7 de septiembre de 2016

LA VIRGEN DE COVADONGA

Mañana celebramos la festividad de Nuestra Señora de Covadonga. Un día especial para los asturianos. Y, dado que la serie de mis novelas comienza con PELAYO, REY, sobre la vida novelada del héroe que aglutinó a astures, hispanos y godos en torno a la cueva en que se veneraba a la Virgen y cuya ayuda, según cuentan las leyendas, fue providencial para que allí comenzara la Reconquista, es de sobra procedente que presente aquí mi pequeño homenaje a Nuestra Señora, copiando los párrafos en que, en dicha novela, se narra esa batalla:


Alqama, al que el fracaso de la mediación del obispo no había cogido de sorpresa, ordenó avanzar al ejército. Pero en la estrecha garganta, los numerosos musulmanes no podían moverse con comodidad, y las primeras líneas llegaron al pie de la cueva cuando la retaguardia aún no había doblado el recodo ni cruzado el arroyo, y no podía ver la gruta ni lo que ante ella pasaba.
- ¡Preparad los "fundíbulos"! - Gritó Alqama.- ¡Arqueros, aprestad los arcos!
- ¡Disparad! - Exclamaron los capitanes de las diversas compañías cuando las órdenes del jefe estuvieron cumplidas. Numerosos pedruscos y una nube de saetas volaron hacia las alturas, encaminándose hacia la abertura de la cueva. Situados demasiado cerca de la base del monte, los proyectiles no consiguieron penetrar por la boca de la gruta, tropezando en los pétreos bordes de ella. Pelayo saltó a una repisa rocosa, blandiendo su espada en la mano izquierda y portando en la derecha la cruz.
- ¡Caldeos! - Gritó sin preocuparse de las flechas que rebotaban enlas rocas alrededor suyo. - ¡No obtendréis victoria alguna hoy! - Alzó la cruz para que todos pudiesen verla.- ¡Éste es el signo de nuestro Dios! ¡Él nos concederá la victoria! ¡Vuestras armas no nos dañarán, al contrario, se volverán contra vosotros!
Algunas de las flechas lanzadas por los arqueros musulmanes, tras chocar con las peñas que rodeaban al jefe astur, cayeron hiriendo a los berberiscos más próximos a la gruta. Las más pesadas de las piedras lanzadas por lo fundíbulos, después de errar la boca de la cueva, rodaron de nuevo hacia abajo aplastando a los más osados que ya estaban intentando trepar hacia el refugio de los rebeldes. Esto, unido al aspecto casi sobrenatural de Pelayo, de pie en la roca alzando la cruz, y al acierto de sus palabras, tomadas como maldiciones efectivas por los más supersticiosos de los musulmanes,
desencadenó el pánico entre ellos. Los alaridos de los heridos se mezclaron con los gritos aterrados de los que creyeron ver en el parlamento del godo un mensaje sobrenatural. Las primeras líneas intentaron retroceder, chocando con los que se encontraban detrás .
- ¡Por Cristo! ¡A ellos! - Gritó el caudillo, dejándose caer de piedra en piedra hacia los enemigos. Sus treinta seguidores, asomándose a la entrada de la gruta, atacaron con pedruscos y flechas a los musulmanes, causando gran mortandad en las ya desconcertadas vanguardias.
-¡Por Cristo! - Como un eco respondieron los astures escondidos en las laderas del monte Auseva, arrojando toda clase de proyectiles hacia los aterrados musulmanes, y descendiendo de salto en salto para juntarse con Pelayo y sus hombres. Esta súbita aparición fue demasiado para los berberiscos que, asaeteados, apedreados, aplastados y pisoteados por sus propios compañeros que intentaban retroceder, iniciaron la huída.
- ¡Cobardes! - Gritó Alqama, intentado reorganizar a sus tropas. - ¡Atacad, no son más que un puñado! - Pero su voz se perdió en el tumulto.
- ¡Por Cristo! - Un nuevo griterío se desencadenó desde el promontorio boscoso situado a la derecha de los musulmanes. De entre la maleza, surgieron los hombres de Julián, atacando a los enemigos más cercanos que, en su desconcierto, ya no sabían si los que les asaltaban de improviso, eran un centenar o varios millares. Ya nada consiguió detener la desbandada, mientras que los cristianos, sin oposición, alanceaban a sus despavoridos enemigos.
El grueso del ejército musulmán, que no podía observar directamente lo que estaba pasando, vio como se precipitaban hacia ellos, aterrorizados, sus compañeros de las primeras líneas en descontrolada huída, y dando media vuelta, intentaron librarse del desastre, pero eran demasiados para maniobrar en aquellos estrechos parajes, y, empujados, derribados y pisoteados por delante, y alanceados por los cristianos que surgían por doquier a sus lados, cayeron a centenares, muchos de ellos sin saber realmente lo que estaba pasando.
Alqama y Zeyad, aterrados, emprendieron veloz huída y, golpeando a sus propios soldados para abrirse camino, cruzaron el arroyo uniéndose a su retaguardia.
- ¡Por Cristo! - De entre la maleza y los árboles surgieron, esgrimiendo sus espadas sedientas de venganza, Pedro de Cantabria y sus godos. La huída de los musulmanes se convirtió en un caos, y el caos en una masacre. Los más hábiles o veloces de la retaguardia consiguieron salvar sus vidas en una frenética carrera hacia Gigia, y la mayor parte, viendo cortada la ruta de retirada, siguieron en camino ascendente el arroyo que cruza por delante de la gruta, internándose en los montes sin saber adónde iban, y dejando su camino jalonado de los cadáveres de los que eran alcanzados por los cristianos.
Entre estos últimos se encontraba el del que había sido jefe del ejército musulmán. En su alocada huída, Alqama, el berberisco, se había encontrado frente a frente de la poderosa y amenazante figura del duque de Cantabria. El musulmán intentó evitar el combate, pero como el godo le cerrase todos los posibles caminos de retirada, empuñó su cimitarra confiando en su reconocida habilidad para derribar al que parecía jefe del grupo enemigo. Vano intento. La espada de Pedro encontró rápidamente su objetivo, y el noble godo obtuvo la venganza de la derrota de su reino ante los musulmanes once años atrás. Por su parte, Alqama, halló, al pie de la Gruta, el fin de sus ambiciones, de su ejército y de su vida, y su alma, si la tuviera, fue a reunirse con la de tantos otros seguidores de su profeta que, al derrotar a los godos, creyeron haber conquistado la totalidad de Hispania para siempre.
Mientras los supervivientes musulmanes seguían con su veloz huída, unos hacia Gigia, y otros, internándose en las alturas de los montes asturianos, Pelayo intentaba reorganizar a sus victoriosas tropas, consciente de que los despavoridos fugitivos eran aún mucho más numerosos que sus vencedores, y de que cualquier circunstancia imprevista podría cambiar aún la suerte de la batalla. Sin embargo, el entusiasmo de los cristianos no paraba mientes en esos detalles.
- ¡Victoria!
- ¡Victoria!
- ¡Dios nos ha concedido la Victoria!
- ¡Gracias a la Virgen!
- ¡Ha sido un milagro! ¡Yo lo vi!


Más o menos, así han llegado hasta nosotros las noticias de aquél día, y, también más o menos, así las he reflejado yo en la primera de mis novelas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada