10 de agosto de 2010

Un recuerdo emocionado

Nos habíamos quedado en los últimos años, a partir de 2.006, aproximadamente, en los que mi producción literaria se había ralentizado bastante. En verano salió al mercado la edición en tapa rústica de “Pelayo, rey”. La tapa diferente, también sacada de un cuadro existente (Don Pelayo en Covadonga, de Luis Madrazo) y ningún cambio más. Bien, me sentía satisfecho de lo conseguido hasta el momento (No tanto de lo que tenía en proyecto); para ser un escritor novel, dos ediciones – tres si contamos la del Circulo – no estaba nada mal.
Ya he contado bastante veces que paso mis vacaciones en Torre del Mar, Málaga, y que allí tengo muchos amigos. Casi todos relacionados con los hermanos Padilla Ruiz, propietarios (en aquellos tiempos) del restaurante “El Huerto del “Apañao”. Uno de sus cuñados, Francisco Ramírez, era el propietario de la librería “Sopa de Letras” de dicha localidad malagueña, y llevaba tiempo intentando conseguir algunos ejemplares de mi novela sin éxito, debido a problemas con el distribuidor para Andalucía. Comenté el caso con mi editor y me entregó dos cajas de ocho ejemplares que le llevé personalmente en dicho verano de 2.006; este simple hecho me animó a seguir escribiendo: casi todos los libros se vendieron rápidamente (En un pueblo en el que no se lee demasiado y en Andalucía, que no es, precisamente, la región española con más seguidores de don Pelayo), y a personas desconocidas. Firmé varios ejemplares y me sentí, de nuevo, escritor.
Pero aquí viene la justificación del título de esta entrada. Hace dos años, mi amigo Francisco nos abandonó a causa de una cruel enfermedad. No sé si su mujer, Nuria; sus hijos, sus cuñados, o alguno de sus muchos seres queridos leerán este blog; (Él estoy seguro que sí), pero si es así, que sepan que no le olvido.

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