29 de agosto de 2016

Una de osos.

El oso pardo es el animal terrestre en estado salvaje más grande de la península ibérica. (Según nos cuenta la página web de la Fundación del oso pardo). Y, por supuesto, en la época en que transcurren mis novelas, debería ser mucho más abundante que en la actualidad. Estos animales han aparecido varias veces en mis páginas, algunas veces, incluso, con carácter de protagonistas.

En La Muralla Esmeralda, en el capítulo 2º, en un lugar indeterminado entre Proaza y Teverga, en la calzada de la Mesa, y en una fecha, también indeterminada, entre el año 722 y el 737, más posiblemente en los alrededores del 725. En una cacería en que Pelayo, y el jefe de una tribu, del que no se expresa su nombre, pero que será el padre de Xinto, el astur que más adelante tendrá protagonismo en esta serie de novelas, consiguen acabar con una pareja de osos, pero marchándose sin reparar que un osezno había presenciado toda la escena.

Posteriormente, en esa misma novela, en el capítulo 13º, en las cercanías de Covadonga, y en ese mismo espacio indeterminado de tiempo, aunque unos ocho o diez años después, cerca del 735. Pelayo, junto con su hijo Favila, persigue a un oso, aunque, antes de encontrarlo, se ve atacado a traición por Sisnando, siendo salvado en última instancia por Oppas, a quien se creía muerto y que, con esta última acción, se redime. Y, sin saberlo los protagonistas, el oso es testigo de todo.
Hoy en día, las poblaciones de osos de los lados de los lados oriental y occidental de la cordillera cantábrica no tienen relación, pues están separadas por un corredor de elevada presencia humana en el área de Pajares. Pero en aquellos tiempos, y teniendo en cuenta que un oso macho recorre grandes extensiones de terreno, pudiera ser que se tratase del mismo.

En El Muladí, en el prólogo, y en un lugar indeterminado, aunque, posiblemente, cerca de Cangas de Onís, y en el año 739, el rey Favila, hijo de Pelayo, persigue a un oso durante una cacería, consiguiendo matarle, pero sin darse cuenta de que el oso tenía una compañera, que acaba con la vida del imprudente rey, según nos cuentan las leyendas.

Y, en la novela que estoy escribiendo actualmente, La Estirpe de los Reyes, que espero pueda editarse antes del verano de 2017, en el capítulo 30º o 31º (Aún no he concluido la novela, así que todo esto que digo es provisional), en el año 769, y, de nuevo, en la calzada de la Mesa, un oso interviene en el encuentro entre Teodoredo y Lucinia, la nieta de Favila, quien, a la postre, consigue matarle. Dado que los osos pueden vivir entre 25 y 30 años (en aquella época, quizá un poco más), no puede tratarse del mismo, pero, ¿podrían estar relacionados? Aunque el autor no pensó en ello al comenzar la novela, quizá sería curioso.

            A continuación, incluyo algunos párrafos de las escenas que he relatado anteriormente:

De La Muralla Esmeralda, capítulo 2º:


Como el astur había dicho, la primera sala de la caverna era amplia y una luz difusa la iluminaba, pero antes de que sus ojos se hubieran acostumbrado a la semipenumbra, un ronco bramido surgió del fondo y una sombra se alzó ante ellos.
—¡Es mío! —gritó el astur. Y antes de que Pelayo pudiera reaccionar, se lanzó hacia delante y clavó su lanza en el cuerpo del animal.
Un bramido que expresaba a la vez el dolor y la rabia re-sonó por toda la cueva y salió al exterior. De un furioso manotazo el animal rompió el mástil de la lanza que tenía clavada en el pecho, lanzando al astur, aún agarrado al extremo de la misma, contra las paredes de la caverna. Echando espuma por la boca, el oso volvió a dejarse caer a cuatro patas y se dirigió hacia su caído enemigo.
…/…
Con un estrépito de ramas aplastadas, un enorme animal, por su tamaño el macho de la pareja de osos que había escogido ese sitio como su hogar, se precipitó hacia la entrada de la cueva saliendo de la espesura que bordeaba el arroyuelo.
            …/…
Demasiado experto cazador era el rey de Asturias como para no tener en cuenta los riesgos de la cacería. Con sus ojos ya más acostumbrados a la tenue luz de la caverna, lanzó una de sus lanzas contra el animal que amenazaba al astur. Sintiéndose herido en un costado, la hembra del oso se volvió contra su nuevo enemigo y, levantándose sobre las patas traseras, abrió sus brazos dispuesto a destrozar a aquellos que le amenazaban.
—¡Cuídame las espaldas! —gritó Pelayo—. ¡Recuerda que hay más!
Y, sin dudar, se lanzó entre las abiertas garras del plantígrado, clavando su lanza a menos de un palmo de donde aún se veía la parte delantera de la del jefe astur y empujando sin soltarla hasta que alcanzó el corazón de la fiera.

El estrépito que acompañaba a la desesperada carrera del macho alertó al jefe astur que, viéndole penetrar en la caverna, se incorporó para hacerle frente; pero su acción fue más valiente que efectiva. Su rota lanza, sin punta, y su cuchillo que esgrimía con la otra mano, no parecían suficientes para detener al oso, que puesto de pie, superaba la altura del jefe astur y que, extendiendo sus patas delanteras, y abriendo sus fauces, se dispuso a acabar con el que se había atrevido a profanar su hogar.
No fue efectiva su acción, en efecto, pero sí suficiente. Suficiente para frenar la embestida del animal. Suficiente para dar tiempo a Pelayo de desclavar su lanza del cuerpo de la hembra y lanzarla con fuerza y precisión contra el que amenazaba a su compañero.
A escasas pulgadas del hombro del astur pasó la lanza de Pelayo, clavándose con fuerza en el cuerpo del enorme animal. Y a la misma distancia del jefe y casi a la misma velocidad pasó el propio rey con el cuchillo desenvainado, lanzándose contra el oso para terminar la tarea que su lanza había comenzado.”
            …/…
“—Se hará como quieras. Salgamos ahora y mandaré a mi gente a buscar los cuerpos —aceptó el jefe y salió de la cueva acompañando a Pelayo. Tras ellos Julián, Xinto, el hijo del jefe y por último, Favila, quien, antes de salir, se volvió para dar un último vistazo a aquél sitio que tan impresionante le había parecido, pero sin llegar a apreciar, fijos en su rostro, dos pequeños puntos de luz que apenas lucían detrás de unas rocas en el fondo de la cueva.
Porque la pareja de osos, hacía poco que había tenido un cachorro, un osezno que, sin sus padres, tendría difícil sobrevivir para crecer y convertirse en el más terrible depredador de los montes asturianos.
Pero, ¿quién sabe?


Y de la misma novela, capítulo 13º


El semblante de Pelayo se iluminó. ¡Un oso! ¡Una cacería! Nada que ver con las habituales y tediosas tareas de gobernar y juzgar que le esperaban en Cangas.
—No te preocupes —dijo al astur—, mañana saldré a cazar. Tus cabras podrán dormir seguras.”
…/…
Ese momento de silencio fue el instante que el dueño del otro par de ojos, que había estado observando recelosamente toda la escena, escogió para decidirse a intervenir. Dejando ver una lengua áspera y rugosa entre unas fauces espumeantes, el oso se incorporó sobre sus patas traseras. Pero el hondo rugido con que el gran plantígrado anunciaba su letal ataque no llegó a salir de su gaznate.
 —¡Padre!
—¡Señor!
Dando voces y atravesando la maleza a grandes saltos, Favila, Rodulfo y Fruela, atraídos por los gritos del ya fallecido Oppas, llegaron al claro. El oso les miró con disgusto. Tres humanos más. Y demasiado ruidosos para su gusto. Clavando su mirada en el hijo del rey, que había sido el primero en llegar, el animal, venido de muchas leguas desde el oeste, entornó los ojos y recordó, si su cerebro era capaz de hacerlo, otros momentos de su vida. Pero su instinto que le llevaba a buscar la soledad era demasiado fuerte y, en silencio, se perdió entre la densa maleza.


De El Muladí, en el prólogo:


“—¡Tened cuidado!
—¡Esperad!
El hombre a quién iban dirigidas estas exclamaciones no hizo caso de ellas, antes, al contrario, continuó aún más velozmente su carrera entre la espesura. Negros nubarrones iban cubriendo el cielo con presteza, preludio de la tormenta que, a no tardar, parecía dispuesta a desatarse sobre las cumbres, y, si no andaba listo, corría el riesgo de perder el rastro que seguía desde un tiempo antes.
—¡Aguardadnos, sed prudente!
—¡Por la memoria de vuestro padre, pensad en lo que hacéis!
Las voces sonaban cada vez más débilmente entre los árboles, y el cazador sonrió al cruzar de un salto un arroyuelo. "Por la memoria de su padre...". Todo el mundo creía tener derecho a decirle lo que su padre, el héroe, hubiera hecho en cada momento. Pero ahora era él quien podía tomar las decisiones. Unas gotas de sangre en las ramas de los arbustos que jalonaban el regato que acababa de atravesar le aseguraron que seguía el camino correcto. Aferró con más fuerza la lanza que portaba en su mano diestra y continuó su carrera. Ninguno de los cortesanos que, bastante más atrás, se afanaban en seguirle podía competir con él, ni en la carrera ni en la caza. "Por la memoria de su padre...". ¡Esa era la auténtica memoria de su padre, lo que siempre había admirado de él! ¡Ir siempre un paso por delante de los que le acompañaban!
…/…
 “Un hondo rugido que parecía provenir de las profundidades de la tierra saludó su llegada. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad interior, pudo ver a la fiera ante sí. Espuma sanguinolenta goteaba de sus fauces y un brillo rojizo iluminaba sus ojos. Cuando vio que el cazador se le acercaba, se incorporó sobre sus patas traseras, sobrepasando la ya elevada altura del hombre y extendió las delanteras, armadas con garras capaces de arrancar la cabeza de su adversario de un solo golpe.
Pero el rey no se arredró. Con valor (el valor de su padre) se enfrentó a la fiera. Con rapidez (la rapidez de su padre) esquivó su mortal abrazo. Con fuerza (la fuerza de su padre) hundió profundamente su lanza en el pecho del animal hasta que la aguzada punta asomó por su espalda. Con un estertor, el oso se desplomó, muerto al fin. El cazador respiró profundamente, orgulloso de sí mismo. ¿Acaso alguien, en todo el reino, podría dudar que era el digno hijo de su padre? De pronto, una sombra interrumpió la débil claridad que penetraba en la cueva. Cuando, al resplandor de un relámpago que iluminó repentinamente los valles, comprendió que el oso tenía una compañera, el rey intentó, febrilmente, recuperar su lanza del cadáver del animal. Pero sus esfuerzos resultaron inútiles. El arma estaba demasiado profundamente clavada y se resistía a salir. Dándose la vuelta para enfrentarse a su destino, Favila, rey de Asturias, sintió el fétido aliento de la fiera sobre su rostro. Y entonces, pero solo entonces, recordó que a su padre, Pelayo, el héroe, se le admiraba, no solamente por su fuerza y su valor, sino también por su sabiduría y su prudencia.”

Y de La Estirpe de los Reyes, aún no publicada, en el capítulo 30º (aunque no se puede asegurar que el texto definitivo sea éste, o, ni siquiera, que esta escena tenga lugar o no):

Entretanto, el grupo de viajeros ya circulaba por la senda, a cierta distancia por encima suyo y, cuando aún faltaba un centenar de pasos para que llegasen a su altura, un objeto que no pudo percibir bien saltó de un carromato, posiblemente debido a que el terreno era bastante irregular, y cayó rodando hacia el pequeño curso de agua.
-¡Yo lo traeré! –gritó una joven que iba en el grupo. Y se lanzó, ladera abajo, persiguiendo al fardo fugitivo. No pudo menos Teodoredo que pensar que la joven era harto ágil para su edad, porque, cuando el objeto, con un golpe seco, cayó al fondo, justo al lado del regato, la muchacha casi había llegado a la vez.
Pero los pensamientos del godo se interrumpieron a la vez que la joven intentaba, en vano, detener su veloz descenso; porque, de entre la maleza que bordeaba el regato, una masa peluda de color pardo se levantó amenazadoramente profiriendo un aterrador rugido.
Posiblemente, no pensaba el oso atacar a ningún humano que pasase cerca de donde se encontraba. Y no había captado, tampoco, el olor del caballo de Teodoredo, pues el aire que circulaba lo hacía desde lo alto de los montes hacia el valle. Pero el estrépito del rodar del fardo y de la carrera de la joven le hicieron figurarse que era víctima de un ataque; y eso era algo que el rey de los bosques asturianos no estaba dispuesto a permitir impunemente.
Los gritos, en la altura, de los componentes de la comitiva le hicieron comprender que no llegarían a tiempo de ayudar a la joven. Ni siquiera él, que se encontraba mucho más cerca, hubiera podido hacerlo. Afortunadamente, a su lado, en su montura, llevaba unos objetos mucho más veloces que cualquier ser humano.
La joven, intentando detenerse, no había conseguido más que caer en el suelo, y vio, espantada, como el enorme animal se alzaba sobre las patas traseras delante de ella, tapando su campo de visión y, mientras abría atemorizadoramente sus fauces, extendía las delanteras armadas con garras capaces de destrozarla en un instante. Pero el rugido se apagó en su fiera garganta y, con un gesto de rabia se volvió en redondo. De su lomo sobresalían dos emplumados ástiles, y, mientras hacía frente a su nuevo enemigo, otros dos se clavaron en su poderoso pecho. Sí, cuatro flechas había lanzado Teodoredo, cuando su puntería y su fuerza hacían que uno solo de sus disparos fuese, habitualmente, suficiente. Pero los enemigos que, anteriormente, había derribado, no podían compararse con la vitalidad del enorme plantígrado.
Fuese por decisión consciente, o por un simple acto reflejo, no se había limitado Teodoredo a usar su arco, sino que, mientras disparaba sus flechas había emprendido veloz carrera hacia donde se encontraba la joven caída y el amenazante animal, y, al llegar cerca de él, abandonó su arco y esgrimió su espada, arma que sus adversarios habrían calificado como enorme.
Pero nada era suficientemente grande ante una masa de más de doscientos kilos de peso y una altura, en pie, de dos metros. Un violento zarpazo arrojó la espada de Teodoredo lejos de su dueño y, a continuación, el animal cayó sobre él derribándole al suelo.
No era el godo alguien que se rindiese sin luchar y, con rapidez, mientras una mano intentaba mantener las fauces de la bestia lejos de su cuerpo, la otra asía el puñal que llevaba en el cinturón y lo clavaba con decisión buscando el corazón del animal.
Quizá las flechas incrustadas en el torso del animal hubiesen realizado, al fin, su misión (aunque, con toda probabilidad, demasiado tarde), quizá el puñal hubiese conseguido llegar a su objetivo, pero no fue eso lo que terminó con la vida del oso, sino una joven que, en vez de quedarse paralizada por el miedo, se había levantado, cogido del suelo la espada del que arriesgaba su vida por salvarla y, con una fuerza impropia de un cuerpo delicado, la había hundido con ambas manos en el lomo del terrible animal.
Aunque el mismo esfuerzo empleado para salvar a su salvador, pudo hacer el efecto contrario, porque la punta de la espada, atravesando el peludo cuerpo, llegó hasta el pecho del hombre tendido bajo él, afortunadamente, sin llegar a clavarse.
Teodoredo notó el estertor del animal situado sobre él, y cómo se derrumbó, aplastándole. Con un esfuerzo supremo, consiguió alzarle unos palmos y salir de debajo del enorme oso. Miró la empuñadura de la espalda sobresaliendo de su lomo, y a la joven, aún respirando agitadamente. –Me has salvado la vida –le dijo, asombrado.
-No –replicó la joven–. Tú me has salvado a mí.”


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