29 de diciembre de 2011

ESTATUAS DE REYES VI, Oriente, Alfonso I


Continuando con nuestro paseo por la plaza, en dirección al Palacio, la siguiente estatua que nos encontramos es la de Alfonso I
Este monarca (según algunos historiadores, el primero que ostentó, en realidad, ese título) tiene gran importancia en la Historia de Asturias y, por supuesto, en mis novelas.
Alfonso fue hijo de Pedro de Cantabria, gobernador, parece ser, de esa provincia en los tiempos de los últimos reyes godos, Egica, Witiza y Rodrigo; y así lo cuento en “Pelayo, rey”, haciéndole pariente de Pelayo (Ambos descendían, según se cree, de Chindasvinto) y gran valedor suyo.
Tras la derrota del Guadalete, Pedro se refugia en Cantabria y, cuando nuestro héroe se alza en rebelión contra los emires cordobeses, se une a él y luchan juntos en la batalla de Covadonga (Esto pertenece a la imaginación del autor, pero es, no solo posible, sino altamente probable)
Posteriormente Alfonso se casa con la hija de Pelayo, Hermesinda, según se cuenta en la segunda de mis novelas” La Muralla esmeralda”, recientemente publicada. Y, como ningún dato cierto hay de esa época, todo lo que en ella se cuenta pertenece a mi imaginación.
Tras la muerte de Pelayo y el breve reinado de Favila, Alfonso es elegido rey, bien por consenso entre los nobles (sistema electivo propio de los godos), o por ser yerno de Pelayo. Y comienza la reconquista de los territorios dominados por los musulmanes, ayudado por su hermano, Fruela, “el mayor”, según cuentan con detalle las crónicas cristianas y según narro en mi tercera novela “El Muladí”, que aparecerá, D.m., en la próxima primavera.
Con Hermesinda Alfonso tuvo tres hijos: Fruela, el futuro Fruela I (cuarto rey de Asturias), Vimara, asesinado por su hermano, y Adosinda, que, al casarse con Silo propició que éste fuera elegido como el sexto rey asturiano. Todo esto está narrado en la cuarta novela, “La Cruz de los Ángeles”, que se editará en su momento.
También dejó un bastardo, Mauregato, que, como se cuenta en la citada novela (con una gran dosis de imaginación) llegó a ser el séptimo rey de Asturias.
No obstante, la linea familiar de los reyes, primero asturianos y luego leoneses, no desciende de Alfonso, sino de su hermano Fruela, “el mayor”. Pero eso se contará en próximas novelas.

21 de diciembre de 2011

ESTATUAS DE REYES V, Oriente, Íñigo Arista


Tras el paréntesis axárquico, volvemos con las estatuas:
Como ya dije, retomo la serie de entradas acerca de las estatuas de reyes que adornan algunos parques madrileños y que tienen relación con mis novelas. Aunque ahora escribo utilizando mis recuerdos de aquel día de hace unos meses en que, armado con mi cámara fotográfica, me dediqué a recorrer, primero el Retiro y luego la Plaza de Oriente. Nos habíamos quedado delante de la estatua de Alfonso II en el lado sur de la plaza y, siguiendo hacia el Palacio, la siguiente estatua pertenecía a un rey (o no, según algunos historiadores) que, aunque no forma parte de la serie de monarcas asturianos que protagonizan mis novelas, sí que aparece en ellas, aunque de forma algo tangencial. Se trata, según consta en la peana, de Íñigo Arista, fallecido en el año 770. Pero antes de estudiar la historia de este personaje, nos fijaremos en que en la foto, en la parte inferior derecha, aparece una mano saludando.
Aquel ya lejano día de junio había madrugado para pasear con nuestro perro Ugo, y tras visitar brevemente el Retiro, había llegado a la Plaza de Oriente alrededor de las ocho y media de la mañana. Allí, enfrascado en fotografiar los reyes que estoy comentando, no me había dado cuenta de que en un banco situado entre la estatua de Íñigo Arista y la siguiente, estaba un grupo de jóvenes de ambos sexos, a su vez haciendo fotografías, pero de ellos mismos, (Para que digan que la juventud actual no madruga; a pesar de la hora temprana ya estaban eufóricos, al menos, mucho más que yo) y que se habían creído que yo también trataba de fotografiarles.
Tras sacarles de su error y explicarles que intentaba solamente sacar fotos de las estatuas para ilustrar mi blog, comencé a contarles la historia de los reyes allí representados; pero en ese momento debieron recordar que tenían algo urgente que hacer en otra parte, porque se marcharon apresuradamente.
Como no sé si a los que lean este blog también les van a entrar prisas repentinas, les contaré algo de la historia del monarca aquí representado sin temor a que, llegados a este punto, se levanten de delante de la pantalla del ordenador (o, en su caso, busquen otra página más interesante)
Íñigo Arista sale en mis novelas en el último capítulo de “La Cruz de los Ángeles”, tomando parte en la batalla del “wadi Arun” (“el río Orón”) a las órdenes de Velasco, el caudillo vasco colocado como gobernador de Pamplona por Ludovico Pio, rey de Aquitania, de quien era vasallo. Allí los vascones, unidos a los Asturianos de Alfonso II, “el casto”, se enfrentaron a los musulmanes en una cruenta e incierta batalla, pero que tuvo como resultado el que los cristianos se diesen cuenta de que, si bien el emir de Córdoba podía derrotarles por separado, cuando asturianos, leoneses, vascos, navarros y aragoneses unían sus fuerzas, podían hacerle frente con éxito.
Y, posteriormente, se le cita en “La Cruz de la Victoria”, dando cuenta de que, tras acceder al gobierno de Pamplona, se independiza de los francos (Cuando la familia Íñiguez sucedió a la familia Jimeno, a la que pertenecía Velasco). Ya en el primer capítulo, su nieto García Íñiguez llega a Oviedo como emisario de su padre, el rey de Navarra Íñigo Íñiguez, y acompañando a su tío Fortún Íñiguez. Pronto se establece una animadversión entre el heredero del trono navarro y los parientes del rey Asturiano Ramiro I, Gatón y Rodrigo; aunque posteriormente, y buscando alianzas contra los musulmanes, la hija del, ya por entonces, rey navarro, García Íñiguez, se casará con el hijo de Ramiro, Alfonso III, principal protagonista de esa novela.

12 de diciembre de 2011

LA MAROMA


Hacemos (una vez más, y no será la última) un inciso en esta serie de entradas, para hablar de otro tema.

Un tema que no tiene nada que ver con el título de este blog, ni con la Historia, ni con mis novelas. Un tema que quizá, aparte de a mí mismo, no interese a nadie. Pero como le he dedicado tiempo (quizá el bien del que ande más escaso) quiero plasmarlo en algún sitio y no se me ocurre ninguno mejor que éste.

Hace algún tiempo mi hijo Pablo publicó en su blog “Steeplechasing” una entrada sobre sus entrenamientos en La Maroma (El monte que domina La Axarquía de Málaga, zona en la que pasamos las vacaciones estivales), ilustrándola con una foto de dicho monte con su cima cubierta de nieve, algo inusual, pues ni su altura, ni su latitud, ni la cercanía al cálido Mediterráneo favorecen esa circunstancia.

Después de observarla, le hice saber mis dudas acerca de que el monte fotografiado fuese realmente la Maroma, y él se reafirmó en ello basándose en su perfil (una vertiente occidental prolongada, una cima redondeada, una vertiente oriental con un pequeño pico…) que había recorrido varias veces.

Pero como no acababa de convencerme, he aprovechado este “puente” y mi estancia en Torre del Mar para intentar corroborar su versión o mis dudas. En efecto, el perfil es “casi” idéntico al de La Maroma vista desde nuestra casa. Y el “casi” puede deberse a alguna diferencia en la alineación del punto (en el mar) desde donde se tomó la foto. Pero hay más temas a tener en cuenta.

El primero es el de los dos montes (pardos y terrosos, a diferencia de la pétrea y gris mole de La Maroma) más bajos que la preceden. En efecto, son “casi” iguales a los que se encuentran entre la costa y la nevada cima. Vistos desde nuestra casa serían, el de la izquierda el que está por encima de Vélez-Málaga, de cuyo nombre en este momento no me acuerdo, y al que llamaremos, para entendernos, “Arenas”, pues este pueblo se encuentra en sus laderas, y el de la derecha correspondería al “Ben Tomiz”. Pero en este caso, el “casi” no se puede justificar. En la foto se aprecia con claridad como la ladera del que hemos llamado “Arenas” se encuentra más cerca del espectador que la del “Ben Tomiz”, cuando en la realidad es al revés. También en “Arenas” se aprecian unos cortes en la ladera (sin duda pertenecientes al trazado de la Autovía del Mediterráneo) que tampoco existen en la realidad. Y el perfil de ambos no se corresponde (aunque esto último podría deberse al punto de vista desde donde se realizó la foto)

Podrían ser otros los montes. Si viajamos por la costa hacia el este (La derecha de la foto) nos encontramos con otra perspectiva similar, en este caso el “Ben Tomiz” sería el de la izquierda y “La Rábita de Sayalonga” el de la derecha. Pero tampoco aquí los perfiles de esos montes se corresponden con la realidad, el “Ben Tomiz” está más alejado de la costa que “La Rábita” (al contrario que en la foto) y tampoco existen los cortes en la ladera.

Si seguimos hacia el este, ya los montes que se interponen entre La Maroma y la costa, a la altura de El Morche, o Torrox son muchos más y más variados que los que se ven en la fotografía, y el perfil de La Maroma comienza a verse de manera diferente, así que tampoco cumple con las condiciones rqueridas.

Pero hay otro tema aún más determinante: La población que se ve en primer término en la costa. De ese tamaño y extensión podría ser Torre de Mar, pero los bloques de edificios que se ven no se corresponden, y Torre del Mar está bastante más lejos de los montes intermedios que lo que se ve en la foto. Podría, quizá, asemejarse algo a La Caleta (las casas en primer plano a la izquierda) y a Algarrobo costa (los bloques hacia la derecha), pero hay un bloque gris alargado a la izquierda que no se corresponde con ninguno de esa población; además, los bloques de Algarrobo están en la misma playa, y no hacia el interior, como se aprecia en la fotografía.

Esta mañana he estado en el Morche y en Torrox, y he comprobado que tampoco se corresponden con la foto. Solo quedarían dos opciones, una, que la vista sea desde más al occidente, es decir, Benajarafe. Pero en esa localidad no hay esos bloques de edificios, y entre ella y los montes previos a La Maroma se encuentra el anchuroso cauce del río de Vélez, por lo que también hay que descartarla; y dos, que desde el sitio que se hizo la foto las perspectivas cambien tanto que la hagan irreconocible. Pero eso no podré comprobarlo “in situ” hasta que, en el verano, consiga una embarcación. No obstante, creo que, por todo lo dicho anteriormente, mi opinión no cambiará.

Hay un axioma en las investigaciones, que no sé si lo he leído en alguna novela policíaca, tipo las de Ágata Christie, o en algún tratado de lógica, que dice: “Una vez eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, será la verdad” Así que me reafirmo en que a pesar de la asombrosa similitud del perfil de la cumbre nevada, NO se trata de La Maroma.

¿Qué otra solución queda? Pues creo que cuatro: Una, que se trate de otra sierra próxima a La Maroma, (La de Almijara) vista desde las proximidades de Nerja. Dos, que sea la propia Sierra Nevada vista desde Motril. Tres, que se trate de cualquier otra cumbre del litoral mediterráneo que desconozco. Y cuatro, que a pesar de todo, sí que sea La Maroma desde cualquier ubicación que no he reconocido, pero que buscaré en cuanto tenga medios marinos a mi disposición.

Bueno, si alguien ha leído todo esto, gracias por su atención y felicidades por su inagotable paciencia.

ESTATUAS DE REYES DE NUEVO IV, PLAZA DE ORIENTE, ALFONSO II


La entrada que reproduzco a continuación es la última que hice en el verano, intentando ilustrarlas con las fotos de las estatuas correspondientes. Las únicas menciones nuevas que procede hacer al respecto son que, al igual que en la entrada anterior, el posible tema de los hijos (en este caso la hija) de Favila ya está en marcha; y que “La Cruz de los Ángeles” no verá la luz, como muy pronto, hasta el otoño de 2012. (Aunque ya está escrita, y desde hace mucho, pues lo hice a continuación de “Pelayo, rey”, deberá esperar a que se publique “El Muladi”, que la antecede y que lo hará D.m., en la primavera próxima, al igual que esta última tuvo que esperar a que se editase “La Muralla esmeralda” para respetar el orden cronológico de los acontecimientos)
Como, al comprobar que no podía subir las fotos, decidí postergar la continuación de la serie, la próxima entrada será ya la original, describiendo el resto de mi periplo por la Plaza de Oriente en busca de estatuas de reyes que tuvieran relación con mis novelas.

Estatuas de reyes IV, Plaza de Oriente. Alfonso II

La siguiente estatua que nos encontramos en nuestro recorrido desde la salida del parking hacia el Palacio es la de Alfonso II. (En la peana pone Alonso II, lo que ocurre también en los demás Alfonsos). Y antes de tener que explicarlo en un comentario, vuelvo a decir que, posiblemente debido a que la conexión inalámbrica a Internet que uso en mis vacaciones no tiene tanta capacidad como la banda ancha que tengo en Madrid, no creo que consiga subir la foto de esa estatua. Cuando vuelva, en Septiembre, actualizaré todas estas entradas.
Alfonso II, “el casto”, es uno de los reyes asturianos más interesantes. Y el último de la estirpe de Pelayo. Recordemos que el héroe de Covadonga tuvo dos hijos, Favila y Hermesinda. El primero reinó dos años a la muerte de su padre, hasta que, a causa de una imprudencia en una cacería, fue víctima de un oso (al menos, eso dice la leyenda). Aunque parece ser que dejó dos hijos de corta edad, ninguno llegó a reinar ni nada más se sabe de ellos (buen tema para otra novela). Hermesinda, por su parte, casó con Alfonso, el hijo de Pedro de Cantabria, quien por este matrimonio llegó a ser coronado como Alfonso I, y de este matrimonio nacieron tres hijos: Fruela, (el futuro Fruela I), Vimara y Adosinda (llamada así por su tía abuela), la hermana de Pelayo. Y a su vez, Alfonso I engendró un bastardo (al menos), Mauregato. A la muerte de Alfonso I le sucede su primogénito, Fruela I “el justiciero” (otros autores le denominan “el cruel”), quién se casa con una cautiva vascona de la que tiene dos hijos, Alfonso y Jimena. Fruela I, en un arrebato de ira mata a su hermano Vimara, siendo a su vez asesinado por los nobles, quienes eligen para sucederle como monarca a su primo, el hijo primogénito de otro Fruela (llamado “el mayor” para distinguirlo de su sobrino), el hermano de Alfonso I e hijo, también de Pedro de Cantabria. Esto nos dice que en aquellos años la corona de Asturias seguía el modelo godo de elección entre miembros de la familia en el poder.
A la muerte de Aurelio le sucede el marido de Hermesinda, Silo, del que casi nada se sabe. Este accede a la corona, bien por elección de los nobles, según el modelo godo, bien por matrimonio con la hija del monarca, como consta en la tradición matriarcal asturiana y traslada la corte a Pravia, quizá temeroso del predominio del bando enemigo de Fruela en Cangas de Onís. Adosinda y Silo (y los cito a propósito en este orden) no tienen hijos y cuidan como a tales a sus sobrinos, los hijos de Fruela, especialmente a Alfonso, al que preparan para ser su sucesor y, al llegar a la adolescencia, nombran “mayordomo de palacio” (Cargo este semejante al de un “primer ministro”, sin el aspecto de servicio que tiene actualmente)
A la muerte de Silo, Adosinda hace elegir rey a su sobrino, (En el año 783, cuando el joven Alfonso tenía 23 años) pero el resto de los nobles se opone (seguimos con el sistema godo de elección del soberano por el senado) y eligen al bastardo Mauregato. Alfonso tiene que huir a refugiarse entre los familiares de su madre en Álava, Adosinda es obligada a profesar en un convento y la corte vuelve a Cangas de Onís..
Fallecido Mauregato, los nobles vuelven sus ojos al único descendiente de Pedro de Cantabria que queda vivo (Esto parece indicar que en Cantabria prima el “bando godo” y en Asturias, por el contrario, tiene más fuerza el elemento ancestral astur), el segundo hijo de Fruela “el mayor”, llamado Bermudo que, a la sazón, estaba en un convento y había sido, o estaba a punto de hacerlo, ordenado.
Bermudo I, “el monje”, toma la corona, quizá a regañadientes, hasta que, derrotado en una batalla por los musulmanes, en el año 791 reconoce su falta de condiciones para liderar a los asturianos, “recuerda” (dice el autor de la crónica) que ha sido ordenado y decide llamar al exiliado Alfonso, a la sazón ya un hombre de 31 años, para que le suceda mientras él vuelve al convento.
Alfonso II, “el casto” traslada la corte a Oviedo, que sufre dos saqueos a cargo de ejércitos musulmanes, pero siempre Alfonso consigue reponerse y derrotar a los invasores en su regreso a la meseta. Saquea Lisboa en el año 798, (dato que consta en anales carolingios, pero que no he conseguido contrastar en crónicas asturianas ni musulmanas), concierta alianzas (otros dicen que se somete) con Carlomagno, se casa (según algunas fuentes) con una princesa franca, a pesar de lo cual decide vivir en castidad, embellece su capital, con ayuda del arquitecto Tioda, edificando un palacio, una catedral, fuentes públicas, la iglesia de san Juan de los Prados, murallas… mantiene a raya a los musulmanes, es depuesto en el año 801 por alguna facción opuesta a él (reminiscencia de los enemigos de su padre Fruela I), sus “fideles” le reponen en el trono, dona a la catedral de Oviedo la “Cruz de los Ángeles” y, en fin, muere a la avanzada edad de 82 años, después de 51 de reinado. A su muerte, su cuñado, Nepociano (marido de su hermana Jimena) y el hijo de Bermudo I, Ramiro, se disputan el trono, venciendo este último quien reina como Ramiro I (¿triunfo del sistema electivo godo sobre el matriarcal astur?)
Hasta aquí la historia, densa historia. En mis novelas, Alfonso II aparece en la cuarta “La Cruz de los Ángeles”, (que espero que sea publicada en la primavera de 2012) y que comienza con el reinado de Fruela y su boda con la vasca Munia (primera parte), se continúa con las intrigas y luchas por la sucesión que llevan al joven Alfonso a Álava (segunda parte) y se termina con los éxitos del reinado de Alfonso II y la donación de la joya que le da título (tercera parte). Aunque queda sitio para contar los últimos años de su reinado en otra, aún no escrita ni planificada. Pero tiempo hay…

3 de diciembre de 2011

ESTATUAS DE REYES DE NUEVO, III; Plaza de Oriente. Ramiro I


Esta fue la primera entrada de esta serie que publiqué desde mis vacaciones el pasado verano en Torre del Mar; en la que no conseguí subir la foto de la estatua que le da nombre. Realmente esa es la causa de que esté repitiendo esta serie. El texto es el mismo que el publicado en su día, con la salvedad de que la hipotética novela citada al final como posible entre “La Cruz de los Ángeles” y “La Cruz de la Victoria” es la que ya está comenzada con el título provisional de “La estirpe de los reyes” y de la que he hablado en entradas anteriores.

Estatuas de reyes III, Plaza de Oriente. Ramiro I

Después de recorrer, con la escasa fortuna relatada en la entrada anterior, el paseo de Argentina del Retiro, me dirigí hacia la Plaza de Oriente en busca de más estatuas de los reyes mencionados en mis novelas. Pero, mientras hacemos el camino, voy contar una curiosidad que se me había ocurrido, de niño, acerca de esa plaza y del Palacio Real, y que, quizá, también le haya ocurrido a algunos de mis lectores.
El Palacio Real de Madrid, ordenado edificar por Felipe V de Borbón en 1738, en el lugar que ocupaba el anterior palacio destruido por un incendio en 1734, también recibe el nombre popular de Palacio de Oriente. Al menos, así lo escuché denominar en mi niñez y, como dije, quizá también a alguno de mis lectores le haya ocurrido lo mismo. Pero aquí hay un contrasentido.
Si contemplamos un plano de Madrid vemos, con toda claridad, que tanto el Palacio como la Plaza están en la parte más occidental de la ciudad. Más allá quedarían solamente el río Manzanares y la Casa de Campo (bueno, y todos los barrios por medio de los cuales Madrid ha ido creciendo en esa dirección, pero esos son bastante más modernos), mientras que hacia el Este quedaría toda la ciudad antigua, la Plaza Mayor, la Puerta del Sol y los primeros ensanches de la Castellana, Recoletos y el Prado, el Retiro…etc. Entonces, ¿Por qué esos nombres de Palacio de Oriente y Plaza de Oriente?
La solución es obvia; y seguro que para mis lectores también lo ha sido, pero yo tardé un tiempo en caer en ella y cuando lo hice me sentí muy orgullosos de haber llegado a esa deducción (recordemos que yo era un niño en ese momento, aunque a veces sigo siendo igual de simple que entonces): Dentro del entorno del Palacio, la Plaza está al Oriente del mismo (A Occcidente quedaría el llamado “Campo del Moro”), de aquí su nombre: “Plaza de Oriente”. Y cuando, a base de usarlo, “Oriente” dejó de ser una indicación geográfica para convertirse en un nombre propio, el “Palacio de la Plaza de Oriente” pasó a ser, en alguna de sus denominaciones, el “Palacio de Oriente”.
Bien, esta disquisición sin importancia ha servido para darnos tiempo a llegar hasta la Plaza, meter el coche en el parking que hay debajo de ella y salir por la escalera que da al “café de Oriente” (Muchos “orientes” en esta entrada, ¿no?), justo en el lado sur de la plaza.
Y ahí, en la fila de estatuas que flanquean la plaza por ese lado, ya la primera me transportó a la historia de mis novelas. (Luego, casi todas las demás, pero como me he extendido demasiado en los prolegómenos, nos conformaremos por hoy con la que he reproducido al principio de esta entrada)
Ramiro I de Asturias nació en el año 790, hijo de Bermudo I, “el diácono”, décimo rey de Asturias. Recordemos la serie (aunque no todos los historiadores están de acuerdo en el título de rey para el propio Pelayo o para su hijo Favila):
1º.- Pelayo. 2º.- Su hijo Favila. 3º.- El yerno de Pelayo, Alfonso I. 4º.- El hijo de Alfonso I, Fruela I “el justiciero”. 5ª.- Aurelio, hijo del hermano de Alfonso I, Fruela el mayor. (Alfonso I y Fruela el mayor eran hijos del duque de Cantabria, Pedro, y, posiblemente, descendientes del rey godo Chindasvinto). 6ª.- Silo, por su matrimonio con la hija de Alfonso I, Hermesinda). 7º.- El hijo natural de Alfonso I, Mauregato. 8º.- Bermudo I, “el diácono”, hermano de Aurelio e hijo, por tanto, de Fruela el Mayor. 9º.- El hijo de Fruela I, Alfonso II, “El casto”. 10º.- Ramiro I, hijo de Bermudo I.
Ramiro fue coronado en el año 842 (a los 52 años), tras la muerte de Alfonso II “el casto”, (del que era primo segundo), aunque para ello tuvo que derrotar en la batalla de Cornellana al otro aspirante, Nepociano, cuñado del monarca anterior. Murió en el año 850 y en los ocho años de gobierno, aparte de poner orden en el reino y en la iglesia, ordenó construir los monumentos del Naranco (Santa María y San Miguel de Lillo) dando origen al estilo que se llamó, en su honor, “ramirense”.
A pesar de su importancia, Ramiro I no tiene un papel destacado en mis novelas y ya expliqué varias veces por qué. Su figura está perfectamente retratada en la excelente novela de Fulgencio Argüelles, “Los clamores de la Tierra” y yo he querido respetarla no incidiendo en ella en el transcurso de mi serie. Pero sí es cierto que hay un momento, en los últimos años del largo reinado de Alfonso II el casto, en que ocurrirán los desconocidos hechos que motivaron que, a la muerte del rey Casto, tanto el citado Ramiro, como el cuñado de Alfonso, Nepociano, se disputasen la corona. Ambos eran hombres ya maduros, por lo que habrían tenido ocasión de ser protagonistas de situaciones que, quizá, darían pie a otra novela que, quizá, situada entre la cuarta (La Cruz de los Ángeles) y la quinta (La Cruz de la Victoria), escriba próximamente.
Y ya que hablamos de La Cruz de la Victoria, aunque centrada en Alfonso III y, en menor medida, en su padre, Ordoño I, en los primeros capítulos aparece, aunque tangencialmente, Ramiro I, el padre y antecesor de Ordoño y abuelo del tercer Alfonso, con lo que, aún respetando la novela de Argüelles, sí que dedico, lo mismo que al esto de reyes asturianos, algunas líneas al severo Ramiro I (“Vara de la Justicia”, le llamaron sus contemporáneos, y esa vara es la que porta en su mano la estatua que le representa).

20 de noviembre de 2011

REPETICIÓN DE “Estatuas de Reyes II”


Sigo con la repetición de la serie de entradas sobre las estatuas de los reyes ubicadas en diferentes parques o plazas madrileñas. En esta cuento el primer resultado (un poco decepcionante) de mi recorrido en busca de las estatuas de los reyes que hayan tenido relación con mis novelas, que vuelvo a reproducir aquí.



Estatuas de reyes II, el Retiro. García I

Comencé mi paseo por el parque del Retiro. Iba con mucha ilusión, y, después de aparcar en la calle Alfonso XII, comencé mi andadura por el paseo de Argentina, lugar en que se encuentran las citadas estatuas. Subí hacia el estanque por la margen derecha de dicho paseo (el lado sur) y fui comprobando que todas las estatuas correspondían, bien a reyes visigodos anteriores a los que citaba en mis novelas, o bien a monarcas de los reinos cristianos de la Reconquista, posteriores a la época estudiada en mis libros. Comenzando a desencantarme, volví por el lado opuesto y, en el tercer lugar encontré esta estatua, que es la que está encabezando esta entrada.
Corresponde a García I, primer rey de León, hijo primogénito de Alfonso III de Asturias. Y la historia de cómo este gran rey asturiano fue derrocado por sus propios hijos, que se repartieron sus estados está narrada en la novela “La Cruz de la Victoria”, quinta de mi serie, que verá la luz en su momento (espero)
En la novela retrato a García como un adolescente enfermizo, ambicioso, dominado por su suegro Munio Núñez, conde de castilla; y posiblemente me acerque mucho a la verdad. Fue el que, al ser encerrado por su padre en el castillo de Gauzón, acusado de conspirar para asesinarle (en la novela no se le hace del todo culpable, y en la realidad, no se sabe), es la causa de la rebelión de sus hermanos y la partición del reino. García I escoge quedarse con León, por ser la parte más próspera del reino, y, al morir sin herederos, en 913 o 914, su hermano Ordoño, haste ese momento rey de Galicia, le sucede como rey de León y Galicia. A la muerte de Ordoño II, aunque este monarca tenía hijos, es proclamado el tercero de los hermanos, Fruela, que hasta ese momento había reinado en Asturias, aunque subordinado al rey de León, como monarca de todo el reino que vuelve a unirse de este modo.
A continuación, en la entrada original, reproducía una representación pictórica de ese mismo rey, que en nada se parecía a la estatua y que había encontrado en alguna enciclopedia. No me acuerdo de en cuál, así que si alguien quiere verla, no tiene más que visitar mis entradas del mes de julio pasado.

Y ninguna estatua más, que corresponda a mis novelas, encontré en el retiro. La plaza de Oriente fue otra cosa que se verá en próximas entradas.

16 de noviembre de 2011

Repetición de “Estatuas de reyes I”

Hace un mes que declaraba en el blog mi intención de volver a hacer, al menos, una entrada semanal. Multitud de obligaciones (los primeros meses del curso escolar me demandan mucho tiempo para la iniciación de las competiciones, hemos iniciado los ensayos de la nueva obra de teatro que representaremos este año – otro de mis hobbys – estoy finalizando las últimas correcciones de El Muladí para que pueda publicarse en primavera y a la vez estoy dando la redacción definitiva a La medalla olímpica) me han impedido cumplir mis intenciones. Aparte de eso, no tenía demasiadas cosas que contar, pero sí había dejado pendiente la conclusión de la serie sobre las estatuas de reyes del Retiro y otros parques madrileños que había quedado interrumpida porque mi conexión a Internet móvil que uso en las vacaciones (o mi torpeza proverbial en asuntos informáticos) no me permitía subir las fotos de dichas estatuas. Vamos, pues, a terminar ese tema, pero como hace tanto tiempo que lo comencé, es posible que los lectores (y yo mismo) no estén demasiado en situación, así que he decidido repetir las primeras entradas al post, desde el inicio de ese tema, confiando en que los lectores no se acuerden demasiado de ellas. Comienzo, pues, por la primera, escrita y publicada en el pasado julio, y seguiremos la serie hasta llegar a las que se publicaron sin fotos y siguiendo por las aún no publicadas.
Si alguien ya las ha leído, y se acuerda de ellas, le pido disculpas. Pero yo mismo no las recuerdo bien y he disfrutado al reeditarlas.

“Siguiendo la norma de interrumpir lo programado en aras de lo actual, hacemos una nueva pausa en el estudio de la evolución de los personajes. Si alguien estuviera siguiendo con interés esta serie de entradas, posiblemente se sintiera defraudado, pero como no creo que ese sea el caso, no tengo ningún cargo de conciencia en hacer esta nueva interrupción.
El domingo pasado fui a ver a mi hijo Pablo que participaba, como capitán del equipo del norte en la carrera “Norte contra Sur” de la comunidad de Madrid. Al escribir estas líneas se me ocurre la reflexión de que ese título “Norte contra Sur” podría atribuirse también a la Reconquista que intento narrar en mis novelas, pero no fue eso lo que ocupó mi mente en esos momentos, y no quiero que sea eso lo que inspire esta entrada; por un lado no hay ninguna razón que asimile a los participantes del equipo representativo de la mitad sur de la comunidad de Madrid con los musulmanes (el hecho de que el capitán del equipo del sur se llame Youness ait Hadi no quiere decir nada… espero) y, además, en esta edición, el triunfo correspondió a dicho equipo del sur (eso tampoco quiere decir nada… espero aún más)
Lo que ocurrió fue que, al pasear por el Retiro, lugar en que finalizaba la carrera, observé un paseo con estatuas de varios de los reyes de España. Ya lo conocía, por supuesto, y también que había más de estas estatuas en la Plaza de Oriente, pero, hasta ese momento no se me había ocurrido relacionarlas con mis novelas.
Estas estatuas forman parte de una colección mandada hacer por Fernando VI en 1750 para decorar los alerones de la terraza del Palacio Real y que, debido a su peso, no se colocaron en el lugar previsto y se distribuyeron por el Retiro, la Plaza de Oriente, los Jardines de Sabatini, el parque del Capricho, la Puerta de Toledo e incluso, algunas se llevaron a otras provincias.
Así que pensé en sacar fotos de las estatuas pertenecientes a los monarcas que apareciesen en mis novelas y colocarlos en este blog con una pequeña explicación histórica de cada uno. No se si será buena idea o no, interesante o no, pero, al menos, para mí resulta entretenida. Y hoy, primer sábado de vacaciones y que no tengo obligaciones del club deportivo del colegio, he cogido mi cámara y me he convertido en fotógrafo improvisado (actividad en la que soy mucho peor que en la de escritor, ya lo verán). El resultado, en próximas entradas”.

16 de octubre de 2011

ESTADO ACTUAL DE MI ACTIVIDAD LITERARIA

Como de costumbre, los principios de cada curso son complicados y me dejan poco tiempo para mis “hobbys” literarios. Eso puede comprobarse al ver que hace más de un mes desde mi última entrada en el blog. Pero eso no implica necesariamente que no haya dedicado absolutamente nada del tiempo a mis novelas. Y me gusta que mis lectores estén al tanto de ello.
De momento estoy enfrascado en la labor de corrección de “el Muladí” (que espero vea la luz en primavera), para evitar errores y problemas como los que han surgido con la redacción de “La muralla esmeralda”, escrita después de la citada, pero que, al antecederla en el orden cronológico de los acontecimientos, ya ha sido publicada.
También estoy trabajando en el esquema y algunos capítulos de la que lleva por título provisional “la estirpe de los reyes”, aunque sin muchas prisas, porque, como dije en entradas anteriores, he decidido que su trama principal ocurra contemporáneamente a los últimos capítulos de “el Muladí” y a los de “La Cruz de los Ángeles”, en vez de antecederlas, con lo que tengo un par de años de tiempo para su redacción definitiva, aunque sí tengo que tener concebido el esquema porque puede influir en ambas; de hecho tengo que escribir un capítulo entero nuevo de “el muladí” para preparar la aparición de los descendientes de Alarico. (¿Se acuerdan?, el godo que dejé abandonado en Ceuta y casado con la hija ilegítima del rey Rodrigo, y que mi amigo Mariano me señaló como un cabo suelto que ahora he decidido atar.)
¿Qué pasa, por tanto, con “Boanerges”, la novela sobre la vida del apóstol Santiago, que lleva desde hace años escrita hasta la mitad y en espera de su conclusión, y que en una entrada anterior del blog anuncié que era uno de mis objetivos para el presente año? Pues que el bueno del Apóstol tendrá que seguir esperando (lo que, dado su ardiente temperamento, le costará bastante); pero espero que antes del próximo Año Santo, que caerá en el 2021, habrá algún motivo que me animará a concluirla y publicarla.
En cuanto a “la medalla olímpica”, la novela de tema actual, que debió publicarse el año pasado, está a la espera de que mi compañera de trabajo, Annabelle, haga la corrección final de los capítulos que transcurren en París, para enviarla a imprenta. Espero que salga a la vez que “El Muladí”, esto es, para la próxima primavera.
Y no se me olvida que tengo pendiente continuar con las estatuas de los reyes de la plaza de Oriente, serie que interrumpí en el verano por problemas de mi conexión a Internet, y con el breve estudio de los monarcas del reino asturiano. Así que espero poder retomar mi cadencia de, al menos, una entrada semanal en el blog.
Gracias a todos por vuestro seguimiento.

14 de septiembre de 2011

OTRO COMENTARIO SOBRE LA MURALLA ESMERALDA

Mi buen amigo Javier Serra me envía a mi correo unos comentarios sobre la Muralla Esmeralda. Como me gusta que aparezcan en el blog, aún sin haberle pedido permiso, lo hago yo en su lugar.

3 de septiembre de 2011

UNA METEDURA DE PATA

(Y no será la última)

A la vuelta de las vacaciones, ya en Madrid, pero aún sin organizarme del todo ni recomenzar mis actividades literarias, mi compañera de trabajo y querida amiga Magdalena Fernández me hizo una observación sobre mi última novela publicada, “La Muralla esmeralda”. ¡La primera de todas las que he solicitado! Y acertada, en verdad y para vergüenza mía. (Lo que indica que, realmente, la ha leído, y con atención)
Me dice Magdalena que, en el prólogo, el menor de los hijos de Julián recibe el nombre de Ildefonso, pero que en el primer capítulo pasa a llamarse Isidoro, nombre que mantiene durante casi toda la novela, hasta que en el último capítulo y en la relación de personajes, de nuevo vuelve al de Ildefonso. Después de un asombrado: “¡No puede ser!”, me apresuré a comprobarlo y, efectivamente, el error estaba ahí.
Esto tiene una causa (No una justificación). Después de “Pelayo, rey” escribí “La Cruz de los Ángeles” y allí aparecía un sacerdote, hijo de Julián, al que denominé Ildefonso. (Quizá porque un buen amigo, esposo de Pilar, la hermana de Magdalena, se llama así). Cuando después, escribí “El Muladí”, que la antecede, volvió a salir ese personaje. Pero en esta novela tenía protagonismo el rey Alfonso I, que en el lenguaje usado en aquella época sería Ildefonso I, pues ambos nombres eran el mismo. No era lógico usar modos diferentes, así que decidí llamar al sacerdote Isidoro, para evitar confusiones. Cuando, tiempo después, escribí “La Muralla esmeralda”, que precede a “El Muladí”, consulté las dos ya escritas para evitar contradicciones, pero, por lo visto, en algunos capítulos revisé una y en otros la otra, y así me ha ido.
Ya en entradas anteriores al blog había hablado de los problemas que me había causado escribir después una novela cuyos hechos suceden antes que otras. Es una situación que intentaré evitar en lo sucesivo, pues he dedicado mucho tiempo y esfuerzo a correcciones que creía haber concluído con éxito. Ya he comprobado que no ha sidom así.
Escribiré al editor para que lo corrija para próximas ediciones, revisaré de nuevo esas dos novelas antes de su publicación, y pediré (pido) perdón a mis lectores por el fallo. Y muchísimas gracias a Magdalena por haberlo detectado. (¿Y nadie más se ha dado cuenta?)

20 de agosto de 2011

UNA CIRCUNSTANCIA

Hay cosas que, llevados de la premura o el entusiasmo, podemos pasar por alto. Me apresuré, una vez terminada La Medalla olímpica a anunciar que podría hacer una novela en que se narrase lo que habría sido de unos hipotéticos descendientes de don Rodrigo (Mariano, un compañero del colegio, me había recordado que había dejado a mi personaje inventado, Alarico, en Ceuta con la, también ficticia, hija habida de la relación del rey godo con Florinda, “la cava”) y de don Pelayo (me apenaba que su estirpe concluyese con Alfonso II, “el casto”). Lo anuncié en el blog y decidí que esta novela narrase los últimos años del reinado de Alfonso I, puesto que los primeros transcurrían en la próxima novela, El Muladí. De hecho, me había puesto a la tarea, había hecho una tabla cronológica de los posibles personajes, un esquema, e, incluso, ya tenía el prólogo y los dos primeros capítulos.
Pero había otro detalle que me faltaba por hacer. Intentando no repetir los errores que me había producido el hecho de que La muralla esmeralda, recién publicada, fuese escrita después que El Muladí, (aún no editado, aunque espero hacerlo en 2012), y que éste lo hiciera después de la que le va a seguir, La Cruz de los Ángeles, (que, escrita justo después de Pelayo, rey, ya veremos cuando verá la luz), procedí a releer ambas, pensando encajar la acción entre una y otra.
Y había cosas que no recordaba. Una de ellas, que, después de escribir El Muladí, y dándome cuenta de que había un paréntesis entre esta novela y la siguiente, lo prolongué para que terminase justo antes de la muerte de Alfonso I, cuando comienza La Cruz de los Ángeles, con el inicio del reinado del rey Fruela I. Así que la que estoy (estaba) escribiendo, no iría entre ambas, sino que se solaparía enteramente con El Muladí.
Esto, aparte de obligarme a cambiar algunos detalles, me lleva a replantearme todo; pues es un cambio en la concepción de la serie. De ser una relación cronológicamente lineal de la historia del reino de Asturias pasaría a ser un conjunto de novelas sobre la vida en aquellos tiempos. ¿Me merece la pena cambiar algo que ya está estructurado en siete u ocho novelas, seis de ellas ya escritas? Puedo también prolongar esta (de la que ya tenía el título provisional, La estirpe de los reyes,) convirtiéndola en una serie de capítulos, para situar a los lectores, que transcurren en los tiempos de las novelas ya escritas, hasta llegar al final de La Cruz de los Ángeles, y que la trama se desarrolle en el tiempo que va desde el final de ésta hasta el comienzo del reinado de Ramiro I (este espacio temporal ya he comprobado que no lo he relatado en ninguna). O también puedo seguir, despacio, con esta, para publicarla después que se termine la serie.
Sea como sea, tengo que planteármelo con calma. Y como coincide con el final de las vacaciones de verano, haré una pausa para, ya en Madrid, con todos mis libros de consulta a mano, decidir qué camino seguir. Así que hasta entonces, aparco mis actividades literarias y mis intervenciones en el blog. Feliz fin de verano a todos los que lo lean y gracias por compartirlo conmigo

18 de agosto de 2011

LA ESTIRPE DE LOS REYES III

C.- Continuación de la segunda línea dinástica: Descendientes de Pedro de Cantabria a partir de Ramiro I.

1.- Ramiro I.- Hijo de Bermudo I, “el diácono”. Tras la muerte de Alfonso II “el casto”, sin hijos, Nepociano, como cuñado del rey y aduciendo que éste le había nombrado su sucesor, ocupa el trono. Pero Ramiro alega que también Alfonso le había prometido la corona y, con el apoyo de los nobles, se convierte en el décimoprimer rey asturiano. Con él se termina el período electivo o semielectivo, propio de los godos, y se pasa a un sistema hereditario patrilineal. Contrajo un primer matrimonio con Urraca, de la que tuvo a Ordoño, (el futuro Ordoño I) y, quizá, otros hijos de los que no hay confirmación. Después de enviudar, casó con la castellana Paterna de cuya descendencia tampoco hay seguridad. Posiblemente el conde Gatón, del Bierzo, también fuera hijo suyo, pero de la primera esposa. Y el conde Rodrigo de Castilla, si no hijo, también tuvo relación de parentesco con él, quizá por medio de su segunda esposa

1.1.- Ordoño I.- Duodécimo rey de Asturias. Junto con su ¿hermano? Gatón, conde del Bierzo, y su ¿primo o medio hermano? Rodrigo, conde de Castilla, tiene protagonismo en la, por el momento, sexta novela de esta serie, La Cruz de la Victoria. Hijo y sucesor de Ramiro I. Casó con Nuña, de la que tuvo, parece ser seis hijos: Alfonso (el futuro Alfonso III), Bermudo, Nuño, Fruela y García, aunque sobre esto no hay seguridad, excepto del primogénito.

1.1.1.- Alfonso III.- Decimotercer rey de Asturias. Hijo y sucesor de Ordoño I. Casó con Jimena Garcés, hija del rey García de Navarra. Tuvo cinco hijos: García I de León; Ordoño II, rey de Galicia y, posteriormente de León; Gonzalo, arcediano de la catedral de Oviedo; Fruela II, “el leproso”, rey de Asturias y después de la muerte de sus hermanos, de León; y Ramiro que, quizá, heredase el trono de Asturias cuando Fruela lo hizo con el de León. Y tres hijas, Sancha y dos más de las que se desconoce el nombre. Su vida está contada en la sexta novela de esta serie, La Cruz de la Victoria. Y la de sus descendientes da para una muy interesante novela que, probablemente, sea la octava y última de esta serie.

1.1.1.1.- García I de León.- Hijo de Alfonso III, reina en León, mientras que su hermano Ordoño lo hace en Galicia y su otro hermano, Fruela, en Asturias. Muere sin hijos.

1.1.1.2.- Ordoño II, rey de Galicia y, a la muerte de su hermano García I, rey de León, casa con Elvira Menéndez, nieta del conde Gatón ya citado, y de ella tiene a García?, Ramiro II de León, Sancho Ordóñez, por un tiempo rey de Galicia, Alfonso IV, “el monje” de León, y Jimena Ordóñez. Tras enviudar, lo hizo con Aragonta González, a la que repudió, y luego lo hizo con Sancha, hija del rey Sancho Garcés I de Navarra, con quien tampoco tuvo hijos. Su viuda casó después con Fernán González, conde de Castilla.

1.1.1.3.- Gonzalo: Arcediano de la catedral de Oviedo. Lógicamente, sin descendencia.

1.1.1.4.- Fruela II. “el Leproso”. Decimocuarto y, casi seguramente, último rey de Asturias. Cuarto hijo de Alfonso III. Se une a sus hermanos para derrocarle y recibe el reino de Asturias. Cuando mueren estos, es coronado rey de León unificando de nuevo el reino. Aunque algunos autores sostienen que, al recibir León, cede a su hermano menor, Ramiro, el reino Asturiano. Casa con Nunilo Jimena y, junto con su esposa, dona la catedral de Oviedo la joya conocida como “La caja de las ágatas”.Tiene con ésta a Alfonso. Posteriormente casa con Urraca, hija del valí de Zaragoza, Abdallah ibn Mohamed, miembro de los Banu Qasi. Con ésta tiene a Ramiro y Ordoño.

1.1.1.5.- Ramiro. Según algunos autores, aunque no está comprobado, al acceder Fruela II al trono de León, se convertiría en el decimoquinto y último rey de Asturias. También se afirma, aunque sin pruebas, que tras la muerte de Fruela II se casaría con su viuda, Urraca, quien le daría tres hijos, de los que nada se sabe con certeza. Así que aquí terminaría la rama de los descendientes de Pedro de Cantabria que fueron reyes de Asturias.

A continuación serían reyes de León, pero la sucesión de Fruela II, “el leproso”, por su hijo Alfonso Froilaz “el jorobado” (los motes son significativos) fue tan breve que los historiadores ni siquiera le otorgan ordinal. A continuación vienen luchas fratricidas entre los hijos de Ordoño II y los de Fruela II, con varios Alfonsos, Ramiros y otros luchando por la corona y creando tal confusión que los historiadores no llegan a ponerse totalmente de acuerdo sobre quién es el que reina en cada momento. Como no corresponde ya al reino de Asturias no lo contamos aquí, aunque, como es tan tentador para un novelista, quizá algún día hagamos algo sobre ello.

15 de agosto de 2011

LA ESTIRPE DE LOS REYES II

B.- Segunda línea dinástica: Descendientes de Pedro de Cantabria.

1.- Pedro, duque de Cantabria bajo los últimos reyes godos. Tras la invasión de los musulmanes se refugia tras los montes y se une a Pelayo. La leyenda le hace descendiente de Chindasvinto. De su mujer nada se sabe, aunque en la serie de mis novelas hago que sea la hija de algún jefe tribal cántabro. Tiene dos hijos, Alfonso y Fruela.

1.1.- Alfonso I. Por su matrimonio con la hija de Pelayo, Hermesinda, llega a ser, tras la muerte de su cuñado, Favila, el tercer rey de Asturias. Tiene tres hijos de su esposa, Fruela, Vimara y Adosinda, y un bastardo, Mauregato, según la leyenda, con una cautiva musulmana.

1.2.- Fruela (el mayor, para no confundirlo con su sobrino del mismo nombre). Segundo hijo de Pedro. De su esposa nada se sabe (Otro filón que, de momento, no he explotado). Tiene dos hijos, Aurelio, y Bermudo.

1.1.1.- Fruela I. Cuarto rey de Asturias. También de la estirpe de Pelayo. Se casa con Munia de Vasconia. Tienen dos hijos, Alfonso y Jimena, pequeños cuando muere su padre, por lo que la línea se interrumpe, momentáneamente.

1.1.2.- Vimara. Segundo hijo de Alfonso I. también de la estirpe de Pelayo. Muere a manos de Fruela, por lo que se sabe, sin mujer ni hijos (Aunque aquí podría inventarme lo que quisiera)

1.1.3.- Adosinda. Tercera hija de Alfonso. También de la estirpe de Pelayo. Casa con Silo, quien, por ese matrimonio, llega a ser el sexto rey de Asturias. No tienen hijos.

1.1.4.- Mauregato. Hijo natural de Alfonso I. Se cree que su madre fue una cautiva musulmana. Séptimo rey de Asturias. Muere, a lo que se sabe, sin mujer ni hijos.

1.1.1.1.- Alfonso II. Hijo de Fruela y Munia. Aunque, debido a su corta edad, no sucede a su padre, al llegar a la adolescencia es proclamado rey por su tía Adosinda a la muerte de su esposo Silo, pero es apartado del trono por Mauregato. Posteriormente es proclamado como noveno rey de Asturias. Casa con la princesa franca, Berta, pero, debido a su voto de castidad no tienen hijos. Aquí se acaba la descendencia de Pelayo (Bueno, no)

1.1.1.2.- Jimena, segunda hija de Fruela y Munia. Casa con Nepociano que, por este matrimonio, llega a ser, por unos días, décimo rey de Asturias, antes de ser depuesto por Ramiro I. No tienen hijos, pero la leyenda dice que la hermana de Alfonso II, de soltera, tuvo un desliz con el conde Sancho de Castilla, del que nació Bernardo del Carpio. (Imposible, pues el héroe de Roncesvalles participó en esta empresa cuando su supuesta madre tendría cinco o seis años, sin contar con que entonces Castilla aún no existía. De todos modos, es otro filón para un novelista que, de algún modo, aproveché en “La Cruz de los Ángeles”)

1.2.1.- Aurelio. Hijo de Fruela, “el mayor”. A la muerte de su sobrino, Fruela I, y ante la ausencia de candidatos de edad conveniente, es elegido como quinto rey de Asturias. No se sabe si tuvo mujer e hijos (Aquí también podría inventarme lo que quisiera)

1.2.2.- Bermudo I, “el diácono”. Segundo hijo de Fruela, el mayor. Tras la muerte de Mauregato es elegido por los nobles contrarios al “partido” de Fruela y Alfonso II para evitar el ascenso al trono de éste. Sacado del convento en que estaba y proclamado como octavo rey de Asturias. Casa, según las leyendas con Nunila, de la que nada más se sabe, (por lo que puedo inventarme lo que quiera, algo ya hice en “La Cruz de los Ángeles”, pero aún queda más) y tiene un hijo, Ramiro. Tras ser derrotado por los musulmanes, “recuerda” que era monje, abdica en Alfonso y vuelve al convento.

1.2.2.1.- Ramiro I.- Hijo de Bermudo I, “el diácono”. Tras la muerte de Alfonso II “el casto”, sin hijos, Nepociano, como cuñado del rey y aduciendo que éste le había nombrado su sucesor, ocupa el trono. Pero Ramiro alega que también Alfonso le había prometido la corona y, con el apoyo de los nobles, se convierte en el décimoprimer rey asturiano. Como con él se termina el período electivo o semielectivo, propio de los godos, y se pasa a una sucesión hereditaria patrilineal, dejaremos a este monarca y a sus sucesores para una próxima entrada.


13 de agosto de 2011

LA ESTIRPE DE LOS REYES I.

Metido ya en faena, quisiera compartir con mis lectores un poco del cómo y el por qué de esta (o estas) nuevas novelas.
La descendencia directa de Pelayo terminó (o no, ya lo iré explicando) con Alfonso II “el casto”, (a causa de su apodo, claro), y el resto de monarcas descienden (ya lo explicaré), a través de Ramiro I, de Pedro de Cantabria. (Al menos, los que corresponden a mis novelas, hasta que el reino se traslada a León. Del resto, aún no he estudiado nada, pero cuando lo haga ya lo iré contando)
Como esto (lo de que se acabe la estirpe de Pelayo) novelescamente es una lástima, he decidido, con la omnipotencia que tiene la imaginación de los autores, ponerle remedio en estas novelas (no diré cómo, no solo para no desvelar la trama, sino porque todavía no lo tengo claro, pero sí señalaré las múltiples posibilidades).
Lo que ocurre en una novela histórica no tiene, necesariamente, que ser real. Pero sí (y eso lo olvidan algunos autores), no chocar con la realidad, esto es, tiene que ser posible, aunque sea improbable. Eso nos limita un poco, por lo que, a continuación, iré desgranando las posibilidades.

A.- Descendientes de Pelayo:

1.- Pelayo, primer rey de Asturias. Se casa con Gaudiosa. (De la que nada se sabe. Puedo inventarme lo que quiera y así lo hice en Pelayo, rey) Tienen dos hijos, Favila y Hermesinda

1.1.- Favila, segundo rey de Asturias. Se casa con Froiluba (De la que nada se sabe, puedo inventarme lo que quiera y así lo hice en La Muralla esmeralda). Muere joven y deja un número indeterminado de hijos/as de los que nada se sabe (Aquí hay un filón para un novelista)

1.2.- Hermesinda. Se casa con Alfonso de Cantabria que, por este matrimonio llega a ser Alfonso I, tercer rey de Asturias. Tienen tres hijos, Fruela, Vimara y Adosinda. (Aunque Alfonso tiene un bastardo, Mauregato)

1.2.1.- Fruela I. (Cuarto rey de Asturias). Se casa con Munia de Vasconia. Tienen dos hijos, Alfonso y Jimena, pequeños cuando muere su padre, por lo que la línea se interrumpe, momentáneamente.

1.2.2.- Vimara. Muere a manos de Fruela, por lo que se sabe, sin mujer ni hijos (Aunque aquí podría inventarme lo que quisiera)

1.2.3.- Adosinda. Casa con Silo, quien, por ese matrimonio, llega a ser el sexto rey de Asturias. No tienen hijos.

1.2.1.1.- Alfonso II. Hijo de Fruela y Munia. Aunque, debido a su corta edad, no sucede a su padre, al llegar a la adolescencia es proclamado rey por su tía Adosinda a la muerte de su esposo Silo, pero es apartado del trono por Mauregato. Posteriormente es proclamado como noveno rey de Asturias. Casa con la princesa franca, Berta, pero, debido a su voto de castidad no tienen hijos. Aquí se acaba la descendencia de Pelayo (Bueno, en realidad, no)

1.2.1.2.- Jimena, segunda hija de Fruela y Munia. Casa con Nepociano que, por este matrimonio, llega a ser, por unos días, décimo rey de Asturias, antes de ser depuesto por Ramiro I. No tienen hijos, pero la leyenda dice que la hermana de Alfonso II, de soltera, tuvo un desliz con el conde Sancho de Castilla, del que nació Bernardo del Carpio. (Imposible, pues el héroe de Roncesvalles participó en esta empresa cuando su supuesta madre tendría cinco o seis años, sin contar con que entonces Castilla aún no existía. De todos modos, es otro filón para un novelista que, de algún modo, aproveché en “La Cruz de los Ángeles”)

Bueno, dejaremos para otro día la relación de los descendientes de Pedro de Cantabria.

12 de agosto de 2011

PROBLEMAS CRONOLÓGICOS II.

Las fechas en que gobernaron reyes y emires.

Este problema es de índole distinta al anterior, y no tan achacable a mis errores (aunque algo de responsabilidad sí que tengo, por supuesto)
Los historiadores no están totalmente de acuerdo con las fechas en que comenzaron o terminaron los diferentes reinados y emiratos. Según se acuda a una u otra fuente, puede haber un desfase de un par de años (incluso más).
Al realizar la tabla cronológica de la que he hablado en el capítulo anterior, he introducido también las fechas de comienzo de los reinados, para mejor situar las acciones, recurriendo a una de esas fuentes.
Y al pasar a esa tabla mis novelas, me encuentro con que, en lo que respecta a “El Muladí”, su protagonista, Abdul (imaginario), viaja a África, donde se encuentra con el ejército de Balch y, un tiempo después, que puede ser un año, le ayuda a llegar a la península. Pero en la fuente histórica que he consultado, Balch lleva ya un par de años en España, con lo que hay un desfase histórico.
Esto puede deberse, como espero, a que la fuente que consulté en su momento (y lo hice con tantas que ya no me acuerdo) discrepe de la que he consultado ahora, o a que cuando escribí “El Muladí” me equivoqué en las fechas. Me resulta difícil comprobarlo ya que en la citada “El Muladí”, al revés que en “Pelayo, rey” o “La Cruz de los Ángeles” (las primeras que escribí) no hago mención expresa de las fechas exactas en que ocurre la acción que narro y ahora, al hacer la tabla, tengo que estar continuamente deduciendo fechas del resto de los datos.
Sea como sea, ya no tiene remedio. Aunque como estos errores son más difíciles de detectar para el lector normal que los que puse de manifiesto en el capítulo anterior, espero que, ya que no se dieron cuenta de aquellos, tampoco lo hagan de estos.
También hay otro error en la fecha de la muerte de Pelayo, pero como tampoco digo expresamente en “La Muralla esmeralda” cuando fue, sino que hay que deducirla, igualmente espero que pase desapercibido.

9 de agosto de 2011

PROBLEMAS CRONOLÓGICOS I.

Los primeros problemas cronológicos que he detectado afectan a la segunda generación: los hijos de Pelayo y Gaudiosa ( Favila y Hermesinda), de Julián y Adosinda (Rodulfo e Isidoro), de Pedro de Cantabria (Alfonso y Fruela), - He escrito en negrita y no sé si saldrá así en el blog, los personajes reales, para distinguirlos de los de ficción. - y al resto de jóvenes de su edad, algunos de los cuáles salen de pasada en las últimas páginas de "Pelayo, rey", pero que tienen protagonismo en "La Muralla esmeralda". Las dificultades están centradas, sobre todo, en el personaje de Rodulfo.

Rodulfo es un personaje de ficción, hijo del también inventado, Julián (En “Pelayo, rey” es el amigo del protagonista y comparte todas sus aventuras) y de la hermana de Pelayo, Adosinda. En la citada “Pelayo, rey”, nace al final, en el mismo año de la batalla de Covadonga (722), y la boda de sus padres se realiza un año antes. En esa misma escena novela, Favila, el hijo de Pelayo, había nacido 9 años antes y esa es la edad que tiene al final, y su hermana Adosinda, 5. Los hijos de Pedro de Cantabria, Alfonso y Fruela tienen, a su vez, 10 y 8 años respectivamente, aunque no se precisa.
Después de escribir “Pelayo, rey”, lo hice con “La Cruz de los Ángeles”, que transcurre mucho después (del 757 al 796) y, como entonces pensaba que fueran tres novelas separadas, sin demasiados enlaces entre ellas, no presté mucha atención a las edades. Como del rey Silo nada se sabía, me pareció buena idea hacerle hijo de Rodulfo, quien se casaría en segundas nupcias con la musulmana Yasmina (Y no cuento nada más para no desvelar la trama)
A continuación de esta novela, escribí “El Muladí”, que transcurre en el tiempo anterior a ella. Tenía que justificar lo ocurrido posteriormente, y me interesaba que Yasmina, (la madre de Silo), al ser llevada a Asturias, se casase con alguien que la protegiese, así que pensé en un Rodulfo maduro en contraposición a los jóvenes Alfonso y Fruela, y como tal lo describí. (Ya no me acordaba de lo que había ocurrido en “Pelayo, rey”, al menos no de las cosas no demasiado importantes, y no lo comprobé. Espero no volver a incurrir en ese error.)
Cuando mis novelas se convirtieron en una serie y escribí “La muralla esmeralda” como continuación de “Pelayo, rey”, pensé en que Favila, Hermesinda, Alfonso, Fruela y algunos más, serían un grupo de jóvenes nobles que se educarían bajo la tutela del rey Pelayo, y así lo hice. Al comprobar los problemas con el Rodulfo maduro de “El muladí” revisé este último y cambié unas frases relativas a este personaje como “con la sensatez propia de sus muchos años” por “una sensatez impropia de su juventud” y otras por el estilo, y me quedé tranquilo pensando que había resuelto el problema de una manera inteligente. (¡Craso error!, debería decir)
Ahora, al decidirme a escribir una nueva novela con los hijos (desconocidos) de Favila y los ficticios del también personaje de ficción, Alarico (En mi novela, nietos del rey Rodrigo), me he puesto a hacer una tabla cronológica (lo que tendría que haber hecho al principio) y me encuentro con que Rodulfo, que nace en el año 722, según digo en “Pelayo, rey”, en el año 723, en que comienza “La Muralla esmeralda” tiene 9.
(¡Y pensar que ninguno de mis lectores me lo ha señalado!)
Hay más problemas con los edades de los jóvenes, pero ninguno tan escandaloso como éste, porque son de un par de años, que pueden ser asumibles dentro de la trama, o las edades no están dichas expresamente y admiten varias interpretaciones.

7 de agosto de 2011

NUEVAS TAREAS II.

Ya estamos en agosto y comenzando a trabajar en nuevas actividades literarias. ¿Y cuáles van a ser estas?
Pedía ayuda en una entrada anterior para decidir cuál debería ser mi nuevo objetivo novelesco. (¿O quizá debería decir que daba a mis lectores la posibilidad de influir sobre este?) Recibí algunos comentarios, pero, o bien eran de Fernando Arrechea sobre la concluida “La medalla olímpica”, o de Javier Serra (gracias, Javier, por ser uno de los que siempre colaboran) diciéndome, en síntesis, que hiciera lo que más me apeteciera. Claro que eso es lo que iba a hacer de todos modos, pero no sé si Javier me dijo eso con buena voluntad o porque me conoce mejor de lo que pensaba.
Entre todas las opciones que detallaba, había dos que me apetecían más que las demás. Una, la de retomar, al cabo de los años, la inconclusa “Boanerges”; y otra, la de concebir una trama en la que tuvieran cabida, de manera creíble, los descendientes de Alarico y Florinda (ver “La Muralla esmeralda”) por un lado, y los de Favila y Froiluba por otra. Una de las tareas era, sobre todo, creativa; y la otra de investigación (para los personajes reales) y de organización. Y al ser de índole tan diversa, me he decidido por compaginar las dos, trabajando en ambas alternativamente.
De momento, he comenzado a confeccionar una tabla con las edades de los posibles protagonistas y me he encontrado con algunos problemas que relataré en próximas entradas.

2 de agosto de 2011

LA MEDALLA OLÍMPICA

Ha comenzado agosto y, extrañamente en mí, o, al menos, en mi labor literaria, se han cumplido los plazos previstos. El 31 de julio puse la palabra “FIN” en “La medalla olímpica” como me había propuesto. En realidad es un “fin” un poco ficticio, no solo por lo que podrán ver los lectores cuando se (o “si se “) publique, que eso es otra historia, sino porque, en realidad, aún le quedan unas pocas cosas. Los capítulos que transcurren en París están a expensas de que una compañera del colegio, profesora de francés, y francesa ella misma, que ha residido en esa ciudad, incluso en la misma zona en la que hago que recorran mis protagonistas, me ayude con los detalles, al igual que hizo Javier Serra con los de Barcelona. (E Internet con el resto de los que no conozco personalmente). Así que si Annabelle Morín lee estas líneas, ya sabrá que le tengo preparado trabajo para cuando volvamos al colegio en septiembre.
Pero como esos detalles no afectan a la trama, ya he dado por concluido el borrador y ha empezado el proceso previo de correcciones argumentales, gramaticales y ortográficas para evitar que errores o gazapos se “cuelen” y lleguen a los lectores, tarea realmente imposible, aunque la realicen profesionales, y para la que reclamo, como siempre, todas las ayudas que me atrevo a pedir.
Como anécdota de este cometido, me gustaría señalar (Creo que ya lo hice en alguna entrada anterior), que en la primera de mis novelas, “Pelayo, rey”, hay un error relativo a un personaje que, a pesar de mis indicaciones, ha persistido en todas y cada una de las tres ediciones (cuatro, si contamos la del Círculo de Lectores) publicadas. En su día ofrecí un ejemplar firmado de cualquiera de mis libros a quien lo encontrase y me lo hiciese notar en este blog, y hoy reitero el ofrecimiento. En verdad es fácil (¿Quién me dice a quién he robado esa frase?)
Antes de pasar de nuevo al tema de cuál va a ser la próxima novela histórica en la que voy a trabajar (como señalé en la entrada anterior), y aún teniendo en cuenta que el título de este blog (Reyesasturianos) nos indica su contenido, ya que había prometido contar algo sobre “La medalla olímpica” voy a hacerlo ahora, cuando la tengo reciente en mi mente.
Hace unos años, en la primavera de 2008 estuve ayudando a mi hijo Pablo en unas clases sobre la Historia de los Juegos Olímpicos en la universidad camilo José Cela. Con ese motivo me dí cuenta de un detalle: En la página web del Comité Olímpico Español se dice (o se decía en esa fecha, no me he tomado la molestia de ver si lo han corregido) que la primera medalla olímpica conseguida por un español fue la de plata en tiro al pichón del marqués de Villaviciosa en los segundos Juegos celebrados en París en el año 1.900. Y eso mismo estaba grabado en el mural del hall del edificio que ocupa dicho Comité. Pero el Comité Olímpico Internacional no lo considera así.
Podría explicar el motivo, pero está documentadísimamente explicado en el libro “1900 La primera aventura olímpica española” de Fernando Arrechea (Encontrarán un par de intervenciones suyas en la entrada anterior de este blog), así que dejo que a quién le interese se entere de ello en él.
No obstante, como ese libro no estaba publicado cuando comencé (en tiempo real, en junio de 2008) a escribir el mío, me inventé una historia con intrigas, intervenciones de sociedades secretas, y demás, que iba a intentar ser desvelada por unos jóvenes profesores de un colegio, de los que uno intentaba hacer su tesis sobre ello.
En un principio intenté escribir en el mismo día a día en que vivían mis protagonistas, pero pronto me fui retrasando y cada vez me costó más conseguir en Internet los datos relativos a la fecha en que ocurrían las cosas. Así hasta este pasado mes en que la he finalizado (o no).
Y de momento no cuento más. Solamente que espero que se publique durante este curso próximo.
En la próxima entrada volveremos con las novelas históricas. Hasta entonces, feliz mes de agosto para los que hasta ahora no hayan cogido las vacaciones (no es mi caso, je,je)

26 de julio de 2011

NUEVAS TAREAS

He dejado unos días de escribir en el blog. Dos motivos me llevaron a ello: Uno, el estar centrado en terminar, aunque sea de manera provisional, “La medalla olímpica” (Aunque esta novela no pertenezca a la saga sobre los reyes asturianos, ya hablaremos de ella en entradas posteriores). Y otro, el que no me llenaba seguir con mi serie sobre los reyes representados en las estatuas de la Plaza de Oriente, sin poder subir las fotos de dichas estatuas. Así que he decidido cerrar temporalmente este tema.
Pero hay otro para el que voy a recabar la ayuda de mis lectores. Cuando termine (espero hacerlo en julio) “La medalla olímpica”, quiero aprovechar lo que quede de verano para escribir más. Y tengo varias opciones que voy a relatar a continuación, por lo que espero comentarios de mis lectores sobre cuál de ellas es la que me aconsejan. (Algo parecido hace en su blog George Martín sobre su exitosa serie “Juego de Tronos”)
Y como no tengo demasiada fe en que mis lectores lean, habitualmente, mi blog, enviaré un e-mail a mis contactos solicitándoselo.
Bueno, vamos allá con las posibilidades, y, como llevo un resumen de mis actividades literarias que, quizá, se publicará algún día, copio y pego a continuación:

Como ya había dicho, estoy centrado y en buen camino de terminar, aunque de manera provisional, “la medalla olímpica” y espero hacerlo en este mes de julio. ¿Y después, qué? Tengo varias opciones para aprovechar, en lo que quede de verano, el hecho de que parece que he recuperado el hábito de escribir. Tengo inacabadas “Boanerges” (Sobre la vida del apóstol Santiago) y “Los mozárabes” (Contemporánea de “La Cruz de la Victoria”, sobre este grupo social). Apenas esquematizada “Gauzón”, sobre la vida de ese caudillo astur. Y, dentro de la saga histórica asturiana, dado que he estado realizando en mi blog el estudio de mis novelas, me he dado cuenta de varias cosas:
Una, que en “La medalla esmeralda” había dejado el cabo suelto de Alarico y Florinda, en Ceuta; unos hipotéticos hijos de esta pareja serían nietos del último rey godo, Rodrigo (en mi ficción, por supuesto) y podrían tener cabida, bien en una novela propia (situada, cronológicamente, entre “El muladí” y “La Cruz de los Ángeles) , bien en una aparición en el citado “El muladí” (habría que retocar una novela que ya está dispuesta para la edición), o bien sus hijos o sus nietos en una posible novela que narre los últimos años del reinado de Alfonso II, “el casto”, y que estaría situada entre “La Cruz de los Ángeles” y “La Cruz de la Victoria” (Hueco histórico que había pensado rellenar).
Dos, dicen las leyendas que Favila había dejado dos hijos de corta edad, aunque los historiadores no acaban de ponerse de acuerdo sobre el tema. Como estos niños serían de la estirpe de Pelayo (Que finalizó con Alfonso II), podría ser interesante introducirles en las mismas hipotéticas novelas que en el caso anterior. (ambas opciones no son excluyentes)
Y tres, me he dado cuenta que el reino de Asturias no acaba con Alfonso III (como narro en “La Cruz de la Victoria”), sino que su hijo García es por un tiempo rey de Asturias, supeditado a sus hermanos mayores, que reinan en León, hasta que, a la muerte de estos, alcanza esa corona y pone fin a Asturias como reino independiente. Voy, por supuesto, a escribir una novela que narre estos hechos, pero la duda es, ¿ahora o después de haber explorado las posibilidades anteriores? (Boanerges, Gauzón, o alguna de la saga asturiana)

Bueno, pues ya está. Si alguien me da su opinión, escribiendo un comentario en el blog, no prometo seguirla, pero sí tenerla en cuenta.

11 de julio de 2011

Estatuas de reyes IV, Plaza de Oriente. Alfonso II

La siguiente estatua que nos encontramos en nuestro recorrido desde la salida del parking hacia el Palacio es la de Alfonso II. (En la peana pone Alonso II, lo que ocurre también en los demás Alfonsos). Y antes de tener que explicarlo en un comentario, vuelvo a decir que, posiblemente debido a que la conexión inalámbrica a Internet que uso en mis vacaciones no tiene tanta capacidad como la banda ancha que tengo en Madrid, no creo que consiga subir la foto de esa estatua. Cuando vuelva, en Septiembre, actualizaré todas estas entradas.
Alfonso II, “el casto”, es uno de los reyes asturianos más interesantes. Y el último de la estirpe de Pelayo. Recordemos que el héroe de Covadonga tuvo dos hijos, Favila y Hermesinda. El primero reinó dos años a la muerte de su padre, hasta que, a causa de una imprudencia en una cacería, fue víctima de un oso (al menos, eso dice la leyenda). Aunque parece ser que dejó dos hijos de corta edad, ninguno llegó a reinar ni nada más se sabe de ellos (buen tema para otra novela). Hermesinda, por su parte, casó con Alfonso, el hijo de Pedro de Cantabria, quien por este matrimonio llegó a ser coronado como Alfonso I, y de este matrimonio nacieron tres hijos: Fruela, (el futuro Fruela I), Vimara y Adosinda (llamada así por su tía abuela), la hermana de Pelayo. Y a su vez, Alfonso I engendró un bastardo (al menos), Mauregato. A la muerte de Alfonso I le sucede su primogénito, Fruela I “el justiciero” (otros autores le denominan “el cruel”), quién se casa con una cautiva vascona de la que tiene dos hijos, Alfonso y Jimena. Fruela I, en un arrebato de ira mata a su hermano Vimara, siendo a su vez asesinado por los nobles, quienes eligen para sucederle como monarca a su primo, el hijo primogénito de otro Fruela (llamado “el mayor” para distinguirlo de su sobrino), el hermano de Alfonso I e hijo, también de Pedro de Cantabria. Esto nos dice que en aquellos años la corona de Asturias seguía el modelo godo de elección entre miembros de la familia en el poder.
A la muerte de Aurelio le sucede el marido de Hermesinda, Silo, del que casi nada se sabe. Este accede a la corona, bien por elección de los nobles, según el modelo godo, bien por matrimonio con la hija del monarca, como consta en la tradición matriarcal asturiana y traslada la corte a Pravia, quizá temeroso del predominio del bando enemigo de Fruela en Cangas de Onís. Adosinda y Silo (y los cito a propósito en este orden) no tienen hijos y cuidan como a tales a sus sobrinos, los hijos de Fruela, especialmente a Alfonso, al que preparan para ser su sucesor y, al llegar a la adolescencia, nombran “mayordomo de palacio” (Cargo este semejante al de un “primer ministro”, sin el aspecto de servicio que tiene actualmente)
A la muerte de Silo, Adosinda hace elegir rey a su sobrino, (En el año 783, cuando el joven Alfonso tenía 23 años) pero el resto de los nobles se opone (seguimos con el sistema godo de elección del soberano por el senado) y eligen al bastardo Mauregato. Alfonso tiene que huir a refugiarse entre los familiares de su madre en Álava, Adosinda es obligada a profesar en un convento y la corte vuelve a Cangas de Onís..
Fallecido Mauregato, los nobles vuelven sus ojos al único descendiente de Pedro de Cantabria que queda vivo (Esto parece indicar que en Cantabria prima el “bando godo” y en Asturias, por el contrario, tiene más fuerza el elemento ancestral astur), el segundo hijo de Fruela “el mayor”, llamado Bermudo que, a la sazón, estaba en un convento y había sido, o estaba a punto de hacerlo, ordenado.
Bermudo I, “el monje”, toma la corona, quizá a regañadientes, hasta que, derrotado en una batalla por los musulmanes, en el año 791 reconoce su falta de condiciones para liderar a los asturianos, “recuerda” (dice el autor de la crónica) que ha sido ordenado y decide llamar al exiliado Alfonso, a la sazón ya un hombre de 31 años, para que le suceda mientras él vuelve al convento.
Alfonso II, “el casto” traslada la corte a Oviedo, que sufre dos saqueos a cargo de ejércitos musulmanes, pero siempre Alfonso consigue reponerse y derrotar a los invasores en su regreso a la meseta. Saquea Lisboa en el año 798, (dato que consta en anales carolingios, pero que no he conseguido contrastar en crónicas asturianas ni musulmanas), concierta alianzas (otros dicen que se somete) con Carlomagno, se casa (según algunas fuentes) con una princesa franca, a pesar de lo cual decide vivir en castidad, embellece su capital, con ayuda del arquitecto Tioda, edificando un palacio, una catedral, fuentes públicas, la iglesia de san Juan de los Prados, murallas… mantiene a raya a los musulmanes, es depuesto en el año 801 por alguna facción opuesta a él (reminiscencia de los enemigos de su padre Fruela I), sus “fideles” le reponen en el trono, dona a la catedral de Oviedo la “Cruz de los Ángeles” y, en fin, muere a la avanzada edad de 82 años, después de 51 de reinado. A su muerte, su cuñado, Nepociano (marido de su hermana Jimena) y el hijo de Bermudo I, Ramiro, se disputan el trono, venciendo este último quien reina como Ramiro I (¿triunfo del sistema electivo godo sobre el matriarcal astur?)
Hasta aquí la historia, densa historia. En mis novelas, Alfonso II aparece en la cuarta “La Cruz de los Ángeles”, (que espero que sea publicada en la primavera de 2011 o el otoño de 2012) y que comienza con el reinado de Fruela y su boda con la vasca Munia (primera parte), se continúa con las intrigas y luchas por la sucesión que llevan al joven Alfonso a Álava (segunda parte) y se termina con los éxitos del reinado de Alfonso II y la donación de la joya que le da título (tercera parte). Aunque queda sitio para contar los últimos años de su reinado en otra novela, aún no escrita ni planificada. Pero tiempo hay…

7 de julio de 2011

Estatuas de reyes III, Plaza de Oriente. Ramiro I

Después de recorrer, con la escasa fortuna relatada en la entrada anterior, el paseo de Argentina del Retiro, me dirigí hacia la Plaza de Oriente en busca de más estatuas de los reyes mencionados en mis novelas. Pero, mientras hacemos el camino, voy contar una curiosidad que se me había ocurrido, de niño, acerca de esa plaza y del Palacio Real, y que, quizá, también le haya ocurrido a algunos de mis lectores.
El Palacio Real de Madrid, ordenado edificar por Felipe V de Borbón en 1738, en el lugar que ocupaba el anterior palacio destruido por un incendio en 1734, también recibe el nombre popular de Palacio de Oriente. Al menos, así lo escuché denominar en mi niñez y, como dije, quizá también a alguno de mis lectores le haya ocurrido lo mismo. Pero aquí hay un contrasentido.
Si contemplamos un plano de Madrid vemos, con toda claridad, que tanto el Palacio como la Plaza están en la parte más occidental de la ciudad. Más allá quedarían solamente el río Manzanares y la Casa de Campo (bueno, y todos los barrios por medio de los cuales Madrid ha ido creciendo en esa dirección, pero esos son bastante más modernos), mientras que hacia el Este quedaría toda la ciudad antigua, la Plaza Mayor, la Puerta del Sol y los primeros ensanches de la Castellana, Recoletos y el Prado, el Retiro…etc. Entonces, ¿Por qué esos nombres de Palacio de Oriente y Plaza de Oriente?
La solución es obvia; y seguro que para mis lectores también lo ha sido, pero yo tardé un tiempo en caer en ella y cuando lo hice me sentí muy orgullosos de haber llegado a esa deducción (recordemos que yo era un niño en ese momento, aunque a veces sigo siendo igual de simple que entonces): Dentro del entorno del Palacio, la Plaza está al Oriente del mismo (A Occcidente quedaría el llamado “Campo del Moro”), de aquí su nombre: “Plaza de Oriente”. Y cuando, a base de usarlo, “Oriente” dejó de ser una indicación geográfica para convertirse en un nombre propio, el “Palacio de la Plaza de Oriente” pasó a ser, en alguna de sus denominaciones, el “Palacio de Oriente”.
Bien, esta disquisición sin importancia ha servido para darnos tiempo a llegar hasta la Plaza, meter el coche en el parking que hay debajo de ella y salir por la escalera que da al “café de Oriente” (Muchos “orientes” en esta entrada, ¿no?), justo en el lado sur de la plaza.
Y ahí, en la fila de estatuas que flanquean la plaza por ese lado, ya la primera me transportó a la historia de mis novelas. (Luego, casi todas las demás, pero como me he extendido demasiado en los prolegómenos, nos conformaremos por hoy con la que he reproducido al principio de esta entrada)
Ramiro I de Asturias nació en el año 790, hijo de Bermudo I, “el diácono”, décimo rey de Asturias. Recordemos la serie (aunque no todos los historiadores están de acuerdo en el título de rey para el propio Pelayo o para su hijo Favila):
1º.- Pelayo. 2º.- Su hijo Favila. 3º.- El yerno de Pelayo, Alfonso I. 4º.- El hijo de Alfonso I, Fruela I “el justiciero”. 5ª.- Aurelio, hijo del hermano de Alfonso I, Fruela el mayor. (Alfonso I y Fruela el mayor eran hijos del duque de Cantabria, Pedro, y, posiblemente, descendientes del rey godo Chindasvinto). 6ª.- Silo, por su matrimonio con la hija de Alfonso I, Hermesinda). 7º.- El hijo natural de Alfonso I, Mauregato. 8º.- Bermudo I, “el diácono”, hermano de Aurelio e hijo, por tanto, de Fruela el Mayor. 9º.- El hijo de Fruela I, Alfonso II, “El casto”. 10º.- Ramiro I, hijo de Bermudo I.
Ramiro fue coronado en el año 842 (a los 52 años), tras la muerte de Alfonso II “el casto”, (del que era primo segundo), aunque para ello tuvo que derrotar en la batalla de Cornellana al otro aspirante, Nepociano, cuñado del monarca anterior. Murió en el año 850 y en los ocho años de gobierno, aparte de poner orden en el reino y en la iglesia, ordenó construir los monumentos del Naranco (Santa María y San Miguel de Lillo) dando origen al estilo que se llamó, en su honor, “ramirense”.
A pesar de su importancia, Ramiro I no tiene un papel destacado en mis novelas y ya expliqué varias veces por qué. Su figura está perfectamente retratada en la excelente novela de Fulgencio Argüelles, “Los clamores de la Tierra” y yo he querido respetarla no incidiendo en ella en el transcurso de mi serie. Pero sí es cierto que hay un momento, en los últimos años del largo reinado de Alfonso II el casto, en que ocurrirán los desconocidos hechos que motivaron que, a la muerte del rey Casto, tanto el citado Ramiro, como el cuñado de Alfonso, Nepociano, se disputasen la corona. Ambos eran hombres ya maduros, por lo que habrían tenido ocasión de ser protagonistas de situaciones que, quizá, darían pie a otra novela que, quizá, situada entre la cuarta (La Cruz de los Ángeles) y la quinta (La Cruz de la Victoria), escriba próximamente.
Y ya que hablamos de La Cruz de la Victoria, aunque centrada en Alfonso III y, en menor medida, en su padre, Ordoño I, en los primeros capítulos aparece, aunque tangencialmente, Ramiro I, el padre y antecesor de Ordoño y abuelo del tercer Alfonso, con lo que, aún respetando la novela de Argüelles, sí que dedico, lo mismo que al esto de reyes asturianos, algunas líneas al severo Ramiro I (“Vara de la Justicia”, le llamaron sus contemporáneos, y esa vara es la que porta en su mano la estatua que le representa).

2 de julio de 2011

Estatuas de reyes II, el Retiro. García I




Comencé mi paseo por el parque del Retiro. Iba con mucha ilusión, y, después de aparcar en la calle Alfonso XII, comencé mi andadura por el paseo de Argentina, lugar en que se encuentran las citadas estatuas. Subí hacia el estanque por la margen derecha de dicho paseo (el lado sur) y fui comprobando que todas las estatuas correspondían, bien a reyes visigodos anteriores a los que citaba en mis novelas, o bien a monarcas de los reinos cristianos de la Reconquista, posteriores a la época estudiada en mis libros. Comenzando a desencantarme, volví por el lado opuesto y, en el tercer lugar encontré la estatua que encabeza esta entrada.
Corresponde a García I, primer rey de León, hijo primogénito de Alfonso III de Asturias. Y la historia de cómo este gran rey asturiano fue derrocado por sus propios hijos, que se repartieron sus estados está narrada en la novela “La Cruz de la Victoria”, quinta de mi serie, que verá la luz en su momento (espero)
En la novela retrato a García como un adolescente enfermizo, ambicioso, dominado por su suegro Munio Núñez, conde de castilla; y posiblemente me acerque mucho a la verdad. Fue el que, al ser encerrado por su padre en el castillo de Gauzón, acusado de conspirar para asesinarle (en la novela no se le hace del todo culpable, y en la realidad, no se sabe), es la causa de la rebelión de sus hermanos y la partición del reino. García I escoge quedarse con León, por ser la parte más próspera del reino, y, al morir sin herederos, en 913 o 914, su hermano Ordoño, haste ese momento rey de Galicia, le sucede como rey de León y Galicia. A la muerte de Ordoño II, aunque este monarca tenía hijos, es proclamado el tercero de los hermanos, Fruela, que hasta ese momento había reinado en Asturias, aunque subordinado al rey de León, como monarca de todo el reino que vuelve a unirse de este modo.
Y, como curiosidad, publico otra imagen de este rey, esta vez pictórica, que en nada se parece a la estatua, y que podemos ver encima de ella.
Y ninguna estatua más, que corresponda a mis novelas, encontré en el retiro. La plaza de Oriente fue otra cosa que se verá en próximas entradas.

Estatuas de reyes I

Siguiendo la norma de interrumpir lo programado en aras de lo actual, hacemos una nueva pausa en el estudio de la evolución de los personajes. Si alguien estuviera siguiendo con interés esta serie de entradas, posiblemente se sintiera defraudado, pero como no creo que ese sea el caso, no tengo ningún cargo de conciencia en hacer esta nueva interrupción.
El domingo pasado fui a ver a mi hijo Pablo que participaba, como capitán del equipo del norte en la carrera “Norte contra Sur” de la comunidad de Madrid. Al escribir estas líneas se me ocurre la reflexión de que ese título “Norte contra Sur” podría atribuirse también a la Reconquista que intento narrar en mis novelas, pero no fue eso lo que ocupó mi mente en esos momentos, y no quiero que sea eso lo que inspire esta entrada; por un lado no hay ninguna razón que asimile a los participantes del equipo representativo de la mitad sur de la comunidad de Madrid con los musulmanes (el hecho de que el capitán del equipo del sur se llame Youness ait Hadi no quiere decir nada… espero) y, además, en esta edición, el triunfo correspondió a dicho equipo del sur (eso tampoco quiere decir nada… espero aún más)
Lo que ocurrió fue que, al pasear por el Retiro, lugar en que finalizaba la carrera, observé un paseo con estatuas de varios de los reyes de España. Ya lo conocía, por supuesto, y también que había más de estas estatuas en la Plaza de Oriente, pero, hasta ese momento no se me había ocurrido relacionarlas con mis novelas.
Estas estatuas forman parte de una colección mandada hacer por Fernando VI en 1750 para decorar los alerones de la terraza del Palacio Real y que, debido a su peso, no se colocaron en el lugar previsto y se distribuyeron por el Retiro, la Plaza de Oriente, los Jardines de Sabatini, el parque del Capricho, la Puerta de Toledo e incluso, algunas se llevaron a otras provincias.
Así que pensé en sacar fotos de las estatuas pertenecientes a los monarcas que apareciesen en mis novelas y colocarlos en este blog con una pequeña explicación histórica de cada uno. No se si será buena idea o no, interesante o no, pero, al menos, para mí resulta entretenida. Y hoy, primer sábado de vacaciones y que no tengo obligaciones del club deportivo del colegio, he cogido mi cámara y me he convertido en fotógrafo improvisado (actividad en la que soy mucho peor que en la de escritor, ya lo verán). El resultado, en próximas entradas.

27 de junio de 2011

La Evolución de los personajes III

Retomamos el estudio de la evolución de los protagonistas de mis novelas; y después de Pelayo viene, cómo no, su esposa, Gaudiosa.
Poco es lo que se sabe de este personaje, excepto una inscripción en una tumba en Covadonga (muy posterior a la urna) que dice: “aquí yacen los restos de Pelayo y de su mujer, Gaudiosa”; así que pude inventarme todo lo que necesité de su filiación, origen y circunstancias. Sin ningún apoyo histórico, la hice hija de un prestigioso jefe astur, consiguiendo así un motivo para que esos semicivilizados pastores, celosos de su independencia, se unieran al proyecto del iniciador de la reconquista.
Gaudiosa hace su aparición en las páginas de “Pelayo, rey” como una niña ingenua que se asombra al comprobar que el joven godo que llega a pedir refugio a su aldea no parece tan peligroso como le habían dicho de los tradicionales enemigos de su tribu. Y que, tras la estancia de Pelayo en la aldea de los montes, le ha caído tan simpático, que le regala un ramillete de flores silvestres para que el joven godo, de vuelta a sus tierras, sepa que los astures son sus amigos.
Cuando, unos pocos años después, Pelayo vuelve a la aldea del jefe Otur en busca de apoyo para la guerra civil entre los hermanos de Witiza y Rodrigo, la niña ya se ha convertido en una joven adolescente que mantiene una relación especial con los ríos, plantas y animales de la naturaleza, reminiscencia quizá de las antiguas creencias de los astures, y que trata de convertir esa unión en una manifestación de la religión cristiana, aceptada hacía poco por las tribus. Asimismo Gaudiosa siente que el joven godo, que parece no fijarse en ella, tendrá una importancia capital en su vida y que los destinos de ambos, por raro que parezca, están unidos.
Pasa el tiempo, Pelayo sigue su vida en la corte de los godos, se convierte en un noble importante (aunque la imagen de la joven astur sigue estando presente en sus pensamientos, a pesar de sus esfuerzos por olvidarla), hasta que llega el desastre del Guadalete. Deshecho el ejército de los godos en la batalla, Pelayo acompaña a su rey moribundo durante un viaje que recuerda a un recorrido iniciático, hasta que, una vez enterrado Rodrigo, casi sin darse cuenta dirige sus pasos hacia los montes astures, adonde llega herido, agotado, desfallecido y medio muerto, pero convencido ya de que lo que desea es volver, aunque sea con sus últimas fuerzas, al lado de la joven a la que había llegado a amar, aunque se había negado a reconocerlo.
El destino echa una mano, Pelayo y Gaudiosa se encuentran, se confiesan su mutuo amor y, en la cueva de la Señora se casan. La tribu, o, mejor, el nuevo jefe elegido tras la muerte del anciano Otur, se muestran recelosos ante la llegada del godo, pero aquí Gaudiosa demuestra que ha crecido y se ha convertido en una mujer fuerte, enfrentándose, apoyada en su prestigio, a los que s ele oponen y consiguiendo que Pelayo sea aceptado.
Ambos jóvenes crean una familia y pretenden vivir en paz, sin mayores ambiciones, pero cuando Munuza rapta a la hermana de Pelayo y envía a éste a Córdoba, Gaudiosa se hace cargo de la familia, mantiene su prestigio entre los astures y, cuando su marido, tras escaparse de la prisiones musulmanas, vuelve a Asturias, consigue hacerle elegir como jefe de los Astures, y, a su lado, organiza la resistencia contra los invasores, mostrándose como el apoyo ideal de su marido. (a veces, incluso, más fuerte y decidida que él)
Esta es la evolución natural de Gaudiosa, convertida en la reina que necesita la nueva nación, pero aún nos demostrará más su fuerza de carácter, cuando tenga que enfrentarse a las pruebas que le esperan en “La Muralla esmeralda”

21 de junio de 2011

Una pregunta; una respuesta.

Estábamos siguiendo la evolución de algunos de los personajes de la serie (de momento solo le había tocado el turno a don Pelayo) pero volvemos a hacer otra pausa. Lo programado, en muchos aspectos, y desde luego, en la literatura, debe ceder el paso ante lo espontáneo o lo actual. Y este es el caso que nos ocupa.
Como ya he narrado, hace aproximadamente un mes y medio, s epublicó la segunda de mis novelas, “La Muralla esmeralda”. Como de costumbre, a todos aquellos que la compraron y que entran dentro del círculo de mis conocidos, les pedí que, cuando la leyesen, me hicieran una crítica, lo más dura posible, de la misma, con el objeto de, gracias a ellas, ir mejorando en mi faceta de escritor. La respuesta general fue la de que tendría que esperar a que pasasen las vacaciones estivales, período en que todos nosotros (yo incluido), tenemos algo más de tiempo para dedicar a la lectura. Pero hubo algunas excepciones.
Uno de mis lectores me dijo hace unos días, al cruzarse casualmente conmigo: “Bueno, ¿y para cuándo la continuación?”. Yo le expliqué que “La Muralla esmeralda” no era más que la segunda novela de una serie de la que ya estaban escritos, sin contar los dos libros publicados, otros cuatro más, como sabrán los que sigan este blog. “No” – me contestó – “Me refiero a que has dejado una historia inconclusa y quiero saber lo que va a pasar”. Y a continuación me explicó que hablaba de Florinda, la hija natural del rey Rodrigo y el godo Alarico (personajes ambos inventados, debo aclarar) “a los que has dejado abandonados en Ceuta sin explicar qué va a ser de ellos.”
En efecto, en la novela Alarico ha conseguido casarse con Florinda y es un auténtico desagradecimiento hacia quien tanto juego me ha dado en las diferentes aventuras narradas, dejarle sin darle, ni siquiera, ocasión de despedirse d esus compañeros ni de los lectores.
Como ya he explicado en este blog, “la Muralla esmeralda” se escribió, a petición de la editorial, después de que estuviera concluído “El Muladí” que es la que le sigue, e, incluso, mucho después que la que va después de ambas, “La Cruz de los Ángeles”. Esto me lleva a que Alarico, que es un personaje que inventé para esta novela, y Florinda, que se me ocurrió cuando ya llevaba escritos varios capítulos y mis protagonistas estaban en Ceuta, recordando que había dejado allí a su madre, la otra Florinda, esta, si no real, al menos sí narrada en las leyendas de “la Cava”, no apareciesen en las novelas que le siguen.
Pero de esto ya me había dado cuenta, y si alguien leyó la entrada en mi blog, titulada “Segunda novela; Planificación III, los Viajeros II” (Sí, un título raro y aburrido, pero que me ha permitido encontrarle cuando lo he necesitado, es decir, ahora), de fecha 2 de diciembre de 2010, pudo encontrar el párrafo que copio y pego a continuación, hablando del citado Alarico:
“…y, traspasándole el encargo de volver a informar a Pelayo, vuelve a Ceuta en busca de su amor. (Ya le había hecho sufrir demasiado, además unos hijos suyos y de Florinda serían descendientes del último rey godo, don Rodrigo, y podrían tener protagonismo en novelas posteriores. Aún no les he utilizado, pero la posibilidad queda abierta)”
Espero haber contestado, ¿verdad, Mariano? Y si no, seguiremos hablando de ello.

13 de junio de 2011

La Evolución de los personajes II

Siguiendo con este estudio de los personajes, habíamos visto como Pelayo crecía, desde su niñez como hijo del conde de Lucus, acostumbrado a no carecer de nada y ver cumplidos todos sus caprichos, a convertirse en un adolescente fugitivo, refugiado entre los primitivos astures y, por fin, debido a una nueva mudanza en el destino, llegar a ser la joven mano derecha del nuevo monarca, don Rodrigo, gozando otra vez de todos los privilegios inherentes a su cargo.
¿Era esto suficiente para considerarle alguien con la suficiente fuerza de carácter como para ser el fundador de la nueva España? No. Aún tenía que pasar por nuevas pruebas. La primera, el ver como su ingenua admiración por su soberano recibía un duro choque al comprobar la corrupción que el poder ejercía en las personas, incluso en aquellas que, en su ingenuidad, consideraba poseedoras de todas las virtudes. Lo que chocaba impactantemente con la nobleza que dominaba sus sentimientos.
Luego, con la desilusión instaurada en su corazón, pero aún con el ansia de las batallas y los honores que estimaba inherentes a ellas, se enfrenta a la invasión musulmana en la batalla del Guadalete en la que, amargamente, comprueba que la imagen que tenía de las contiendas como luchas caballerescas en las que solo quedaba recordar el oropel de las victorias para los triunfadores, era falsa. Que, en realidad, todo se reducía a sangre, dolor, muerte y, en este caso, como cúlmen de desgracias, la derrota.
Y, para completar la formación de su carácter, al igual que el hierro que, para ser forjado, tiene que soportar los golpes del herrero, el largo y penoso camino iniciático, llevando primero a su rey moribundo hasta Viseo (porque la leyenda dice que allí estaba su sepulcro), y luego, ya solo, hacia el norte, hacia Asturias, porque allí está lo único que aún le anima a mantenerse con vida, el amor por Gaudiosa, que había querido ignorar y que, en el instante supremo, se le revela como lo único importante.
Desencantado de todo lo que, anteriormente, le había parecido importante, se dedica a su recién formada familia y abandona sus ansias guerreras, solo para descubrir que, aunque quiera, un hombre no puede mantenerse alejado de lo que ocurre a su alrededor, y que su nueva actitud pacífica solo sirve para verse separado d esu mujer y sus hijos y arrojado a un oscuro calabozo en la lejana Córdoba, capital de los musulmanes.
Y allí, un nuevo e inesperado encuentro, esta vez con su amigo Julián, le renueva las ganas de vivir y ambos cruzan de nuevo la península de sur a norte, pero esta vez con ánimo decidido y dispuestos a vencer todas las dificultades que s eles enfrenten. Así, y con la ayuda de su esposa, Pelayo es reconocido como jefe de los astures y, uniendo a estos los hispanos y godos fugitivos, se enfrenta a los musulmanes dando comienzo a la Reconquista.
Pero no acaba aquí la evolución del carácter de nuestro héroe. Una vez que el guerrero ha concluido su trabajo, queda para el gobernante la mucho más dura tarea de dar forma a un nuevo reino con nuevas inquietudes. Y Pelayo tiene que madurar aún más.
Pero eso se cuenta en la segunda novela: La Muralla esmeralda.

5 de junio de 2011

Más de la Feria


El viernes fue día de firmas. Una vez más, y van siete, estuve en la caseta de Alberto Santos dedicando ejemplares de mi primera novela, Pelayo, rey, tanto en su tercera edición, como algunos libros que quedaban de la primera en tapa dura; y, al igual que el año pasado, compartiendo la experiencia con Eduardo Martínez Rico y su Cid Campeador.
Para ser una novela con un largo recorrido, no estuvo mal. Mi gratitud a los amigos que acudieron a saludarme, Javier Valle, Mª José Fraile, José Mª Fayos (por poderes), alumnos y antiguos alumnos de Rosales, a todos los que me olvido pero que estuvieron, y a los que, sin serlo ni conocerme, entren después de leerla a formar parte de ese grupo.
Espero que la mayor parte de ellos continúen con la saga que sigue en la segunda novela “La muralla esmeralda”, editorial SAPERE AUDE, según vemos a la derecha.
Y, después de este interludio, en la próxima entrada volveremos a dedicarnos a seguir la evolución de los protagonistas de las novelas.

25 de mayo de 2011

Feria del libro 2011

Bueno, una nueva pausa en el estudio de mis novelas. Comienza la Feria del libro del presenta año y, como va siendo habitual, allí estaré firmando ejemplares del incombustible “Pelayo, rey”. (Ya he dicho que los que quieran alguno de su continuación, “La Muralla esmeralda”, deberán pedirlo por Internet a “Editorial SAPERE AUDE”, buscándola en Google, o acudiendo a mi blog http://www.reyesasturianos.blogspot.com y desde allí pinchando en la novela)
Así que espero a todos los que puedan de mis lectores en la caseta nº 200 (Alberto Santos, editor), el viernes 3, de seis a ocho y media. Ya sea para que aquellos que aún no la tienen la compren, o solo para saludarme y hacer que el tiempo no se me haga demasiado largo. (Ya hace varios años que se publicó por primera vez y no son muchos los posibles compradores interesados)
Será un placer veros a los que asistáis.

La Evolución de los personajes.

Cerrado el paréntesis de la presentación de la Muralla Esmeralda, volvamos al trabajo diario del análisis exhaustivo de mis novelas. Preparando dicha presentación, tomé conciencia de lo importante que había sido la evolución de mis personajes, tanto en el curso de una novela, como, y aún más, en el caso de aquellos que aparecían en las páginas de dos o mas de ellas. Pensé dedicar futras entradas del blog a esta circunstancia, y en ello estamos. Y comenzaremos, cómo no, por el protagonista: don Pelayo.
¿Cómo era don Pelayo en la realidad? Ningún historiador puede darnos cuenta de ello, e, incluso, algunos hay que niegan su existencia. Lo que de él sabemos, se debe a las crónicas asturianas, escritas doscientos años después de su muerte y a leyendas de origen incierto y veracidad dudosa. Cierto es que algunas crónicas árabes nos hablan de cierto cristiano, llamado “Belay, el rumí”, que se rebeló con un pequeño número de seguidores contra el poder de los emires cordobeses, y rápidamente los investigadores, probablemente con razón, asimilaron esa historia a nuestro héroe para dar mayor verosimilitud a su existencia.
Aceptemos, pues, que Pelayo era un noble godo, perteneciente a la facción enemiga de Witiza que apoyó al duque de la Bética, Ruderic (o don Rodrigo) en sus aspiraciones al trono. Incluso, con toda probabilidad, pariente suyo, y que, tras su coronación, formó parte de su guardia personal como “espatario”, luchando contra los invasores musulmanes en Guadalete y retirándose, después de la derrota, a Asturias donde encabezó la resistencia de los locales contra la invasión.
La novela comienza con un Pelayo adolescente, y había que darle un carácter. No fue difícil. Un joven noble, hijo del conde de “Lucus Asturum”, acostumbrado a mandar, amante del ejercicio físico, de las batallas, razón de ser de su raza, por lo tanto, un pelín orgulloso, un tanto soberbio, audaz, pero con buen fondo, generoso, amigo de sus amigos… Ya en el primer capítulo, en la conversación que tiene con su amigo Julián, hay una declaración de intenciones: “Es nuestro destino, Julián, luchar siempre. Luchar y vencer. Porque el día en que nos derroten, no podremos sobrevivir”. Dice a su amigo, como justificación de su desmedido afán por la victoria.
¿Podría alguien así ser el creador de una nueva sociedad, de un nuevo reino? No, este personaje tendría que madurar y evolucionar. Y para eso, el destino tiene que golpearle duramente para que su carácter se vaya forjando. Primero, con la noticia de la muerte de su padre a manos del hijo del rey. Luego, con la dura existencia como un fugitivo oculto entre los semicivilizados astures, a los que poco antes no se habría dignado mirarles a la cara y que, poco a poco, aprende a respetar y querer.
Así hasta el momento en que cambian las tornas de la historia, Rodrigo accede al trono y llama a su lado a su pariente, que se encuentra de nuevo en el bando de los ganadores. Pero ahí sufre su carácter una nueva evolución que, para no extenderme demasiado, contaré en la próxima entrada.