14 de agosto de 2016

Despedida de Abderrahmán

Hoy, ya cerca de finalizar las vacaciones de verano, he terminado, por fin (de manera provisional), la parte de la trama de la Estirpe de los Reyes perteneciente a Alarico (y a su hijo, Teodoredo) y que transcurre, en sus últimos capítulos, en tierras pertenecientes al emirato cordobés. Eso lleva implícito que nos despidamos de un personaje que, en un principio, no iba a tener apenas importancia en dicha trama, que ya había tratado de manera bastante tangencial en La Cruz de los Ángeles y que, al estudiarlo en más profundidad al documentarme para esa novela, había comprobado que merecería ser el protagonista absoluto de una historia; algo que ya sospechaba, y en lo que me reafirmo después de haberle hecho trascurrir por las páginas de ésta. Aquí ha acaparado gran parte de mi interés (y, así lo espero, del de los futuros lectores); demasiado, quizá, para no caer en el error de que haga distraer la atención de los verdaderos protagonistas. Así que debemos decirle adiós. Copio, a continuación, la nota a pie de página en que le despido, y partes del  borrador de este capítulo:

Nota:
  “También nosotros debemos despedirnos de Abderrahmán, pues no volveremos a verle por esta novela (con gran pena por parte del autor, que desearía dedicarle aún muchas más páginas; pero ya ha ocupado muchas más que las que estaban previstas en un principio). Sin duda, su destino se cumplió, pues aún vivió hasta el año 788, sofocó muchas más rebeliones, escribió muchas más poesías y fue la cabeza de una dinastía que convirtió al-Andalus en el esplendoroso Califato Cordobés  (algo de eso se cuenta, resumido, en la anterior novela La Cruz de los Ángeles). En cuanto al de Teodoredo, si queremos saberlo, tendremos que seguir leyendo los capítulos que aún faltan”.


Y los fragmentos:

Capítulo XXIX – Córdoba (Tiene que ser el último capítulo de esta trama)
Año 761 y siguientes

Uno de los párrafos:

Por un tiempo disfrutó Abderrahmán de algo de tranquilidad y pudo dedicarse a la organización de sus territorios y de su capital. Un día, mandó llamar al jefe de su guardia. –Al-Hafiz –le dijo–. Reúne a un par de tus hombres y sígueme. Ibn Bujt, tú y yo vamos a dar un paseo.
            El emir y su nuevo hagib, seguidos por Teodoredo y dos soldados, salieron del palacio y se encaminaron hacia la muralla, que atravesaron, hacia el oeste, por la puerta del Nogal[1], saliendo de la Medina. Una vez fuera de las murallas tomaron por el camino que subía hacia la sierra en dirección norte, hasta que, a una media legua de la ciudad, el emir ordenó hacer alto y desmontó.
            -Ven, al-Hafiz –dijo–. Mira hacia allí. ¿Qué ves?
            -Tu capital –respondió Teodoredo–. Desde aquí se divisa bien.
            -Y antes, más cerca, aquí mismo. ¿No te llama nada la atención?
            -¿Una palmera?
            -Sí, una palmera solitaria, pero no una palmera cualquiera. ¿Recuerdas el palacio de mi padre, en Halab? Había allí, delante de mis habitaciones, una palmera igual a ésta. La miro, cierro los ojos y me siento transportado al lugar en que viví mi infancia. ¡Ibn Bujt! –ordenó–. Tráeme recado de escribir.
            Conociendo el gusto del emir por la escritura y la poesía, siempre iba el hagib provisto de lo reclamado, y se lo acercó al momento. –Dejadme solo –dijo el emir–, y guardad silencio.
            Sobre una peña se sentó Abderrahmán y colocó a su lado una pluma de ave recortada  y un recipiente con tinta, colocando un pergamino sobre su regazo. Durante un tiempo dejó el emir que la punta del galam[2], humedecido, corriese sobre el pergamino, cerrando de cuando en cuando los ojos y permaneciendo ensimismado, o haciendo otras pausas en las que su mirada se centraba en la palmera que se alzaba, solitaria, delante de él.
            Entretanto, Teodoredo y Yusuf ibn Bujt, sumido cada cuál en sus propios pensamientos, contemplaban la fértil llanura por la que discurre el Guad-al-Kivir y la populosa capital del emirato, bañándose en sus riberas; la mayor parte en la derecha, al norte del río: la Medina en el centro; los Arrabales de al-Sharquiyya, al este; los de al-Garbiyya, al oeste[3]; mientras que al sur del río, al otro lado del puente, se situaba el arrabal de Secunda. Y cerca de ellos, los guardias, al cuidado de los caballos, por su parte, procuraban no hacer ningún ruido que distrajese al emir.
            Al fin Abderrahmán levantó la vista del pergamino. –Al-Hafiz –llamó–. Lee esto y dame tu opinión –añadió, entregándoselo.
            -Sabes muy bien que, aunque hablo tu idioma, no puedo leerlo con fluidez –respondió Todoredo–. Mejor encárgaselo a otro, no sea que te disgustes al escucharme.
            -Ibn Bujt –dijo, entonces, el emir–. Tú eres mi hagib y se te supone un hombre culto. Léelo tú.
            -Mi señor –se excusó el hagib–. Me halagas al mencionar mi cultura. Desde luego, no soy un ignorante, pero no soy capaz de captar con exactitud los giros y la entonación exacta que tú le hayas dado. ¿Por qué no nos lo lees tú mismo y así regalas nuestros oídos?
            Abderrahmán sonrió al escuchar esas respuestas, que, sin duda, eran las que esperaba. Se puso de pie, cogió el pergamino y, mirando a la palmera, declamó:
            “Contemplando en la Ar-Rusafa una graciosa palmera
            Que mora en tierra de al-Garbe, lejos de sus compañeras,
            Enternecido a su vista exclamé de esta manera:
            ¡Ay palmera de mi alma, pienso que a mí te asemejas
            En ser aquí peregrina y en padecer por ausencias!
            También sufres tú, cual yo, la enojosa permanencia
            Que de mi familia y casa me tiene en remota tierra,
            Has crecido, hermosa planta, en suelo do extraña eras
            Y en que, semejante al tuyo, apartamiento se enjendra;
            Pues eres mi semejante, que la suerte te conceda
            Agua que sacie tu sed y tu vida fortalezca,
            Que desciendan para ti, en grata lluvia las nieblas
            Y hasta las nubes del cielo, por regarte, se disuelvan”.[4]
           
Acabados los versos, el emir permaneció un instante en silencio, emocionado. Luego se volvió a sus oyentes, con los ojos huemedecidos. – ¿Qué os parece? –les preguntó.
-De los dones que Allah ha derramado sobre ti, hijo de Moawia, no es el menor el de saber expresar tus sentimientos de tal manera que todos los que te escuchemos nos sintamos conmovidos –replicó ibn Bujt, con la seguridad que dá el haber estado largo tiempo en la cercanía de los que tienen el poder–. Si no hubieras estado destinado, desde la cuna, a gobernar a los hombres, habrías podido ganarte la vida como poeta.
El emir inclinó la cabeza, complacido. Luego se volvió al jefe de su guardia. – ¿Y tú que opinas, al-Hafiz? –le preguntó.
-Por un momento tuve ante mí al Abderrahmán que conocí en Halab –replicó Teodoredo–; al que me encontré a orillas del Píramo; el que me salvó de la esclavitud en Qayrawan; con quién compartí aventuras en Ifriquiya; al hombre, en fin, que no había creído que volvería a ver.
El emir contempló al godo durante unos instantes. No sabía si debía tomar estas frases como un cumplido. –Yo también me acuerdo del niño que fue mi huésped en Halab –dijo al rato–, y que me habló de igual a igual aunque yo era el hijo del gobernador y el nieto del califa, y él un simple rumí; del joven que me salvó la vida a orillas del Píramo y me dejó marchar, aunque tenía un arco apuntando a mi espalda; del hombre que puso su espada a mi servicio y al que le confiaría mi propia vida, si fuera preciso. Yo también dudé de que volvería a ver a ese hombre –Abderrahmán suspiró–. Debemos recuperar a ambos, al-Hafiz al-Rumí –dijo–. Yo, por mi parte, no quiero olvidar mi niñez ni mis orígenes. Esta palmera me los recordará. ¡Ibn Bujt! Prepara todo para que me construyan aquí una al-munya[5] a la que pueda retirarme en mis momentos de descanso a recordar de donde provengo, contemplando a esta palmera –el emir volvió a suspirar–. Pero eso será cuando pueda permitirme momentos de descanso. Ahora tenemos que gobernar un país cargado de complicaciones. Volvamos a Qúrtuba.


Otro párrafo:

Una semana después llegó Badr a Qúrtuba y el emir le felicitó públicamente por el éxito obtenido en su misión. Y, también por esos días, una escena tenía lugar en una alquería de Niebla; el jeque kelbí, Said al-Matari, se había reunido con una docena de sus colaboradores, muchos de ellos parientes de los fallecidos a manos de los hombres de Badr a las puertas de Isbiliya cuando el emir aplastó la sublevación de Ibn Mogih. Y, aunque el Islam prohíbe el consumo de bebidas alcohólicas, el recuerdo de los fallecidos y el hecho de que estos murieran combatiendo bajo el nombre de Allah y defendiendo al califa, al que muchos musulmanes consideraban el legítimo sucesor del Profeta, hizo que el licor corriera en más abundancia de la que hubiera sido deseable.
            -Maldita sea la prudencia de mi pariente, Abú Sabbah al-Yashubi –dijo Said, entre vaso y vaso–. Si no hubiera estado tan pendiente de que no se nos relacionase con la rebelión de ibn Moghih hasta no estar seguro de que triunfase, hubiera acudido a Isbiliya con todos mis hombres y hubiéramos derrotado al omeya.
            -O hubiéramos muerto allí, al igual que nuestros hermanos –opinó otro–. El hijo de Moawia es demasiado poderoso.
            -Sí, pero ha alcanzado el poder gracias a las espadas de los kelbíes, para después olvidarse de ello. Seguimos tan oprimidos por los qaysíes como en los tiempos del Fihrí –añadió un tercero–. Estoy de acuerdo con Said. La prudencia de al-Yashubi nos ha hecho perder una oportunidad única.
            -¿Para qué? –intervino otro–. El nuevo califa, el nuevo califa, al-Mansur, también se apoya en los qaysíes. Solo hubiéramos cambiado un amo por otro. Desde los tiempos de Abú-l-Khattar[6] no hemos tenido un gobernante de nuestra tribu. Y ya sabéis como acabó.
            -Si no fuera por los consejos de mi pariente, yo hubiera encabezado a los kelbíes en Isbiliya –insistió al-Matarí, con la voz cada vez más estropajosa–, y quizá hubiéramos vuelto a tener un emir de nuestra tribu.
            -Yo salvé la vida gracias a que al-Yashubi  nos avisó de que se acercaba un ejército de hombres del omeya a las órdenes de Badr y pude abandonar el sitio a tiempo –dijo el que había hablado en segundo lugar–. Los que murieron allí fue porque no hicieron caso de los avisos.
            -Pero murieron combatiendo y ahora están en la Yanna –balbuceó Said–, mientras nosotros nos limitamos a beber en su memoria. Hagámosles un sitio en nuestra mesa –y, trastabilleando, se acercó a un arcón y, cogiendo un paño negro, lo alzó en alto–. La insignia de los abasíes –dijo–; la tenía preparada para acudir a Isbiliya –luego se acercó a la pared y asiendo una lanza allí apoyada, clavó el paño en su punta, lo que le costó varios intentos–. ¡Éste es mi estandarte! –exclamó–. Con él lucharé contra el omeya –y, con mayor dificultad aún lo colocó en el sitio de honor–. Aquí están nuestros hermanos –dijo–. Bebamos con ellos.
            Y los asistentes a la reunión siguieron la propuesta de al-Matari, hasta que, uno tras otro, fueron reclinándose en los almohadones y, en la sala, solo se pudo escuchar los ronquidos de los dormidos jeques.
            A la mañana siguiente, poco a poco, se fueron despertando los kelbíes, comenzando por los que menos habían bebido. Al fin le tocó el turno al anfitrión, quién, con un horrible dolor de cabeza, ordenó a un sirviente que le trajera un aguamanil y una jofaina, y se echó el líquido elemento sobre su cabeza. Después de secarse con un paño de lino, con los ojos entrecerrados paseó la vista por la estancia, hasta que, de pronto, los abrió totalmente, espantado. – ¿Qué significa eso? –preguntó, señalando a la negra insignia clavada en la punta de la lanza, y demostrando que no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior.
            Alguno de los que, o bien habían bebido menos, o tenían mejor memoria, le explicó la escena con detalle y el espanto de Said aumentó. – ¡Quitad ese paño de mi lanza! –exclamó–. No sea que esto llegue a oídos del emir –pero, cuando uno de los sirvientes se disponía a cumplir su orden, le detuvo–. ¡No, espera! –le dijo; y, volviéndose al resto de los jeques, que estaban contemplando la escena y mirándoles a los ojos, ya totalmente despejado, afirmó: –Soy un hombre que no se desdice de su palabra. Tomemos las armas, enfrentémonos al omeya, y, si no triunfamos, al menos nos encontraremos en la Yanna con nuestros hermanos.

Otro párrafo:

De vuelta a Qúrtuba, dejó pasar un tiempo Abderrahmán hasta que los ánimos estuvieron completamente calmados en la zona occidental de al-Andalús, y, entonces, llamó a su hagib. –Ibn Bujt –le dijo–, los kelbíes parecen estar tranquilos y haber cesado en sus rebeliones; pero no estaré seguro de ello hasta que esté convencido de que el más importante de sus jeques, el que, con toda probabilidad ha estado detrás de todas ellas, Abú Sabbah Yahya al-Yashubi, no volverá a instigarlos contra mí. Convócalo a mi presencia.
            Pasó una semana y, en la reunión del consejo del emir, tras tratar otros asuntos, Yusuf Ibn Bujt informó: –Mi señor –dijo–. Abú Sabbah se niega a venir a Qúrtuba. Dice que no quiere salir de la seguridad de sus tierras, donde está rodeado de sus hombres.
            -Quizá sea porque tú no has demostrado suficiente habilidad en cumplir mis órdenes –replicó el emir– ¡Ibn Khalid! –se dirigió a su guazir–. Tal vez tú puedas desarrollar esta misión con más eficacia que ibn Bujt. A ti te la encargo.[7]
            Abdallah ibn Khalid, quizá el más contemporizdor de los colaboradores del omeya, se dirigió a Niebla, en busca del jeque kelbí, y, cuando le encontró, le trasmitió la orden del emir.
            -Ya contesté a los mensajes de ibn Bujt –dijo al-Yashubi–. No pienso moverme de aquí. ¿Qué quiere el hijo de Moawia?
            -Nuestro emir quiere estar seguro de que no has sido el inspirador del apoyo que los kelbíes prestaron a ibn Moghih, ni de la rebelión de tu pariente, al-Matarí. Y de que no conspirarás contra él.
            Al-Yashubi se rió amargamente. – ¿Conspirar? –dijo–. El omeya ve conspiraciones por todas partes. Cuando llegó a al-Andalus, pobre y solitario, recabó nuestro apoyo. Pero cuando, gracias a las espadas de los kelbíes derrotó al Fihrí y consiguió el poder, se olvidó de nosotros. Al poco, me quitó el gobierno de Isbiliya, que me había ganado sobradamente, para dárselo a un pariente suyo. ¿Y qué hice yo? ¿Acaso me rebelé? No, volví a mi hacienda y me dediqué a mis asuntos. Cuando el enviado del califa, ibn Moghih, se alzó en armas contra el emir, ¿me uní a sus filas? No, permanecí aquí, en mi alquería. ¿Tengo yo la culpa de que muchos kelbíes, quizá con razón, creyesen que encontrarían un trato más justo por parte de los abbasíes? Cuando mi pariente, Said al-Matarí quiso vengar a sus hermanos, asesinados por el hijo de Moawia, ¿acaso le apoyé? No, le desaconsejé hacerlo, pero no me escuchó. Y de nuevo el emir me culpa, injustamente, por ello. Pero ya deberíamos estar acostumbrados a esto. Siempre que los kelbíes hemos luchado en favor de un omeya, a continuación, cuando ya no nos necesitan, nos hemos visto postergados y despreciados. Ya, en nuestra lejana Arabia, cuando, tras la muerte del califa Moawia ibn Yezid[8], no hubo acuerdo para decidir quién le sucedería, y los qaysíes apoyaron a Abdallah ibn Zobair[9]; otro omeya, Merwan[10], tatarabuelo del emigrante, pidió la ayuda de los kelbíes para conseguir el poder, prometiendo que nos colmaría de importantes cargos. ¿Y qué hizo cuando gracias a nuestra bravura derrotó a sus enemigos en la batalla de la Pradera de Rahita y consiguió el califato? ¿Cumplir su promesa? No, volver a dar los puestos de gobierno a los qaysíes que nos oprimieron. Así se lo recriminó Djauwas en inspirados poemas al califa Abdelmelic[11], hijo y sucesor de Merwan, aunque nada logró ablandar el corazón de piedra de los omeyas.
            Al-Yashubi hizo una pausa, agotado por este largo parlamento, más prolongado que los que estaba acostumbrado a hacer. Pero, tanto le excitaba el recuerdo de los agravios sufridos por sus hermanos de tribu a manos de los qaysíes que, al recobrar el aliento, continuó.
            -Y aquí, en al-Andalús, cuando el califa Hixem[12], olvidándose de que fuimos los kelbíes los que conquistamos para él a este rico país, nombró a Haitham al-Kilabí para gobernarlo[13], éste qaysí ordenó, con falsos pretextos y excusas vanas dar muerte a los más principales de nuestros jeques, entre ellos a Sad, el hijo de Djauwas, cuya muerte hizo que Abú-l-Khattar, desde la prisión en que estaba confinado, escribiese también al califa versos tan trágicos como aquellos[14]. Si yo supiera escribir con tanta inspiración como los compañeros de tribu que he citado, también me quejaría al emir de esa manera, pero ni ese consuelo me queda.
            Después de estas frases, el jeque kelbí quedó en silencio. Al rato, ibn Khalid, que le había escuchado atentamente, tomó la palabra.
            -Abderrahmán es un gobernante justo –dijo, pausadamente–. Podrás exponerle a él tus quejas y decirle todo lo que me has dicho a mí. Ten por seguro que te escuchará.
            -¿Y después de todo lo que he manifestado aún crees que puedo fiarme del omeya? –replicó Abú Sabbah–. En cuanto esté en su poder ordenará que me maten.
            -Te proporcionaré un salvoconducto –propuso el guazir–. Tráeme recado de escribir. Te lo expediré ahora mismo y lo firmaré con mi sello.
            -¿Será eso suficiente garantía? –preguntó el kelbí.
            -Soy su guazir –respondió ibn Khalid–. El emir habla por mi boca.
           
Otro párrafo:

            Casi a la vez que los consejeros de Abderrahmán salían rumbo a la iglesia de san Vicente, una comitiva de unos cuarenta jinetes entraba en el patio del palacio y su jefe, una vez que se identificó ante los soldados de guardia, solicitó ver al emir[15].
            -Pasa, al-Yashubi –dijo el emir, que se encontraba solo, al recién llegado–. Al fin has respondido a mis requerimientos –añadió, mientras el sirviente cerraba la puerta por fuera.
            -Aquí me tienes –replicó el jeque kelbí–. ¿Qué quieres de mí?
            -Quiero que respondas de tus actos –dijo Abderrahmán–; que demuestres que nada has tenido que ver en las rebeliones que tus hermanos de tribu han realizado contra mi persona, que me convenzas de que, en el futuro, nada tengo que temer de ti. Si lo haces a mi entera satisfacción, podrás mantener tu hacienda y tus posesiones. De lo contrario, serás castigado en consecuencia.
            -¿Qué te convenza? –replicó al-Yashubi– ¿Cómo puedo convencer al que ya me ha acusado sin fundamento y está convencido de mi culpabilidad? ¿Cómo puedo esperar ecuanimidad de parte del que pertenece a una familia que siempre ha pagado con desprecios a los que le han ayudado con eficacia?
            Abderrahmán torció el gesto. –Esas palabras impertinentes y soberbias no se correponden con quien viene a solicitar mi amán –dijo, altivamente.
            -¿Tu amán? ¿Solicitar yo tu perdón –respondió, irritado, el kelbí– ¿Acaso solicitas tú el mío por haber matado a mi pariente al-Matarí? ¿Por haber masacrado a mi tribu en Isbiliya? Vengo a intentar que entre nosotros haya paz, pero veo que es algo que parece imposible.
            -Mucha insolencia es esa si tienes en cuenta que estás en mi palacio, rodeado de mis soldados. Una palabra mía y tu cabeza se separará de tu cuerpo.
            Al-Yashubi sonrió. –No puedes matarme –dijo–. Tengo un salvoconducto –añadió, sacando un pergamino–. Mi persona es inviolable mientras esté a tu merced.
            Abderrahmán frunció el ceño. – ¿Quién firma ese salvoconducto? –preguntó.
            -Tu guazir, Abdallah ibn Khalid, a quien enviaste a buscarme.
            -Y, ¿desde cuándo es Abdallah ibn Khalid quien gobierna al-Andalús? –replicó, con altanería, el emir–. Solo yo puedo asegurar tu inviolabilidad, y yo no te he garantizado nada.
            -¡Ah! ¿Con qué era una trampa? –exclamó al-Yashubi–. No me extraña, tratándose de un omeya. Tanto es así, que venía preparado para ello –añadió, sacando de debajo de sus vestiduras una espada que había escapado a la mirada de los soldados de la puerta–. Imaginé que si entraba en tu palacio no saldría con vida. Pero no moriré solo. Llama a tus guardianes, antes de que lleguen te habré enviado al Yahannam.
            -No necesito llamar a nadie –replicó Abderrahmán–. Yo también estoy siempre preparado –dijo, empuñando la enjoyada cimitarra que siempre llevaba ceñida a su cintura.
            Si al-Yashubi creía que iba a enfrentarse a un gobernante reblandecido por el disfrute del poder y de los lujos que conlleva, estaba muy equivocado, y de ello se dio cuenta en el primer intercambio de golpes. Abderrahmán había sido educado en el uso de las armas desde muy niño, allá en la lejana Siria. Y luego, en su deambular por el norte de Ifriqiya, las lecciones y consejos de Teodoredo se habían sumado a los recibidos de manos de su fiel Badr. No, bajo sus vestiduras de seda y sus inspirados poemas, Abderrahmán tenía músculos de hierro y voluntad de acero. Y esta última, basada en la fe ciega en la profecía de su tío abuelo Moslema, le hacía luchar con el convencimiento y la seguridad de que nadie podría vencerle. Y, al menos esta vez, eso fue cierto. Antes de que al-Yashubi fuera totalmente consciente de que, a pesar de su experiencia en cien batallas, se enfrentaba a un rival que le superaba, el arma de Abderrahmán impactaba en su cuello y le arrebataba la vida.
            El emir miró a su enemigo, caído en el suelo, y recuperó el aliento. Luego, limpió su espada en la alfombra sobre la que se encontraba el cuerpo del kelbí, la envainó, enrolló la alfombra de manera que tapase el cadáver y abrió la puerta del salón – ¡Convocad a mis consejeros! –dijo a los sirvientes que acudieron–. ¡De inmediato!

Otro párrafo:

No estuvo presente Teodoredo en esa reunión, pues en los últimos tiempos cada vez se sentía más incómodo en la presencia de Abderrahmán, pero unos días después se presentó ante él. –Una vez más vengo a hacerte una petición –le dijo–. Ya has conseguido imponerte a todos tus enemigos. Solicito tu licencia para partir hacia las tierras de los cristianos; creo que ya he cumplido mi compromiso contigo.
            Abderrahmán meditó unos instantes. –Quizás tengas razón, al-Hafiz –le dijo–. Allah, el todopoderoso, te trajo hasta mí para cumplir una misión, y, con toda probabilidad, ya la has realizado. Pero te pido un último servicio. Badr va a salir hacia el Tseguer al mando de un ejército para recaudar los tributos que se me deben. Acompáñale y ayúdale en esa misión. Una vez cumplida, estarás cerca de tu destino y no tendrás que volver.
            -Sabes que no empuñaré mi espada contra mis hermanos de religión, aunque se presente la ocasión –advirtió Teodoredo.
            -No te preocupes. He dado orden tajante a Badr de que no traspase las fronteras de su territorio –respondió el emir, y levantándose de su sitial, se acercó al godo–. Al-Hafiz –dijo, abrazándole–, nunca te olvidaré. Cumple con tu destino, como yo cumpliré con el mío.

Había concluido Badr la preparación de su ejército, cuando Abderrahmán le llamó a su presencia. –Al-Hafiz te acompañará –le dijo–. Desea llegar a las tierras de los cristianos, pero no puedo consentirlo. Conoce nuestra manera de combatir, las rebeliones que continuamente me acechan, los caminos menos vigilados de todo al-Andalús… todo lo que puede ser útil a mis enemigos.
            -¿Qué deseas que haga? –preguntó Badr.
            -Lo que tengas que hacer. Pero asegúrate de que, bajo  ninguna circunstancia, al-Hafiz llegue al reino de los cristianos.
            Tras estas palabras, Abderrahmán despidió a su secretario y, si experimentaba algún sentimiento por la orden que acababa de dar, no lo demostró en absoluto.





[1] Bab al-Chawz, puerta del Nogal; la que actualmente se llama Puerta de Almodóvar.
[2] Cálamo.
[3] Al-Sharquiyya, lo situado en el este, nombre que ha perdurado en  la Axarquía de Córdoba, la Axarquía de Málaga, etc; al-Garbiyya, lo situado al oeste, como el actual Algarbe, al sur de Portugal, en el oeste de la península.
[4] La traducción literal de esta poesía de Abderrhmán que nos cuenta ibn Idari es la siguiente: “Se nos mostró en medio de la ar-Rusafa una palmera que mora en tierra de al-Garbe, lejos del país de las palmas./ Díjela, te asemejas a mí en la peregrinación y en la ausencia, y en lo largo de la permanencia lejos de mis parientes y de mi familia./ Crecistes en tierra en que eras peregrina, y semejante a ti en el apartamiento, la ausencia ha sido semejante a la mía./ Descienda a ti el agua de la lluvia matutina con caída que reparta la humedad y disuelva los cielos en lluvia.” La versión poética que ha pretendido trasmitir la musicalidad que tendrían estos versos declamados en lengua árabe pertenece a D. Francisco Fernández González, en su traducción de la “Historia de al-Andalus” de Ibn Idari al-Marrakusí, Ediciones Aljaima, Málaga, 1999, que es la que ha seguido el autor para consultar los datos que aporta el historiador árabe nacido en Marrakech y que fue caid de Fez.
[5] Al-Munya, castellanizado Almunia, es el nombre que se da a las granjas, huertos, o fincas del campo, que podían tener una utilización agrícola, o ser simplemente fincas de recreo, como indica el sustantivo de su nombre (munyah = deseo). La Almunia de la Arruzafa, al-Munyah al-Rusafa, fue la finca de recreo del emir Abderrahmán I, edificada en el lugar que hoy ocupa el parador del mismo nombre, a causa, según nos cuenta Ibn Idari, citando una crónica anterior de Ar-Rasi, de que, en ese lugar, una palmera solitaria recordó a al-Muhayir, el príncipe emigrante, las lejanas tierras de su Siria natal.
[6] Abú-l-Khattar: decimooctavo emir de al-Andalus, derrocado por los qaysíes, que impusieron a Toaba bajo la influencia de Samail. Aunque el número puede variar si se consideran como dos los dos períodos en que ostentó el mando Abdelmelic ibn Qatán, o si no se considera dependiente de Damasco a Thalaaba ibn Salama, que fue elegido por sus hombres tras la muerte de Balch, o, a los que siguieron a Abú-l-Khattar, tanto Toaba como el  mismo Yusuf al-Fihrí. Abú-l-Khattar encontró la muerte intentando derrotar a Yusuf para recuperar su puesto. Todo esto se cuenta en la anterior novela, El Muladí.
[7] Según Ibn Idari, el que se encargó de conseguir que Abú Sabbah ibn Yahya al-Yashubi viniese a Córdoba fue Tammán ibn Alqama, pero como R.P. Dozy, siguiendo al Ajbar Machmuá (que da las dos versiones) se inclina por que fuera Abdallah ibn Khalid, el autor, pensando que por esas fechas Tammán aún estaría en Toledo, ha decidido seguir, en este caso, al historiador francés.
[8] Moawia (o Muawiya) II ibn Yezid ibn Moawia ; tercer califa de la dinastía omeya (683-684)
[9] Abdallah ibn Zobair; hijo de Zobair ibn Awwam y de una hija de Abú Becr (primer sucesor de Mahoma, 632-634), fue el primer niño musulmán nacido en Medina después de la Hégira (huída) del Profeta a esa ciudad desde la Meca. Se negó a jurar lealtad a Yezid I ibn Moawia (segundo califa de la dinastía omeya, 680-683) y apoyó a Husayn ibn Alí, el hijo de Alí ibn Abú Talib y de Fátima, la hija del Profeta, nieto, por tanto, de Mahoma; a la muerte de éste, los chíies (seguidores de Alí, que no reconocían la autoridad de los califas omeyas, porque defendían que el califato debería recaer el alguien de la familia del Profeta), le eligieron como su candidato al califato (era sobrino de la tercera esposa de Mahoma).
[10] Merwan I ibn al-Hakem; cuarto califa de la dinastía omeya (684-685), de una rama diferente de la de los tres anteriores, y antepasado de todos los siguientes.
[11] “¡La familia de los Omeyas nos ha hecho teñir nuestras espadas en la sangre de sus enemigos, y ahora no quiere que participemos de su fortuna!”; Éstos, y otros versos del poeta Djauwas nos los cuenta R.P. Dozy en su “Historia de los musulmanes en España”
[12] Hixem ibn Abd al-Malik ibn Merwan, décimo califa omeya (724-743)
[13] Musa ibn Nusayr, el conquistador de Hispania en el 711, era un kelbí, así como los emires que le sucedieron, y la mayor parte de los árabes que llegaron en los primeros años; Haitham al-Kilabí, el duodécimo emir (729-730), fue el primer gobernador perteneciente a los qaysíes.
[14] “Permites a los qaysíes derramar nuestra sangre, hijo de Merwan (se debería traducir por descendiente, ya que Hixem no era hijo, sino nieto de Merwan)… se diría que has olvidado la batalla de la Pradera… sin embargo eran nuestros pechos los que te servían de escudos contra las lanzas enemigas… pero después que has conseguido el objeto de tus designios, afectas no conocernos…”. Estos fragmentos de los versos de Abú-l-Khattar también nos los cuenta Dozy (op.c.). Esa escena está relatada más extensamente en la anterior novela El Muladí.
[15] Aunque ibn Idari no da apenas noticias de este hecho, haciendo que al-Yashubi muriera a manos de Tammán, el Ajbar Machmuá lo narra prolijamente, aunque fija la escolta del kelbí en cuatrocientos jinetes, que el autor ha reducido a cuarenta por parecerle demasiados para que esperen en el patio del palacio.

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