libro. Debo reconocer que me fue fácil y en poco tiempo lo tuve terminado. Pero, acerca de la filiación del rey Silo, del que poco se sabe con certeza, aparte de la enigmática afirmación de los cronistas de que: “en su tiempo hubo paz con los musulmanes por causa de su madre”, y de la obsesión por la castidad del rey Alfonso II, me inventé unas razones de todo punto improbables, pero que me parecieron (y me parecen) que podrían tener un gran impacto novelesco.
Acabada esta novela, que salió de mi pluma (o del teclado de mi ordenador) con bastante fluidez, inicié La Caja de las Ágatas, de la que, de momento, no tocaré en profundidad, dado que tendremos que hablar de ella un poco más adelante. Solo decir que me costó bastante, me atasqué, y al final le dí una conclusión un tanto forzada.
Entretanto se había publicado la primera con el título que ya conocen mis lectores de “Pelayo, rey”, lo que echaba por tierra mi idea de la trilogía basada en las tres joyas mencionadas. Además, caí en la cuenta que estaba narrando (de forma novelada, por supuesto) la historia de Asturias y me había saltado los reinados de Favila (breve y desconocido) y, sobre todo, el del yerno de Pelayo, Alfonso I, hijo del duque Pedro de Cantabria, de gran importancia porque unió estas dos regiones, consolidó la monarquía, y, en fin, comenzó realmente la reconquista iniciando las incursiones por los territorios sometidos a los musulmanes. Y, por otro lado, ya que las informaciones de esos años sobre el reino asturiano eran escasas y, sin embargo, había muchos y muy interesantes datos sobre los territorios dominados por los musulmanes, decidí hacer protagonista de la novela a un joven habitante de la meseta, cuyo padre se había convertido al Islam, y cuya prometida, por el contrario, mantenía la religión cristiana, lo que me dio pie para llevar al uno a participar en las luchas entre árabes y bereberes, entre árabes qaysíes y árabes kelbíes y entre los árabes establecidos en la península dede los tiempos de la invasión (los “baladíes” esto es “los antiguos”) y los que llegaron en esos años con Balch ibn Bisr (los “sirios”, llamados así porque eran miembros del ejército que, desde esa provincia, envió el califa Hixem a sofocar la rebelión de los bereberes norteafricanos y que, a la postre, terminaron llegando a la península Ibérica); y a la otra al reino asturiano con los habitantes de los pueblos de la meseta que el rey Alfonso I hizo refugiarse allí después de saquearlos aprovechando las luchas entre las diferentes facciones musulmanas. Así pude contar lo que ocurría en ambas partes de Hispania y mantener una intriga acerca de si ambos jóvenes llegarían, al fin, a encontrarse de nuevo. Para enlazar esta novela con la primera ya publicada, “Pelayo, rey”, y con la ya escrita de “La Cruz de los Ángeles” me imaginé a una familia de nobles asturianos, los condes de Gauzón (Gozón es el lugar de donde es originaria mi familia), utilizando personajes que ya aparecían en ellas, y que tendrían la finalidad de conferir una unidad a toda la serie de novelas, participando en las tramas como padres, hijos y descendientes.
Pero, al irla redactando, me encontré con una complicación en la que no había caído: al escribir una novela en la que ocurrían cosas que tenían lugar antes de las ya relatadas en la siguiente, caí en la cuenta de que aquellos sucesos de que los que ya he hablado y que justificaban la ascendencia de Silo y la castidad de Alfonso I, deberían haber tenido lugar en esos momentos y no podía soslayarlos, pero tampoco expresarlos abiertamente para no estropear lo que en “La Cruz de los Ángeles” era una revelación dramática. Creo que lo conseguí bastante bien, aunque quienes mejor pueden decirlo son los que hayan leído ambas.
Para mi disgusto, el editor no le pareció oportuno publicar de momento, ninguna de las dos, y, por el contrario, me pidió una continuación de Pelayo, rey en la que contase lo que había sucedido desde que el héroe asturiano había sido proclamado, hasta el fin de su reinado (de lo que, en las crónicas cristianas, no había un solo dato, aunque sí, y con profusión, en las musulmanas que narraban loque sucedía en el emirato cordobés en esos mismos años); por lo que, aprovechando unas y tirando de imaginación en otras, escribí la novela titulada “La Muralla Esmeralda”, en alusión a los verdes montes que fueron la defensa del reino asturiano en los años en que aún no tenía capacidad suficiente para enfrentarse directamente a los musulmanes. La terminé enseguida, sin más complicaciones que las que había sufrido en la anterior al contar cosas que ocurrían antes que otras que ya había narrado y a las que tenían que adaptarse.
Ya he hablado de las cuatro primeras novelas (en orden cronológico histórico), Pelayo, rey; La Muralla Esmeralda; La Cruz de los Ángeles y El Muladí, y, como me he extendido demasiado, hacemos una pausa para continuar en la próxima entrada hablando de lo que fue de cada una de ellas.


30 de noviembre de 2017

REPETICIONES IV

Hacía mucho tiempo que no escribía nada por aquí (algo más de dos meses), y pido disculpas por ello. Todo este tiempo he estado ocupado en la presentación de mi novela La Estirpe de los Reyes, que, por diferentes asuntos, ha tenido que ser postergada hasta la próxima primavera y realizada por una editorial diferente de las anteriores. Así que antes de volver a hablar de ese tema y de mis próximos proyectos literarios, voy a ver si soy capaz de concluir con los comentarios que tenía escritos acerca de las veces que mis personajes repiten frases o actitudes. Y nada mejor para retomar el tema que fijarnos en alguien que, sin ser uno de los protagonistas, ni tan siquiera el principal oponente de ellos, por su fuerte personalidad, a veces, los eclipsa. Me refiero a Abderrahmán ibn Moawia, el “príncipe emigrante” que, huyendo de la masacre realizada con su familia, los Omeyas, quienes, hasta entonces, detentaban el Califato de Damasco, llegó a España y fue el creador del emirato independiente, que, con el tiempo, llegó a convertirse en el esplendoroso (y efímero) Califato Cordobés. He intentado que sus actos y parlamentos, en la novela, se correspondan con lo que él debió ser en la realidad, aunque eso me haya llevado a caer en la reiteración. Juzguen ustedes mismos:


En el Cap. XI, pag. 125, cuando Teodoredo conoce a Abderrahmán cuando ambos eran unos niños:
“Los dos jóvenes se dirigieron a un patio interior, en el que el agua, proveniente del cercano río Quweiq, corría por unos canalillos desde una fuente situada en uno de sus extremos, dando una agradable sensación de frescor. Mientras caminaban, y sin dejar de prestar atención a su anfitrión, Teodoredo grababa en su memoria todo lo que veía, como le había indicado su padre.
—Así que eres godo —dijo el hijo del vali—. Me han enseñado que erais los dueños de un reino rico y próspero en la dirección que el sol se oculta, pero que en tiempos de mi tío abuelo Walid I cayó en nuestro poder con todas sus riquezas. No te entristezcas, no lo digo para humillarte, solo sucede lo que está en los designios de Allah, y al igual que pasó en tus tierras, tarde o temprano, el resto de mundo le reconocerá como su Señor y a nuestra familia como los elegidos para gobernarlo.”

Y, en ese mismo capítulo, un poco después:
“—Quizá mi padre llegue algún día a ser califa, o quizá no —dijo—. Pero lo que sí es seguro es que yo lo seré —y, bajando la voz y en tono más confidencial, continuó—. Un tío abuelo mío, el príncipe Moslema, era versado en las ciencias de la adivinación y la profecía. Cuando yo tenía apenas un par de años volvió de un viaje de estudios a las tierras de los magos persas y, cuando me vio, me tomó en brazos, pues había partido antes de mi nacimiento, y me miró con atención. “¿Qué nombre habéis puesto a este niño?”, preguntó. Y cuando le respondieron que Abderrahmán, me depositó con suavidad en el suelo y se abrazó con mi padre. “Durante mi viaje tuve un sueño”, le dijo, “Que un joven de familia noble, de nombre Abderrahmán, y con dos rizos a los lados de la frente, como los que tiene tu hijo, llegaría a gobernar ricos y extensos territorios”. —El joven musulmán miró con suficiencia a su invitado. — Mi tío no se equivoca nunca en sus profecías, así que estoy seguro de que, en algún momento, seré yo quien gobierne el Islam.”

Cap. XV, pag. 226, cuando Teodoredo, ya un joven soldado, se encuentra a Abderrahmán huyendo de sus enemigos y, después de ayudarle, quiere llevarle como su prisionero:
“Teodoredo se interpuso en su camino. —Creo que no —le dijo—. Vendrás conmigo. Eres mi prisionero.
—¿Cómo? ¿Primero me ayudas y luego intentas retenerme? ¿No te he dicho que te has limitado a cumplir la voluntad de Alláh? —Abderrahmán desenvainó su cimitarra—. No te acompañaré —dijo—. Tengo cosas importantes que hacer.
El godo contempló a su interlocutor. Aunque habían vencido a sus enemigos, no había sido sin pagar un precio por ello. La lujosa túnica de Abderrahmán estaba manchada de sangre, y no toda era de sus enemigos. —Estás herido —le dijo—. Yo soy más fuerte y mi espada es más grande. No te resistas.
—Tú también estás herido —señaló el musulmán.
Teodoredo se dio cuenta de que, efectivamente, también parte de la sangre que salpicaba sus vestiduras era propia, aunque hasta ahora no había reparado en ello. —Pero mucho menos gravemente que tú. Vamos, sé sensato. Tira tu arma. Acompáñame —insistió.
Tendrás que matarme. Y no podrás hacerlo. Mi destino es el de gobernar un poderoso imperio, según profetizo mi tío abuelo Moslema. Y no el de morir aquí, a tus manos.”

Y, un poco más adelante, cuando, después de que ambos hayan hablado, Abderrahmán insiste en marcharse:
“—Sigo siendo un príncipe —exclamó, orgulloso, Abderrahmán—. Sigo teniendo los derechos de mi padre, sigo teniendo familiares y amigos que lucharían por mí; Merwan no vivirá eternamente. Y está la profecía de mi tío abuelo…
—Sí, sí. Ya sé. Ya me la has contado —replicó Teodoredo.
—Bien —dijo el musulmán, montando de un salto en su caballo—. Ya no se ven rastros de mis perseguidores; ya hemos hablado, con lo que he cumplido mi promesa. Ahora me voy, y, como mi montura es más rápida que la tuya, si quieres detenerme, tendrás que volver a utilizar tu arco. Tú decides, o, más bien, la decisión queda en manos de Alláh. Que Él te acompañe —y, diciendo esto, picó espuelas hacia el cauce del Píramo con la intención de volver a cruzarlo. Teodoredo descolgó su arco y cogió una flecha.
Y aún la tenía en su mano cuando el caballo de Abderrahmán trepaba por la orilla opuesta del río, sin que su jinete hubiera vuelto atrás su vista una sola vez”.

Cap. XIX, pag. 330, cuando Teodoredo y Abderrahmán vuelven a encontrarse:
“—¡Vaya! ¡Al Muhayir! —dijo el hombre que había dominado la puja hasta entonces, mirando despectivamente al que había hablado—. Vienes a pedir ayuda para reconquistar lo que dices que te pertenece, y te entretienes intentando comprar esclavos. ¿Aún no te ha recibido el emir? ¿Sigues esperando? —concluyó, con sorna.
Soy Abderrahman ibn Moawia ibn Hisham ibn Abd al Malik ibn Merwan —respondió, orgullosamente el joven—. Mi tatarabuelo fue califa, mi bisabuelo fue califa, mi abuelo fue califa, mi padre debería haber sido califa; y yo lo seré, por la voluntad de Allah, el Misericordioso. Todos vosotros fuisteis servidores de mi familia —dijo, elevando la voz y dirigiéndose a toda la concurrencia—. Todos recibisteis honores y recompensas. Y adquiristeis un compromiso de lealtad por ello. Ahora no os pido nada, os exijo que cumpláis con ese compromiso. Que me ayudéis a expulsar a los usurpadores.”

Y, en ese mismo capítulo, un poco después:
“—Los designios de Allah son inescrutables, pero si encaminó mis pasos al mercado de esclavos justo en el momento en que estaban a punto de venderte, habrá sido por algún motivo. Y, como estoy seguro de que el Misericordioso tiene grandes designios para mi persona, de este encuentro no pueden redundar más que beneficios para ambos —dijo Abderrahmán, con total seguridad—. Volvamos a casa.”

Ya en el segundo tomo, Cap. XXI, pag. 5:
“Abderrahmán quedó en silencio unos instantes. —Allah, el magnánimo, en su infinita misericordia, me ahorra trabajo —declamó—. Los abbasidas se matan entre ellos, evitándome a mí el tener que hacerlo por mi propia mano. Está claro que el Todopoderoso me concede tiempo para que gobierne un imperio para el Islam;”

Y un poco más adelante, en la página 10:
“—Bien —concluyó Abderrahmán—. Todos sabéis vuestro cometido. Cumplidlo con eficacia, pues, aunque sin duda el Misericordioso me tiene reservada la victoria, el propio Allah gusta de que sus siervos la merezcan.”

Y en la 11:
“El omeya pareció quedar satisfecho con esta explicación. —Pues no temas —le dijo—. Triunfaré, porque esa es la voluntad del Misericordioso y así me lo ha asegurado una profecía.”

En el capítulo XXIII, pag. 55:
“—Aún queda otra cosa —replicó Abderrahmán, mientras bajaban por las escaleras hasta la planta baja—. Estoy seguro de que Allah nos concederá la victoria, pero como los destinos del Misericordioso son inescrutables, debo cuidar de mi sucesión. Tú, Omar, te quedarás aquí, en lugar seguro, y serás responsable de mis concubinas. Ambas esperan un hijo, así que mi estirpe está asegurada. Si resulto victorioso, os mandaré llamar. Si, Allah no lo quiera, soy derrotado, vuelve a Ifriquiya y, con el dinero que nos ha sobrado, busca un lugar seguro para manteneros hasta que mis hijos crezcan. Porque eso habrá significado mi muerte y la profecía que, inexorablemente, ha de cumplirse, lo hará en alguno de ellos.”

Y un poco después, en la pag. 59:
“—He sido recibido con veneración en esta tierra —continuó el omeya—. Pero es la primera vez que los habitantes me reconocen espontáneamente como el designado para dirigirles. Sin duda es aquí donde Allah, el Misericordioso, quiere que se cumpla la profecía que fijaba mi destino.”

Y en la 62:
“—Bien. ¿Y, por qué motivo crees, Abú-l-Mutarrif Abderrahmán ibn Moawia, ibn Hisham, ibn Abd al-Malik, al-Muhayir, al-Dajil, Sacr Quraix, al-Ummaya, que la Umma debe aceptarte como amir?
Abderrahmán levantó aún más la cabeza. —Porque esa es la voluntad de Allah —dijo.”

Y, aún más, en la 64:
“Pero no por eso deja de ser un animal magnífico, ni yo alguien en que se cumplirán los designios de Allah —comentó, montando en él; el noble animal no pareció extrañar a su nuevo jinete—. Le llamaré Adat Allah, porque con él cumpliré la voluntad del Misericordioso entrando en Qúrtuba —exclamó.”

Y, siguiendo con el mismo capítulo, aún nos encontramos con otra de las máximas que Abderrahmán repite con frecuencia, en la pag. 67:
“—Y no debemos temer, pues el Misericordioso premia el valor de sus fieles. Pero no por eso actuaremos alocadamente, ya que Allah valora la prudencia, según nos dijo el Profeta.”

En el capítulo XXVII, pag 160:
“—Allah, el Misericordioso, me concedió este país para que lo gobernase —dijo, teatralmente, el emir, ante sus consejeros reunidos a su alrededor—. Pero, sin duda para probar mi fe en Él y mis merecimientos, no me lo ha puesto fácil. Muchos de mis súbditos no aceptan de buen grado mi gobierno, y el Todopoderoso no se sentirá satisfecho si no doy los pasos oportunos para vencer esos inconvenientes.”

Y, en esa misma escena, un poco más adelante, en la pag. 162:
“De nuevo Abderrahmán se quedó un rato en silencio, meditando. Al fin, levantó la cabeza. —Allah bendice al valeroso —dijo—; pero también al prudente. Como de costumbre, Badr, has estado acertado. Se hará como has aconsejado.”

En el capítulo XIX, pag. 202, cuando le dice a Teodoredo que le acompañe a sofocar la rebelión de ibn Mogih:
“—Esta vez la situación parece desesperada, pero no te preocupes, he puesto mi destino en manos de Allah, y como el tuyo está ligado al mío, ambos saldremos con bien de este trance —dijo el emir.”

En esa campaña, sitiado en Carmona, decide hacer una salida desesperada, en la pag. 206:
“Cuando todos estuvieron reunidos, el emir se colocó de pie en medio de ellos y tomó la palabra. —Amigos míos —les dijo—. Nuestra situación es desesperada. Pero es en estos casos cuando Allah, el Todopoderoso, reconoce a los valientes que ponen en Él su confianza.”

En el mismo capítulo, cuando tiene que luchar contra el rebelde Said al-Matari al-Yashubi, en la pag. 216:
“Al-Matarí, esgrimiendo su lanza, se precipitó contra el omeya que aguardaba, montado en Adat Allah.
Ni un movimiento hizo el hijo de Moawia. La única respuesta a la amenaza que representaba el kelbí que se le acercaba con los ojos inyectados en odio, fue dirigirle una mirada de desprecio. ¿Confiaba Abderrahmán en su destino, que le hacia considerarse invulnerable?

Por fin, en ese mismo capítulo, cuando permite a Teodoredo marchar a Asturias, en la pag. 227:

“Abderrahmán meditó unos instantes. —Quizás tengas razón, al-Hafiz —le dijo—. Allah, el todopoderoso, te trajo hasta mí para cumplir una misión, y, con toda probabilidad, ya la has realizado. Pero te pido un último servicio. Badr va a salir hacia el Tseguer al mando de un ejército para recaudar los tributos que se me deben. Acompáñale y ayúdale en esa misión. Una vez cumplida, estarás cerca de tu destino y no tendrás que volver.”

21 de septiembre de 2017

REPETICIONES III

Continuamos esta serie de entradas, refiriéndonos al conde Rodulfo, del que comprobamos que no puede olvidar la muerte de su padre, pues nos la recuerda en varias ocasiones y que la habíamos narrado en la anterior novela LA MURALLA ESMERALDA; y luego nos fijaremos en Alarico, que parece estar obsesionado con la indigestión de mejillones de su amigo Nicéforo, que también habíamos leído en esa misma novela:

El conde Rodulfo, hablando, bien con el conde Fruela o con Xinto, recuerda varias veces la muerte de su padre:

En el capítulo II, pag. 9 (de mi borrador), en una larga conversación:
“—Y no quiero acordarme de él —exclamó Rodulfo, con el semblante repentinamente endurecido—. Por su culpa mi padre encontró la muerte. Tras varios años ausente volví a verle solo para sostenerle en mis brazos mientras abandonaba este mundo, herido por la espalda por el jefe de los musulmanes, mientras corría para avisarnos de que nos habían tendido una celada. Pero el culpable fue tu cuñado, que había avisado a nuestros enemigos de que les estábamos esperando —concluyó apretando los dientes.
—Yo hubiera desado matarle allí mismo —añadió el conde Fruela, iguamente irritado por los recuerdos que acudieron a su mente—. Y lo hubiera hecho de si no se hubieran adelantado sus propios hombres, indignados con su traición.
—Nosotros resolvemos nuestros propios asuntos —dijo, secamente, el astur—. Pero ese fue el primer marido de mi hermana, indigno de suceder a mi padre, Oreyu. Ahora el jefe es su segundo marido, y tampoco creo que reuna las cualidades necesarias.
Don Pelayo y yo corríamos hacia mi padre —continuó Rodulfo, sumido en sus tristes rememoraciones—, pero veíamos que no podríamos llegar hasta él antes de que el jefe de los musulmanes le alcanzase
—Abdallah —le interrumpió Xinto, hablando entre dientes, a quen también el pensar en aquel momento le había hecho crispar el gesto—. Se llamaba Abadallah y había estado a punto de matarnos a Alarico y a mí varias veces.
El conde prosiguió, sin que la intervención del astur hubiese conseguido distraerle de sus pensamientos. —Entonces Pelayo lanzó su “francisca”, con la que nunca había fallado. Yo iba unos pasos por delante y la sentí pasar al lado de mi cara; por un momento me llené de alivio pensando que iba a salvar a mi padre, pero otro de los musulmanes se interpuso en su camino y recibió el impacto destinado a su jefe —Rodulfo llevó maquinalmente la mano al arma que pendía de su cinturón—. Desde aquel día don Pelayo no quiso usarla más, entristecido porque no había sido capaz de salvar a su amigo, pero yo la recogí y la guardé. Todo lo que sucede ocurre porque está dentro de los designos de Dios, y, quizá, el destino de mi padre era dar su vida para que otros pudieran vivir… y ojalá que el mío algún día sea el mismo —concluyó en voz baja.
—De todas maneras, Pelayo alcanzó al musulmán y le derribó de su caballo —le dijo Fruela, recordando lo sucedido—. Hubiera podido acabar con él, pero se acercó al cuerpo caído de tu padre para compartir con vosotros sus últimos momentos; el musulmán aprovechó la ocasión para escapar por el bosque.
—Y allí estaba esperándole yo —añadió el astur, mientras su mano, involuntariamente, acariciaba una antigua cicatriz, apenas visible, que cruzaba su rostro—. Y todo se acabó —concluyó con acento sombrío.”

Cap. VIII, pag. 67:
“—¿Sumido en tus pensamientos? —dijo el conde Fruela, que había dejado por unos momentos su puesto a la cabeza de la columna, acercándose a Rodulfo, que marchaba unos pasos más atrás—. Este sitio te trae recuerdos, ¿verdad? El día del entierro de Favila estuvimos hablando precisamente de ello.
—asintió el aludido—. Aquí fue donde murió Julián, mi padre. Venía prisionero con el ejército de musulmanes, pero consiguió escaparse para darnos aviso de que nos preparaban una trampa y eso nos salvó la vida, aunque le costó la suya. Yo salí corriendo para auxiliarle, pero llegué tarde —dijo, con un suspiro—. El rey Pelayo, que iba unos pasos tras de mí, lanzó su francisca y mató a uno de ellos, pero su jefe le alcanzó antes que nosotros —concluyó el conde, asiendo, maquinalmente, el hacha de mano que pendía de su cinturón y mirándola con tristeza.
—Yo estaba emboscado con la mitad de nuestros hombres allí —dijo Fruela, señalando al otro lado del riachuelo al lado del cual discurría el sendero—, ignorante de que los musulmanes sabían nuestros planes y que el grueso de sus fuerzas marchaba más atrás, esperando que saliéramos de nuestros escondites para atacarnos. La valiente y generosa actitud de tu padre frustró sus intenciones y nos permitió obtener una victoria completa. Nunca pude saber a cuantos enemigos quité la vida aquel día, pero tendría que haber tenido varias manos para poder contarlos.
—Yo no dí ni un solo golpe —Rodulfo parecía estar meditando en voz alta—. Solo podía estar arrodillado al lado de mi padre, viendo cómo se le escapaba la vida por la terrible herida y sin poder hacer nada por evitarlo. ¡Qué inútil e impotente me sentí! Al acabar la lucha Xinto arrojó a los pies del cadáver de mi padre el khilab ensangrentado de su asesino anunciando que le había vengado, pero eso no me sirvió de consuelo. Hacía apenas un año que había perdido a mi amada Brunequilda y ahora, mi padre, del que nada sabía desde hacía años, volvía solo para morir en mis brazos. ¿Para qué tanta lucha? ¿Para qué tanto esfuerzo? Si, al final, no servimos de nada…
—¿De nada? ¿Cómo crees que sobrevive el reino si no es gracias a tu sabiduría y eficacia? Sin ti, mi hermano no podría gobernar ni la mitad de bien de cómo lo hace.
—Solo hago aquello que me enseñó mi padre.
—Y yo lo que aprendí del mío. Todos hacemos lo que tenemos que hacer y no hay más de que preocuparse —dijo Fruela, con una sonrisa indicativa de que las complicaciones mentales no iban con él—. ¡Hola, hermano! —saludó, al ver que el monarca avanzaba hacia ellos desde su puesto en el centro de la columna—. Estábamos recordando la última vez que luchamos contra los musulmanes. Fue aquí mismo.

—Sí —asintió Alfonso—. Vosotros matando enemigos mientras yo me quedaba atrás ocupándome de los asuntos de gobierno. Agradecedme que no os guarde rencor y que esta vez os haya permitido venir y compartir conmigo la gloria del combate y la victoria. ¡Vamos! Avivad el paso o no llegaremos a la cumbre antes de la noche.”


En cuanto a Alarico, parece tener una fijación con la indigestión que sufrió Nicéforo, provocada por una comilona de mejillones, que relatamos en la novela La Muralla Esmeralda:

En el Cap. V, pag. 39:
“—Sí —asintió Alarico—. Sustituyéndote como embajador de Bizancio ante Carlos Martel, puesto que tú estabas prostrado en la litera de tu camarote, agotado por una fuerte diarrea —y el godo no pudo evitar una carcajada, la primera que profería en mucho tiempo, al recordar la escena—. Ya entonces no sabías tener medida en la comida.
—La mayor que tuve en toda mi vida —asintió el griego, riéndose estruendosamente a su vez—. Desde entonces no he vuelto a probar los mejillones.”

Cap. VII, pag. 63:
“—Esto es lo que haremos —dijo el navegante—. Mañana por la mañana Jamal levará anclas y navegará hasta Thesalónica. Allí adquirirá esta lista de pertrechos —continuó, acercando un pergamino a su segundo—, que es lo que me ha demandado Dimitri. Éste —añadió, señalando al más corpulento de los hombres que le acompañaban—, te acompañará, vestido con mis ropas. Y en los puertos se dejará ver de vez en cuando en cubierta, para que nadie dude de que estoy a bordo. Cuando vuelvas a Antalya le dirás al strategos que estoy enfermo y que por eso no bajo a negociar con él personalmente…
¿De una indigestión de mejillones? —sugirió Alarico, sin poder evitar una sonrisa.
—No me lo recuerdes —replicó el griego, torciendo el gesto—.”

Cap. XI, pag. 115.
“Después de tres días de fatigoso caminar por una región árida y pedregosa, los embajadores bizantinos llegaron a la vista de una ciudad populosa en la que destacaba una amurallada ciudadela situada en lo alto de una colina.
—Halab —dijo el jefe de la patrulla árabe, señalándola.
Nicéforo asintió con la cabeza. —Ahí está nuestro destino —dijo a su amigo—. Así la denominan los musulmanes. Procuremos entrar con la mayor dignidad posible. ¿Cómo te sienta ser embajador del basileus?
—No es la primera vez que ostento este cargo —replicó el godo—. Aunque la otra vez fue sustituyendo a un amigo postrado en el lecho por una indigestión. ¿Te acuerdas?
Nicéforo soltó una carcajada. —Es cierto —asintió—. Tú no permites que lo olvide.”

11 de septiembre de 2017

REPETICIONES II

Sigamos por el rey, Fruela I, de vida mucho más corta, pero que también (y sobre todo, debido a su carácter, fuerte, pero simple y previsible, también repite actitudes o argumentaciones)

En el segundo tomo, Cap.XXII, pag. 30:
“—Es cierto que no sabemos mandar. Ni obedecer —dijo, a su vez, Vimara—; ni tú tampoco. ¿Por qué, entonces, eres tú quién siempre da las órdenes y nosotros los que las obedecemos?
La mirada de Fruela se endureció aún más, si eso fuera posible. —Si quieres saberlo —dijo—, coge una espada de prácticas y te demostraré una de las razones por lo que eso es así, ya que no eres capaz de aceptar las otras.”

En el capítulo XXIV, pag. 86:
“—Escucha, Teudis, y te hablo como al amigo que he reconocido que eres —le dijo con semblante serio—. Si yo, en algún momento, me intereso de verdad por alguna mujer, me importará muy poco lo que nadie pueda pensar al respecto. Y si quiero algo, lo conseguiré y no permitiré que nadie, oyes, ¡nadie!, se interponga. Y, si quieres que te siga respetando, haz tú lo mismo.”

Y en su coronación, pag. 106:
“Pero cuando Urbano colocó la corona en sus sienes, se prometió a sí mismo que ningún hijo ni descendiente suyo tendría que pasar por lo que consideraba una humillación ante los nobles.
Y, naturalmente, se equivocaba.”

En el cap. XXVI, pag. 127, hablando con Teudis:
“Fruela sonrió. —Sin quererlo, ya estoy ante mi primera decisión —dijo—. Iba a decirte que, en privado, te ahorrases el tratamiento, pues te considero mi camarada; pero no puedo. Ahora soy el rey.”

Y un poco después, en la misma conversación, en la siguiente página:
“—Escucha, Teudis, amigo mío —le dijo—. Soy hijo de Alfonso, el rey que llevó a nuestras tropas más allá de los montes, a las tierras que nos habían sido arrebatadas, desafiando abiertamente a los conquistadores. Soy nieto de Pelayo, el héroe que derrotó por primera vez a los musulmanes y que unió a las tribus dispersas de astures y a los godos fugitivos en un reino dispuesto a luchar por su independencia y por nuestra religión. Inevitablemente, me compararán con ellos. ¡Pero yo no soy mi padre! ¡Yo no soy mi abuelo! ¡Soy Fruela! Y soy el rey de Asturias.

En la 132:
“—Anagildo —continuó el rey, dirigiéndose al nuevo obispo—. Confío en ti para que, juntos, volvamos a la Iglesia al buen camino que nunca debió abandonar. Hay multitud de sacerdotes que, en lugar de preocuparse por el bienestar de los fieles a ellos encomendados, viven con holgura a su costa e, incluso, mantienen concubinas públicamente. Yo les obligaré a que reformen sus conductas y, a los que no lo hagan, ¡Por Dios nuestro Señor, que les sacaré la lujuria del cuerpo a base de azotes! —Fruela respiró hondo tratando de contener el acceso de ira que, por un momento, le había asaltado.”

Y, en el cap. XXVIII, pag. 166, discute con Vimara a propósito de Munia, lo que se repetirá bastantes veces:
“—Vine a recibir a Fruela —replicó la joven—. Además, las clases de Marco son muy aburridas. Si al menos fuese la hora de las de religión con el tío Isidoro… Y a partir de ahora no voy a poder volver por un tiempo con mi viejo preceptor. Fruela me ha ordenado que me encargue de su invitada.
—Una medida inteligente. Así nuestro rey tendrá tiempo de ocuparse de sus asuntos. Vamos, hermano —dijo Vimara, dirigiéndose al soberano con la familiaridad que empleaba cuando no había personas ajenas cerca—. Tendrás que reunir a los nobles para darles cuenta del resultado de la campaña.
Fruela levantó su mano derecha. —Un momento, Vimara —dijo, severamente—. Me parece bien que procures educar a nuestra hermana, porque reconozco que yo me siento inclinado a consentirla demasiado; pero no pienses que puedes hacer lo mismo conmigo. Soy tu hermano mayor, y, ya que pareces olvidarlo, te recuerdo que yo soy el rey.
—Nunca lo olvido, hermano —replicó el segundogénito—. Creo que lo tengo presente, incluso, más que tú mismo. Es por eso por lo que te lo recuerdo cuando pareces no ser consciente de ello.
El semblante de Fruela se contrajo. —¡Yo soy el rey! —repitió—. Y reuniré a los nobles cuándo y cómo me plazca —luego, respiró hondo y pareció controlarse, pues una leve sonrisa se dibujó en su rostro—. ¡Teudis! —exclamó—. Me ocuparé personalmente del alojamiento de mi invitada.”

Y, un poco más adelante, en la pag.169, hablando con Teudis:
“De nuevo las carcajadas de Fruela resonaron en la estancia. —¡No! —dijo—. No, aunque… ahora que lo dices, ¿por qué no? Sería divertido; solo por ver la cara que pondría Vimara valdría la pena —luego, intentando recuperar la seriedad, continuó—. No, no se trata de eso. No te preocupes, no creo que Munia quisiera casarse conmigo, es diferente a las damas de la corte, a las que solo les atrae la corona que llevo en la cabeza. Pero si la coloqué en un sitio preferente en el banquete fue solo para demostrar que el rey tiene derecho a hacer lo que quiera sin pararse a pensar si eso es del gusto de los nobles. Sí, Teudis, sí —continuó—. Lo hice para afirmar el prestigio del cargo que ostento, y, ya ves, todos acabaron agachando la cabeza y brindando conmigo a la salud de Munia.”

En la página 176, a la vuelta de Oviedo, hablando con Teudis:
“—He observado que vuestra invitada vasca no ha regresado con vos a la corte — opinó, entonces, el conde, midiendo cuidadosamente sus palabras.
—Es cierto —asintió el rey—. Munia no se encontraba a gusto en Cangas y, sin embargo, ha disfrutado mucho estos días en Oveto. Me ha pedido permiso para quedarse allí, aprovechando la hospitalidad de Máximo y Fromistano, y se lo he concedido.
—En ese caso, podréis dedicar más tiempo a las tareas de gobierno —observó Teudis, sin saber muy bien qué decir, pero comprendiendo, al instante, que no había elegido bien sus palabras.
—¿También tú crees que puedes decirme lo que tengo que hacer? — respondió, con viveza, el monarca, pero sin el estallido de ira que el conde había temido.
—Oh, no, señor —replicó, azarado, el mayordomo de palacio—. No era esa mi intención…
—Mejor —concedió el rey—. Porque yo seguiré haciendo lo que me plazca.”

Y, en la 177, hablando con Vimara:
“—Hermano —dijo, y en la premura del momento olvidó que a Fruela, cuando se encontraba en un acto oficial, le gustaba que se dirigieran a él con el protocolo debido, aunque no hubiera presente nadie fuera de sus familiares más cercanos—. No puedes marcharte otra vez. Tienes un reino que gobernar.
Fruela se volvió al que había osado contradecirle, y en sus ojos lucieron de nuevo destellos de ira. —¿Que no puedo? ¡Vimara! Yo puedo hacer lo que quiera. Y no sé de qué te quejas. Mientras yo estoy fuera tú eres quien ordena y manda en Cangas.
—Pero el caso es que no soy yo el destinado a hacer eso —respondió su hermano—. Tú naciste antes. Te voy a recordar una de tus frases favoritas; cada vez que discutimos, me cierras la boca diciendo: ¡Yo soy el rey! Y es cierto, hermano. Tú eres el rey. Y serlo conlleva obligaciones. Recuerda el día de tu coronación; juraste defender y respetar las costumbres de los godos. Y lo que te contestó el obispo: Rey serás si obras rectamente, si no, no lo serás. Quizá algunos nobles piensen que no estás cumpliendo con los deberes de tu cargo.
El rostro de Fruela se contrajo. —¿Es eso una amenaza? —preguntó, congestionado de ira mal contenida.
Por un instante Vimara intentó mantener la mirada de su hermano, pero luego bajó los ojos. —No —respondió—, por supuesto que no. Solo…
—¡Entonces no vuelvas a repetirla! —le interrumpió el monarca—. Porque si alguien me amenaza, sea quien sea, incluso tú, haré que se arrepienta el resto de su vida, que no será demasiado larga. Mañana partiré hacia Oveto. ¿Alguna objeción?
Vimara comprendió que había tensado demasiado la cuerda. —Ninguna, majestad —replicó, bajando la cabeza—. Se hará como deseéis.”

Cuando, en la pag. 186, en Samos, recibe la noticia de la desobediencia de Suero:
“—Y ambos mensajeros salieron a la vez —replicó el rey, indignado—. Por lo tanto, Suero partió de Lucus sabiendo que yo le reclamaba y haciendo caso omiso a mis órdenes. ¡Silo! —exclamó, volviéndose al jefe de sus fideles—. Di a los hombres que se preparen. Iremos a Lucus, depondremos a ese intrigante y nombraremos gobernador de Gallaecia a Sigmundo en su lugar —ordenó con semblante fiero.
—Escuchad, majestad —intervino Isidoro—. Quizá eso sea lo que Suero quiere. Sus partidarios son muchos, y si presenta ese acto como una intromisión del rey de Asturias en los asuntos de Gallaecia puede obtener aún más. Podríamos encontrarnos enfrentados a un enemigo muy superior e, incluso, vuestra vida podría correr peligro.
—¿Y debo dejar sin respuesta este insulto a la corona? —preguntó el enfurecido Fruela—. Ordenaré a Teudis que venga a encontrarnos con todo el ejército y colocaré la cabeza de Suero en una pica en las almenas de Lucus. ¿Acaso dudas de que puedo aplastar sin compasión a ese rebelde?”

Y, comentando ese asunto con Teudis, a la vuelta:
“Con gusto te hubiera ordenado que partieras con el ejército a unirte conmigo y le hubiera cortado la cabeza con mi propia espada —dijo con rabia—, pero Isidoro y el obispo Odoario me convencieron de que no me diese por enterado de su impertinencia.
—Me alegro de que lo hicierais así —replicó Teudis—. Muchos gallegos no se sienten a gusto como súbditos del rey de Asturias, y el conde Suero piensa, con toda seguridad, que en lugar de ser el conde de Lucus, a vuestras órdenes, podría ser el rey de Gallaecia, y trataros como un igual, por lo que, con disimulo, alimenta ese sentimiento de insumisión hacia vos. Si le hubierais atacado directamente, se habría producido un levantamiento general y nos habríamos visto envueltos en una guerra larga y sangrienta. El consejo del obispo de Lucus y de mi tío ha sido prudente y juicioso.
—Sí —asintió, de mala gana, el monarca—. Isidoro es prudente y juicioso, tú eres prudente y juicioso… ¡Pero yo estoy harto de ser prudente! Resolveré este asunto a mi manera, aunque tenga que esperar el momento adecuado para hacerlo.”

En la página 189, cuando recibe la noticia del avance del ejército musulmán:
“—Id a vuestras tareas. Ha dicho el mensajero que los musulmanes son más numerosos que las espigas de un campo de trigo, pero yo segaré las espigas de ese campo de trigo en movimiento y haré gavillas con sus cabezas.”

Y, en la página 197, después de derrotar a los invasores y matar personalmente a su jefe:
“En ese momento, un Fruela bañado en sangre de los pies a la cabeza, aunque apenas unas gotas fueran suyas propias, se acercó a los dos hermanos. —¡Victoria! —exclamó—. ¡Nuestro Señor Jesucristo nos ha concedido la victoria! ¡Hemos acabado con los infieles! ¡Ahora nadie podrá decir que no soy digno hijo de mi padre!”


A la vuelta de la batalla, cuando comunica a Vimara que se ha casado en secreto con Munia, en la pag. 199:
“Vimara abrió los ojos asombrados y, tras unos instantes, consiguió controlarse, aunque no del todo.
—¡Santo Dios! —exclamó—. Hubiera debido esperarlo de ti. Nunca meditas tus actos. ¡Que Nuestro Señor nos ayude en manos de un loco impetuoso como tú!

—¡Yo soy el rey! —tronó Fruela, acallando con su voz y su gesto las protestas de su hermano—. ¿Debo pedirte permiso para hacer mi voluntad? ¿Acaso cuestionas mis actos? ¡No te lo permitiré, ni a ti, ni a nadie en la corte!”